MINIFICCIÓN

Algunas brevedades sobre el amor | Ricardo Alberto Bugarín

CUENTO

El doctor | Servando Clemens

POESÍA

El hombre primitivo | Ihovan Pineda

FOTOGRAFÍA

Las primeras fotografías eróticas de Félix Jacques Moulin y Auguste Belloc

MINIFICCIÓN

Cuatro historias breves | Varios autores

ACERCAMIENTOS La narrativa íntima de Aline Pettersson | Nadia Contreras


El amor y el desamor, la vida o la muerte, son binomios que tejen la narrativa de Aline Pettersson (México, Distrito Federal; 1938). Sus novelas, como ella misma lo afirma, no se refieren a los grandes estruendos de la vida, sino al rumor fuerte que nos habita, en esos abismos y barrancos que tenemos dentro.
“No sé por qué algunos artistas se quedan al margen y en su torre de marfil; cada quien sabe cómo actúa en la vida. A mí me queda claro cómo quiero actuar en la mía. Quizá hay quienes se sienten rebasados por los hechos históricos que nos toca vivir; yo no puedo, me siento comprometida”, escribe Aline.

Tantas veces la muerte

En la primera novela de Pettersson, Círculos, publicada en 1977 (contenida en Colores y sombras. Tres novelas, Conaculta, 2010), el vacío y la insatisfacción caen como una losa sobre los hombros de Ana. El alrededor de su vida es perfecto: casada, madre de tres hijos, una economía decorosa. No obstante, el tedio, la rutina, son círculos que giran en torno a la vida que pudo ser colmada. Ana despierta a la agonía: “El día comienza ya y yo no quiero, estoy cansada, muy cansada de dejar pasar uno después de otro, días que nada traen, días vacíos…”.  
           Un escenario semejante rodea la vida de Natalia. Pettersson, autora también de libros de poesía: Cautiva estoy de mí, Enmudeció mi playa y Ya era tarde, este último publicado por el Fondo de Cultura Económica en junio de 2013, devana la historia de Natalia y Brian, su matrimonio en pedazos. En el libro titilado Las muertes de Natalia Bauer, se aborda el hartazgo, el aburrimiento en torno a la mujer.  
           Hay diversas maneras de contar una historia y cada autor despliega trucos literarios que seducen maquiavélicamente al lector. La brevedad, el monólogo interior y el “teatro escrito”, son recursos que Pettersson maneja a la perfección. La mayoría de las novelas de la autora de Sombra ella misma, son breves y por ello la tensión dramática se ve fortalecida. El libro culmina cuando la vida de Natalia está a punto de extinguirse. Muy al contrario de lo que uno espera, esa brújula de la existencia perdida, Natalia se apropia del aliento del amor, le da forma (puede llamarse Vicente o Guillermo), lo matiza. La muerte es para el cuerpo no para un espíritu libre. Natalia no está sola:  

“Hombre: Qué suave es tu piel.
Mujer: Tampoco yo he olvidado el tacto de la tuya. No lo he olvidado nunca.
Hombre: Dejemos que el ruido del agua hable por nosotros. Yo no tengo palabras”.

Lo mismo ocurre con la novela Deseo (Alfaguara, 2011). A lo largo de 21 episodios, Leonora, niña y mujer, descubre las posibilidades de la pasión, del deseo heterosexual y lésbico. Los años 60 y 70 rompieron  (no del todo) las ataduras y Leonora se enfrenta a esos cambios. Son escenas que van desde la inocencia que despierta hasta los encuentros completamente carnales. Los sentidos, claro está, son muy importantes. Y el deseo, en esta novela, se liga a lo que se escucha, se mira, se siente. La curiosidad es el demonio y las niñas no pueden acercarse al altar. Y a veces, sólo a veces, Dios perdona:

“Por eso las niñas no pueden acercarse al altar, porque el Demonio se acerca siempre a ellas a murmurarles invitaciones para hacerlas pecar. Y las niñas suelen prestarle oídos. Si fue por culpa de Eva que todos perdieron el Paraíso. Fue por su culpa y la de todas las mujeres. ‘Y eternamente lo sea’. Pero también  Dios nos perdona. Leonora desea dentro de su  corazón amarlo siempre. El aroma del incienso la marea, por un momento siente cómo su alma está a punto de salir corriendo para decirles a Jesús y a la Virgen que ella va a ser buena. Que no le va a hacer caso a las tentaciones”.

