MINIFICCIÓN

Algunas brevedades sobre el amor | Ricardo Alberto Bugarín

CUENTO

El doctor | Servando Clemens

POESÍA

El hombre primitivo | Ihovan Pineda

FOTOGRAFÍA

Las primeras fotografías eróticas de Félix Jacques Moulin y Auguste Belloc

MINIFICCIÓN

Cuatro historias breves | Varios autores

Cicatriz | Tanya de Fonz


Para Carlos Edmundo de Ory
y Laura Lachéroy de Ory

Corro dentro de mí
como judía en el holocausto
como mujer embarazada de Acteal
como niña quemada de Hiroshima
como poeta en el gulag
corro dentro de mí
me encuentro con otros
que también van corriendo
sin saber a dónde vamos
a dónde acudir
en dónde guarecer nuestras manos
nuestra boca desdentada
nuestros cuerpos hechos hilo
corremos dentro de nosotros
somos nosotros mismos quienes nos perseguimos
no nos alcanzamos
cuando nos alcanzamos
ya estamos a un paso de ser nuevamente polvo
cicatriz del alba
cicatriz del tiempo
cicatriz de siglos
Cicatriz encerrada
clausurada
cicatriz en la mejilla
golpeada
de Dios.


Los pechos de Magaly | Silvia Tomasa Rivera


Los pechos de Magaly
son dos enormes girasoles
que penden de su cuerpo.
Atropellan desconocidos
y se desbordan sin recelo.
La cintura no es estrecha,
pero la curva de sus caderas
es como para entrar en la vida
y no salir sobria.
Su monte de venus…
un inmenso clavel negro.

Yo quisiera leer los pechos de Magaly
y encontrar a Dios entre sus piernas.


POESÍA Pretextos para romper un nombre | Nadia Contreras


I
Este será mi último intento.
La historia de Rogelio
(lo llamaré así, para hablar cómodamente
de un tiempo agazapado en la culpa,
mezcla entre un pasado y un presente
desastrosos),
transcurre en el interior de un vaso con vino.
El hecho de beberlo acortó distancias,
inventó gestos, destruyó
la buena voluntad
de los domingos en la plaza.
Con un lenguaje de caballos desbocados
habla sin tregua.

II
Lo conocí mientras repartía volantes
de un partido político.
Salimos un par de veces.
Cuando su cuerpo sobre el mío
fue bocanada de agua ardiente,
entendí que la pesadilla
es un viaje sin escalas.
Sus hijos, con ojos de hambre,
esperaban en la habitación contigua.

III
Para el amor siempre habrá un regreso.
¿Tú qué dices?
Recuperaré las mañanas sobrias,
el trabajo,
el amor de mis hijos.
Ha llegado la hora del arrepentimiento.
Al día siguiente lo encontré,
apretando con manos fuertes el último trago.

Era un esqueleto sin dientes,
con la orina creciéndole hacia abajo.

ACERCAMIENTOS Visiones de la patria muerta, libro de poemas de Nadia Contreras | Alfredo Loera, escritor


Siempre he pensado que las palabras no son capaces de nombrar las cosas del mundo. Cada vez que uno intenta describir algo, narrar algo, decirlo, una especie de vacío se va formando paralelamente a la construcción del discurso. Las palabras sólo pueden alumbrar ciertos rasgos de lo que se habla, mientras que oscurecen otras partes que no por estar en la penumbra dejan de ser importantes. Una persona torpe con las palabras no se percata de esto y quizá piensa que lo que dice, que lo que pronuncia abarca todo lo que experimenta. Por supuesto que casi siempre el mensaje que esta persona puede dar resultará fallido y erróneo.

