MINIFICCIÓN

Algunas brevedades sobre el amor | Ricardo Alberto Bugarín

CUENTO

El doctor | Servando Clemens

POESÍA

El hombre primitivo | Ihovan Pineda

FOTOGRAFÍA

Las primeras fotografías eróticas de Félix Jacques Moulin y Auguste Belloc

MINIFICCIÓN

Cuatro historias breves | Varios autores

CALEIDOSCOPIO Intersubjetividad y utilitarismo: hacia una realidad supuestamente objetiva | Wilberth Alejandro Rejón Huchin

El utilitarista obliga a ser tan estrictamente imparcial como un espectador desinteresado y benévolo. (John Stuart Mill)
La sociedad está imantada por una serie de símbolos que si bien funcionan como isla, no dilucidan completamente la teleología que buscan; es decir, estamos frente a una serie de imágenes que dan con los alcances intersubjetivos de nuestra realidad en corredizos que se alojan como preconcepciones en el inconsciente. Esto significa que las raigambres que conforman el sistema son una clase de esfera en la cual la circunstancia y la ignorancia social no nos hacen ver más allá de aquello que incrustamos a la conciencia desde una proyección primera. Por tanto, es importante no solamente definir el punto de partida y las esencias que se argollan en nuestra percepción, sino reflexionar al menos un esbozo fenoménico de las mismas.

El filósofo francés Maurice Merleau Ponty, en su Fenomenología de la percepción (1945), explica que la cosa no es percibida por sí misma sino que acaece a partir de otras estructuras que la conforman. Un ejemplo clásico es el color amarillo del limón que lo es justamente por las condiciones ácidas que le dan ese atributo; luego entonces, por más que se trate de deconstruir una estructura siempre hay otras estructuras que la componen y contienen un valor en sí mismas.

La importancia de la obra de Ponty recae en que nos hace ver lo misteriosas que pueden ser las cosas del mundo al tener “a priori” una teleología, un objeto ya predispuesto que a pesar de ser un horizonte que da lugar a la cognición, no puede ser reducido a simples conceptos o ser asequible en su totalidad. Pero al no tratarse esto de un artículo filosófico de la fenomenología sino de una crítica a las desviaciones utilitaristas  me gustaría plantear las siguientes cuestiones: ¿Cuál es el alcance que tiene el utilitarismo en nuestros días y de qué forma se nos presenta? A pesar de ser  algo inherente a la condición humana ¿Por qué plantea la enajenación?

Es común ver que nuestro circuito social está encubierto por una ideología que solo busca lo práctico y que poco a poco dentro del positivismo/utilitarismo va desalojando las nociones fundamentales por una cuestión pragmática que solamente se basa en cubrir una parte del estímulo o de la estructura.

Las ideologías de las empresas, la política, las instituciones educativas, entre otras organizaciones, están basadas en la practicidad. Pese a lo mencionado, no podemos descartar que los avances tecnológicos y científicos nos han brindado en gran parte una mejor comodidad y mejoramiento en áreas básicas como la salud. Sin embargo, podemos decir que la forma en la que se nos presenta la extensión enajenante del mismo es mediante el diábolo o lo contrario al diálogo, como diría el filósofo francés Jean Luc Marion.

El hecho de que unos cuantos utilizan los principios neoliberales para la satisfacción de una sola estructura; al no formar parte de su esencia de ser, por lógica encausa a un rechazo por el ser-para-el-otro (Emmanuel Lèvinas) o aquel que nos rebasa desde su existencia porque ya está inscrito en nosotros.

En consecuencia, tenemos a un mundo que se materializa hacia una realidad supuestamente objetiva basada en la construcción de símbolos artificiales. 


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Intersubjetividad
-adj. Que sucede en la comunicación intelectual o afectiva entre dos o más sujetos


Wilberth Alejandro Rejón Huchin (Mérida, Yucatán, México 1997). Ganador del primer lugar en el X y XI concurso estatal de poesía de los colegios de bachilleres de Yucatán, participó en el XXIII encuentro académico de jóvenes escritores realizado en la ciudad de Huatulco en el 2014 y fue ponente en el primer encuentro literario del sureste realizado en la ciudad de Mérida en el 2015. Ha publicado en las revistas digitales: Cinosargo, Morbìfica, Bistró, Literatura y poesía, Hijos de marzo, Revista sin fin, Experimental lunch, El grito literario, Mal de ojo, Letrina, Monolito, entre otras. Dirige el sitio de difusión poética “Marcapiel”. Actualmente está a punto de terminar el taller “Grandes poetas del siglo XX” impartido por el escritor José Díaz Cervera.


ACERCAMIENTOS De la pintura mala | Umberto Eco

caricatura di Umberto Eco (su Pinzellades al món: Literatura i art:
caricatures d'escriptors de Tullio Pericoli)

Las grandes exposiciones retrospectivas son siempre útiles para destruir las leyendas y corregir los lugares comunes. Como se nos ha educado para que pensásemos que Hayez es un pintor kitsch, para corregir mis lugares comunes he ido a ver la exposición de Hayez. Es muy camp, ya se sabe, descubrir que el kitsch (presunto) era, en realidad, arte «verdadero», como también recibir, por otra parte, la iluminación de que el arte llamado «verdadero» es, en cambio, kitsch y por esa razón me he apresurado a ir a la exposición. El día antes de que se clausurara. No fui al comienzo para tomar distancia y porque considero que, si un pintor trabajó hace más de cien años, verlo un mes antes o un mes después es lo mismo.

La sorpresa que he tenido en la exposición de Hayez es que el lugar común no debía de ser correcto. En términos muy claros, Hayez es un pintor pésimo. Más aún: no es un pintor, es un buen ilustrador que hoy podría hacer cubiertas para novelas populares y tal vez ni siquiera eso, porque hasta los diversos Frazetta han elaborado ya técnicas mucho más sutiles. Y digo que me ha desagradado ver tantos escolares correteando por aquellas salas con guías municipales que les explicaban los misterios del romanticismo pictórico, porque he sentido la dolorosa sospecha de que esas tiernas mentes, tan maltratadas en la fase más delicada de su maduración, van camino de drogarse con realismo socialista.

La reacción ante una exposición es instintiva. Mis instintos estaban muy bien dispuestos (¡qué gozo me prometía con esa revisión neomedieval!); y, sin embargo, por instinto, ante cada cuadro me decía que Hayez hacía mala pintura.

Me di cuenta así de que no se puede evitar hacer estética, porque, a menos que se reaccione ante esas experiencias con juicios emotivos (del tipo de «yo a ese tipo no lo soporto», y sin justificaciones que no sean las razones supremas del deseo), para decir que un pintor es malo hay que tener una Idea del Arte.

Advertí que la idea del arte a partir de la cual rechazaba a Hayez era aún la que practicaba desde hacía tiempo, aunque sin sacarla a colación cada dos por tres. Podría resumirla aun en la fórmula, debida a Jakobson, de autorreflexividad y ambigüedad, a lo sumo aclarándola un poco.

Estamos acostumbrados a considerar arte los objetos que a) por un lado, nos obligan a examinar el modo en que están hechos y b) por otro, en cierta medida nos dejan inquietos, porque no es tan evidente que quieran decir lo que aparentemente quieren decir. En ese sentido, la «ambigüedad» no es necesariamente reducible a la deformación, a la innovación estilística, a la ruptura de las expectativas; puede ser también eso (y en el arte contemporáneo con frecuencia lo es y lo era), pero sobre todo quiere decir «exceso de sentido» o «polisemia», si se quiere (¿o preferimos decir «apertura»?). La obra está ahí, cuadro, poesía, novela, parece que nos cuenta que en alguna parte existe una mujer, una flor, una colina desde la que se ven otras colinas, un poeta que ama a una criatura angelical, y, sin embargo, advertimos que no dice solo eso, sino que sugiere algo más (y a veces lo contrario precisamente de lo que parece decir).

Ahora pasemos al buen Hayez. Primera impresión: cuando nos dice «aquí tenemos al dux Fulano de Tal recibiendo al mensajero del inquisidor» (o bien «aquí tenemos a los patriotas griegos que deben abandonar su tierra, llorando»), parece que diga exactamente esas cosas y nada más. Ese dux es exactamente un dux (lo malo es que por lo general no es ese dux, sino un dux, la «dogaresidad» en general), no es sino un dux que escucha a los mensajeros del inquisidor y, como el mensaje le da dolor (lo dice incluso el título, para evitar equívocos), el dux está lo que se dice dolorido y doloridos están pajes y sirvientes en torno a él (dicho sea de paso, los mensajeros del inquisidor son, en cambio, falsos y malvados, como les corresponde). ¿Y qué diablos me importa la historia de ese dux, cuyo nombre por fortuna he olvidado? Lo que se dice nada, evidentemente. Hayez no hace «palpitar» la tela: pero, si la expresión puede parecer impresionista, diré que no me sugiere la idea de que en lo que dice haya un exceso de sentido.

Podemos preguntarnos: ¿existe de verdad un exceso de sentido en una bella columna dórica o en un cuadrado de van Doesburg? Supongamos que no, por ahora. Pero aquí salta el otro aspecto (complementario) del objeto artístico, su autorreflexividad. Sucede que, frente al templo o al cuadro abstracto, no dejo nunca de admirar lo bien hecho que está. Sé que es difícil decir qué significa «estar bien hecho», pero frente a esta experiencia de la autorreflexividad, frente al estupor por el cuidado y la admirable pasión con que el artista ha hecho «bien» tal cosa (acaso tan insignificante como un cilindro o un cuadrado), se me ocurre la sospecha de que existe el exceso de sentido y de que esa configuración quiere sugerirme «otra cosa».

Puedo decir que la pintura de Hayez está muy mal hecha, porque me recuerda el modo como yo (dibujante aficionado, pero no insulso cartoonist para comensales) intento dibujar. Hago una figura, un monje, pongamos por caso (como acostumbro), en primer plano, después me avergüenzo de ser tan soso y dibujo otros dos monjes en segundo plano. Como conozco la perspectiva (si bien a ojo), hago los dos monjes del fondo más pequeños que el primero. Pero, apenas intento ennegrecer el hábito del primero, con trazos de pentel, corro el peligro de confundirlo con el hábito también esbozado de los segundos. Y entonces, para hacer comprender a los demás (y a mí mismo) que las tres figuras están en planos distintos y son tres figuras diferentes, doy contorno, recalco las líneas que separan al primer monje del espacio blanco infinito y de las líneas que circunscriben a los otros dos monjes. En otras palabras, en vez de dejar que los cuerpos aparezcan en el espacio luminoso, nazcan de él, se definan dentro de él, mediante contrastes de luz y colores, los fuerzo en la armadura de un contorno.

