MINIFICCIÓN

Algunas brevedades sobre el amor | Ricardo Alberto Bugarín

CUENTO

El doctor | Servando Clemens

POESÍA

El hombre primitivo | Ihovan Pineda

FOTOGRAFÍA

Las primeras fotografías eróticas de Félix Jacques Moulin y Auguste Belloc

MINIFICCIÓN

Cuatro historias breves | Varios autores

POESÍA VISUAL Los sitios del placer | Mónica González Velázquez









Selección de la serie "Los sitios del placer" (Gráfica digital, 2015).



MÓNICA GONZÁLEZ VELÁZQUEZ (Ciudad de México, 1973). Estudió Diseño Gráfico en La Escuela Nacional de Artes Plásticas (UNAM). Cursó el diplomado de Creación Literaria en la Escuela de la SOGEM. Ha publicado los poemarios: Tríptico de desamor, La luz y las sombras altas, Poesía Reunida, Las cosas últimas, Gran mal, Glory box con reedición en Guayaquil, Ecuador; Las eternas rutas y Le mystère de la vulgaire mondes. En 2010 fue becaria por la Agencia de Cooperación Internacional Española. Obtuvo mención honorífica en dos concursos de poesía en España. Es directora de miCielo ediciones.



CULTURA DIGITAL Cortometraje El columpio


Cortometraje subtitulado "El columpio". ©1993, Álvaro Fernández Armero. Fernández Armero, A. (Director). Cano, N., Nolla, P. y Sanjuan, J. (Productores). (1993). "El columpio". [Cortometraje]. Madrid: Bolarque Unión Servicios, S.L. A continuación se presenta el cortometraje "El columpio" de ©Álvaro Fernández Armero (todos los derechos reservados al autor). El vídeo ha sido subtitulado con la ayuda del programa de subtitulación de YouTube con fines únicamente didácticos.


El columpio se desarrolla en la estación desierta de un metro. Presenta a dos personajes principales que llevan todo el peso de la narración: una mujer (Ariadna Gil) en apariencia decidida, pero en el fondo una romántica; y un hombre (Coque Malla) con aspecto más bien tímido debido en gran parte a sus dudas. Entonces, sus voces en off, para hacer partícipes a los espectadores de las reflexiones de los actores, comienzan a hablar para mostrar los sentimientos de cada uno de ellos con respecto al otro. Así, se llega a una historia de amor no confeso, quizá de desamor, en la que ambos se dicen lo mucho que se aman con el pensamiento, sin que así ninguno llegue a saber la verdad. El amor, la pasión y el desenfreno ocultos unidos a la inseguridad, la indecisión y el miedo a mostrar, a ser queridos. Los primeros planos de las caras de los dos protagonistas con los que juega Fernández Armero, reflejan este cúmulo de emociones contrapuestas.

Obtuvo los premios: 
Goya al mejor cortometraje de ficción 1993
Primer premio festival de L´ Alfàs del Pi. 1993
Premio al mejor director en el festival de L´ Alfàs del Pi. 1993
Premio al mejor guión en el festival de L´ Alfàs del Pi. 1993
Primer premio en el festival de Medina del campo 1993
Primer premio en el Festival de Elche 1993
Primer premio en el festival internacional Cinema Jove de Valencia 1993
Primer premio en el festival de San Roque 1993
Primer premio en la muestra del Atlántico de Cadiz1993
Tercer premio en el festival de Alcalá de Henares 1993
Premio al mejor montaje en el festival de Alcalá de Henares 1993
Premio del público en el festival internacional de Brest 1994

Para conocer más de Álvaro Fernández Armero visita http://www.alvarofernandezarmero.es/

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RELATO Pensamiento lógico | Alma Delia Murillo

Balthus. Pear (sin fecha). Imagen tomada de "Consentido propio". 


