COLUMNAS Recordando a Dickens | Juan de Dios Rivas Castañeda

El desborde de emociones que caracteriza a diciembre no es gratuito. Pareciera que todos, o casi, trabajan ardua y sistemáticamente –algunos con una indiferencia inamovible– durante doce meses para poder celebrar navidad y año nuevo...
El inminente fin de año se acerca con el correr de cada uno de los días que lo estructuran y dan forma al calendario en turno, pero es en diciembre cuando por fin se puede ver el horizonte que delimita los doce meses que casi han transcurrido y los doce nuevos que se aproximan con rostro servil, cada uno de ellos portando cuatro o cinco semanas bajo el brazo. Todos tienen encanto, incluso enero, que parece el monstruoso lunes de cada año, pero ninguno es tan intenso como diciembre.

El desborde de emociones que caracteriza a diciembre no es gratuito. Pareciera que todos, o casi, trabajan ardua y sistemáticamente –algunos con una indiferencia inamovible– durante doce meses para poder celebrar navidad y año nuevo, dos fechas en que los días que las preceden y susceden son también motivo de jolgorio desenfrenado donde todo exceso placentero corre sin control y se reparte y comparte a diestra y siniestra desde alcohol y manjares, nacionales y extranjeros, hasta los buenos deseos.

Es por ello que las calles de la ciudad se encuentran abarrotadas la mayor parte de los días decembrinos. Es estresante salir, tanto a pie como en carro, porque la gente se muere por despilfarrar el aguinaldo, prima o compensación anual con tal de que no muera la tradición del consumismo promovida por el gordo canoso, barbón y vestido de rojo que el refresco más famoso del orbe nos vendió hace décadas. Santa Claus, tal como lo conocemos hoy en día, es casi una creación de Coca-Cola. Si bien se dice entre investigadores históricos que ya existía su atuendo antes de que la bebida oscura, gaseosa y adictiva lo incluyera en sus anuncios tal como hoy hace gala, no se popularizó hasta que Coca-Cola lo hizo beber de sus botellas con etiqueta rojiblanca. Santa es un embajador de las compras compulsivas y de la diabetes. Cada una de sus carcajadas representa el cosumismo sin control y varios puntos porcentuales en el índice de azúcar en la sangre. Todo con supuestos fines altruistas y buenos deseos. La pregunta es dónde quedan esos fines y esos deseos cuando unos a otros se encuentran en la calle con empellones en el intento de adquirir lo mejor de lo mejor –o en ocasiones lo más barato que aparenta ser lo mejor– para demostrar el amor que quizás estuvo ausente el resto del año.

Navidad y el año nuevo obligan a ser felices, disfrutar, celebrar, despilfarrar y entregarse a los placeres etílicos y gastronómicos, todo sin sentimiento de culpa. Pero, ¿por qué no invitan a desanudar la indiferencia que se padece hacia quienes no tendrán una feliz navidad y tampoco un próspero año nuevo? ¿por qué obligar a una felicidad efímera de dos noches?

Utilizo el verbo obligar debido a que si no te ves feliz o no muestras tu dentadura en las fotos –esto último aún sin que nos encontremos perdidos en diciembre–, comienzan las críticas que cuestionan tu actitud. Gran parte de la población, aunque no lo parezca, no cuenta con la solvencia monetaria para procurarse una feliz nochebuena según lo establecen los estándares consumistas de cada año. Pero la situación no impedirá que gocen de felicidad. Otras tantas personas se encuentran sumidas en la tristeza, algunas en alarmantes estados de depresión, por causa de la pérdida de un ser querido, o por no tener trabajo o por cualquier otro revés, incluido el hecho de no poder cumplir las expectativas impuestas para estas fechas por la economía global. Estas personas tienen todo el derecho a estar tristes. Quienes nos encontramos en la vorágine decembrina no deberíamos portar indiferencia hacia ellas. Si dejamos un poco de lado el embelesamiento navideño y observamos detenidamente, es muy probable que descubramos que algunas forman parte de nuestra familia.

Esta navidad y este año nuevo deberían ser motivo para reflexionar las palabras de Dickens: “Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla durante todo el año”. No vendría mal sumergirse en Canción de Navidad (A Chrismas Carol), novela corta también conocida como Cuento de Navidad. Tal vez ayude un poco a que se destierren a los "Scrooge" que padecemos antes de que nos visiten un fantasma y tres espíritus.

Fotografía | Imágenes de Google

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