Ahora bien, si vais a ver de cerca qué hace Hayez, os dais cuenta de que hace lo mismo. Una pierna es una pierna y, para volver evidente ese hecho maravilloso, Hayez contornea la pierna, no con una línea negra a carboncillo (porque, al fin y al cabo, es un artesano, que conoce el oficio), pero de hecho la contornea, la separa de lo que no es pierna, del resto del universo, y, si miráis el cuadro de cerca, os daréis cuenta de que con el pincel ha pasado y repasado las líneas de la pierna, porque el color y la luz no le bastan. Y eso se llama dibujar y dibujar con colores, si se quiere, pero no pintar. Y, además, creo que hasta dibujar con colores es otra cosa. Y entonces, está claro, con una pierna tan pierna (tan «piernosa», diría la Lucy de Charlie Brown), ¿cómo vamos a sospechar que haya un segundo sentido? Pierna es y en pierna se queda.

Hayez sabe hasta tal punto que no hay otros sentidos, que, para evitar «equívocos», como decíamos más arriba, pone el máximo cuidado en representar no a ese dux, ese cruzado, ese conde, sino la «Dogaresidad», la «Cruzadidad» y la «Condidad». Y, para hacerlo, le basta con echar mano del repertorio de la iconografía de su tiempo, de modo que cada una de sus niñas o cada uno de sus guerreros, nos recuerda a alguien que ya hemos visto, con esas narices largas y afiladas, esos ojos tristes, esos cabellos grasos, lisos y lacios: ya los hemos encontrado en los bellos grabados de los libros Sonzogno, en Jeannot, para entendernos, y en otros menores. Hayez dibuja dibujos, ilustra ilustraciones. Y, fijaos bien, no me importa que lo hiciera «antes» que otros. Lo hace.

Sin embargo, esa desgraciada condición suya nos explica por qué pareció, al fin y al cabo, pintor excelente a sus clientes y admiradores del siglo pasado. De hecho, no podemos creer que el siglo XIX no tuviera una idea del arte ni que estuviese dispuesto a dar todo por bueno. Es que el siglo XIX, o al menos el siglo XIX italiano, tenía una idea propia de la pintura como comentario de la literatura y el teatro. Hayez gustaba por motivos no pictóricos, sino literarios y escenográficos. Gustaba porque representaba la gestualidad y la disposición espacial de las escenas de melodrama (por eso sus ambientes son tan monumentales y vacíos, como si esperaran una invasión de comparsas), porque traducía exactamente en la tela expresiones que se apreciaban en la página, del tipo de «alzó sus húmedos ojos al cielo», o en la escena, donde se espera oír el sonido de los despiadados pasos.

Hace unos años Aurelio Minonne había publicado un hermoso ensayo sobre «El código cinésico en el “prontuario de las poses escénicas” de Alamanno Morelli» (Versus 22, enero-abril de 1979), donde examinaba la lógica «cinésica» (la semiótica gestual) de los teóricos del teatro decimonónico, con su código de poses y gestos de significado exacta y convencionalmente definido. El teatro decimonónico (sobre todo el melodrama) vivía de esas convenciones y, sin entenderlas, se corre el riesgo de confundir a Verdi con un trombón. En el mismo ensayo, Minonne mostraba que los pintores decimonónicos italianos seguían las mismas instrucciones para la escena, sobre todo (precisamente) Hayez. Prueba de que clientes y público pedían a Hayez, cuando pintaba, que les recordara el teatro.

Si esa era la petición que hacían a la pintura quienes la disfrutaban, bien hizo la pintura por un tiempo en satisfacerla y proporcionar, por así decir, una satisfacción sustitutiva: transmitía oportunidades de revivir emociones estéticas experimentadas en el teatro. Y, como ese tipo de experiencia (la evocación de la teatralidad) era esencial para ese público, se convertía en valor primario, en menoscabo de los otros que nosotros consideramos hoy fundamentales para definir la pintura en cuanto tal. Por eso, hay razones para preguntarse si para aquel público la pintura de Hayez no tendría en verdad un exceso de sentido: no hablaba de ese dux ni de la «Dogaresidad», sino del teatro que no era, y de la vida o de la historia como teatro (cantado).

Si es así, quizá en el siglo XIX Hayez fuera un artista. Pero, desde luego, hoy es difícil admitir esa posibilidad.

Evidentemente, en el siglo XIX la remisión intertextual (la pintura como sugerencia del teatro) prevalecía sobre la consideración textual (la pintura como pintura). Tal vez Hayez no fuese posmoderno, porque —como modernísimo (adecuado a su tiempo) que era— proporcionaba al público la mercancía que este le pedía, es decir, una pintura que no hablara de pintura. Pero se puede interpretar en sentido posmoderno, como triunfo descarado de la intertextualidad, como pintor que vivía de citas extra-pictóricas.

Todo es posible y vivimos en una civilización estéticamente libre y flexible. Pero, si la idea de obra tiene aún sentido, hasta la misreading de Hayez, que nos lo vuelve grande, puede legitimarse mediante un examen de su texto pictórico, aunque sea en diálogo libre y abierto con lo que no es texto, sino ambiente, enciclopedia de una época.

Sin embargo (y cierto es que con los años nos volvemos conservadores), preferiría que se presentara Hayez a los muchachos como un pintor que no hacía buena pintura, aun en un marco cultural en que la idea de buena pintura contaba mucho menos que la idea de «literatura» y de literalidad de la pintura.

Habrá que explicar también por qué la Idea del Arte del siglo XIX ya no es la nuestra... con el respeto debido a todas las Ideas (con tal de que no pretendan presentarse como la Idea).
 
Tomado del libro: De los espejos y otros ensayos (Penguin Random House, 2012).
 


Umberto Eco (Alessandria, Piamonte, Italia, 5 de enero de 1932 - Milán, Lombardía, 19 de febrero de 2016). Fue un escritor y filósofo italiano, experto en semiótica, célebre sobre todo por su novela El nombre de la rosa.


CRÓNICA Membranas | Daniela Tarazona

Kim Ji Hyuck


I.
Veo una muñeca rellena de arroz en una caja de cerillos. El cuerpo está formado por un overol y puede sentarse, doblándose a la mitad. Con las yemas de los dedos yo sentía el contenido del cuerpo: la carne hecha de arroz.

La niñez queda en la memoria por los objetos que sostuvimos en las manos. Parte de la imaginación se gesta en los juguetes. Mis hermanos, Pablo y Juan, jugaban con un muñeco de piel transparente que tenía un botón en la espalda, al oprimirlo la sangre le circulaba por el cuerpo. Me fascinaban los juguetes con cualidades orgánicas: el moco de King Kong que olía a plástico, o una muñeca pequeña con pañales que nunca fue mía; no recuerdo su nombre pero sí que mi amiga Gabriela la tenía y a la muñeca le salían rozaduras en las nalgas después de tomar falsa leche de un falso biberón.

Mi padre me regaló la muñeca más pequeña del mundo: venía dentro de una nuez de Castilla. Mi infancia estuvo llena de miniaturas: los dibujos que mi abuela nos pidió un verano a mi prima Carolina y a mí, en Amecameca, fueron casas minúsculas en hongos hechos de papel, que dibujábamos con lápices de color, y nosotras pensamos en hongos habitados, pegamos las fachadas sobre otra hoja en blanco, luego cortamos con navajas las puertas y las ventanas, entonces las abríamos para dibujar dentro a los pobladores de la casa.

Hubo días en que buscamos ese mismo reino en la propia naturaleza: así robamos los elotes más pequeños de la milpa de al lado y creímos que eran seres diminutos; les dejamos el pelo para afirmar que era su pelo. Fue de las veces en que recibimos el castigo de hacer planas escritas: “No debo tomar lo que no es mío”, nos hizo escribir cien veces mi abuela tras robar los frutos de la cosecha que crecía.

Carolina y yo también jugamos con fichas de dominó: construimos las paredes de las casas que ideamos, las mesas, los sillones y escogimos piezas a las que les encontrábamos un rostro: los dos puntos como dos ojos, un punto solo como una boca.

En el colegio mis amigas y yo recolectábamos renacuajos de los charcos en tiempo de lluvias. Nos producían asco y excitación, ganaba quien encontrara el más grande o aquel que ya hubiera mutado. Siempre fui altanera con mis profesores, usaban esa palabra para describirme: “Daniela es una altanera”, decían. También se referían a mí como “inquieta”; con el paso del tiempo entendí el significado de esa palabra –eso sucedió después, cuando mi inquietud me produjo pánico.

En segundo de secundaria tuve un admirador secreto que me dejaba cartas en la mochila. Luego supe que se trataba de Bruno, un compañero de clase que hacía líneas sobre la madera de la mesa cuando lo volteaba a ver; sumaba las miradas. No sé por qué un día le eché un Miguelito a los ojos. Creo que me tenía harta, me seguía como una sombra durante los recreos –si iba al baño me esperaba afuera–, y recuerdo la preocupación de lastimarlo de verdad, como si hubiera podido dejarlo ciego.

Mi padre me recogía a la salida de clases en una combi bicolor de los años 60 y, otras veces, yo hacía rondas para llegar a la escuela con Camilo, que solía enfurecerse conmigo por quedarme dormida; me esperaba con el coche encendido en la calle de Vallarta, al lado de la plaza de la Conchita, en mi barrio natal. Camilo siempre me decía que en una de las entradas a la UNAM había chocado Roberto, un amigo suyo. Lo decía cada tarde, en cada regreso, burlándose de la cotidianidad repetida por manía.

En la mayoría de las noches de San Juan hay Luna llena y se brinca sobre el fuego. Yo nací en una noche de San Juan.

Los vestidos que cosía la esposa de mi abuelo, Montserrat, eran con bordado de panal en el pecho. Al llevarlos, tenía ciertos ideales de Gran Dama, pero me desagradaba el bordado porque me oprimía. Luego me acostumbré y hasta admiraba mi piel con las marcas cuadriculadas de la tela.

En un bazar que estaba frente a la Plaza de San Juan Bautista, descubrí en un puesto con revistas antiguas algo que siempre deseé tener: era una mochila miniatura con cuadernos marca Scribe del tamaño de una cajetilla de cigarros, escuadras de plástico de dos centímetros, transportadores de un centímetro y lápices del tamaño de las falanges de mis dedos. No jugaba con esa mochila a escala porque no podía hacerlo yo, pero sí mis muñecas; escudriñar su contenido mínimo me producía emociones que no sé con qué comparar.