A los cinco años tenía dos juegos favoritos. El primero era descomponer las palabras y su significado. Así convertí a la maestra de preprimaria en “Tureya” y al micrófono en “tucrófono”. En la escuela los compañeros se burlaban y me repetían entre carcajadas –Mireya– Yo, convencidísima reflexionaba, por eso, es tuya: “Tureya”.
     Mi segundo juego favorito comenzó con una curiosidad meramente científica. Mi hermana que cursaba tercer grado de primaria se pasó una tarde metiendo un frijol en un algodón húmedo y luego en un frasquito de vidrio. –Va a crecer una planta de frijoles, dijo. Cuando pregunté por qué, repitió la razón que había escuchado de su maestro en la escuela –porque está en un ambiente húmedo y oscuro.
     Húmedo y oscuro, me quedé pensando…
     Efectivamente, al tercer día ya germinaba el frijol y asomaba una pequeña ramita blanca. Para el cuarto día brotó una especie de hojita que confirmaba a todas luces la factibilidad del experimento de mi hermana: del algodón mojado con el frijol dentro nacería una gran planta leguminosa.
     Mi hermana argumentó que todo eso se debía a sus poderes mágicos para hacer crecer plantas. Ella era mi guía, mi heroína mi modelo a seguir. A partir de ese momento la ascendí al grado de gurú porque el milagro del frijol me había impactado. Sin embargo, una y otra vez me dije a mí misma que eso no podía ser magia. Pasé varios días tratando de entender cómo había sucedido.
     Una noche, además del frijol, la admiración y la duda, empezó a crecer en mí la envidia. Estaba cansada de escuchar lo maravillosa que era mi hermana por haber tenido éxito con su maldita legumbre. Y entonces, click, recordé lo del ambiente húmedo y oscuro. Con todo sigilo bajé a la cocina y busqué la bolsa de los frijoles en la alacena. El corazón me reventaba en el pecho, encontré la bolsa, metí la manita y cogí un puño que deposité en la bolsa del pijama y caminé despacito, casi sin respirar hasta el baño. Me bajé los pantalones, los calzones que tenían bordada la palabra Martes en letras románticas y me metí un frijol en la vagina lo más profundo que pude. Los que me sobraron los tiré en el retrete y jalé la palanca haciendo desaparecer las pistas de mi delito.
     A la mañana siguiente me levanté y, como de costumbre, entré al baño a hacer pipí.
     En cuanto me senté y solté el primer chorro sentí cómo salió el frijolito y cayó en el agua, me levanté de inmediato y lo vi ahí, flotando. Empezaba a angustiarme cuando tuve la idea salvadora: –lo que pasa es que es muy chiquito, tengo que probar con algo más grande para que no se salga– pensé.
     Cuando regresé de la escuela, anduve rondando por la cocina, evaluando cuál sería la semilla ideal para mis propósitos hasta que reparé en las manzanas rojo brillante que mi madre había dejado en el frutero de la mesa. Qué bonitas manzanas, jugosas, grandes. Cuántos aplausos recibiría cuando hiciera crecer dentro de mí un espectacular árbol de manzanas y no una simple plantucha de frijoles como la de mi hermana.
     Tomé una y me la llevé a la habitación. Esperé a que llegara la hora en que todos estuvieran dormidos.
     Bajé al baño igual que la noche anterior, cerré la puerta con seguro, me saqué la ropa y me senté en el piso. Tome la manzana, abrí las piernas y comenzaron los intentos para que entrara. De tanto frotar la fruta contra mi sexo empecé a sentir un calor extraño. Era una sensación dulce y aguda, húmeda, diferente. Me gustaba.
     Por un momento olvidé la consigna y seguí frotando, mi respiración se volvió pesada, cerré los ojos y seguí hasta que llegó el milagro. Tenía ganas de gritar, pero pensar en las consecuencias del grito me contuvo, apreté los labios. Abrí los ojos de nuevo, la manzana estaba blanda, mojada y mucho más brillante que en la mesa del comedor. Yo temblaba. Soplé largo y despacio para recuperarme. Por un rato me quedé ahí, sentada y calladita. Volví a dejar la manzana en el frutero, nunca supe quién se la comió y aún prefiero no saber.
     No creció el árbol de manzanas en mi vientre pero corté la mejor, una que no provocó discordias y sí una gran armonía porque a partir de ese momento olvidé por completo la obsesión de competir con la planta frijolera de mi hermana.
     Han pasado muchos años y he descubierto otros tactos, otros jugos igualmente milagrosos, pero no dejo de pensar en esa fruta que estimula y humedece. El agua dulce, el sonido de derrumbe y el blanco imperfecto que se revela en el interior después de arrancar con una mordida la elástica piel roja, son poderosas y perturbadoras imágenes que ningún esfuerzo lógico o científico podrán anular. Aquí sigue, poderosa, la magia de aquella inolvidable iniciación orgásmica.

Cuento tomado del libro Damas de Caza (Plaza y Valdés, 2011) 


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Alma Delia Murillo se fue de casa a los diecinueve años, con nueve cajas de libros, un trabajo de telefonista de medio tiempo y su correspondiente medio salario con el que lograba sobrevivir. Hoy, algunos años más tarde, no solo puede estar orgullosa de sus estudios de Dramaturgia y Actuación, sino que es además reconocida por su columna sabatina "Posmodernos y jodidos" en el diario digital SinEmbargoMx; por sus colaboraciones en la revista erótico-literaria SoHo México; y por su libro de cuentos Damas de Caza (Plaza y Valdés, 2011). Acaba de publicar la novela Las noches habitadas (Planeta, 2015), en la que reflexiona sobre cuestiones existenciales y cotidianas de la mujer de hoy.

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RELATO Primera comunión | César Anguiano

Balthus. Girl kneeling, her arms on a chair. Imagen tomada de http://www.wikiart.org/de/balthus