La ganadora del Premio Latinoamericano y del Caribe Gabriela Mistral (1998), en una entrevista para el periódico La jornada (7/8/2011), comenta: “El hombre se va acondicionando en esa rutina y son estos cambios en contra de la rutina los que permiten un renacimiento interior en la gente”. Así es la vida de Leonora.

El mito en el centro del caos de la humanidad

Rosario Castellanos escribe: “¿Qué se hace a la hora de morir? ¿Se vuelve /la cara a la pared? /¿Se agarra por los hombros al que está cerca y oye? /¿Se echa uno a correr, como el que tiene /las ropas incendiadas, para alcanzar el fin?”. Y este poema sustenta el impacto que toma al hombre por sorpresa y un chorro de sangre le mancha el pantalón.
           La noche de las hormigas (Alfaguara, 1997 y 2012) es la muerte de Alfonso Vigil, médico de profesión. La escena es la siguiente.

“¡Hijodeputa!
El impacto toma al hombre por sorpresa y lo hace trastabillar. Un chorro de sangre le mancha la pierna del pantalón, al tiempo que alcanza a ver cómo huyen con su cartera y su reloj. Cómo se pierden entre las sombras de los árboles. Cómo se confunden en la distancia. Sólo el rumor continuo de los coches. Mientras la noche avanza, recupera partes de su vida”.

Alfonso no sabe qué hacer; la muerte siempre será un acontecimiento imprevisto y quien la vive, así de pronto, no sabe si sujetarse a los hombros del pasado, o dejarse ir hacia lo más profundo de la noche. La muerte de Alfonso ocurre en dos tiempos: el mito y la realidad. Es decir, Elisa-Ifigenia y Alfonso. Estos discursos entrecruzan vida y muerte.
           Elisa (artista plástica tejedora de tapices), mujer de Alfonso, es un personaje muy importante dentro de la novela. Narrada en tercera persona y sujetándose al monólogo, Elisa teje en el mundo real un tapiz que intitula: “Las bodas de Ifigenia”. A semejanza del mito, lo llena de manchones de colores. Metafóricamente ella teje, también, la narración del mito de Ifigenia (que en la novela se marca en cursivas).
           La muerte de Alfonso es injusta pero no para la otra realidad del mito. El mito de Ifigenia lo salva. Luz Aurora Pimentel, en el prólogo al libro Obra reunida (Alfaguara 2011), califica como “travesía de voces” la obra de Pettersson. Así como la introspección es importante, lo serán los mitos, las citas, las evocaciones de la música y la pintura. Pimentel escribe:

“Una buena parte de la obra de Aline Pettersson es, en verdad, una ‘travesía de voces’. […] Lo hemos visto en Las muertes de Natalia Bauer, en donde, como en una suerte de bajo continuo musical, las constantes citas y alusiones a La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, le dan una resonancia y una profundidad a la narración de Natalia, que de otro modo tal vez no tendría, minimizada como está por la forma misma de narrar, cotidiana, aparentemente inocua: el e-mail. Lo hemos visto también en Casi en silencio; el Orlando de Virginia Woolf orienta la lectura, le da voz y cuerpo andrógino a los diálogos virtuales de esta novela”.

La conciencia ante la incertidumbre y el abatimiento

La noche de las hormigas, titulada así por el hormigueo en el cuerpo de Vigil y en la anécdota de la infancia que lo detiene arriba de un hormiguero (a Ifigenia, las velas de las embarcaciones del ejército de su padre le parecen “puntos minúsculos como el ir y venir de hormigas”) y el conjunto de la obra de Pettersson es reflejo de la sociedad en que vivimos. El hombre vive en el corazón de la violencia y sobrevivir es privilegio de unos cuantos. El mundo de hoy arrebata la sonrisa de los niños, la dicha de las mujeres, la fuerza de los hombres. No hay soluciones. Y si las hay, corresponden a intereses particulares.