Hay una foto en la que mi padre y yo caminamos por la Plaza de la Conchita. Tengo dos años y medio, creo, y voy tomada de la mano de él. Traigo zapatos rojos, un suéter blanco y un vestido de flores, con la otra mano sostengo un bastón de dulce que me llevo a la boca.

Nuestra casa para los fines de semana, en Cuernavaca, tenía un jardín de buen tamaño, una alberca y un árbol de tejocotes.

Mis hermanos intentaron que yo aprendiera a nadar y para eso me hacían ir por una canoa inflable al extremo opuesto de la alberca, cuando la alcanzaba se me olvidaba nadar otra vez. Las tardes se hacían más breves con el juego de cartas Uno, el turista y el ping pong; por esa época le poníamos sal y limón a la Cocacola y nos entretenía que la sal produjera burbujas. En el jardín había una plazoleta con una fuente y un par de bancas. Ese espacio me parecía irreal, allí jugaba a vivir otras vidas. Un día vi en la alberca a una abeja ahogándose y la saqué con el dedo índice pero no sabía que ella me picaría para defenderse. Fue la primera picadura de abeja en mi vida.

Por ese tiempo, me fui de campamento a Valle de Bravo. El sitio se llamaba Lago y Tierra. Mi amiga Laura y yo estábamos felices. Irse de casa sola a los once años para vivir una aventura en el bosque era emocionante. El primer día salimos a jugar escondidas, sólo que el bosque estaba recién quemado. Aún recuerdo el olor. Salté a un agujero para esconderme, pero bajo las hojas habían quedado brasas al rojo vivo y yo no lo supe hasta que me ardió el pie izquierdo. Tuve una quemadura de segundo grado alrededor del tobillo durante todos los días del campamento. Al llegar a México, mi madre me llevó al Hospital de Xoco para que me dieran el famoso tepezcohuite; después supimos que aquel polvo reconstruía las heridas de manera veloz por fuera y no desde adentro.

El campamento había sido divertido. Cada encuentro en Valle de Bravo era temático, aquél trataba de El Mago de Oz. Así que tuvimos que buscar los mensajes de la Bruja Buena del Norte (o del Sur, no lo tengo claro) en una cañada del bosque, para seguir la secuencia de un rally. Luego, fuimos sorprendidos por alguna de las brujas malas mientras comíamos. El camino amarillo no lo recuerdo, pero sí a una instructora disfrazada de Dorothy.

Entonces, vivir era un asunto parecido a respirar suave, como al estar entre el sueño y la vigilia y atraer con simpleza el aire tibio al pecho.

A los nueve años viajé a San Francisco. Mi padre rentó una casa rodante y recorrimos California. Recuerdo la imagen de la isla de Alcatraz: “Aquella cárcel era ideal por estar rodeada de agua. Eso complicaba las fugas de los reos”, decía mi padre.

Luego conocimos los sequoias (Sequoia sempervirens). Fue la primera vez que vi la nieve. Mis hermanos y yo jugamos guerritas y patinamos sobre el hielo fino dentro del tronco de un árbol caído. Los sequoias son árboles a los que no les rinden las palabras. Debe sentirse la misma parálisis verbal al ver la Tierra desde el espacio, o pisar otro planeta, por ejemplo.

De regreso –o de ida, no lo sé– aprendí que las cosas no son como parecen: estaba de pie, tras los asientos delanteros de la casa rodante y en las cunetas de la carretera descubrí botellas mínimas de refresco. Eran coca-colas de juguete. Se lo comenté a mi padre y él me dijo que estaba equivocada porque las botellas se veían así debido al efecto del cristal. Le insistí tanto en que no se daba cuenta de la pequeñez de aquellas botellas que decidió pararse para que viera por mí misma cómo eran. Y las vi. Las botellas eran de tamaño común. Recuerdo que me desilusioné, quizá por mi profundo encantamiento ante lo pequeño.

Con Manola aprendí a reírme porque sí. En la secundaria nos reíamos tanto juntas que logramos sacar de quicio a varios profesores. La vez más eufórica fue en la clase de Ciencias Sociales, y nos reíamos por haber sacado .2 en un examen ¿cómo .2?, ¿qué habíamos respondido bien para sacarnos un .2 Pues media línea de una respuesta, nada más. Nos reímos tanto que la maestra nos sacó de la clase y, al ponernos de pie, seguimos en la risa y así nos ganamos un extraordinario y las carcajadas nos doblaban en dos y no éramos capaces ni de abrir la puerta del salón para salir. Manola y yo dejamos el salón para sentarnos en el suelo del pasillo y seguir riéndonos un rato más. Hay otra anécdota de Manola riéndose pero ésa me la reservo –por las mismas razones que me reservo otras cosas que no contaré aquí.

Mi escuela era un territorio fascinante pero allí era necesaria la rudeza. En el salón, un grupo de amigos se dedicaba a fastidiar a Jaime, un compañero tímido y de maneras torpes. Una vez, Jaime estuvo esposado a su mesa durante el recreo. Y cada día, cerca de la hora de la salida, los otros escondían la mochila de Jaime o la subían a las vigas del techo. Y Jaime se afanaba para enfrentar las injusticias. En una clase de Educación Física le aventaron una piedra que le abrió la frente; entonces Maite, la profesora de Filosofía, nos mandó a leer Ética para Amador de castigo –nadie delataba a quienes lo habían hecho. Leímos el libro de Savater e hicimos un examen. A lo largo de los meses, Jaime se rascó la herida como si deseara conservarla para siempre.

Fuimos a Isla Mujeres, allí conocí el mar. Montamos tortugas y vimos delfines en un corral marino. Mi madre me llevó en brazos al mar. Al entrar vi algo en el fondo del agua: era la aleta dorsal de un tiburón. Me asusté tanto que grité y le pedí a mi madre regresar cuanto antes a la playa. Cuando me dijeron qué era, entendí que era la aleta dorsal de un tiburón pero no comprendí por qué estaba tirada en el fondo. Me explicaron que les cortaban las aletas a los tiburones, me hablaron de la probabilidad de que hubiera caído de alguna lancha pesquera. De cualquier modo, no lo entendí. Pasó tiempo para que pudiera meterme al mar sin tener miedo.

En el verano de 1984 mi familia y yo hicimos un viaje largo a Europa, nos acompañó mi abuela. Estuvimos una semana y media en Ydra, una isla griega. Probé las hojas de parra. Subí una montaña para llegar a un monasterio. Comí unos dulces parecidos a gomas azucaradas pero con sabor a agua de colonia.

Y vimos una representación en el teatro de Epidauro. Mi abuela soltó un pedo que se escuchó en todo el teatro, gracias a su acústica milenaria; nos reímos toda la noche. También un hombre encendió un cerillo del otro lado del teatro y escuchamos el sonido de la madera, vimos la gestación de la chispa y el resplandor de ese fuego diminuto desde lejos.

II.
Nueva York huele a metal. Entre sus calles se comprende la voluntad del hombre araña. ¿Quién, en su sano juicio, no desearía recuperar una visión del horizonte al caminar abrumado entre aquellos edificios? Quizás allí pensé por primera vez en las catedrales contemporáneas. El verdadero dios que nos rige está en los edificios enormes: los corporativos y los centros comerciales. Una persona vive la pequeñez dentro o fuera de esas moles.

¿Qué es el horizonte?

Creo que la pasividad de la playa es su horizonte. Por otro lado, tal vez veamos en el agua del mar el reflejo de nuestro reino hace millones de años.

Quiero contar cómo descubrí el fuego. Estaba alrededor de una fogata con Joan y Diego, dos amigos antiguos. Vi las llamas del fuego y observé el cambio sostenido de sus colores, su ascenso, su capacidad corrosiva, su misterio.

Yo no sabía que iba a ser escritora. Cumplía mis tareas en la universidad, en la licenciatura de Letras; tuvimos tantas lecturas durante el segundo semestre que para el siguiente éramos la mitad de los inscritos. Leía en todas partes. Leí La Celestina con absoluta fascinación. Calvert Casey y Rabelais me mostraron el universo contenido en un cuerpo. Después La Ilíada, La Odisea, El Beowulf, y la poesía que Hugo Gola nos mandaba para renegar del orden de las cosas y combatir la espantosa fuerza centrípeta de la vida académica.

Siempre, sin embargo, tuve un encantamiento profundo por la literatura que me dejaba asombrada, la que me convertía en otra cosa, la lectura que gesta preguntas y comezones, con esos personajes de humanidad contundente. Poe fue mi primer encantador, creo; Kafka el segundo, luego encontré a Borges.

Mi cuarto tenía repisas para los libros. Había dos encima de mi cama y una noche me cayó en la cabeza un ejemplar pesado: Las trampas de la fe, de Octavio Paz. Todo libro tiene la forma y la voluntad circular del Ouroboros.

A estas alturas de la cuestión, me pregunto qué relevancia tiene este texto que escribo. Hace unas horas vi un documental sobre el océano; se llama Océanos, y aparecieron unos bichos que no conocía y pensé en la ineludible futilidad del mundo. La paradoja de la vida que es la muerte. La inutilidad. Un buzo estaba a la par de una medusa que era cinco veces más grande que él. Un pez tenía puntos fosforescentes en la piel y luego un grupo de ballenas aparecían reunidas no sé para qué, y los sonidos que hacían eran cantos. Caigo en cierta perspectiva cursi, lo noto.

Hablar de la edad adulta me cuesta más que hablar de la niñez.

Creo en la libertad. Estoy convencida de que cada persona puede ser libre. Detesto las cárceles. Son la mayor crueldad que ha ideado el ser humano. Si uno piensa en las diseñadas para que el preso no vea ninguna manifestación de vida mientras cumple su condena: no verá plantas, no verá aves, no verá nada vivo más que al celador; y si se sabe que hay presos que viven en temperaturas bajo cero porque fueron tan peligrosos en el mundo exterior que los tienen allí congelándose… La vida juzgada. La inclemencia de los jueces.

En Amecameca encontramos un río al que le pusimos el Río de los Liliputienses. Medía cinco centímetros de ancho y corría a lo largo de un descampado. Era lo que más ilusión me hacía ver cuando caminábamos hacia un salto de agua que se conoce como La Burbuja. Lo revelo: me gustaría vivir en un mundo en miniatura. Pero ese mundo no existiría si no hubiera uno mayor para remedarlo a escala. Lo grande y lo pequeño.

Mi abuela tenía un huevo de pájaro en un platito sobre la mesa de la sala. Yo lo sacudía y escuchaba algo dentro, pero ella me dijo varias veces que en aquel huevo ya no había nada, que estaba seco por el paso del tiempo. Era pequeño. Un día me lo llevé a escondidas al cuarto donde siempre me quedaba a dormir y lo rompí, exaltada por la curiosidad, al abrirlo vi que allí había algo parecido a un pellejo.