“Acuérdate mi amor que no debes masticar la hostia. Eso sería como masticar a Dios –le dice su tía, al tiempo que le acomoda el velo de su traje blanco. Tu madre dijo que venía, pero no te hagas muchas ilusiones. Venga o no venga tú debes sentirte dichosa, pues recibirás por primera vez en tu cuerpo, el de nuestro señor Jesucristo”.
Estela cierra los ojos y trata de imaginar cómo será recibir por primera vez el cuerpo de Jesús. Recuerda las ansias, el gusto con el que su madre recibía los cuerpos de los hombres cuando vivían en Tecomán, y se pregunta si sentirá lo mismo, si pondrá en blanco los ojos y se morderá los labios hasta sacarse sangre. “Cuando tengas trece años, recuérdalo, tendrás a tu primer hombre”, le había dicho ella cuatro años atrás, y Estela había esperado anhelante a que llegara ese día. Se lo había imaginado muchas veces; ella con un ligero vestido blanco de algodón, de tirantes y amplio vuelo para que no hubiera siquiera necesidad de quitárselo cuando llegara el momento. Lo que su tía le ha puesto, en cambio, es un pesado vestido de encaje con doble forro, calzones y pantimedias blancas. Le ha recogido el pelo, y le ha hecho un apretado racimo de bucles en la nuca. Sobre éstos es que su tía le ha puesto el velo.
Quisiera arrancarse los encajes, quitarse las medias, deshacerse el peinado, pero se queda quieta porque quiere ser buena con su tía. Ella la ha cuidado en los últimos tres años; la enviado a la escuela, le ha comprado ropa nueva y enseñado a rezar. Está obligada a ser buena, agradecida. Aunque eso no impide que continúe recordando a su madre; la vida emocionante, libre, que había llevado con ella. Si no hubiera sido por los estúpidos del DIF, jamás habría ido a parar con su tía, ni habría sufrido esa existencia llena de prohibiciones y tonterías. Había momentos en que creía haberse acostumbrado ellas; instantes en que no veía otra existencia posible sino esa llena de rezos, sacrificios y frustraciones. Aunque también estaba el orfanatorio, no debía olvidarlo. Esa vida oscura y terrible entre extraños de la que se había salvado gracias a su tía. Por eso tenía que callarse y respetar la emoción con que le hablaba de su vestido blanco de primera comunión. Aunque por dentro no esté pensando sino en quitárselo de una vez, en ver aparecer a su madre. ¿La vería de nuevo ese día? ¿Vendría a verla cómo hacía su primera comunión? ¿O antes de que eso ocurriera entraría por la puerta, la tomaría de la mano y se la llevaría lejos con ella?    
Si no  hubiera sido por las vecinas estúpidas de Tecomán jamás se hubieran separado. ¿Si ese montón de mujeres no la quería, por qué habían fingido que se preocupaban por ella? En grupo habían ido las chismosas hasta las oficinas del DIF, a decir todos los malos ejemplos que estaba recibiendo de su madre, como si ella no quisiera parecérsele, como si ella no anhelara estar grande para hacer lo mismo, lograr todo ese poder que tenía sobre los hombres. Esas, las mismas mujeres que no la invitaban a las piñatas de sus hijos, que no le permitían entrar a sus casas, que no le invitaron nunca nada de comer, habían fingido que se preocupaban por ella, y la habían separado de su madre.  
Aunque algo le dice que después de tres años de no verse, se encontrarán de nuevo antes de que termine el día.
“Quedaste preciosa. Vas a ser la más bonita de la iglesia. Aunque ven. Vamos a la cocina, déjame ponerte un poquito de limón en el cabello para fijarte los pelitos que te quedaron sueltos”.
Y ella se deja llevar por el viejo corredor y entran a la cocina con techos altos de teja.
“Ya. Qué hermosa quedaste. Y ahora ven. Siéntate un poquito en el corredor. Te pondré el ventilador para que no sudes. Todavía falta media una hora para que salgamos a la iglesia”.
–¿Le llamaste a mi mamá? –le pregunta a su tía una vez que ha tomado asiento junto a la columna que sostiene la enorme buganvilia del jardín.
–Si, le responde su tía, al tiempo que enciende el ventilador y dirige la brisa hacia ella.
¿De verdad, tía? ¿Le llamaste?
–Ya te dije que sí. Me prometió que haría todo lo posible por venir. De todos modos ya te dije que tienes que estar contenta. Y ahora quédate tranquila mientras yo termino de arreglarme.
Estela se quedó mirando los enormes racimos de flores de la buganvilia de su tía. Le gustaba esa planta. Le gustaba aquella casa vieja, fresca y amplia, tan diferente a la que había compartido con su madre. ¿Por qué no habían sido ella y su madre quienes se quedaran con la propiedad? Cerró los ojos y trató de no pensar en nada. La brisa del ventilador le hacía olvidar por momentos que iba envuelta en varias telas.
Recordó la época en que podía andar con un simple camisón sin mangas, lo agradable que era correr en la tarde, con sus amigos del barrio, sin nada que le estorbara. Ellos apenas vestían un short aguado y una camiseta dos o tres tallas más grande que la que necesitaban, pero nadie sentía que fuera mal vestido. Qué feliz había sido con su madre, con los amigos de antaño, aunque no pudiera ir a sus fiestas de cumpleaños. Qué alegrías había experimentado cuando alguno de los hombres de su madre las invitaba a la playa y comían camarones, y ella correteaba por la arena con un calzón delgado como único vestido. El mar. Ella era alguien del mar. ¿Por qué la habían traído hasta ese enorme pueblo que olía a viejo?
–Vámonos mi amor. O llegaremos tarde –dice su tía, saliendo de su cuarto con un viejo aunque bien conservado vestido negro de satín.
¿No vamos a esperar a mi mamá?
–No podemos. No sabemos si va a venir. O a lo mejor ya nos está esperando en la iglesia. No sé. Te dije que tienes que estar contenta. No vas a amargarte el día esperándola.
¿Pero sí le llamaste?
–Claro que le llamé. Ya sabes que yo no te digo mentiras. Ponte de pie. Vamos.
La iglesia está casi llena con todos los familiares de los niños que harán la primera comunión, pero ellos ocupan las filas de adelante. Las niñas, las dos primeras de la izquierda y los varones, las de la derecha. A ella le toca hasta adelante y siente un poco de vergüenza porque es la más alta. Hace tres o cuatro años que debió haber hecho la primera comunión, pero su madre jamás se había preocupado por eso. Su tía se había enojado mucho cuando se había enterado, dos años después de que llegara a vivir con ella, de que no había comulgado nunca. “Qué pecado, dios mío. Qué pecado tan grande –había exclamado. Dejar crecer a los niños como si fueran animalitos”.
Ella no dijo nada, pero se había mirado a sí misma corriendo descalza sobre la tierra suelta, bañándose en el mar, jugando a la roña con sus amigos, y se preguntó si eso era crecer como animalito.
