MINIFICCIÓN

Algunas brevedades sobre el amor | Ricardo Alberto Bugarín

CUENTO

El doctor | Servando Clemens

POESÍA

El hombre primitivo | Ihovan Pineda

FOTOGRAFÍA

Las primeras fotografías eróticas de Félix Jacques Moulin y Auguste Belloc

MINIFICCIÓN

Cuatro historias breves | Varios autores

RELATO Había una vez | Nadine Gordimer

(Springs, 1923 - Johannesburgo, 2014) Narradora y ensayista sudafricana en lengua inglesa; fue la primera mujer africana que recibió el premio Nobel de Literatura, en 1991. Era hija de padres judíos, sionistas ambos, de origen ruso el padre e inglés la madre. Después de un período de aprendizaje autodidacta (causado por una misteriosa enfermedad que luego se reveló inexistente) y nutrido de copiosas lecturas, entre las que destacaban Chejov y Proust, estudió en la Universidad Witwatersrand de Johannesburgo, donde vivió siempre porque, como la propia Gordimer afirmaba, "en nuestra época son pocos los que pueden mantener el valor absoluto de un escritor sin referirse a un contexto de responsabilidad. El exilio como modalidad del genio ya no existe".










Tomado de El Salto (Norma, La Otra Orilla, Bogotá, 1992)

ACERCAMIENTOS Romina Cazón, Editorial El humo y el primer premio Espantapájaros 2014 | Nadia Contreras

Romina Cazón es poeta de aventuras. La primera de ellas tiene que ver con su trabajo literario, su poesía sacude la conciencia aletargada del hombre. Este es su propósito: nunca quedarse callada, hacer palpable la injusticia, el dolor, el llanto que desgarra las gargantas.

Sus caminos son muchos. La poesía visual y, por supuesto, la edición. Ella es responsable del sello editorial El humo (revista y libros) que podemos seguir de manera digital o impresa. La coleción Ojo cautivo, alberga libros hermosos; además de la apuesta poética de cada uno de sus autores, las portadas, el diseño, el trabajo artesanal (hablo también de quienes forman su equipo de trabajo) la hacen posible.

El año pasado (2014) la editorial convocó al Primer premio de poesía Espantapájaros. El concurso surge como vehículo y motivación a la publicación de libro. Cabe acotar que El humo es un proyecto independiente que otorga publicaciones a los/as autores/as de manera gratuita.

La convocatoria Espantapájaros se abrió en marzo de 2014 y en julio, el jurado integrado por Gabriela Torres y Marisol Vera Guerra, decidió otorgar por unanimidad el premio al poemario titulado Las guerras congelan los días, presentado con el seudónimo  “Willy Brandt”; una vez abierta la plica de identificación, correspondió a Diana Ferreyra. El premio consiste en la publicación de la obra de 200 ejemplares y un paquete de libros, cortesía del Instituto Queretano de la Cultura y las Artes.

El jurado además  decidió otorgar  dos menciones honoríficas a: Paulina Romero Barrientos por la obra Mariposas en formol y a Mauricio Osvaldo Hernández Caudillo por la obra Zyrano de la luna. Los autores con menciones honorificas recibirán 120 ejemplares, publicados por Ediciones El humo, que hará entrega el viernes 23 de enero en la Sala de Lectura Gabriel García Márquez.

Bitácoras de vuelos comparte la invitación de la entrega del premio.


Acerca de los autores

Diana Ferreyra 

(1990, Morelia, Michoacán). Licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

Ha obtenido las siguientes distinciones: Primer Lugar de XIII Premio Nacional de Cuento “Carmen Báez” y Mención Honorífica en el certamen internacional del mismo (2006), Primer Lugar de XXIII Premio Nacional de Poesía al Mar (2007), Mención Honorífica en el I Concurso Internacional de Nano Literatura de “Proyecto Expresiones” (2010), Segundo Lugar en Convocatoria Literaria “Bosques Imaginarios” (2012) y recientemente el Premio Nacional de Poesía Espantapájaros (2014).

Su obra ha sido publicada en revistas como Punto de Partida, Radiador Magazine, Letrina, Salvo el crepúsculo, Golfa, Trifulca, Narrativas, El humo y Hontanar; de igual manera, en compilaciones como Pereza y Envidia (Benma Editores), La ciudad de los poetas (SECUM/CONACULTA), Notas de atar (Jazztival Michoacán), Narradores Emergentes (Jitanjáfora) y en Expresiones Breves (Venezuela, Expresiones Breves).