Una Navidad mi hermano Pablo recibió un microscopio. Tomamos muestras de agua de lluvia para detener una sola gota en un cristal finísimo. La muestra estaba bajo nuestros ojos y en ese reino que se perdía a simple vista sucedían miles de cambios impredecibles.

No hay maniobras para gobernar la fuerza de la naturaleza. Cuando el Popocatépetl amenazaba con hacer erupción, o eso decían las noticias y las alertas cambiaban de color, mi abuela metió dentro de unos arcones las pertenencias que debían mantenerse intactas más allá de su muerte: era su sueño pompeyano. Ella que juraba a los cuatro vientos ser desapegada de las cosas materiales, estaba lista para que sus objetos sobrevivieran a una erupción. Qué pensamiento tan fantástico.

En la ciudad, vivíamos la fuerza de la naturaleza con elementos artificiales. Mi padre nos decía qué tipo de avión cruzaba por el cielo hacia el aeropuerto. Muchas veces dejamos los platos de comida para correr a toda prisa y estirar el cuello hacia lo alto: “Allá va el Concorde”, decía mi padre. Soy una de las personas que quisieron subirse al Concorde.

Creo que el avión es el mejor invento del hombre. Emular el vuelo de un pájaro sólo puede realizarse por una necedad maravillosa. Aún ahora no comprendo de qué modo nos trasladamos en los espacios. El extraño acontecimiento de meterse en una cabina, sentarse y aparecer en otro sitio tras el vuelo me parece enigmático.

Mi madre y yo esperábamos el avión en alguna escala durante nuestro viaje a Estambul. Un hombre sentado al lado nuestro nos habló sobre su profesión: trabajaba en una isla en medio del Pacífico en la que se procesaban desechos tóxicos “tan tóxicos que una gota del tamaño de la punta de un lápiz podía ser mortal”, dijo; aquel hombre manipulaba los venenos del mundo. Tenía vacaciones largas una vez al año. Parecía joven pero su labor le producía una vejez precoz: estaba exhausto. Mi madre y yo nos quedamos con los ojos abiertos tras sus confesiones.

La parranda más sensacional en la que festejamos algo mis amigos y yo: Alejandro, Emiliano, Emilio y no sé quién más, vimos una pelea en la acera de Medellín. La noche iba a terminarse y llegamos al bar El Jacalito. En la acera, justo afuera del bar, un par de hombres se pelearon; de pronto, yo me vi escondida tras el carrito callejero de hot dogs. Los luchadores desaparecieron. Luego, esperábamos a alguien sentados en una jardinera y pasó uno de ellos con la cabeza ensangrentada, quizá por un botellazo; una gota de su sangre me cayó sobre el empeine del pie y pedí una servilleta para secármela con bastante asco. Fue una noche delirante. Terminamos arriba de la serpiente de piedra de la UNAM, subidos allí para ver el territorio de CU tan inmenso, y el nebuloso horizonte del sur que tanto nos emocionaba.

Sólo vi dos veces a mi abuelo materno. La primera me dio un manotazo en la espalda que aún me retumba dentro. La segunda, lo visitamos en un asilo de Caracas donde estaba recluido por sus familiares. No tenía dientes. Le llevamos cerezas y las masticaba con las encías; usaba una andadera y estaba enojado de tiempo atrás. Habló mal de su familia. Nosotros éramos su familia pero él no lo supo hasta poco antes de que dejáramos el asilo. Leía un libro que no he encontrado, se llamaba Los perros de la guerra.Dicen que en sus años de prosperidad, cuando todavía manejaba su fortuna, mi abuelo crió perros y tuvo equipos de futbol.

Mi hermano Pablo puso la cámara de video encendida sobre su rodilla para filmar a nuestro abuelo a manera de evidencia, así nuestros primos en México conocerían sus gestos y su rostro. Una hora después, nos despedimos de él, nunca más lo volvimos a ver.

Amecameca: Una casa con jardín y frente a la casa dos columpios con un sube y baja. Un vecino que tenía cuadros de Remedios Varo en su casa, aunque no los veíamos, y en el brazo tatuado el número de un campo de concentración. Del otro lado de la barda, Lupe, amiga mía y de mi prima que se casó muy joven para tener hijos con prontitud.

En los columpios, Carolina y yo meciéndonos con ganas para dar un brinco en el momento más elevado y caer sobre el pasto; el reto era ver quién llegaba más lejos resistiendo el ardor de los tobillos. Mi abuela fue nuestra directora de teatro. Montamos Sueño de una noche de verano y fuimos de gira por las casas de la familia, entonces yo tenía cinco años. El número de personajes no era suficiente para tantos primos, así que mi abuela, que era poeta, escribió algunos poemas para los personajes extra, entre ellos el mío: Estrella de la Mañana. Y yo decía el poema con una peluca de tiras brillantes (de las usadas para adornar los árboles de Navidad) y salía contenta por los pies del teatro –detrás de algún sillón familiar– para observar a mi hermano Juan como una Tisbe peculiar; mi primo Miguel era un León con melena de zacate y mi hermano Pablo un Muro con un jorongo de jerga, que emulaba las líneas de los ladrillos imaginarios.

En el verano las noches son más cortas. La luz del día se sostiene hasta pasadas las diez y uno agradece tanta luz. No comprendo las razones para poblar los países de frío e inviernos largos. He estado en Alemania y no me gusta. La puntualidad de los autobuses me saca de quicio. No comparto esa sujeción al tiempo, ¿a qué tiempo se sujetan?, pero mi familia materna desciende de alemanes. Me contaron que mi bisabuelo Juan Kochen tenía barcos pesqueros en Yokohama y que pescaba esturiones y comerciaba con caviar. Yo tengo un salero japonés que era de mi bisabuelo: es un pequeño hombre de porcelana blanca. No lo he usado nunca, sólo lo he observado con dudas en los ojos.

La carga de significado que se guarda en los objetos heredados es semejante a la que puede encontrarse en un verso. Aquello que fue de otro y lo dibuja, lo trae al presente, lo deja pasar. Del presente, las herencias y las fábulas: mi padre, alguna vez, abrió dos ostiones en Ixtapa y encontró dentro dos perlas negras. Se las dio a mi madre. Yo me fasciné por el hallazgo. No concibo ninguna historia como un asunto total. Narrar es unir pedazos. La narración, o la escritura en sí, está hecha de fragmentos. Los hechos importantes de la vida se dan de cuando en cuando, pero no de modo continuo. Moriríamos enfermos de emocionessi así fuera.

Una tarde tras regresar de la universidad en Salamanca, entendí la soledad. Supe que si algo me sucedía iba a pasarme a mí, que si me enfermaba sería yo la enferma sin poder compartir con nadie la decadencia. Era una imagen desde el aire, yo sobrevolaba mi cuerpo. Me vi desde arriba y asumí mi mortalidad.

III.
Mi padre me despertó cuando las imágenes de las Torres Gemelas salían en la televisión. Principio simbólico de esta nueva era: la desgracia particular magnificada por las cámaras, la tragedia de una ciudad que se convierte en tragedia planetaria, o en un espectáculo morboso para todos los televidentes. De entonces a ahora, los cuchillos en los aviones son de plástico, como si eso fuera garantía de la vida, una “condonización” de la seguridad y la comida o algo semejante; luego, con el intermedio terrorífico del sida, cualquier persona despierta suspicacia, ya sea por sus gérmenes, virus, o por su mera existencia. El miedo es el nuevo dios.

“Ese avión acababa de despegar del aeropuerto de Nueva York”, dijo mi padre. Y ninguno que viera aquella imagen la podía considerar verdadera; es más ¿esa imagen fue cierta?, ¿las imágenes son ciertas?, ¿dicen la Verdad?, ¿la Verdad de qué?

La muerte de los otros a costa de la muerte propia: la guerra. En nuestros tiempos, podemos hacer esta glosa: la muerte ante la presencia de los otros. El otro como una amenaza marca el pensamiento en las ciudades.

Todo en pos de la asepsia de los actos; la fuerza de una civilización entronizada para controlarse a sí misma como si fuera una Gran Máquina. No quedan ya ni cyborgs ni robots, avatares sí: máquinas de carne –y se multiplican, se saludan, comparten sus inquietudes. Nadie quiere recordar su parentesco con los monos.

Tengo la nariz grande. En la escuela me llamaron Pinocho, Cyrano y hasta dijeron que cuando estornudaba me hacía el harakiri. Todo eso puede ser creíble, si se imagina. Mi nariz es herencia de mi padre, aunque él la tenía más afilada y se la rompió de joven en un accidente: despegó y se estrelló contra una montaña. Mi nariz tiene algo redondo, también, y es herencia de mi madre porque ella la tiene muy respingada y curva. Las narices de mis hermanos no se parecen a la mía. Juan sacó la de mi madre pero un poco más alargada y Pablo tiene una nariz que no es de nadie.

Me fascina la idea de las dimensiones paralelas. Mi sobrino Andrés me dijo hace unos días por teléfono que me quería “en esta dimensión, en las que parece que existen y en las que no existen”. Ahora que reflexiono sobre su declaración, recuerdo que el conocimiento se desarrolla en estas tres dimensiones verbales: la presente, la imaginada y la posible. En el reino de lo posible se escribe.

Yo procuro escribir siempre con mi mente puesta en las tripas. Por eso me voy mucho tiempo del escritorio y cuando regreso lo hago con temor. Me da miedo escribir porque me toqueteo las tripas. Jesús Gardea fue para mí el ejemplo de la congruencia y la ética intelectual. Jamás traicionó sus convicciones ni su vocación de escritor. Su trabajo se debía, según dijo, a una fuerza supra consciente. Y yo le creo. ¿A qué otra cosa puede deberse el afán de escribir? Yo pensaría siempre en el verbo “elevar”, escribir es elevar lo visto, lo sentido, lo que palpita y ponerlo en alto, separarlo del suelo, levitarlo.

Si pudiera, ahorraría para comprarme un viaje a la Luna, pero no sé si llegue el día en que sume ese dinero. Prometo que cuando viaje a la Luna sólo le avisaré a la persona que esté más cerca de mí; guardaré el secreto de mi viaje al resto, con todo celo, y me iré. Encontraré con qué disimular. Tengo membranas entre los dedos de las manos, un defecto que me ayuda a creer que algún día nadaré en altamar como un habitante natural de las profundidades, sólo a creerlo, pues mi ilusión es regresar cada noche al silencio de una casa en medio del bosque.