Sintió que la frente se le perlaba de sudor, pero se pasó el pañuelo blanco que su tía le había dado justo antes de entrar a la iglesia. Las niñas más pequeñas, a su lado, se veían frescas y sonrientes. No hacían sino observar el altar, maravilladas de tanto brillo. A veces se reían al tiempo que se murmuraban cosas al oído. Ellas estaban contentas porque tenían a toda su familia ahí: a sus padres, a los tíos y a los abuelos. Ella en cambio estaba sola con su tía. Su madre no vendría, o acaso no había podido descubrirla con tanta gente llenando la iglesia. Le hacía ilusión que estuviera ahí, que viera como recibía por primera vez el cuerpo de Cristo dentro de ella; cómo recibía la hostia, sacando apenas un poco la lengua, con las manos unidas en el pecho. Sí, estaba ansiosa por recibir a Dios dentro de ella, casi presentía un estremecimiento, una huida de sus pupilas hacia arriba. Aunque estaría lista para cerrar los ojos; nadie debía darse cuenta del placer que le provocaría eso: quedarse a solas con Dios, encerrados ambos detrás de sus párpados.
Cuatro o cinco fotógrafos disparaban sus flashes contra ellos. Algunos sonrían a las cámaras, pero ella permaneció quieta; si iba a quedar una foto de aquel mediodía, un registro de ella recibiendo por primera vez la hostia, tenía que ser una imagen donde estuviera seria, consciente de la gravedad e importancia del momento.
El sacerdote tardaba en salir, pero como ella no sabía si su madre estaba ya en la iglesia, pensaba que era mejor así, que la ceremonia se tardara en iniciar. No podía comenzar sino cuando la mujer que le había dado su vida estuviera en el templo.  
Sin poderse contener, miró atentamente hacia atrás para ver si descubría por fin a su madre, pero aparte de un montón de rostros extraños, a la única que vio fue a su tía mirando seria el altar.
Casi enojada volvió a mirar hacia adelante, pero se encontró con el lastimoso y blanco cuerpo de Jesús, colgado en la cruz. Se imaginó ese cuerpo herido pero sin el taparrabo. Se lo imaginó bajando de la cruz y acercándose a ella. ¿Podría él entrar en su cuerpo con todo el montón de ropa que su tía le había puesto encima? Muchas veces había visto hombres desnudos en el cuarto de su madre. Hombres tímidos que no se quitaban la ropa sino en el último momento, cuando por fin entraban entre las piernas de su madre. Pero también había visto hombres hermosos, seguros de sí mismos, orgullosos de su fortaleza y de mostrarse desnudos. Recordaba a su madre observándolos arrobada, desnuda, cubierta de sudor, tratando de robarles con la mirada, algo que no estaba en la piel, ni en el cuerpo de aquellos hombres que sólo pasaban una noche con ella, sino algo más allá, acaso en su manera de moverse, o en su olor, o en todo eso junto a la vez.  
Cuanta fuerza había en su madre luego de esas uniones con hombres extraños y fuertes. Porque no siempre eran hermosos, pero todos eran fuertes, cortadores de limón, o ganaderos de ojos azules de Michoacán, o narcos que venían hasta la ciudad a hacer sus compras importantes.
Volvió a mirar a mirar hacia atrás y observó el rostro de su tía. Sintió lástima por ella. Estaba segura que las dos o tres hostias que recibía al mes en su cuerpo eran nada, eran menos que nada si se comparaban con lo que uno solo de aquellos hombres podían hacer sentir a una mujer en una sola noche.
De pronto se le ocurrió que su madre no vendría, que su vida sería en adelante idéntica a la que llevaba su tía solterona, que terminaría flaca y seca como ella.
“Buenas tardes, hermanos –dijo el sacerdote, quien había aparecido junto al altar sin que ella se diera cuenta-. Vamos a dar inicio a nuestra ceremonia. Hoy es un día muy especial para todos estos niños que reciben, por primera vez, el cuerpo de nuestro señor Jesucristo”.   
Estela sintió que un estremecimiento le recorría el cuerpo y volvió a recordar las palabras de su madre: “Cuando tengas trece años, conocerás a tu primer hombre”.
Justo los que tenía en ese momento.
Sus senos incipientes se endurecieron. Recordó los jadeos en aquel cuarto lejano; el aleteo, como de pichones alzando el vuelo. Y luego ella abandonando la cama, acercando el rostro, mirando entre las rendijas que dejaban las viejas tablas de pino. Y aquellos hombres fuertes, morenos y bajitos, o pálidos y altos. Hombres cubiertos de vello y de gran vientre; delgados, lampiños, de músculos largos y bien definidos. Penes gordos, torcidos, delgados. Rectos y grandes como una linterna de mano. Su madre le había prometido todo eso, la había dejado que mirara todo lo que quisiera detrás de las tablas, perfectamente convencida de que ella no necesitaba nada, sino mirar, para aprender todo lo que hacía falta en el oficio.
Sintió que su entrepierna se humedecía, y agradeció por una vez toda la ropa que llevaba encima, que los calzones y las medias fueran atrapar cualquier humedad que saliera de cuerpo. Se volvió a limpiar la frente con el pañuelo blanco que le diera su tía.
“Me da mucho gusto ver alegría en el rostro de todos estos niños. Han venido muchos meses a la doctrina, han estudiado duro y ahora son capaces de entender la importancia de la sagrada comunión. Han comprendido que Jesucristo no ha muerto por otra cosa, sino para redimir nuestros pecados, para ayudarnos en nuestros momentos de duda y debilidad. Ahora todos estos niños y niñas saben que Jesús fue un hombre, una criatura con todas las debilidades propias de un ser humano, pero también con todas sus fortalezas, con un amor infinito por sus semejantes, por todos nosotros...”
Estela volvió a preguntarse si su tía había llamado de verdad a su madre; si ésta sabía que en ese momento estaba haciendo su primera comunión. A veces, sobre todo durante las noches que quedaba sola en su cuarto, se dejaba ganar por el miedo. Se le figuraba que su tía la protegía sólo para su propia conveniencia, que cuando volviera por ella su madre no la dejaría partir, que la encerraría para siempre en su enorme casa de corredores. ¿Qué era lo que había impedido casarse a su tía, tener amantes?
“…porque él, siendo Dios todopoderoso, hijo de Dios, quiso nacer convertido en hombre, conocer y compartir nuestras penas, nuestras tribulaciones; por eso quiso mostrarse desnudo y cubierto de llagas ante nosotros”.
El sacerdote bebe un poco de agua, seguramente se le ha secado la garganta con su largo discurso, y eso permite que Estela despierte de su trance, que de nuevo se sienta en la iglesia y que recuerde que espera a su madre. Mira de nuevo hacia atrás, intentando localizarla entre tanta gente, pero ve rostros extraños.
No puede creer que su madre no haya venido. Está casi segura de que está ahí, escuchando como ella todo lo que dice el padre; al final de la misa vendrá a abrazarla, a felicitarla por haber recibido el cuerpo de Cristo por vez primera.