Ha publicado libros como Desconócela (2011) Borrones (SECUM/CONACULTA, 2012) y Maquinarias sumergidas (2014).

Actualmente estudia alemán, inglés y la Maestría en Historia, opción Historia de México, de la UMSNH, así como también presenta ponencias de su proyecto de tesis actual.


Paulina Romero Barrientos

Nació en la ciudad de Santiago de Querétaro, Qro. Tiene estudios en Licenciatura en Ciencias en la Comunicación y Maestría en Ciencias Políticas. Actualmente trabaja su tesis para obtener el Doctorado en Literatura.

Ha participado en talleres literarios y de dramaturgia y logrado diversos reconocimientos en concursos estudiantiles de cuento, poesía y dramaturgia. Estuvo a cargo de la redacción de la publicación “Xplora, tu guía vocacional” y fue editora de ECOS TAURINOS (Centro Taurino Queretano, A.C.). Tiene un libro publicado Las noches de Arabia por parte del Fondo Editorial de Querétaro.

En la actualidad es parte del colectivo de escritores “La Testadura Literaria”, además del grupo de cronistas de “Opinión y Toros”.  Tiene en proceso de escritura e investigación un libro histórico sobre los Forcados Queretanos.


Mauricio Caudillo

(México, DF. 1982) Poeta y narrador. En 2011 aparece en la antología de poesía Besar de lengua, poetas queretanos nacidos entre 1980 y 1990, editado por el IQCA.

Publicó el libro de poesía Instrucciones de Ulysses a su perro Argos (2012) editado por Herring Publishers. Fue beneficiario de la beca PECDA jóvenes creadores 2013-2014 otorgada por CONACULTA- IQCA, por el proyecto de narrativa El poeta perseguido y otros delirios. 

Sus textos aparecen en revistas impresas y digitales como La Charola y Radiador. Actualmente colabora en la edición de la revista digital de poesía y fotografía Revarena.


Más información sobre el premio y los autores galardonados en El grito literario.

Twitter: @contreras_nadia

ACERVO "Edar Allan Poe" (Boston, Estados Unidos, 19 de enero de 1809 – Baltimore, Estados Unidos, 7 de octubre de 1849 | Nadia Contreras


Homenaje al autor de El escarabajo de oro, Los crímenes de la calle Morgue, El corazón delator, El barril de amontillado, El gato negro, La caída de la casa Usher, El retrato oval, La máscara de la muerte roja, entre otros. Las referencias que se muestran a continuación fueron tomadas exclusivamente de Twitter. Fue en esta red social en donde diferentes autores, interesados en la obra de Poe, revistas, grupos, compartieron sus propuestas literarias. Sin duda, estos testimonios, reafirman una vez más la importancia del autor en la literatura universal. Disfruten y compartan.


POESÍA Dos poemas de Juan Gelman


Fábricas del amor

Y construí tu rostro.
Con adivinaciones del amor, construía tu rostro
en los lejanos patios de la infancia.
Albañil con vergüenza,
yo me oculté del mundo para tallar tu imagen,
para darte la voz,
para poner dulzura en tu saliva.
Cuántas veces temblé
apenas si cubierto por la luz del verano
mientras te describía por mi sangre.
Pura mía,
estás hecha de cuántas estaciones
y tu gracia desciende como cuántos crepúsculos.
Cuántas de mis jornadas inventaron tus manos.
Qué infinito de besos contra la soledad
hunde tus pasos en el polvo.
Yo te oficié, te recité por los caminos,
escribí todos tus nombres al fondo de mi sombra,
te hice un sitio en mi lecho,
te amé, estela invisible, noche a noche.
Así fue que cantaron los silencios.
Años y años trabajé para hacerte
antes de oír un solo sonido de tu alma.

Gotán

Esa mujer se parecía a la palabra nunca,
desde la nuca le subía un encanto particular,
una especie de olvido donde guardar los ojos,
esa mujer se me instalaba en el costado izquierdo.

Atención atención yo gritaba atención
pero ella invadía como el amor, como la noche,
las últimas señales que hice para el otoño
se acostaron tranquilas bajo el oleaje de sus manos.