Del libro:Trazos en el espejo. 15 autorretratos fugaces (Ediciones Era, 2011). 
 


Daniela Tarazona (ciudad de México, 1975). Es autora de El animal sobre la piedra (México, Almadía, 2008 y Argentina, Entropía, 2011), considerada una de las diez mejores novelas mexicanas del año por el periódico Reforma y por el diario Clarín como uno de los seis libros de narrativa extranjera más relevantes. En 2012, publicó su segunda novela El beso de la liebre (Alfaguara), que resultó finalista del premio Las Américas (Puerto Rico) en 2013. En 2011, fue reconocida como uno de los 25 secretos literarios de América Latina por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte-FONCA.


CUENTO Unos cuantos piquetitos | Óscar Hernández

Unos cuantos piquetitos | Frida Kahlo

Eran las tres de la mañana y María seguía despierta. Cuando sus ojos, dos pequeños parpadeos de luz, querían apagarse se esforzaba por mantenerlos abiertos. La cena estaba fría: el hígado casi encebado, pequeñas manchas espesas de grasa flotaban sobre la superficie del caldo, las tortillas estaban duras y la pulpa de fresa descansaba en el fondo de la jarra con agua. El refrigerador guardaba la única cerveza sobrante, no era suficiente, pero tampoco había dinero para más. La joven gastaba las suelas de sus huaraches de un lado al otro de la habitación con el chal puesto sobre los hombros; el frio circulaba a través de él infiltrándose en las pequeñas hendiduras de su blusa blanca y delgada. Tenía miedo de sentarse y dormir, preocupación de que a Lorenzo le hubiera pasado algo.

Eso no era extraño. Lorenzo llegaba tarde casi cuatro veces por semana, siempre borracho y siempre gritando; otras dos, por lo menos, no aparecía por la casa. Era normal que los vecinos vieran a María con moretones; los brazos, los pómulos y los labios eran las zonas más comunes donde los mostraba. Cuando preguntaban algo, la joven decía con toda la indignación que le era posible disimular: me he caído de las escaleras, me he golpeado con el marco de la puerta, me he resbalado. Aun así, todo mundo sabía que era Lorenzo quien le propinaba semejantes marcas. María recibió varias quejas de los vecinos por los gritos, consejos de las vecinas por los golpes y alguna que otra insinuación de hombres que sabían que estaba sola casi todo el día. Ella era una mujer fiel que se casó con un amor temprano, una mujer noble incapaz de hacer daño, pero también incapaz de evitar que se lo hicieran.

La hora avanzaba en el reloj. María abrió la cortina por vigésima ocasión en la noche. El patio estaba despoblado. Las únicas luces que brillaban eran la de su casa y la habitación de Lucía, la vecina del frente, donde se proyectaban dos sombras haciendo el amor; decir que hacían el amor suena muy romántico para lo que la joven observó. Ella se imaginó la escena de un crimen: una de las siluetas tomó a la otra y la arrinconó contra la pared, la mano de la que fuera el atacante, tomaba por el cuello a la otra sombra y ésta última inclinaba hacia atrás y hacia adelante su cabeza dejando proyectar unos cabellos largos hasta su cintura. Las piernas luchaban entre sí por atraparse la una a la otra.

Un espectro entró a la vecindad poco a poco. María estaba aún en la ventana y vio cómo se alargaba trepando las paredes, abrió unos centímetros más la cortina y la silueta de su mano lustró la ventana empañada. La sombra se acercó más al centro del patio y por la entrada apareció un hombre con un sombrero y gabardina, estaba borracho y se mimetizaba con la noche, parecía caminar con una rutina de baile: un paso a la izquierda, uno a la derecha y uno hacia delante. En ocasiones, el hombre recargaba su mano sobre la pared para evitar una estrepitosa caída; en otras daba un trago a la botella medianamente vacía de ron que llevaba consigo; en otras quitaba de su boca un cigarrillo: ya para beber de la botella, ya para gritar los coros de una canción que interpretaba. La joven lo miró, cerró la cortina y corrió apresurada para apagar las luces. El hombre subió las escaleras y paró frente a la puerta de María.

—¡María! —gritó mientras tocaba la puerta con golpes fuertes que seguramente habrán despertado a todos los vecinos, aunque en ningún hogar salvo el de Lucía se vio señal de movimiento.

—¡María! —gritó de nuevo—¡Ya sé que estás despierta, ábreme, tú no te mereces a ese inútil bueno para nada.

El sujeto miró la mano impresa sobre el vidrio de la ventana y juntó la suya, la imagen trajo consigo un momento extraño de romanticismo y nostalgia, como una pieza que no pertenece al mismo rompecabezas. Al contrario, María permanecía sentada en una silla intentando evitar que el tintineo de sus delgados huesos la delatara.

—¡María! —gritó por tercera vez el hombre regresando al salvajismo de su embriaguez. Después de unos instantes en silenció, dio un trago a su botella, escupió el ron sobre la puerta y regresó por las escaleras.

La joven se asomó con luces apagadas por un pequeño espacio de la cortina, vio al hombre caminar por el pasillo y después vio otra sombra aparecer junto con la primera línea azul del día por la entrada de la vecindad. Era un poco más grande y robusta que la primera, de un hombre casi igual de borracho. María entonces se apresuró. Encendió la luz y la estufa. Sus huaraches aplaudían con la prisa de cada paso que daba. Nunca se dio cuenta de las miradas que cruzaron ambos hombres en las escaleras. No se dio cuenta de que el segundo golpeó al primero y tampoco se dio cuenta de que el primero había entrado en una de las casas de la vecindad con un hilo de sangre que caía desde su boca. Sobre la mesa ya estaba la cerveza que antes permanecía en el refrigerador y en la jarra la pulpa de fresa ya se mezclaba con el agua. La cerradura de la puerta se abrió y entró Lorenzo. Miró las manos cruzadas en la ventana y le parecieron una bonita despedida. La joven servía los platos de caldo e hígado caliente en la mesa.

Más tarde, ese mismo día, la policía recibió una llamada que denunció el hallazgo de una mujer muerta en la vecindad. El cadáver había sido encontrado por una de las vecinas que al ir a la casa, como cada mañana, a platicar problemas ajenos, encontró la puerta abierta y decidió pasar. Cuando la policía llegó la víctima estaba sobre la cama. El forense determinó que el cuerpo tenía roto el hueso hioides y había recibido más de veinte puñaladas. La policía interrogó a los vecinos quienes dieron hecho de los gritos de la madrugada de ese mismo día. Los vecinos escucharon gritar a un hombre, parecía estar solo y loco, decía el reporte. El oficial a cargo interrogó a Álvaro Gutiérrez “El Pelos”, quién confirmó haber ido a la casa de María antes de que su marido llegara y dio hechos de la agresión que recibió por parte de Lorenzo Urrutia. Lucía y su amante confirmaron la declaración de “El Pelos” diciendo que habían visto todo a través de su ventana, pero nunca se enteraron del asesinato, ya que una vez terminado el altercado entre los hombres vieron entrar a Lorenzo a su casa y ellos regresaron a la cama; los gritos y discusiones nunca fueron algo extraño en casa de María, dijo Lucía. Entonces la policía fue detrás de Lorenzo Urrutia. Lo encontraron dos días después, por coincidencia, en una cantina del centro cuando el oficial a cargo del caso fue a realizar un cateo por irregularidades en el lugar. Lo hallaron bebiendo una cerveza y con una mujer sobre las piernas. El arresto no tuvo mayores complicaciones. El hombre aceptó la responsabilidad de todos los cargos y declaró que había tenido un ataque de celos. Cuando la policía preguntó la manera en que Lorenzo había dado muerte a María, éste respondió: sólo fueron unos cuantos piquetitos.



Óscar Hernández (México DF, 1988). Se paseó por el diplomado de creación literaria de la Sogem. Quiere aprender mandarín, francés, náhuatl y el idioma en que se entiende a las mujeres. Ha publicado poesía por ahí (Revista Digital Aeroletras), y colaborado por allá (Libro Un viento [que] jamás. Urdimbre [de] cuerpos y palabras, editado por Bitácora de Vuelos). Hace el suficiente ejercicio cuando sube las escaleras del metro. Se pasa las noches escribiendo mientras se llena su tinaco de agua.


POESÍA Montaña verde libremente | Xánath Caraza

Angeluza para el poema | Adriana Manuela

SÍLABAS DE VIENTO 

(Para el arte de Adriana Manuela)
                          
Fluye sin temor la mujer,
sutilmente gira.          
Entre nubes crecen
sus anhelos.    
Entre lunas pierde la tristeza.
Entre astros se deshace la ilusión.
                                             
Fluye la mujer desde la tierra.
En el barro se enredan sus dichas.
Sus sueños, como seda en las olas, se pierden.
En la arena se entierran sus miedos.
Entre jugo de naranja y cereza
la piel se tiñe de malva.

Fluye la mujer en el aire
cual ráfaga de viento.
Se entinta los párpados de lapislázuli.
Se mezcla su aliento con aroma de azahares.
Se desvanece entre cabelleras de estrellas.
Se enreda en la hojarasca del bosque de niebla.

Sobre pinceladas en el blanco
lienzo se forma.
Del papel y el color
nacen sus sentimientos.
Se desplaza hasta concentrarse
en sílabas de viento.
                                   
Fluye entre lágrimas,
agua de río y lluvia de verano.
A las páginas se entrega,
aflora del papel amate.
En el tintero rebosante
con el remolino siente.

Pasión contenida palpita.
Ternura guardada brota.
Caligrafía perdida corre por sus venas.
Conocimiento absorbido en la piel.
La mujer que no espera,
siente con el trémulo corazón.