“…y ahora les pedimos ponerse de rodillas, porque va a empezar el momento más sagrado de nuestra celebración. El momento en que el pan y el vino, se transforman en el cuerpo y la sangre de nuestro señor…”
Estela, igual que prácticamente todos los asistentes, se arrodilla. Ella, además, cierra los ojos y se limpia el sudor de la frente. Se siente anhelante. Durante cuatro años ha soñado con ese momento, o con uno prácticamente igual en que conocería a su primer hombre. Lamenta que tenga que ser a la manera de su tía y no a la de su madre, pero algo es mejor que  nada, se dice. Cristo está a punto de encarnarse para penetrar en su cuerpo. Por alguna razón, recuerda la ocasión en que su madre atendió tres franceses en su casa. Tres hombres muy diferentes entre sí; uno rojo, el otro blanco y el último negro. Habían venido a la ciudad a comprar mango al por mayor para enviarlo a su país. Y en un principio sólo parecían querer beber con su madre, charlar y fumar hierba.
Ella se había cansado de mirar detrás de las tablas y había terminado por volver a la cama y quedarse dormida.
Una hora después los quejidos de su madre la despertaron, ella había estado a punto de quedarse donde estaba, tratar de dormir de nuevo, pero se acordó que su madre, aquella noche, atendía a tres hombres juntos y algo más fuerte que ella la impulsó a levantarse. O fue tal vez que había algo extraño en los gritos ahogados que su madre dejaba escapar, como si por una vez no quisiera ser escuchada, que ella despertara y la viera por entre el hueco de las tablas.
Pero ella se había puesto de pie, y había espiado por entre les espacios que dejaban las tablas. Y al día siguiente había fingido que no había visto, que no estaba asombrada de haber visto a su madre de espaldas en la mesa, desnuda, rodeada de los tres franceses, también desnudos. El más pequeño de ellos, el rojo, la estaba poseyendo en ese momento, al tiempo que los otros dos, el negro y el blanco, observaban atentamente mientras manipulaban sus propios miembros enormes y aguardaban el turno.
“Los hombres son como perros”, solía repetir su tía con el menor pretexto, invitándola a compartir con ella el asco que los hombres le provocaban. Sólo que ella no tenía asco de ellos, aunque le pareciera justa la comparación. Los hombres eran a veces como los perros callejeros que rodeaban en manada a la hembra en celo. ¿Por qué su tía estaba tan segura de que ser como un perro era malo?
El sonido de la pequeña campana, marcando con su agudo sonido, el momento más sagrado de la celebración, hizo que un calor extraño le subiera por las piernas y se le alojará en el vientre. Volvió a cerrar los ojos presintiendo una como marea que se acercaba a ella. Creyó por un momento que tenía que morderse los labios como su madre, pero la marea se alejó sin haberla golpeado realmente y no le quedó más remedio que abrir los ojos decepcionada.
“Pueden ponerse de pie –escuchó que dijo el sacerdote-. Las personas que deseen comulgar, formen una fila por la izquierda. Tan pronto terminen estos niños que comulgarán por primera vez, podrán hacerlo los adultos”.
Las más pequeñas de sus compañeras se formaron de inmediato frente al sacerdote y su ayudante. El primero sostenía la copa de las hostias, el segundo el cáliz del vino.
Estela había estado tan distraída en los recuerdos de todo lo que había visto, que el primero de la fila de los varones la apuró un poco antes de formarse detrás de ella. A ella le costó trabajo ponerse de pie y dar los cuatro pasos hasta la última de sus compañeras de doctrina.  
“Recibe el cuerpo y la sangre de nuestro señor…”, iba repitiendo el sacerdote al tiempo que dejaba una pequeña hostia en la lengua de cada una de las niñas y su ayudante les daba un poquito de vino. Estela se preguntó si esa ola de calor que había estado a punto de estallar en su vientre un par de minutos antes, estallaría por fin al tener la hostia en la boca. Siente los pies y las piernas pesadas, pero aun así las mueve hacia adelante. Está adormecida, casi enferma, pero también ansiosa. “Recibe el cuerpo y la sangre de nuestro señor”, le dice el cura a la chica que le precede. La cual recibe la hostia y el vino y se aparta. Estela se prepara para el gran momento, da un paso al frente y saca la lengua. Su vientre está a punto de incendiarse, toda su piel no es más que un hormigueo. No necesita sino un poco de calor extra para que todo comience a arder en su interior, pero la hostia que recibe en la lengua es como un cubo de hielo. El vino le parece un cubetazo de agua que le hace abrir los ojos.
Tiene la impresión de que todo mundo la mira. Siente vergüenza, pero sobre todo decepción. Se limpia la frente, y olvidándose de los consejos que le diera durante toda la mañana su tía, intenta masticar la hostia, desprendérsela de la lengua. Le parece que no es sino la piel repugnante del jitomate.
Vuelve a su sitio y mira el altar, el cual ha perdido de pronto la mitad de su brillo. Tiene la impresión de que está hecho de papel, que bastaría un poco de lluvia para caer deshecho. Por fin logra desprenderse la hostia de la lengua y la traga. Sabe que su tía la mira con reproche desde algún sitio, pero no le importa. Ni siquiera regresará a casa con ella. Está decidida a buscar a su madre entre los asistentes a la ceremonia y marcharse con ella de inmediato. Si su tía quiere desperdiciar su vida comiendo esos insípidos panecillos que ofrece el padre, allá ella. Ella se siente incapaz de una vida semejante. Ahora entiende por qué su madre ha renunciado a la enorme, aunque vieja, casa familiar. Sus padres habían intentado convencerla para que llevara la vida aburrida y vacía de su hermana, y ella se había revelado.
¿Aunque dónde estaba? ¿Por qué no venía y la tomaba de la mano y se la llevaba lejos de una vez?
Cuando se acaba la misa ella se queda de pie, inmóvil en su sitio mientras sus compañeros de primera comunión buscan a sus padres o empiezan a posar para las fotos en familia. A ella se le figura que su madre la tomará por fin de la mano, que le quitará toda esa ropa horrible que le ha puesto su tía y le pondrá un vestido fresco y ligero y se irán corriendo entre los árboles. Pero no ocurre tal cosa.   
No quiere moverse. No quiere mirar hacia atrás, ni darse cuenta de que la única persona que la aguarda es su tía, mirándola con reproche por haber masticado la hostia.
Piensa con terror en todos los padres nuestros y las aves marías que la hará rezar. Quizá hasta le dé un par de bofetones en la boca por haberla desobedecido. Todo su ser se revuelve, no quiere esa vida pero es la única que tiene. 