Dentro de mí estallaron ruidos secos,
caían a pedazos la furia, la tristeza,
la señora llovía dulcemente
sobre mis huesos parados en la soledad.

Cuando se fue yo tiritaba como un condenado,
con un cuchillo brusco me maté
voy a pasar toda la muerte tendido con su nombre,
él moverá mi boca por la última vez.

RELATO Ley de Herodes, cuento de Jorge Ibargüengoitia (Guanajuato, México, 1928 – Madrid, 1983)


Sarita  me sacó del fango, porque antes de conocerla el porvenir de la Humanidad me tenía sin cuidado. Ella me mostró el camino del espíritu, me hizo enten­der que todos los hombres somos iguales, que el único ideal digno es la lucha de clases y la victoria del pro­letariado; me hizo leer a Marx, a Engels y a Carlos Fuentes, ¿y todo para qué? Para destruirme después con su indiscreción.

No quiero discutir otra vez por qué acepté una beca de la Fundación Katz para ir a estudiar en los Estados Unidos. La acepté y ya. No me importa que los Estados Unidos sean un país en donde existe la explotación del hombre por el hombre, ni tam­poco que la Fundación Katz sea el ardid de un capitalista (Katz) para eludir impuestos. Solicité la beca, y cuando me la concedieron la acepté; y es más, Sarita también la solicitó v también la aceptó. ¿Y qué?

Todo iba muy bien hasta que llegamos al examen médico… No me atrevería a continuar si no fuera porque quiero que se me haga justicia. Necesito jus­ticia. La exijo. Así que adelante…

La Fundación Katz sólo da becas a personas fuertes como un caballo y el examen médico es muy riguroso.

No discutamos este punto. Ya sé que este examen médico es otra de tantas argucias de que se vale el FBI para investigar la vida privada de los mexica­nos. Pero adelante. El examen lo hace el doctor Philbrick, que es un yanqui que vive en las Lomas (por supuesto), en una casa cerrada a piedra y cal y que cobra… no importa cuánto cobra, porque lo pagó la Fundación. La enfermera, que con seguridad traicionó la Causa, puesto que su acento y rasgos faciales la delatan como evadida de la Europa Libre, nos dijo a Sarita y a mí, que a tal hora tomáramos tantos más cuantos gramos de sulfato de magnesia y que nos presentáramos a las nueve de la mañana si­guiente con las “muestras obtenidas” de nuestras dos funciones.

¡Ah, qué humillación) ¡Recuerdo aquella noche en mi casa, buscando entre los frascos vacíos dos adecuados para guardar aquello! ¡Y luego, la noche en vela esperando el momento oportuno! ¡Y cuando llegó, Dios mío, qué violencia! (Cuando exclamo Dios mío en la frase anterior, lo hago usando de un recurso literario muy lícito, que nada tiene que ver con mis creen­cias personales.)

Cuando estuvo guardada la primer muestra, volví a la cama y dormí hasta las siete, hora en que me levanté para recoger la segunda. Quiero hacer no­tar que la orina propia en un frasco se contempla con incredulidad; es un líquido turbio (por el sul­fato de magnesia) de color amarillo, que al cerrar el frasco se deposita en pequeñas gotas en las pa­redes de cristal. Guardé ambos frascos en sucesivas bolsas de papel para evitar que alguna mirada penetrante adivinara su contenido.

Salí a la calle en la mañana húmeda, y caminé sin atreverme a tomar un camión, apretando con­tra mi corazón, como San Tarsicio Moderno, no la Sagrada Eucaristía, sino mi propia mierda. (Esta me­táfora que acabo de usar es un tropo al que llegué arrastrado por mi elocuencia natural y es indepen­diente de mi concepto del hombre moderno.) Por la Reforma llegué hasta la fuente de Diana, en donde esperé a Sarita más de la cuenta, pues habla tenido cierta dificultad en obtener una de las nuestras. Llegó como yo, con el rostro desencajado y su envoltorio contra el pecho. Nos miramos fijamente, sin decirnos nada, conscientes como nunca de que nuestra dignidad humana había sido pisoteada por las exigencias arbitrarias de una organización típicamente capitalista. Por si fuera poco lo anterior, cuando llegamos a nuestro destino, la mujer que había traicionado la Causa nos condujo al laboratorio y allí desenvolvió los frascos ¡delante de los dos! y les puso etiquetas. Luego, yo entré en el despacho del doctor Philbrick y Sarita fue a la sala de espera.