(Andalucía, julio de 2013)


ALPUJARRA DE AGUA

Si yo fuera agua clara
Bajaría por las laderas de la Alpujarra
Deslizándome entre las grietas de las piedras
Atravesaría la montaña verde libremente
Me colaría por las cavernas más oscuras
Gotearía desde las bóvedas
                                 
Si yo fuera agua de lluvia
Correría por canales
De calles empedradas
De los pueblos blancos
Me escurriría por los techos
Hasta alcanzar los profundos valles

Si yo fuera agua fría de manantial
Brotaría desde la tierra
Enjuagaría las jarapas más gruesas
En los lavaderos públicos
Dejaría que los niños
Se salpicaran

Si yo fuera agua de los sueños
Aplacaría la sed de los poetas
Llegaría hasta los almendros
Y barrancos escarpados
Me concentraría en los naranjos
Esperando convertirme en nube

(Las Alpujarras, Andalucía, verano de 2012)

Alcanza la niebla | Adriana Manuela

SERPIENTE DE PRIMAVERA

Soy hija de la luz con lágrimas de luciérnagas verdiazules en las mejillas. La espuma de mar sigue mis pasos en la playa, los borra, no deja huella, quiere esconderlos en sus entrañas. El mar me satura de diminutos caracoles y azules cangrejos pero mi cuerpo engaña a la espuma y los deja deslizarse lentamente por cada centímetro de mi bronceada piel, dejando un haz de criaturas marinas sobre la arena. Soy hija de la luz y del canto de las aves en la húmeda selva. Llevo la esencia de las flores en el corazón. El canto del cenzontle late en mi vientre, se mezcla con las citlalis en el cielo de la noche.  Soy hija de las lenguas perdidas de los fonemas ocultos en la garganta de la selva. No hay caminos que no escuchen mis pasos y en los senderos que aún no he llegado, ya se presienten mis versos. Palabras encadenadas con sílabas de huehuetl. Soy hija de los latidos de congas y teponastles, hija de la luz con el canto del cenzontle atravesado en el pecho. El mar azul me persigue los pasos cada día. Las resplandecientes luciérnagas ya han tatuado sus poemas en mi piel. Mi padre es el tornado que se mezcla con la ensortijada serpiente turquesa de primavera.

(Granada, Andalucía, España, junio de 2013)


ALCANZA LA NIEBLA

Nace de la piedra
La mujer inmóvil
Con el vientre atravesado
De barro rojo            
Y los senos llenos
                           
Incrustado en el alma
Lleva un relicario de cabello
E hilos de seda
Movimiento suave
La hace flotar

Con palabras rojas
Y la luna tatuada en el pecho
La mujer de senos llenos
Y canciones suaves
Alcanza la niebla

(Granada, Andalucía, España, verano de 2012)

Alpujarra de agua | Adriana Manuela

YANGA

Para Louis Reyes Rivera

Yanga, Yanga, Yanga,
Yanga, Yanga, Yanga,
Hoy, tu espíritu invoco
Aquí, en este lugar.

Este, este es mi poema para Yanga,
Mandinga, malanga, bamba.
Rumba, mambo, samba,
Palabras llegadas de África.

Esta, esta es mi respuesta para Yanga,
Candomble, mocambo, mambo,
Candomble, mocambo, mambo,
Hombre libre veracruzano.

En 1570
Llegaste al puerto de Veracruz,
Encadenado como muchos,
Escapaste de la esclavitud.

Palenque, rumba, samba,
Yanga, Yanga, Yanga,
Espíritu indomable,
Noble hombre de África.

En 1609
Luchaste por la libertad,
Hasta tus puertas llegaron y
No pudieron entrar.

Mandinga, malanga, bamba,
Palenque, rumba, samba,
Palenque, rumba, samba,
Orgullo, ritmo y libertad.

Para 1630
San Lorenzo de los Negros
Se estableció.
Hoy, el pueblo de Yanga.

Candomble, mocambo, mambo,
Yanga, Yanga, Yanga,
Hoy, tu espíritu invoco
Aquí, en este lugar.

Yanga, Yanga, Yanga,
Palenque, rumba, samba,
Mandinga, malanga, bamba,
Candomble, mocambo, mambo.

Candomble, mocambo, mambo,
Mandinga, malanga, bamba,
Palenque, rumba, samba,
Yanga, Yanga, Yanga.


XÁNATH CARAZA es viajera, educadora, poeta y narradora. Su poemario Sílabas de viento recibió el 2015 International Book Award de poesía. También recibió Mención de Honor en la categoría de poesía en español para los 2015 International Latino Book Awards. Su poemario Conjuro y su colección de relatos Lo que trae la marea han recibido reconocimientos nacionales e internacionales. Sus otros poemarios son Tinta negra, Ocelocíhuatl, Noche de colibríes, Corazón pintado, Donde la luz es violeta (noviembre de 2016) y su segunda colección de relatos Pulsación (en progreso). Enseña en la Universidad de Missouri-Kansas City y da talleres de creación literaria en Europa, Latinoamérica y Estados Unidos. En 2013 fue nombrada número uno de los diez mejores autores latinos para leer por LatinoStories.com.
         Caraza recibió la Beca Nebrija para Creadores de 2014 del Instituto Franklin, Universidad de Alcalá de Henares en España. Es columnista de La Bloga, Smithsonian Latino Virtual Museum, Periódico de Poesía y Revista Zona de Ocio. Caraza es juez desde 2013 para los José Martí Publishing Awards, The National Association of Hispanic Publications (NAHP). Desde 2012 organiza el National Poetry Month (NaPoMo) para Con Tinta.


ADRIANA MANUELA. Es pintora y ceramista originalmente de Xalapa, Veracruz, México.  Ha participado en exposiciones individuales en México y España. Actualmente vive en Córdoba, Andalucía, España.


ESPECIAL #DíaInternacionaldelLibro

Ilustración de Oriol Malet

El Día Internacional del Libro es una conmemoración celebrada a nivel mundial con el objetivo de fomentar la lectura, la industria editorial y la protección de la propiedad intelectual por medio del derecho de autor. Desde 1995 es una celebración internacional promovida por la UNESCO. El 23 de abril de 1996 se inició en varios países y en 2008 la celebración ya había alcanzado más de cien.

En esta semana que festejamos el libro, en Bitácora de vuelos, queremos saber ¿qué significa un libro para tí? O bien, ¿cómo iniciaste tu relación con ellos? Gracias por escribir y compartir.

(Usa el espacio reservado para los comentarios. Tu aportación se publicará una vez que haya sido aprobada. Son políticas de la revista).


Margo Glantz dará charla en Torreón


Fuente: El siglo de Torreón

Del 19 al 24 de abril, y con diferentes actividades, entre ellas una magna conferencia de la escritora mexicana Margo Glantz, se llevará a cabo un Homenaje a Miguel de Cervantes Saavedra, a propósito de los 400 años de su fallecimiento.

Las actividades darán inicio el próximo martes 19 de abril a las 7:30 de la noche en la Casa Histórica Arocena, con la conferencia gratuita "Obra literaria de Miguel de Cervantes", que impartirá la escritora mexicana Margo Glantz.

La ganadora del Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Literatura, disertará sobre la obra del considerado padre de la lengua castellana. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, Glantz, disertará sobre la obra del autor de El Quijote.

El miércoles 20 de abril, en el Museo del Algodón, el Museo del Ferrocarril, y la Casa del Cerro, se realizarán los Entremeses Cervantinos, dirigidos por César Atiyhe, funciones que se repetirán el jueves 21 de abril en la Biblioteca José García de Letona, la Plaza Mayor y el Canal de la Perla.

El viernes 22 de abril a las 7:30 de la noche en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez, se presentarán los libros "Un año con El Quijote", "Don Quijote, periodista y comunicadores", ambos del maestro Saúl Rosales, con comentarios de Angélica López Gándara y Carlos Castañón.

Para cerrar el ciclo de actividades, el domingo 24 de abril se llevará acabo la premiación de las obras ganadoras del Concurso Municipal de Pintura, que tiene como tema "IV Centenario de la muerte de Cervantes", en el Paseo Colón a las 11:30 de la mañana.

Además de la premiación, en el paseo dominical se llevará a cabo una exposición con el total de las obras participantes.

Un referente nacional

La escritora mexicana Margo Glantz, miembro de la Academia de la Lengua, Premio Nacional de Ciencias y Artes 2004 y Premio Iberoamericano de Narrativa "Manuel Rojas", celebró a inicios de este año 86 años de vida, con la publicación de su libro "La cabellera andante". En diciembre pasado Glantz recibió el Premio Iberoamericano de Narrativa "Manuel Rojas" de manos de la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, en una ceremonia que se realizó en el presidencial Palacio de La Moneda. La jefa de Estado entregó a la autora un diploma y una medalla que la distinguen como la primera mujer en recibir el galardón, dotado con un premio de 60 mil dólares.

CULTURA DIGITAL | Erre Gálvez, diseñador gráfico multidisciplinar

Las obras de Raúl Gálvez (Erre Gálvez), nacido en Elda (Alicante) en 1988 hablan de la construcción de la imagen, el arte final desde el punto de vista del proceso creativo, la materia superpuesta de la que se componen sus collages. Desde pequeño está fascinado por el arte y todo aquello que está fuera de lo convencional, donde todo parece pero no es. Observar las cosas desde su lado oculto. Apasionado de la tipografía, la tinta impresa y el movimiento sobre cualquier soporte. En su trabajo cotidiano utiliza diferentes materiales como revistas antiguas, libros, tipografías u objetos encontrados.

Sus proyectos han sido expuestos en diferentes museos y galerías nacionales como el Museo Cerralbo (Madrid), Museo del Romanticismo (Madrid), Mustang Art Gallery (Alicante) o Parking Gallery (Alicante) así como en publicaciones impresas de Madrid, Shanghai, Estambul, Sao Paulo o Tokio. Camina horas entre el oficio de diseñador gráfico y el filo de las tijeras ¿O era al revés?

Bitácora de vuelos les comparte esta muestra de Erre Gálvez y un video sobre el artista preparado por "La aventura del saber" de RTVE. ES







Boek Visual. Erre Gálvez 

PUERTABIERTA EDITORES Dulce y prehistórico animal de Guillermina Cuevas




Todo comenzó antes, pero la portada de una revista y una fotografía dieron pie para que “la escribidora” comenzara a tejer la erótica y libidinosa biografía espiritual de sus andanzas escritas desde la imaginación y el dulce placer de celebrar la vida, no la vida real, sino la que creamos con la imaginación, el juego, más alegre y más libre de la que a diario nos acosa.

Aunque son casi una y la misma, Mary, Elina y la escribidora son tres que se inventan una a otra. La que sueña responde —si es que responde— al nombre de Mary; la que padece y vive, es la escribidora; la que confiesa y llora se llama Elina. Las tres juguetonas, desinhibidas, gozosas y enamoradas de sus Héctores, esa gama de hombres que son mucho de sueño, de amistad, algo de pesadilla, otro poco de rock e imagen y, ante todo, poseedores del objeto insaciable, dulce, prehistórico, animal.

Como el mismo texto evidencia —porque en ocasiones no sabemos cuál de las tres es la que escribe— se trata de rebasar “la verdadera vida” para burlarnos de ella, para crear otra realidad, para dar rienda suelta a los dobles o tripes sentidos —en los que la autora es maga, como la Maga cortaziana— con el único fin de gozar a plenitud el lenguaje, la anatomía, la ciencia, los placeres, los amigos, la música, los sueños y las vigilias.
Lúdica de principio a fin, irreverente en cada una de sus páginas, esta breve, divertida e intensa novela es para mentes abiertas, desprejuiciadas, libres de polvo y paja. Es, como se define a sí misma: “una novelita planeada para describir gozos y temblores”.
Con esta obra Guillermina Cuevas Peña ratifica su lugar de privilegio en la geografía de la literatura colimense, geografía más amplia que la de nuestro propio territorio.