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César Anguiano. Es autor de siete novelas, tres de ellas publicadas. Ganador de dos concursos de cuentos y uno intenacional de poesía: Concurso de poesía "Jaime Gil de Biedma" convocado por la Diputación de Segovia, España. Nació en Colima, Colima, en 1966.


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ACERCAMIENTOS Las ideas | Henry Miller



Las ideas tienen que ir unidas a la acción; si no hay sexo ni vitalidad en ellas, no hay acción. Las ideas no pueden existir solas en el vacío de la mente. Las ideas están relacionadas con la vida: ideas hepáticas, ideas renales, ideas intersticiales. Si sólo hubiera sido por una idea, Copérnico habría hecho añicos el macrocosmos existente y Colón habría zozobrado en el mar de los Sargazos. La estética de la idea produce macetas, y las macetas se colocan en el alféizar de la ventana. Pero, si no hubiera lluvia ni sol, ¿de qué serviría colocar las macetas fuera de la ventana?

Henry Miller, Trópico de Cáncer, Bruguera, Barcelona, 1979.

RELATO La mujer de las dunas | Anaïs Nin



Louis no podía dormir. Se revolvió en la cama, se puso bocabajo, y, escondiendo la cara en la almohada, se restregó contra las sábanas calientes como si estuviera sobre una mujer. Pero cuando la fricción lo acaloró, se detuvo.
Se levantó de la cama y miró el reloj. Eran las dos en punto. ¿Qué podía hacer para aplacar la excitación? Salió del estudio. Había luna y veía con claridad los caminos. El lugar, una ciudad costera de Normandía, estaba lleno de pequeños chalés que se alquilaban por una noche o por una semana. Louis vagabundeaba sin rumbo fijo.
Vio que en uno de los chalés había luz. Era un chalé metido en el bosque, aislado. Le intrigó que hubiera alguien levantado tan tarde. Se acercó sin hacer ruido, dejando sus huellas en la arena. Las persianas estaban echadas, pero no cerraban bien, de forma que pudo mirar dentro de la habitación. Y sus ojos dieron con la más pasmosa visión: una cama muy ancha, repleta de almohadas y colchas revueltas, como si antes hubiera sido el escenario de una gran batalla; un hombre, al parecer arrinconado contra un montón de almohadones, como si se hubiera retirado después de una serie de ataques, recostado como un pacha en su harén, muy tranquilo y satisfecho, desnudo y con las piernas cruzadas; y una mujer, también desnuda, a quien Louis solo veía la espalda, retorciéndose delante de este pacha, ondulándose y obteniendo tal placer en lo que estuviera haciendo con la cabeza entre la piernas del hombre que su culo temblaba trémulo y las piernas se tensaban como si estuviese a punto de saltar.
De vez en cuando el hombre le ponía la mano sobre la cabeza, como para contener su frenesí, y trataba de alejarse. Luego, ella saltó con gran agilidad, colocándose encima, arrodillada sobre la cara. El hombre no se movió. Tenía la cara debajo del sexo de la mujer y esta, sacando el estómago, se lo ofrecía.
Al quedar él encajado debajo, era ella la que se movía al alcance de la boca del hombre, que aún no la había tocado. Louis vio el sexo del hombre, empinado y agrandado, y al hombre tratando de ponerse a la mujer encima mediante un abrazo. Pero ella se mantuvo a corta distancia, mirando complacida el espectáculo de su hermoso estómago, su vello y su sexo tan cerca de la boca del hombre.
Después, poco a poco, se acercó lentamente y, doblando la cabeza, observó la humedad de la boca del hombre entre sus piernas.
Durante largo rato se mantuvieron en esta posición. Louis estaba tan excitado que se apartó de la ventana. De haber seguido más tiempo, hubiera tenido que tirarse al suelo y satisfacer su ardiente deseo como fuera, y eso no quería hacerlo.
Comenzó a tener la sensación de que en todos los chalés estaba ocurriendo algo que a él le hubiera gustado compartir. Anduvo más de prisa, obsesionado por la imagen del hombre y la mujer, por el vientre firme y redondo de la mujer cuando se arqueaba sobre el hombre…
Al cabo llegó a las dunas de arena y la absoluta soledad. Las dunas brillaban como colinas nevadas en la noche clara. Más allá estaba el mar, cuyos rítmicos movimientos oía. Anduvo bajo la luz blanca de la luna. Y entonces vislumbró una figura delante de él, que andaba a pasos ligeros y airosos. Era una mujer. Llevaba puesta una especie de capa, que el viento henchía como una vela y que parecía impulsarla. Nunca la alcanzaría.
Ella andaba hacia el mar y él la siguió. Anduvieron largo rato sobre las dunas que parecían nieve. Al llegar a la orilla, ella dejó caer al suelo sus ropas y quedó desnuda en medio de la noche estival. Echó a correr hacia la rompiente. Y Louis, imitándola, también se deshizo de las ropas y entró corriendo en el agua. Solo entonces le vio ella. Al principio se quedó inmóvil. Pero cuando vio el cuerpo joven a la luz de la luna, la hermosa cabeza y la sonrisa, ya no sintió miedo. Él fue nadando hacia ella. Se sonrieron mutuamente. La sonrisa de él, aún de noche, era deslumbrante; y también la de ella. Casi no distinguían otra cosa que sus sonrisas brillantes y los contornos de sus cuerpos perfectos.
Él se acercó. Ella lo dejó. De pronto, Louis se echó a nadar hábil y graciosamente sobre el cuerpo de ella, rozándolo y sobrepasándolo.
Ella seguía nadando y él repitió el cruce por encima. Luego ella se puso en pie y él buceó y pasó entre las piernas. Rieron. Los dos estaban a sus anchas en el agua.
Louis estaba profundamente excitado. Nadaba con el sexo erecto. Entonces se acercaron el uno al otro, agachados, como si fueran a pelear. Él apretó el cuerpo de la mujer contra el suyo y ella percibió la dureza del pene.
Él lo colocó entre las piernas de la mujer. Ella lo tocó. Sus manos la registraban y acariciaban por todas partes. Luego, ella volvió a alejarse y él tuvo que nadar para alcanzarla. De nuevo con el pene provocativamente entre las piernas de la mujer, la apretó con mayor fuerza y trató de penetrarla. Ella se zafó y salió corriendo del agua a las dunas de arena. Él corrió detrás, chorreando, resplandeciente y riéndose. El calor de la carrera volvió a encenderlo. La mujer se dejó caer en la arena y él encima de ella.
Entonces, en el momento en que más la deseaba, súbitamente le abandonó la potencia. Ella yacía esperándolo, sonriente y húmeda, y su deseo se fue amansando. Louis estaba confundido. Había estado rebosando de deseo durante días. Quería tomar a aquella mujer y no podía. Se sentía profundamente humillado.
—Hay mucho tiempo —dijo ella. Curiosamente, su voz estaba llena de ternura—. No te muevas. Estoy muy bien.
Ella le pasó su calor. El deseo no volvía, pero le gustaba sentirla. Sus cuerpos yacían juntos, vientre contra vientre, el vello sexual enzarzado, los pechos de ella clavándole las puntas y las bocas pegadas.
Se soltó para mirarla: las largas piernas esbeltas y lustrosas, el abundante vello púbico, la encantadora piel pálida que resplandecía, los pechos abundantes y muy erguidos, los cabellos largos, la amplia sonrisa de la boca.
Estaba sentado en la postura de Buda. Ella se aproximó y cogió con la boca el pequeño pene alicaído. Lo lamió suavemente, con ternura, demorándose alrededor de la punta. El miembro se rebulló.
Louis bajó los ojos para contemplar cómo la boca, ancha y roja, se redondeaba alrededor del pene. Una mano le acariciaba los testículos, la otra removía la cabeza del pene, cubriéndola y sacudiéndola muy despacio.
Luego, sentándose apoyada contra él, lo cogió y lo metió entre sus piernas. Lo frotó suavemente contra el clítoris, una y otra vez. Louis miraba la mano, pensando en lo hermosa que era con el pene cogido cual si fuera una flor. El pene se estiró, pero no estaba lo bastante duro para penetrarla.
Al abrirse el sexo de la mujer, Louis vio brotar la humedad de su deseo, brillante a la luz de la luna. Ella seguía frotando. Los dos cuerpos, igualmente hermosos, se doblegaban a la frotación; el pequeño pene sentía el contacto de la piel de la mujer, su carne cálida, y gozaba con el contacto.
