MINIFICCIÓN

Algunas brevedades sobre el amor | Ricardo Alberto Bugarín

CUENTO

El doctor | Servando Clemens

POESÍA

El hombre primitivo | Ihovan Pineda

FOTOGRAFÍA

Las primeras fotografías eróticas de Félix Jacques Moulin y Auguste Belloc

MINIFICCIÓN

Cuatro historias breves | Varios autores

CUENTO La pasión te vuela la cabeza | Yaazkal Ruiz


Fui a una fiesta. Si mi padre estuviera con nosotros de seguro me hubiera negado el permiso, aunque ahora no sé si realmente alguna vez actuó como padre. Mi madre consintió cuando mi prima Lulú dijo que ella también asistiría. Es una reunión de sólo niñas.
        —Espero que lo sea—, murmuró mi madre.
        Efectivamente, éramos puras chicas cuando llegaron ellos, compañeros de la escuela y sus amigos quienes trajeron cerveza y tequila. Lulú "la que sabe beber" se quedó semidormida en el sillón mientras la fiesta continuaba y la música subía un poco más de volumen. Yo traté de mantenerme a raya porque debía regresar a casa en condiciones casi perfectas. Me dejé besar por Samuel y acariciar un poco más allá. La pasión te vuela la cabeza. No por amor, porque si pienso en el amor al chico que tenía enfrente lo llamaría Bogart, por ejemplo. Es dejarse ir porque así lo piden las entrañas, porque así lo piden los muslos.
        La habitaciones de la casa estaban disponibles y quizá pudimos meternos en una de ellas pero sentí temor. Samuel quería más pero no, no era el momento, aunque estuviéramos más que encendidos. Dejé que el tiempo pasara y también eso aligeró el mareo ocasionado por la bebida. Desperté a Lulú, que para ese momento compartía sillón con Enrique, y Samuel nos llevó a casa.
        Mi mamá estaba viendo una película y nosotros tratamos de actuar lo más natural posible. Lulú venía eufórica, una ironía, si pienso en el sueño tan pesado que tuvo a lo largo de la fiesta. Fuimos a la cocina, bebimos un vaso de leche y Lulú le pidió que hablara a su casa para que le dieran permiso de quedarse.
        —¡Que bueno que llegaron temprano!, dijo mi madre.
        —Sí, es que la fiesta estuvo medio aburrida.


CUENTO Nefertiti en Berlín | Andrés Canedo


Hace unos días hablaba con una amiga alemana sobre Berlín y le conté algunas de mis impresiones sobre el Museo de Arte Egipcio de esa ciudad y sobre el busto de Nefertiti que se encuentra en ella. Esa Nefertiti que fue una obsesión extraña desde mi primera juventud. Le ofrecí a mi amiga un texto sobre aquella experiencia, el mismo que corresponde a mi segunda novela, largamente inconclusa. El mismo es fundamentalmente una reflexión sobre la belleza y la magia creadora del artista. Este es el texto:

En realidad es pequeño el Aegyptische Museum, pero vine hasta aquí no sólo por mi eterna fascinación por la cultura egipcia, sino porque sabía que acá, precisamente, encontraría a Nefertiti. Y ahí está, más bella y misteriosa que en las fotos que tantas veces observé. Es una escultura pequeña, un busto colocado sobre un pedestal, donde se revela ese rostro extraordinario de conmovedor encanto. Me acerco despacio, con respeto, con devoción y, mientras lo hago, siento que todo en mí se trastorna. Estoy frente a ella y me parece que me mira desde más allá de sus tres mil quinientos años, que, a través de ella, me observa la eternidad. Pero en realidad, son mis ojos los que la recorren y, a través de ellos, la agitación intensa de mi alma que se conmueve intuyendo a esa mujer viva en otros espacios, en otros tiempos, desde donde me asalta este presente para subyugarme en esta sala solitaria, en este lejano rincón de la tierra, tan lejos de nuestros orígenes. ¿Te hace justicia la mano del artista que transmutó tu forma humana en eternidad? ¿Es la calidad del arte la que te hace inmortal o es tu belleza aquí representada la que inmortaliza al arte? Hay en esta materia inerte resplandores de tu vida, mensajes, aromas, palpitaciones, sonrisas crueles.
          Me pregunto si te hicieron de memoria o si temblaron ante tu deslumbrante presencia como yo ahora, ante esta lejana representación. Me pregunto si es suficiente la combinación de formas de la nariz, de los labios, del mentón, del cuello, para exaltar mi noción más profunda de la belleza absoluta, o si es porque desde esas formas se insinúan actitudes, pasiones, rituales secretos. No imagino escenas, sino que me asaltan, como fulgores, instantes y espacios de su carne viva. No me basta sentir que ella debe haber sido la mujer más bella de todos los tiempos; no es el juicio estético el que me sacude, sino una honda sensación de que ella es todas las mujeres; la suma y la síntesis, la muestra de los dioses para hacernos intuir que siempre perseguiremos un sueño y que esa búsqueda inagotable es la condenación a través de la belleza que es inalcanzable.
         ¿Qué es lo que me subyuga de esta Nefertiti vulgarizada en millones de medallitas que cuelgan en el cuello de otras mujeres, no tan bellas, no tan inquietantes? Siento que todo razonamiento es insuficiente y me asalta una enorme inquietud. Hay en esa terrible armonía una emanación de poder. Pero no pienso en ejércitos imperiales sino en la magia que nutre las formas para que en una alquimia misteriosa de efluvios y moléculas la forma se haga mujer. Sé que no bastan las líneas, masas y proporciones para construir la belleza, sino que ésta se hace posible mediante el misterio que la pasión del espíritu creador agrega a la forma. Pero no sé si es mi espíritu el que agrega visiones, o si la mano que creó la forma pudo aprehender y plasmar algo que emanaba del alma de la que intentó imitar. La belleza verdadera no es sólo presente sino, sobre todo, promesa.
          La obra que está frente a mí, vive: debajo del barniz, del color, del estuco, se agitan risas, miradas, actitudes, andares. No soy sólo lo que ves, sino lo que a partir de tus ojos sientes e intuyes. Soy una diosa y es tu contemplación donde se instituye mi inmortalidad. ¿Cómo fue en realidad Nefertiti? ¿Por qué me dice tantas cosas inconclusas que son como un soplo de luces que reverberan fugazmente y se extinguen en mi corazón? La he mirado desde todos los ángulos: de adelante, en tres cuartos, de perfil, de atrás; la frente, la nariz, los labios, el ojo estrábico. Estoy anonadado, estoy arrasado, y noto latir mi corazón con enorme violencia. Me siento un poco triste porque la razón no me consuela con la limitada realidad de este espacio-tiempo en que transcurre mi vida: Berlín, Museo de Arte Egipcio, una bella escultura. Una sensación indefinible como de haber perdido algo me araña el espíritu.
          Al salir a la calle el sol de la tarde está todavía radiante y pienso que algo me llevo y que algo de mí se queda allí dentro. Me cruzo en la vereda con un grupo de muchachas jóvenes y hermosas pero me siento insatisfecho. Mariana, Amanda… Mariana, Amanda… También siento que se desata en mí algo parecido al hambre y la sed, pero que viene desde el alma. Y curiosamente, también, en la carne se me agita una necesidad de búsqueda. Hay un hueco en mi presente, hay una especie de honda nostalgia, hay un espacio antiguo e inagotable que debo procurar llenar.


ANDRÉS CANEDO. El año pasado, en junio, presentó en la Feria Internacional del libro de Santa Cruz de la Sierra, la segunda edición de su novela Pasaje a la Nostalgia (Editorial Kipus, Cochabamba, Bolivia). Tiene, además, algunos cuentos publicados en diversos libros: Sara, Sara, Ciudad Íntima (Gobierno Municipal de Santa de la Sierra) y en la antología Una Mirada al Sur (Pasión de Escritores, Buenos Aires, Argentina); Cartas de Amanda (Editorial La Hoguera, Serie Medusa de Fuego, Santa Cruz, Bolivia). Actualmente presenta semanalmente Relatos y Crónicas en su página de Facebook y con los que tiene la idea de hacer un libro. Es profesor de literatura universal en Cambridge College (Santa Cruz).

Imagen | Google 

CRÓNICA La Ciudad de México: La Invencible | Ignacio Ballester Pardo

Desvencijada y mínima, sus puertas batientes han renunciad
a la dignidad amenazada del vidrio. […]
Con sus veinte metros cuadrados, La Invencible tiene dimensiones de camarote. Su barra, el aspecto de muelle en que vienen a recalar navíos perdidos.
Vicente Quirarte, La Invencible (2012)
La Ciudad de México es mayúscula, como su Historia.
         Entro en la cantina que da nombre a este texto. Así se llama también el penúltimo libro de Vicente Quirarte en honor a su padre, el historiador Martín Quirarte. Estudiarlo me ha traído hasta esta República. Pido un tequila Herradura blanco y respiro la humedad del ambiente.
         De la UNAM a Dr. Gálvez −en San Ángel, donde se encuentra esta morada de desamores−, atravesamos Chimalistac, un pequeño pueblito de adoquines y casitas de colores. En una de ellas, junto a la iglesia de San Sebastián, vive Elena Poniatowska: testimonio nuestro.