Víctor Manuel Cárdenas
 
Descripción:
Autora: Guillermina Cuevas
Editorial: Puertabierta Editores / Sría. de Cultura, Gob. del Edo. de Colima (2012)
Género: Novela
Idioma: Español
Tamaño: 13.5x20 cm
ISBN: 978-607-95853-0-3
Núm de páginas: 142
Encuadernación: Rústica
 
Libro disponible en :
Tienda Puertabierta Editores


DI(VAGACIONES) Las voces antiguas en América | Marisol Vera Guerra

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En su ensayo El retorno literario de las voces antiguas en América [1], Jorge Miguel Cocom Pech, poeta, narrador y ensayista en lengua maya rememora que, durante los años 30 y 40 del siglo pasado, descendientes de lenguas originales de América iniciaron el rescate y la recreación de narraciones tradicionales a través de la generación de textos literarios asidos a la cosmogonía ancestral; pulsión creativa que se revitalizó en los años 70.

Cocom Pech cita como países americanos en los que actualmente se publican (muy pocas) obras literarias escritas por hablantes de lenguas indígenas: Guatemala, Chile, Uruguay, Colombia, Estados Unidos y México.

Nos preguntaremos: ¿Cuál es la universalidad de estas obras?, ¿qué se necesita para que tengan la difusión y el alcance mediático de las obras escritas por autores de habla hispana o inglesa, por ejemplo?

He constatado que, la mayoría de las veces, cuando en el universo mestizo de México se menciona “poesía indígena”, se piensa cuando mucho en Nezahualcoyotl, en las plumas de quetzal y en las flores (imágenes asociadas con los cantos nahuas en nuestro imaginario colectivo), como si la poesía indígena contemporánea no existiera o como si sus expresiones estuvieran encerradas en una burbuja, al margen del sincretismo cultural de nuestros días.

En cierta ocasión platicaba con un escritor de mi generación acerca de la marginación de la que veo es objeto la poesía indígena; él hacía hincapié en que, aunque son ricos la sonoridad de la lengua y su misticismo, a menudo, cuando uno escucha su traducción nota la falta de recursos poéticos.

Yo opino, si bien puede haber poemas escritos en náhuatl, en maya o en la lengua indígena que se quiera, con deficiencias retóricas, lo mismo aplica para los escritos en cualquier idioma del mundo. Además, nuestros juicios de valor se apoyan en cánones occidentales, olvidándonos de que cada idioma tiene sus propios recursos, su organización particular y sus juegos fonéticos imposibles de traducir. Creo que en esta marginalidad mucho hay de prejuicio y desconocimiento acerca de la estética indígena. Dice Cocom Pech:
También en nuestra lengua hay formas estéticas que provocan el gozo del espíritu al oírlas, al igual que los poemas con ritmo y métrica tradicional occidental; solo que lo nuestro, los poemas o narraciones de la literatura indígena contemporánea, aún carecen de un conjunto de normas (¿y las necesitan?) que, atendiendo a sus sistemas prosódicos y métricos, puedan convertirse en una propuesta para la escritura de nuevos textos.
A menudo veo, en nuestro país, más dispuestos a los escritores de habla indígena a aprender de los recursos occidentales, que a los hispanohablantes a aprender de los recursos propios de nuestras lenguas originales. También está el caso de los poetas indígenas estadounidenses que optan por tomar prestada la lengua inglesa, sin olvidar por ello su raíz cosmogónica.

Apunta la investigadora Norma Quintana: “nuestros escritores indígenas modernos necesariamente han debido transformar su expresión, encontrar un sendero para transitar de la oralidad primigenia a la escritura, hallar el punto de intersección entre su espacio lingüístico y el idioma español”.

No encontré mejor ejemplo para dejar abierto este diálogo ante mi lector que este poema del poeta mayaquiché de Guatemala Humberto Akabal:

Hablá con cualquiera
no vayan a pensar que sos mudo
me dijo el abuelo.
Eso sí
tené cuidado
que no te conviertan en otro.
 
 

Marisol Vera Guerra. Escritora, editora y dibujante empírica. Su obra abarca los géneros de poesía, ensayo, narrativa y dramaturgia. Además experimenta con el videopoema y el performance. Coordinadora de talleres de escritura creativa y de fomento a la lectura. Ha publicado seis poemarios; sus libros más actuales son Canciones de espinas, Poetazos (2014) y Gasterópodo, Ediciones El Humo (2014), incluidos en la Enciclopedia de la Literatura en México, ELEM. Obra suya aparece en siete antologías, la más reciente: LA LUNA E I SERPENTI,  prima  antologia di landai ispanoamericani, Progetto 7Lune (2015). Becaria del ITCA en 2010 con la investigación literaria sobre la Huasteca: Imágenes de la fertilidad: canciones al hijo del viento. Su columna “Páginas de tierra” se publica en el periódico La Razón, de Tampico.
 

[1] Revista isees No. 8, diciembre, 2010, 111-130.


TEXTOS CARDINALES El pez sigue flotando (fragmento) | Dolores Medio

Le rêve de l'androgyne | René Magritte


Por la pared de la portería desciende una araña. Hilos de humedad y seda tejen un trapecio, casi invisible, en el que se columpia.
       (—¡San Jorge, mata la araña!)
       Después de pedir ayuda a San Jorge, José Cilleiro descalza su zapatilla, avanza sigilosamente y…
       ¡zas!
       … el insecto se convierte en una pasta informe, que mancha levemente la pared.
       (—¡Jolín, con la gran zorra!… En la casa nueva te quisiera ver. ¿Arañas allí?…)
       José Cilleiro contempla la suela de su zapatilla. La huella del crimen es imperceptible. ¡Pero el crimen se ha cometido!
       Esto no sucederá en la casa nueva. Todo nuevo. Impecable. Mantener limpia una casa sin ensuciarse la conciencia ni la zapatilla con un cadáver, es cosa fácil cuando todo marcha a pedir de boca.
       José Cilleiro contempla su zapatilla.
       (—Tampoco zapatillas –piensa–. El uniforme…
       Uno no puede andar de zapatillas y vestido con uniforme.)
       ¿Qué uniforme? El que sea. Nadie ha hablado de uniforme, pero intuye José Cilleiro que ha de ponérselo como todos los porteros de casa grande.
       José Cilleiro cierra los ojos. Con los ojos cerrados ve mejor. Ya está vestido de uniforme. De uniforme gris.
       (—¿Gris? O marrón. Da lo mismo. Martín lo lleva gris. Por eso digo… Los botones, dorados.)
       Esto de los botones tiene para él una importancia enorme. José Cilleiro se los coloca sobre cualquier uniforme. Unas veces, el uniforme es cerrado: ¡Botones dorados! Otras, tiene solapas y sobre la camisa almidonada –gris o caqui– luce corbata de seda: ¡Botones dorados! Ahora es una casaca de faldones largos, como la ha visto en el cine, en el teatro, tal vez al conserje de algún hotel: ¡Botones dorados!
       (—¡Ah!… Y se acabó el tú por tú y el José para acá y José para allá… Señor José o Don José, para las criadas. ¿O es que todos somos iguales?… No, señor. La autoridad… Uno ya no es cualquiera.)
       Otra vez el cigarrillo se ha apagado entre los labios húmedos y fofos de José Cilleiro. El cigarrillo en los labios de José Cilleiro, es siempre una colilla. Pero una colilla viva, siempre dispuesta a convertirse en un cigarrillo, que levanta, en un esfuerzo, su maltrecha virilidad, para no dejar en mal lugar al portero.
       Un chispazo. Una luz. Una chupada… Una nubecilla de humo. Y otra vez José Cilleiro sobre la marcha:
       —… y nada del duro y cuentas saldadas. Martín dice que cinco duros es lo menos que se le puede poner hoy en la mano a un hombre. Otros diez… otros quince… Y hasta veinte. Porque los hay de veinte…)
       José Cilleiro saca de su bolsillo un cuaderno mugriento. José Cilleiro saca de su bolsillo un lápiz de tinta. José Cilleiro humedece el lápiz con la lengua. La lengua de José Cilleiro, mojada y gorda, queda presa entre los dientes, entre los labios, ocupando el sitio de la colilla.
       El lápiz de tinta de José Cilleiro, va imprimiendo sobre el papel, como un cardiograma, las oscilaciones de su pensamiento, sus cálculos, sus cuentas…
       (—… cuarenta y dos vecinos… no cuarenta y cuatro. Son cuarenta y cuatro, si se cuentan las oficinas. Eso es, cuarenta y cuatro… Cuarenta y cuatro, por veinticinco… ¡échale guindas al pavo!… Cuarenta y cuatro por veinticinco… Cinco por cuatro, veinte y llevo dos. Cinco por cuatro veinte y dos, veintidós… Dos por cuarto, ocho y… y nada, no llevo nada. Dos por cuatro, ocho. Sólo un ocho… Ya… Vamos a sumarlo… Cero es cero. Ocho y dos diez. Ocho y dos diez… ¡Jolín! Mil pesetazas. Mil pesetas sobre el sueldo. Bueno, suponiendo que sólo den veinticinco, que ya es poner por lo bajo…)
       —¡José!
       José Cilleiro guarda su lengua en la boca. Arroja el lápiz sobre la mesa. Cierra el cuadernillo. Abre la ventana de la portería. Grita de mal talante:
       —¿Eh? ¿Qué se le ofrece?
       Pero en seguida, José Cilleiro rectifica su actitud agresiva. Ante la ventanilla está el jersey rojo y verde de Benita, metiéndole por los ojos la juventud provocativa de la muchacha.
       José Cilleiro se abrocha los dos botones de la camisa. José Cilleiro estira los puños de la camisa. José Cilleiro estira la camisa, lamentando que esté tan mal planchada. José
Cilleiro traga saliva:
       —¿Eh? ¿Qué quieres, pequeña?
       —Sí no le molesta a usted, voy a dejar en la portería mi bolso. He olvidado comprar la fruta. Vuelvo en seguida.
       —Cuando quieras, muchacha. Tú no molestas.
       Sale Benita y José vuelve a apoderarse de su cuadernillo
       (—Bien está la chica… Uno ahora, ¿cómo va a decirle nada? Pero después… Señor José… Don José… Ya es uno alguien. Y las dos mil del ala… Que si el sueldo, que si las propinas, que si la casa, que si tal, que si cual… ¡Ah! Y esto de las propinas, calculando por bajo… Los de diez, los de quince, los de veinte… Pongamos otras mil.)
       José Cilleiro muerde el lápiz con entusiasmo. Acaba de descubrir una nueva mina:
       (—¡Los propietarios! También los propietarios. Porque la mayor parte de ellos compran los pisos para alquilarlos. Entonces uno cobra la renta, lleva, trae… Cuando el señor Bofill dice que una portería es un buen negocio…)
       —¡José!
       (—Jolín, con tanto José… No parece sino que uno fuera el criado de los vecinos.)
       José asoma la cabeza por la ventanilla. Es la señorita Julia. –«Madame Garín. Profesora de Corte y Confección. Diplomada en París»–. Madame Garín es además, para el portero, «La madama que paga puntualmente y nunca pide nada».
       —Diga usted, señorita.
       —Tengo que salir, José. Le dejo este paquete, que vendrán a recoger del Tinte. ¡Ah! Si traen algún encargo, que lo dejen aquí, en la portería. Lo recogeré a la vuelta.
       —Sí, señorita. Descuide. Y vaya usted con Dios…
       Para su capote:
       (—… al cine, digo yo. Porque ésta va al cine… Y uno aquí, sin moverse en todo el día, como un esclavo. Y todo para ganarse…)
       El lápiz de tinta de José Cilleiro vuelve a humedecerse sobre su lengua y a posarse sobre el cuadernillo mugriento…

Tomado del libro El pez sigue flotando.
 