—Dame la lengua —dijo ella, acercándose.
Sin dejar de frotarle el pene, le cogió la lengua con la boca y le tocó la punta con su propia lengua. Cada vez que el pene le rozaba el clítoris, la lengua de ella rozaba la punta de la lengua de él. Y Louis sintió cómo el calor descendía de la lengua al pene, recorriéndole de pies a cabeza.
—Saca la lengua, sácala —dijo ella con voz ronca.
Él obedeció. Ella volvió a gritar:
—Sácala, sácala… —obsesivamente.
Cuando lo hizo sintió tal conmoción en todo su cuerpo que parecía como si el pene se alargara hacia ella, como si fuera a alcanzarla.
Ella mantenía la boca abierta, dos delgados dedos alrededor del pene y las piernas separadas, esperando.
Louis sintió el torbellino de la sangre que le recorría el cuerpo y descendía al pene. El miembro se puso duro.
La mujer esperó. No cogió inmediatamente el pene. Dejó que de vez en cuando rozara la lengua contra la de ella. Le dejó jadear como perro en celo, abriendo su ser, estirándose hacia ella. Él miraba la boca roja del sexo de la mujer, abierto y expectante, y de pronto la violencia del deseo le hizo temblar y completó la erección. Se arrojó sobre ella, con la lengua dentro de su boca y el pene abriéndose camino en su interior.
Pero tampoco ahora pudo correrse. Rodaron juntos largo rato. Finalmente, se pusieron en pie y anduvieron, llevándose las ropas. El sexo de Louis estaba empalmado y tenso y ella disfrutaba viéndolo. De vez en cuando se dejaban caer en la arena y él la tomaba, la revolcaba y la dejaba mojada y salida. Y al seguir andando, yendo ella delante, la rodeaba con los brazos y la arrojaba al suelo, de modo que copulaban a cuatro patas como los perros. Él temblaba dentro de la mujer, empujaba y vibraba y le sostenía los pechos con las manos.
—¿Quieres? ¿Quieres tú? —preguntó Louis.
—Sí, pero despacio; no te corras. Me gusta así, repitiendo muchas veces.
Tan mojada y enfebrecida estaba la mujer. Andaba esperando el momento en que la tirara de nuevo a la arena y volviera a tomarla, excitándola y dejándola antes de que se hubiera corrido. Cada vez volvía a sentir las manos del hombre sobre su cuerpo, la arena cálida contra su piel, la caricia de la boca del hombre, la caricia del viento…
Mientras andaban, ella sostenía en la mano el pene erecto. Una vez lo detuvo, se arrodilló delante e introdujo el miembro en la boca. Él se mantuvo arriba, de pie, adelantando ligeramente el vientre. Otra vez ella apretó el pene entre los pechos, almohadillándolo, sujetándolo y dejándolo resbalar por el blando abrazo. Avanzaban como borrachos, aturdidos, palpitantes y vibrando a consecuencia de las caricias.
Luego vieron una casa y se detuvieron. Él le pidió que se escondiera entre la maleza. Quería correrse; no la dejaría hasta haberse corrido. Ella estaba muy excitada, pero, no obstante, quería contenerse y esperarle.
Esta vez, cuando estuvo dentro de la mujer, empezó a temblar y por último se corrió violentamente. Ella se había montado encima para alcanzar su propia satisfacción. Los dos aullaron al unísono.
Echados de espaldas, descansando, fumando, con el amanecer próximo, sintieron frío y se cubrieron con las ropas. Sin mirar a Louis, la mujer le contó una historia.
Estaba en París cuando ahorcaron a un extremista ruso que había matado a un diplomático. Por entonces vivía en Montparnasse, frecuentaba los cafés y había seguido el proceso con apasionamiento, al igual que todos sus amigos, porque el hombre era un fanático y había respondido a lo Dostoyevski a cuantas preguntas le hicieron, afrontando el proceso con gran valor religioso.
En aquellos tiempos todavía se ejecutaba a la gente por los delitos graves. Habitualmente se llevaba a cabo al amanecer, cuando no había nadie, en una placita cercana a la prisión de la Santé, donde se irguiera la guillotina en la época de la Revolución. Y no era posible acercarse demasiado porque lo impedía la policía. Pocas personas asistían a estos ahorcamientos. Pero en el caso del ruso, dadas las grandes pasiones que había despertado, decidieron asistir todos los estudiantes y artistas de Montparnasse, los jóvenes agitadores y los revolucionarios. Aguardaron en pie toda la noche, emborrachándose.
Ella había esperado con los demás, había bebido con ellos y estaba muy excitada y asustada, por primera vez vería morir a una persona. Por primera vez sería testigo de una escena que sería repetida muchas veces, muchísimas veces, durante la Revolución.
Hacia el amanecer, la multitud se dirigió hacia la plaza, hasta donde lo permitía el cordón desplegado por la policía, y formó un círculo. La marea de la multitud la arrastró a un punto situado a unos diez metros del cadalso.
Allí se quedó, apretada contra el cordón policial, fascinada y aterrorizada. Luego, un revuelo de la multitud la empujó a otro sitio. De todas formas, poniéndose de puntillas, podía ver. La gente la aplastaba por todas partes. El reo apareció con los ojos vendados. El verdugo estaba dispuesto y esperaba. Dos guardias cogieron al hombre y, lentamente, lo guiaron por la escalera del patíbulo.
En aquel momento se dio cuenta de que alguien se apretaba contra ella con mucha más fogosidad de lo normal. En su estado tembloroso y excitado, la presión no era desagradable. Tenía el cuerpo enfebrecido. De cualquier forma, casi no se podía mover; tan clavada la tenía la curiosa multitud.
Llevaba una blusa blanca y una falda con botones a todo lo largo de un costado, a la moda de entonces: una falda corta y una blusa a cuyo través se veía la ropa interior rosada y se adivinaba la forma de los pechos.
Dos manos le rodearon la cintura y sintió con toda claridad el cuerpo de un hombre, su deseo duro contra su propio culo. Contuvo la respiración. Tenía los ojos fijos en el hombre que iban a ahorcar y los nervios la torturaban. Al mismo tiempo, aquellas manos avanzaron hacia sus pechos hasta apresarlos.
Estaba aturdida por las sensaciones contradictorias. No se movió ni volvió la cara. Ahora una mano buscaba una abertura de la falda y descubrió los botones. Cada botón que soltaba la mano la hacía suspirar de miedo y alivio. La mano se detenía, por si protestaba, antes de pasar al siguiente botón. Ella no hizo el menor movimiento.
Luego, con destreza y rapidez inesperadas, las dos manos hicieron girar la falda de forma que la abertura quedase detrás. En medio de la palpitante multitud, lo único que ahora sentía era el pene deslizándose lentamente por la abertura de la falda.
Sus ojos seguían fijos en el hombre que ascendía al patíbulo y, a cada latido del corazón, el pene avanzaba un poco más. Había atravesado la falda y abierto un siete en las bragas. Lo sentía caliente, firme y duro contra su carne. Ahora el condenado estaba de pie sobre el patíbulo y le pusieron la soga al cuello. El dolor de verlo era tan grande que convertía el contacto carnal en un alivio, en algo humano, cálido y consolador. Le pareció que el pene que se estremecía entre sus nalgas era algo hermoso de coger, que era vida, vida a la que cogerse mientras se desarrollaba la muerte…
Sin decir una palabra, el ruso dobló la cabeza sobre el nudo. El cuerpo de ella tembló. El pene avanzaba entre los blancos bordes de las nalgas, abriéndose inexorablemente su carne.
Palpitaba de miedo y la palpitación era la misma para el deseo. A la vez que el condenado saltó al vacío y a la muerte, el pene se estremeció dentro de ella, vertiendo su cálida vida.
La multitud aplastaba al hombre contra ella. Casi dejó de respirar y, conforme el miedo se convirtió en placer, en salvaje placer al sentir la vida mientras el hombre agonizaba, se desmayó.
Después de esta historia, Louis descabezó un sueñecito. Al despertar, saturado de sueños sensuales, vibrando a resultas de un imaginario abrazo, vio que la mujer se había ido. Pudo seguir las huellas sobre la arena durante un buen trecho, pero desaparecieron en la zona arbolada que daba a los chalés, y así la perdió.