Desde el primer momento comprendí que la inten­ción del doctor Philbrick era humillarme. En primer lugar, creyó, no sé por qué, que yo era ingeniero agrónomo y por más que insistí en que me dedicaba a la sociología, siguió en su equivocación; en segundo, me hizo una serie de preguntas que salen sobrando ante un individuo como yo, robusto y saludable física v mentalmente: ¿qué caso tiene preguntarme si he tenido neumonía, paratifoidea o gonorrea? Y apuno mis respuestas, dizque minuciosamente, en unas hojas que le había mandado la Fundación a propósito. Luego vino lo peor. Se levantó con las hojas en la mano y me ordenó que lo siguiera. Yo lo obedecí. Fuimos por un pasillo oscuro en uno de cuyos lados había una serie de cubículos, y en cada uno de ellos, una mesa clínica y algunos aparatos. Entramos en un cubículo: él corrió la cortina y luego, volviéndose hacia mí, me ordenó despóticamente: “Desvístase.” Yo obedecí, aunque ya mi corazón me avisaba que algo terrible iba a suceder. Él me examinó el cráneo aplicándome un diapasón en los diferentes huesos; me metió un foco por las orejas y miró para adentro; me puso un reflector ante los ojos y observó cómo se contraían mis pu­pilas y, apuntando siempre los resultados, me oyó el corazón, me. hizo saltar doscientas veces y volvió a oírlo; me hizo respirar pausadamente, luego, contener la respiración, luego, saltar otra vez doscientas veces. Apuntaba siempre. Me ordenó que me acostara en la cama y cuando obedecí, me golpeó despiadadamente el abdomen en busca de hernias, que no encontró; luego, tomó las partes más nobles de mi cuerpo y a jalones las extendió como si fueran un pergamino, para mirarlas como si quisiera leer el plano del tesoro. Apuntó, otra vez. Fue a un armario y tomando algodón de un rollo empezó a envolverse con él dos dedos. Yo lo miraba con mucha desconfianza.

—Hínquese sobre la mesa —me dijo.

Esta vez no obedecí, sino que me quedé mirando aquellos dos dedos envueltos en algodón. Entonces, me explicó:

—Tengo que ver si tiene usted úlceras en el recto.

El horror paralizó mis músculos. El doctor Philbrick me enseñó las hojas de la Fundación que decían efectivamente “úlceras en el recto”; luego, sacó del armario un objeto de hule adecuado para el caso, e introdujo en él los dedos envueltos en algodón. Comprendí que había llegado el momento de tomar una decisión: o perder la beca, o aquello. Me subí a la mesa y me hinqué.

—Apoye los codos sobre la mesa.

Apoyé los codos sobre la mesa, me tapé las orejas, cerré los ojos y apreté las mandíbulas. El doctor Philbrick se cercioró de que yo no tenía úlceras en el recto. Después, tiró a la basura lo que cubriera sus dedos y salió del cubículo, diciendo: “Vístase.”
Me vestí y salí tambaleándome. En el pasillo me encontré a Sarita ataviada con una especie de man­dil, que al verme (supongo que yo estaba muy mal) me preguntó qué me pasaba.

—Me metieron el dedo. Dos dedos.

—¿Por dónde?

—¿Por dónde crees, tonta?

Fue una torpeza confesar semejante cosa. Fue la causa de mi desprestigio. Llegado el momento de las úlceras en el recto, Sarita amenazó al doctor Philbrick con llamar a la policía si intentaba revisarle tal parte; el doctor, con la falta de determinación propia de los burgueses, la dejó pasar como sana, y ella, haciendo a un lado las reglas más elementales del compañerismo, salió de allí y fue a contarle a todo el mundo que yo me había doblegado ante el imperialismo yanqui.

Tomado del libro La ley de Herodes. México: Joaquín Mortiz, 1967. Colección de cuentos basados en anécdotas personales.