Dolores Medio (Oviedo, 1911-1996). Fue una escritora española. Estudió Magisterio, ejerciendo como maestra en Nava, Asturias, hasta que en 1945, ganó el Premio Concha Espina de la revista Domingo con Nina, obra que no se publicará hasta 1988. Se traslada a Madrid para colaborar, bajo el seudónimo de Amaranta, con ese semanario, y allí se matricula en la Escuela de Periodismo y en la de Bellas Artes.
       En 1952 obtiene el Premio Nadal de novela con Nosotros, los Rivero. En 1963 comienza, con Bibiana, su trilogía Los que vamos a pie, donde se relatan los hechos (autobiográficos, como gran parte de su obra) relativos a una manifestación en apoyo a los mineros que la llevó a prisión, experiencia a su vez relatada en Celda común; ese mismo año obtiene el Premio Sésamo con Andrés.
La otra circunstancia continúa la trilogía en 1972. En 1982 publica El urogallo, cuento escrito entre 1936 y 1939 que no se pudo publicar antes por causa de la censura.
       Otras novelas de Dolores Medio son Funcionario público (1956), El pez sigue flotando (1959), Diario de una maestra (1961), Farsa de verano (1974) y El fabuloso imperio de Juan sin Tierra (1981).
       Es una de las máximas representantes de la literatura social en España, así como de la estética social realista, siendo muy aclamada durante la década de los 50, hasta bien entrados los 60, momento en el que la literatura social perdió protagonismo. En la actualidad existe una fundación, creada en 1981, que lleva su nombre y que gestiona el Premio Dolores Medio de Novela.


POESÍA Oficios de la resistencia | Víctor Palomo

Yves Tanguy | Le Ruban des excès [The Ribbon of Excess]


MÚSICA DE PLAZA PARA CIUDADES VACÍAS

No saciada de amor la llaga
abro el espejo:

andy warhol y marilyn monroe
se exponen en una sala de méxico city
                                 in a courios night
mientras el volumen de tu cabello
cruza por mi cabeza a ciento cincuenta kilómetros
por hora las carreteras de guerrero:
velocidad que esplende los oficios de la resistencia
miahuatlán de porfirio díaz
arcelia             puerto del aire
música de plazas
vino lagarto y gregario
órganos en bóvedas amarillas
hoteles como iglesias
—satie animalizando el silencio—
en caminos de ida o de regreso
y ni tarde ni temprano
para cantar
ese tú y yo sobre nosotros
que nos faltó cantar
            al filo de una butaca
                       enlodados por la imagen
                                    de la mujer del carnicero
                                                   corriendo bajo la lluvia.

Ese tú y yo en la electricidad de la tormenta;
en busca de un poco de arte erótica
sobre avenidas y callejones
–—la toda prisa de tus manos
y jaques brel un ne me quite pas
               demasiado cierto—
edificios donde ya no nos recuerdan
ciudades que abandonar a tiempo
boletos ebrios para trenes por una noche
palabras tomadas a préstamo por un instante:
              ponte mi máscara
              absorbe el humo de mis pulmones
              observa dentro la caja de la noche
              ayúdame a vivir
              haz que suene el hueco de mi corazón
              comprueba mi sangre
                                          no me dejes
                                          no me dejes.

Ese tú y yo sobre nosotros
como un solo cuerpo depositado sobre la hierba
desposeído de la adivinación del sueño
              en el que ya de pronto
              la ciudad queda sola
              y resplandece.
 
 

LAS CIUDADES

Todas las ciudades son iguales.
En una hay una sirena enferma
viviendo bajo cruces blancas
                            y anaranjadas,
sobre la luz negra de los quirófanos.

Cada ciudad tiene sus capillas funerarias,
              una fábrica de ataúdes;
              flores, pétalos de plástico,
              reuniones familiares,
              ritos estúpidos,
              pendencias y destierros,
              patíbulos               comisarías de circo,
              pequeños mundos de la farándula.

Cada ciudad es un arco tensado:
              una flecha que               envenenada
vendrá a caer sobre nosotros
              en la pálida batalla.

Sobre su propia arca de la alianza ríen
              y celebran su oficio los mendigos:
la cáscara del herpes sobre unos labios rotos,
              una jeringa en el lavabo.

Cada ciudad tiene su propio templo
              —mujeres que van del confesionario
                                          a la mancebía,
              hombres siniestros,
              niños locos,
              casas abandonadas,
              madres enfermas,
              trabajadores del Estado.
              Todas.

Cada una tiene ese algo de gitana desgreñada
              —esa que no amaremos jamás como ella quisiera;
              como nadie hubiera querido querer jamás—
que grita por las calles enloquecida.

Todas las ciudades son iguales.
En cada una alguien acaba de llegar;
              otro que acaba de marcharse.
En todas alguien ama arde y se consume en silencio.
Todas tienen un loco un pordiosero y una puta
              viviendo en un cuarto de azotea.
              —alguno matará a otro una noche de naipes...
Sin necesidad de orden ni factores,
el tercero dejará de esa ciudad
pensando: “Siempre es igual”
              “Siempre es lo mismo”.

Cada ciudad tiene su propio laberinto
              un toro blanco               una muchacha ciega
                            un traidor y su asesino.
Todas son iguales.

Cada ciudad es Petra, Somma, Bagdad, Nisapur,
              el estanque florido desde cuyo fondo canta y nos alumbra
              una tumba silvestre de semáforos y avenidas
              Berlín, Nueva York, Jerusalem,
              jardines municipalmente plantados
              bancas de repostería,
              lugares santos.

Cada ciudad es la misma —la otra
              —en la que no estaremos nunca,
su propio y amoroso fantasma.

Cada ciudad es la primera piedra
              —púber y sangrienta
arrojada contra los locos.
Todas son iguales.
 
 
 
CANCIÓN DEL AMOR QUE NO SE ACABA NUNCA

Este es el amor que no se acaba nunca
fría es su sangre
roja su recámara
su lengua amarga.

Este es el amor que al fuego se guarda
que mora
que vela
no reposa ni espera
vigila.
Enciende un cirio
y el cirio llamea
evocando una canción
sencilla y lejana:
              dogma es estigma
              ley no es justicia
              mujeres por dinero
              en tardes de canícula

Este es el amor que canta
y se dispara en la boca.

Una cortapluma traza su cara
un espejo humea su sombra
una brasa los ojos
los brazos un ancla
cerrado el corazón como una roca.

Este es el amor que no tiene nada
que nada pide
no solicita ni aboga.
Amor que calla y no otorga.
Nada espera ni obsequia.
Va con el cabello lleno de pájaros
y la garganta de hojas.

No tiene patria.
No va a ninguna parte:
este es el amor que no se acaba nunca.
 
 
 
ABRE DRÁCULA

Cuando el amor clave a tierra tu corazón con una estaca.
Cuando la noche toque puerto y no quede a bordo uno solo de tu tripulación.
Cuando la ciudad arda y su aire caliente dé contigo.
Cuando ese aire te proscriba, cuando te proscriba esa ciudad.
Cuando tu país te proscriba
              y sea arrancada de tu lado la bandera de la Victoria.
Cuando te proscriban los cielos y los mares.
Cuando todo te proscriba.
Abre Drácula.

Abre Drácula.
Cuando la muerte llame insistente a tu puerta,
              vestida de ropajes de amores brillantes,
              y abogados tomen tu vestíbulo llenándolo
              de requerimientos y actas de divorcio;
cuando te sangren las encías,
cuando enrojezcan tus ojos y se evapore la verdadera razón del sueño
              y a tus insomnios acudan las imágenes vivas del mal y la locura.
Cuando no haya paz en tu corazón
              y la ira de Dios doble la techumbre de tu casa.

Abre Drácula.

Come de Drácula su corazón en un plato;
escucha la sabiduría inmortal de los condenados,
encuentra la reconciliación del hijo con el padre;
              busca en él el camino de la sangre.

Abre Drácula

Cuando la vida eterna quiera llevarte.
Cuando venga a tentarte la idea de la salvación.
Cuando la idea del más allá venga a ti.
Cuando venga a ti la idea de la resurrección.
Cuando veas reducido a cenizas tu plato de lentejas.
Cuando la Virgen de los Asesinos no escuche tus plegarias.
Cuando Lázaro vuelva a levantarse.

Abre Drácula.

Cuando los débiles se levanten.
Cuando sean derrotados los fuertes
y queden libres de aflicción los perseguidos.
Abre Drácula y pregunta:
¿De qué está hecho el amor?
¿De qué está hecha la vida?

Abre Drácula.

Cuando ya no puedas más:
              abre Drácula y recapitula,
              abre Drácula y mécete,
              abre Drácula y resucita.

Cuando todo te falte
                            echa el cerrojo a tu puerta…
y vuelve a Drácula.
 
 
 
Víctor Palomo (Saltilllo, Coahuila, 1969). Ha colaborado en diversas revistas como Tierra Adentro, Periódico de poesía, Caelum, El coloquio de los perros, así como en diversos suplementos literarios de circulación nacional. Tiene publicados los libros de poemas Cartas de amor para la señorita Frankenstein (1998) y Vigilancias, poemas y canciones (2015).