«México se quiebra pero no se dobla», podríamos decir parafraseando a Melchor Ocampo: político liberal del siglo xix que da nombre a una de las calles que conecta el Jardín Centenario de Coyoacán con la mancha urbana. Sus coyotes se inclinan como la iglesia del fondo. Los arcos presiden la plaza. Por ahí pasean, en festivo, las familias y, un día común, los organilleros y los vendedores de ilusiones que les hicieron olvidar el hambre y el agua. Cuando ambos coinciden, ociosos y negociantes colapsan el paso. Si volteamos hacia Miguel Ángel de Quevedo, luego luego, nos encontramos con 3 Cruces 10, donde vivió Luis Cernuda. El poeta sevillano exiliado en México perdió la vida tres días después de la noche de muertos. De este modo Quirarte lo lee cada 5 de noviembre sobre su tumba del Panteón Jardín, en la Delegación Álvaro Obregón. El sur de la ciudad, que lleva las tres sílabas del país, se rompe a cada rato. Sus árboles agrietan las aceras. Sus troncos obligan a bajar de la banqueta y sus hojas impiden que la luz aclare las leyendas de quienes fueron y son sus vecinos: Frida Kahlo, Diego Rivera o León Trotsky, entre otros.
         El cruce de Francisco Sosa con Privada Reforma alberga la casa que rentamos para iniciarnos en este rito de paso que supone el DF. A los tres días, un taxista («ellos saben muchas cosas», dicen los policías) nos informa de que ahí vivió Jorge Ibargüengoitia. Su escritorio y las pinturas de su mujer, Joy Laville, dan prueba de ello.


El sabor del tequila me es idéntico al que me produce un mordisco en la lengua. Las botellas de la cantina bien podrían haber salido de la bodega de una carabela (des)armada. En sus estantes, los caballitos y las herraduras (de a de veras) solapan las miradas de quienes difícilmente cruzan los brazos. Los clientes de La Invencible se conocen. ¿Coincidieron con Martín Quirarte? Le pregunto al mesero por qué se llama así la cantina. “No, pues ya ves que no se vence. Un español le puso el nombre”, contesta, mostrando las herraduras de su boca. La bandera tricolor tras la barra combina con el verde del limón, el blanco de la sangre del agave y el rojo del jitomate que en su jugo juega con su junco trunco.
          Las ojeras en esta ciudad son medallas que imponen los gritos de «a diez pesos le vale», las imágenes discontinuas, los olores a maíz junto al Metro y los sabores a incordio. La ciudad de México es una hazaña colectiva: es sufrirla y es gozarla. La familia de La Invencible está perdida, pero no derrotada.



IGNACIO BALLESTER PARDO (Villena, Alicante, 1990). Es filólogo hispánico. Cursa el Doctorado en Filosofía y Letras con la tesis «La dimensión cívica en la poesía mexicana desde 1960. Herencia, tradición y renovación en la obra de Vicente Quirarte», dirigida por la catedrática de Literatura Hispanoamericana, Carmen Alemany Bay, gracias a un Contrato predoctoral de la Universidad de Alicante. Ha participado en distintos congresos internacionales sobre poesía tanto en España como en México. Recientemente ha publicado «Arte poética en Vicente Quirarte: decálogo entre el cielo y la tierra» en Artes poéticas mexicanas (De los Contemporáneos a la actualidad) (Guadalajara, 2015). En Facebook, Twitter y Blogger comparte su trabajo.