           A manera de colofón, cabe decir que la narrativa escrita por mujeres es muy interesante. Las propuestas son muchas pero caben las siguientes para adentrarse en esta literatura de sentidos muy amplios: En silencio, la lluvia (2008) de Silvia Molina; Saña (2007) de Margo Glantz; El tren pasa primero (2005) de Elena Poniatowska; La muerte me da (2007), La frontera más distante (2008) y Los muertos indóciles, necroescrituras y desapropiacion (2013) de Cristina Rivera Garza. 

También puedes leer este texto en Suplemento Siglo Nuevo del periódico El siglo de Torreón. 

Quitapenas | Elsa Cross


Hunde el sueño sus raíces

en substratos sin fondo

Cae al pozo

o avanza ensanchándose en un río—

vías no recorridas ya

de pronto resurgen

a la orilla de un mar

sin olas ni cangrejos

sólo montículos de arena

Y aquellas hierbas

cuyo nombre se ha olvidado

–¿cantáceas?–

desaparecen

dejando sólo desnudez

en la playa

en la memoria de los cuerpos.

Estrechos Entresijos | Amaranta Caballero Prado


Orejitas ávidas de palabras,
sonidos
silencios

Orejitas de nombres que no saben,
que no son, que no.

Escuchen el sonido dorado de las hojas que caen
en octubre
sobre una ciudad perfectamente combinada:
historia, gritos, estructuras de acero.

Piensen queridas orejitas ávidas que el sonido
de esas hojas resuelve
–en mucho–
la caminata de una mujer que asciende, levita,
sobre el asfalto
mientras una ráfaga fría de lluvia y aire,
cae.

(Quiero mordisquear sus lóbulos queridas orejitas suaves)

Piensen queridas orejitas ávidas
que las hojas y su dorado

que las hojas y su dorado son

–especialmente únicas–

cuando se piensan: breve temporada.

Algo que pasa.

Algo que llega y ya se fue.

El dorado de todas esas hojas juntas
escarcha la noche mientras una mujer camina con un mapa en la mano.
Y luego entonces, la sombra de la misma mujer.

Camino y mis pasos se hacen lodo.
Lo había dicho ya.
Camino y mis pasos se hacen sombra.
Camino coja y pienso en la pierna amputada de Rimbaud.
Luego,
vienen las hojas caminando tras de mi.
Turgentes. Tumefactas. Únicas.

Polvo de otoño casi invierno me sigue por calles de nombre estrecho.
Tan estrecho y largo como decir Straße.

(Ssssstraßßßßße)

Ya aprendo cosas ¿saben?
Ya aprendo a leer los ojos que me miran.
Y los que no.
Y el dorado. Esa resina.
Resina sabia de una lengua arbórea.

Y la gente alrededor.
Y las noches anteriores.
Y las maneras más disímbolas.

Almas encendidas que se dejan atrapar
luego de escuchar –orejitas ávidas– de escuchar
sonidos en una lengua que conocen
pero que no les pertenece.

Pienso: poderes ocultos: siembran: además de dudas: espectros inacabados.

Dentro de todo esto, ustedes ya saben, orejitas ávidas: lóbulas: un paréntesis.


ACERCAMIENTOS Nadia Contreras y su visión de una patria muerta | Fernando Pérez Valdez


Acercarnos a la obra de Nadia Contreras, nacida en la pequeña y pintoresca población de Quesería, enclavada en las faldas del nevado de Colima, es ―por decir lo menos―, fascinante.

De acuerdo a las críticas  y reseñas que ha tenido en sus obras anteriores, tal parece que el hilo conductor de su obra son la soledad, la tristeza, el desamor y la pérdida de los seres queridos. El libro que ahora presenta Visiones de la patria muerta, publicado por ediciones El Humo, Col. Ojo cautivo, no es la excepción.