El escritor y principalmente el poeta constantemente se enfrentan a esta circunstancia. ¿Cómo decir de un modo preciso lo que se experimenta? ¿Cómo transmitir de un modo real y sincero lo que ocurre en el mundo? ¿Cómo volver a experimentarlo en el otro? Desde luego que estas preguntas no pueden responderse de un modo rápido y sencillo, no existe una receta y llegar a dicho lugar de consciencia respecto al lenguaje requiere un poco más que de perspicacia. Creo que esta circunstancia se radicaliza cuando eso que se experimenta está estrechamente relacionado con aquello que comprendemos como el horror.

El horror aquí debe entenderse como algo mucho más profundo que una simple anécdota grotesca o espeluznante, sino más bien como lo incomprensible de las conductas humanas, mismas que en la mayoría de los casos acarrean la destrucción de nuestra especie o al menos la destrucción de las normas civiles. El horror en este sentido está mucho más relacionado con la siguiente pregunta: ¿Qué atavismos, qué interrelaciones sociales y psicológicas llevan a los habitantes de un país a decapitarse en masa, demostrando con esto que toda la supuesta civilidad o desarrollo social alcanzado no era más que una ilusión? El horror en el caso de los poemas de Visiones de la patria muerta se emparenta con la erradicación del hombre como idea y de la experiencia que se sufre al descubrir que se vive en una sociedad con conductas muy poco relacionadas con esa idea de hombre, como ser integral y superior a cualquier otra especie. A lo que me refiero es que el horror se presenta cuando el hombre no sabe lo que es, cuando se descubre que es capaz de actos que supuestamente no estarían en sus posibilidades. ¿Qué es el hombre cuando descuartiza a otro hombre? Y ¿Qué es el hombre descuartizado? ¿Los dos siguen siendo hombres? ¿Y si es así, entonces como insertar dichas conductas con esa idea que he mencionado, generada a través de los siglos, acerca de eso que también llamamos el hombre moderno, con todos sus derechos y obligaciones? ¿Qué es lo cierto y qué es lo falso en nosotros?

Preguntas difíciles y dadas las condiciones actuales aún sin respuesta. Pero por otra parte creo que la única manera de comenzar a comprender lo que nos ocurre como sociedad y como especie es a partir de libros como el que Nadia Contreras nos presenta esta tarde.

Nadia Contreras sabe que el horror no puede decirse de un modo directo. Veo a nuestra poeta tratando de decir el horror que esta ciudad ha vivido en los últimos años. La veo comenzar a escribir, pero luego después de los primeros intentos, la veo detenerse y cuestionarse y darse cuenta que esto no puede decirse, hay una especie se incoherencia en los actos que describe y que poetiza, pareciera que las palabras a pesar de todo aún permanecen sin sentido. Incluso aún más contradictorio, pareciera que las palabras comenzarían a perder sus significados precisamente porque comienzan a decir esas experiencias desoladoras que constantemente aparecen en los periódicos.

Cualquier otro autor habría dado por fallida la empresa. Habría dicho, “esto no puede decirse a través de la poesía. La violencia, la muerte, son mucho más potentes que las palabras y estas últimas no pueden alcanzarla.” El valor del libro de Nadia se erige en esta disyuntiva, ¿cómo poetizar la muerte violenta sin caer en los lugares comunes, en el panfleto o en la frivolidad, cómo hacerlo sin ser oportunista? Es muy tentador hacerse fama con base en la desgracia colectiva. Eso me trae a la memoria una anécdota. Cuando ocurrió el temblor del 85 en la Ciudad de México, muchos poetas se vieron tentados a hacer el gran poema de esa tragedia. Los más sensatos se contuvieron y prefirieron no escribir nada al respecto. No sé en donde leí que José Emilio Pacheco comentó que no había la distancia suficiente para hablar de dicho acontecimiento. Por supuesto, que Pacheco tenía razones muy legítimas para no escribir al respecto. Sin embargo, a veces considero que también hay que dejar un testimonio de primera mano. No todo tiene que ser demasiado solemne, demasiado precavido; la precaución también puede ser muy costosa, especialmente cuando se trata de denunciar las atrocidades que sufre un país. Alguien tiene que hacer, digámoslo así, el trabajo sucio y comenzar a hablar de las cosas que una sociedad experimenta por primera vez o cosas que de las cuales se había olvidado por completo y de las que se tiene la sensación de que se experimentan por primera vez (porque habría de decir que los escenarios actuales de México tienen toda una gama de antecedentes históricos). Alguien debe comenzar a abrir camino, alguien debe empezar a experimentar.