Rotenblumentagen | Leonor Saro García


Se celebran en las tripas
miles de ejecuciones
-ahorcamientos-
y se acumulan los cadáveres
en ramilletes de camelias rojas
que al poco huelen a amoniaco,
y las madres llenas de hijos de coágulo
acuden a sangrar el sacrificio lunar
con una carga a la espalda
de encogimiento renal
(drenaje doloroso
susceptibilidad excitada)
y de antiinflamatorios sin receta
¡Y qué desgarro de algodón
empapado de cuellos partidos en soga
y de cuerpos pendulantes!
Y no pueden más que llorar
por la concepción truncada,
por ese reloj de podredumbre
que se ríe de su naturaleza.


Anoche | Karla Sandomingo

Biografía

(Guadalajara, Jal., 1970) Editora, periodista, poeta. Miembro fundador de La Red Nacional Autónoma de Talleres Literarios, cofundadora de la revista de cultura Tragaluz de la que fue subdirectora editorial y forma parte del consejo editorial de la revista zacatecana de cultura Funes.

Sus publicaciones son: Afonía en la Lengua, 1995; Venir del Agua, 1996; Tríptico del Ángel, 1997; Los círculos del fuego, con el que obtuvo el premio nacional de poesía en Hermosillo, Sonora “Anita Pompa de Trujillo” 1996 y fue publicado en el siguiente año por el Instituto Sonorense de cultura.; Navío de tu Agua, 1998; Salomé, el cálamo, 2000; Si acaso hubiera, el cálamo, 2001; Instrucciones para dividir pájaros, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2002; Madera Sola, Fondo Editorial Tierra Adentro, Conaculta, 2004.

~~~

Un pájaro de los que más espero en mi ventana
estaba en la última rama del árbol alto
en la última rama me miraba
en una pesadilla

Sacó una pata al aire
y lanzó luego la otra al espacio

Se dejó caer

Giraba desde el pico hasta las patas
giraba rápido
entregado a la caída
sus ojos eran ciegos
sus ojos se cerraron

Detuvo los giros
y se abrió de alas
para caer boca arriba

caída eterna interminable
el suelo no llegaba.


Eva o el pecado original | Odette Alonso



Nada fue como dicen.
Yo descubrí mi cuerpo mojado en la maleza
y lo empecé a palpar.
Era mi cuerpo solo el que se hinchaba
inflamada mi vela.
No supe qué corría por mi vientre
trepaba hasta mi pecho
enceguecía.
Tuve miedo y grité
tuve miedo y rodé por la maleza.
Era fuego era sangre era lava de volcán
era espejismo.
No supe qué pasaba y tuve miedo
pero dejé rodar mi cuerpo y la llovizna
y algo estalló vibrante quién sabe en qué recodo.
Después dormí tranquila
un tiempo inexplicablemente largo.
Después quizás llegara Adán pero ya no lo vi
otra vez la llovizna humedeció mi cuerpo
y me sentí gritar.


N. | Karen Villeda


Para Natalia

¿Cómo reproducir la voz de las sirenas? ¿Cómo perpetuar su canto después de que los corazones de los marineros se han arrugado? Las ensoñaciones salinas siempre parten los labios: La saliva no es necesaria para los que hemos derramado el alma gratuitamente en las fuentes de las plazas públicas. Nadie sabe si merecemos el canto de las sirenas. El amor que te tuve empuñó mi torso contra todas las piedras.
No fui un héroe digno de mitologías.
Resuenan tus oraciones en las orillas, no hay piedad para la derrota.
La arena se anuda entre los dedos de los pies y mortifica las distancias:Hacia allá está el color de los peces. Se va navegando y la tarde cae gris. Hacia allá hay contornos, aquí se destruyen El sombreado no se invierte. El sol se opone en las rocas de fondo. La luminiscencia no traerá la claridad tan ansiada a tu boca enajenada, el señuelo aún está por confirmarse. Habita las aguas oscuras y desvanece las siluetas de lo que te contaron de niña. Desvanece el idilio de la sirena y los marineros.Desvanece la silueta de los pechos erguidos, las aletas contrariadas y el eco. El eco para capturar fósiles sembrados de espinas y veneno.
Empuñé mi torso contra todas las piedras. Lo empuñé sin saber cómo manejar los filos, su metodología escueta: Hazlo sangrar hasta que cante. Hazlo sangrar hasta que cante. Y los huesos descansan sin paz. Y los huesos titilan. Y los huesos bailan sobre tu tumba. Y los huesos te dan la vuelta.
La visión y las estelas de humo hacen buena pareja.