Nadia Contreras nos muestra en un formato nada convencional para un poemario (un marco de referencia, a veces en forma de nota periodística, en otras en forma de un texto clásico), con lenguaje poético certero y contundente, otras visiones, otros mundos, otros enfoques. Nos hace ver lo que no está a simple vista.

No es la denuncia fácil, burda, chocante, grosera, predecible. Es una denuncia sutil que mueve, que remueve, que conmueve. Es la denuncia del horror, de la muerte, de la tragedia. Nos sumerge en el bajo mundo del narco, donde las escenas escatológicas son la rutina cotidiana. Un mundo en el que, nos dice la autora: "el abismo acolchona los sueños y el diablo no existe". Y concluye: "nadie cree en nada".

Su poesía desgarra y desangra la vida misma y nos presenta a un ser humano reflejado en el espejo de las más bajas pasiones: "Eres carne del mejor postor", señala enfática. Nadie se salva de sus tajantes señalamientos, nadie sale ileso de su aniquilador escrutinio, nadie es mejor que los demás: "Todo el mundo ─nos dice la autora─ hace daño alguna vez".

La poesía de Contreras nos hace enfrentarnos con nuestros miedos más hondos, más profundos, más escondidos, como aquella de: "aguardar la muerte, requiere valor".

Sus poemas nos muestran a una sociedad presa de esos miedos, viviendo en una constante incertidumbre, prisionera de sus propios temores. La misma autora no escapa a este miedo: "Los poemas se desacoplan en el pánico", nos confiesa con una gran dosis de autocrítica.

Los miedos van más allá de lo imaginable, de lo comprensible, de lo expresable: "¿Y si Dios se negara a recibirte?", es la pregunta agónica de alguien que ya lo ha perdido todo. Aunque, en un atisbo de compasión, la autora nos permite un último respiro: "La esperanza es eterna", dice casi como una súplica.

El dolor está presente de manera permanente en sus textos, que nos hablan de desolación y muerte: "Bajo sábanas de sangre, cuerpos", es el retrato vivo del horror de la violencia irrefrenable, de la tragedia cotidiana.

La visión de esta escritora colimense-coahuilense, es la visión de un país desgarrado, aniquilado, ultrajado. Su visión es extrema. Al titular su obra como Visiones de la patria muerta, no lo presenta como una nación herida o quizá moribunda, sino como un país que ya pasó a mejor vida. Faltaría preguntarnos si, como un ave fénix, esta patria muerta podría revivir de sus cenizas.

Sin embargo, la autora nos hace ver que la crisis nacional no está desligada de conflictos internacionales, en los que las grandes potencias ultrajan y pisotean.

Después de leer la obra de Nadia Contreras nada es igual. Ya no puede verse el mundo y sobre todo, nuestro país, de la misma manera. Sus textos nos cimbran desde los cimientos y nos hacen reflexionar. No podemos quedarnos tranquilos, no podemos volver a estar en paz como antes. Y ese es, justamente, el gran valor de obra literaria de Nadia Contreras.

Jorge Volpi, destacado escritor mexicano, nos dice que un buen libro "a unos los podrá convencer, a otros los podrá irritar, pero no va a dejar a nadie indiferente. Esa ─nos dice el autor─, es una de las mejores cosas que uno se puede encontrar en un libro".

Pareciera que Nadia es una escritora insatisfecha con su país, pero tan sólo es la portavoz de la insatisfacción de otros muchos miles, quizá millones de ciudadanos, que ven a nuestra patria muerta. El gran escritor italiano Giovanni Papini ha dicho: "el poeta que estuviera satisfecho del mundo en que vive, no sería poeta".

Quizá ─y esto, debo acotarlo, es una apreciación personal─, quizá sea esa la razón última por la que Nadia escribe. Y escribe bien, muy bien. Los múltiples premios obtenidos y los varios títulos publicados, nos hablan de un quehacer maduro y de un gran oficio en las letras.

 (Texto leído en la presentación del libro, San Juan del Río, Querétaro, México. Febrero 2014).