Nadia Contreras en este sentido nos presenta un poemario en cierto grado experimental. Nuestra autora, con base en algunos de los problemas estéticos que he mencionado, pareciera que recurre al collage. El libro nos presenta en cada poema alguna nota, algún comentario relacionado con algún tópico de actualidad y luego como en un dialogo se busca dar alguna interpretación. Es la poeta dándole nombre a lo que de primera instancia se presenta crudo, en acto, pero sin significado, sin interpretación. El libro así va generando una estructura, una conversación en la que las dos partes se van complementando, para dar una visión mucho más perfecta de eso que hemos preferido llamar contingentemente la violencia, el narcotráfico, la recesión económica, la discriminación.

Visiones de la patria muerta es así no sólo un poemario sino también un testimonio. Uno de los valores de la obra es que no está escrita desde afuera, como lo haría un periodista que viene a nuestra ciudad (y vaya que ha habido varios) para sacar un reportaje que le dé fama, sino que está escrito desde adentro, desde el encierro que hemos sufrido, desde el aislamiento y desde la impotencia ante lo que vemos. Nadia Contreras no está buscando darse fama con lo que está escrito, sino que trata de decir lo que se experimenta de un modo honesto, como si fuera necesario dejar algo para los que vendrán después; para que empecemos también a comprender lo que estamos viviendo inmersos en este caos.

La voz de estos poemas es la voz que podría estar en alguien como nosotros. Es una voz interior que trata de dialogar con una voz exterior, impuesta, por los medios y por los hechos de los cuales somos testigos. En este contrapunto podemos advertir que quizá toda esa información no es más que otra manera de confundirnos, algo que no basta, debido a que precisamente es un obstáculo para la comunicación entre los individuos. Otro rasgo muy importante construido dentro de este poemario es la búsqueda por una salida, por una solución. No basta con que se nos diga lo que ya sabemos, sino que también es imperante dibujar una tercera vía. Algo que el lector pueda tomar para sí mismo, algo con lo que pueda dialogar.

Nadia Contreras apuesta por la vida. A pesar de lo crudo de las temáticas en el poemario se advierte un tono esperanzador, sin caer en la ingenuidad. No se es ingenuo por creer en la vida. En últimos tiempos hemos creído que el que tiene esperanzas es un poco tonto. Desde luego que eso sólo demuestra la inmadurez que sufrimos como sociedad.

Visiones de la patria muerta es un libro que trata de hacernos advertir que en nuestro interior podemos encontrar eso que no podemos comprender afuera. De ahí el diálogo entre la voz externa, de las notas periodísticas impersonales, y la voz interna de la poeta que nos acerca a nosotros mismos, contradictoriamente, a través de la crudeza. En los poemas de Nadia Contreras puede distinguirse una intuición profunda acerca de lo que por ahora parecía innombrable. Eso que había quedado hasta ahora únicamente en los periódicos sin que pudiéramos verdaderamente familiarizarnos. Aquella persona que lea este libro podrá encontrar un espejo, una comunión con aquello que nos asalta violentamente en el tráfico, en la noche, o en el lugar menos pensado, eso que, como dije anteriormente, hemos decidido llamar simplemente la violencia. Veamos:

Me atrinchero en mi guarida.

En medio del día

o de la noche,
los oídos abiertos
al idioma sordo de las balas.

En la mira de no sé quien,

el miedo acalambra las piernas
y los sueños.

Hay orillas que no se alcanzan. 



(Texto leído en la presentación del libro el 26 de junio de 2014, 


en el Museo Regional de la Laguna, Torreón, Coahuila).