Anaïs Nin. Pájaros de fuego. Plaza Janés editores 2ª edición 1990. 176 páginas.

POESÍA Poemas | Alberto Ruy Sánchez



DÉJAME SER EL LOBO

Desde el lado obscuro
de tu piel
me iluminas.
Déjame ser el lobo
—sombra de sed y perro y hambre—
que entra en la noche
de tu cuerpo
con pasos húmedos,
titubeantes,
por tu bosque incierto
—tu olor a mar me guía hacia tu oleaje—
para tocar adentro
la luna creciente
de tu sonrisa.
Déjame conocer
—con lengua incluso—
la obscuridad
más honda,
la más callada,
e invocar
con movimientos
repetidos,
rituales como aullidos,
la luna llena
de tu cuerpo,
la que me lleva a ti
como si fuera yo,
en tus manos,
agua
que conviertes en marea
iluminada.


TOCO TU ESPALDA

Toco minuciosamente tu espalda
desde adentro.
Tu obscuridad
es la luz de mi sexo:
das sentido,
orientación,
a esta vida.
Antes, tu espalda me condujo
a la pendiente más pronunciada
de tu cuerpo.
Tu plenitud me llena.
Sostengo tus nalgas
con mis diez dedos separados
abriendo un poco más,
con terca suavidad,
lo que ya estaba en ti muy abierto,
y entro muy lentamente
con mi sonrisa
erecta, palpitante, ciega.
Ahí eres mi convulso universo
mi obscuro paraíso táctil,
mi búsqueda de ver dentro de ti
esta revelación extrema,
mi respiración intermitente,
saber y luego no saber
lo que es entrar en trance,
como la luna cada mes
hacia su esfera,
clara u obscura.
Pero mi ciclo lunar en ti,
siempre creciente, culmina
en el sol de tu sonrisa.
Toco tu espalda desde adentro
y tu obscuridad me ilumina.


LA PASIÓN: FÓSIL MUTANTE

Soy las palabras,
las no dichas.
Las de sangre
en celo:
las de celos
que palpitan
en el silencio
de la noche.
Huella fósil
de una pasión,
un bicho.
Soy primitivo,
enamorado,
imaginario,
solar,
testigo,
irónico.
Soy mutante,
soy lo que miras,
y soy cada axolotl
en tu pecera
y fuera.
Amada
de agua
fugaz.
Mi estrella
huidiza.

Decir es desear. Alberto Ruy Sánchez , Alfaguara, 2012.