POESÍA VISUAL Serie Pronombres | Silvia Lissa








EN PRIMERA PERSONA

A pesar de dedicarme al Grabado y Técnicas de impresión, mantengo también una relación amorosa y apasionada con la Poesía Visual, el Arte Correo y los Libros de Artista, ya que desde que los encontré quedé enganchada de una manera que sólo los grandes amores lo logran…..Eso sucedió en el 2003 cuando tuve mi primer contacto en unos cursos que fui hacer a Buenos Aires (capital), de Poesía Visual, Arte Correo, Libro de Artistas.
          Los cursos eran organizados por XYLON (Sociedad de Grabadores) y se realizaron en la Barraca Vorticista, allí conocí a Hilda Paz y fue a través de ella donde descubrí todo un mundo de magia poética en el circuito artístico que era para mi nuevo y mágico: el intercambio de obras, palabras, diferentes historias y culturas por medio del correo postal, sin salones de por medio, sin premios, sin "aceptados" o "rechazados", sin competencias, de comunicación alternativa, solo por el hecho de intercambiar, de mandar, de recibir, acercando las distancias, asincrónico, libre.
           En el año 2006 comencé a editar la revista LA HOJA M, fue el disparador para “engancharme” del todo con esta manera de expresarme, fue a través de la revista que empezó mi contacto “internacional”, internet ayudó mucho en ello, y hubo gente que sin conocerme me brindó el apoyo, la información y el aporte creativo para poder seguir en lo que estoy, que por ahí suele hacerse un poco cuesta arriba, más que nada por cuestiones económicas, que nada tienen que ver con el tema y con baches, sobresaltos políticos, campo y gobierno de por medio (en mi país) uno sigue adelante.
           A pesar de no conocernos físicamente y con distancias fantásticas me han brindado su amistad y su información: Miguel Jiménez Zenón, Clemente Padín, César Reglero, Antonella Prota Giurleo, Agustín Calvo Galán, Norberto José Martínez, Juan Carlos Romero, Fernando García Delgado y de manera permanente: Hilda Paz, Claudio Mangifesta, Nelda Ramos y Gabi Alonso. Este año sale la Revista La Hoja M, número 7: HOMENAJE A Edgardo Antonio Vigo.

ESCAFANDRA Te quiero y te odio | Blanca Vázquez

Los celos nacen del amor, pero no mueren con éste.
François de La Rochefoucauld
Tal vez en alguna ocasión han sentido celos; podemos notar que existen en nuestras reacciones. Recordemos que los celos son una emoción, y son producto de inseguridades y miedos al pensar o imaginar que podemos perder la conexión con la persona en la que hemos basado esa idea del amor. Parece extraño, pero par que se produzcan debe existir en la pareja una relación de confianza, porque se puede comentar que se saldrá, platicará o visitará a alguien más y los focos rojos empiezan a parpadear al interior del celoso porque se piensa en el tercero como un rival.

Son celos cierto temor
tan delgado y tan sutil,
que si no fuera tan vil,
pudiera llamarse amor. [1]

El cómo se reacciona ante los celos puede de ir a una escala de gravedad con acciones agresivas o comportamientos de indiferencia que tienen como principal idea disimular la molestia y comienza la idea del cómo proteger lo que consideramos es nuestro. El novelista del Siglo de Oro español, Miguel de Cervantes Saavedra, escribía que "si los celos son señales de amor, es como la calentura en el hombre enfermo, que el tenerla es señal de tener vida, pero vida enferma y mal dispuesta".

No te amo, amo los celos que te tengo
son lo único tuyo que me queda,
los celos y la rabia que te tengo,
hidrófobo de ti me ahogo en vino. [2]

Un dolor se agolpa dentro del cuerpo, un dolor que va acompañado de enojo, y en muchos de los casos ese miedo se basa en meras imaginaciones, de situaciones de las que no se tienen certeza o que se exacerban las situaciones de amabilidad, cariño o atenciones que se tienen con los que nos rodean. La celotipia[3] puede llegar a ser grave cuando atenta contra la integridad de la persona sobre la cual se ejerce violencia emocional y en muchos casos física.

¿Cómo sé que siento celos?

  • El "yo" se siente desprotegido, con temor al abandono y el olvido.
  • Muestra de baja autoestima.
  • Tristeza constante al pensar que no se es merecedor del amor de la pareja.
  • Adelanto al dolor que sabe le provocará la infidelidad, lo cual le lleva a un sinfín de imaginaciones negativas.
  • Intranquilidad continua que provoca reacciones verbales o físicas en contra de la pareja.

En nombre del amor se llevan a cabo actos de violencia que en la mayoría de los casos pasan como invisibles porque se disfrazan de cotidianidad, como muestras de cariño pero que sin duda son acciones controladoras. La idea del amor romántico y la constante exposición del amor ideal de los medios de comunicación distorsionan el acto amatorio; los celos matan el amor pero no el deseo. Este es el verdadero castigo de la pasión traicionada.[4]

Para leer:
1. William Shakespeare. Otelo. (2013). México: Porrúa.
2. Eurípides. Medea. (2013). Francia: Minimal
3. Miguel de Cervantes Saavedra. (2001). El viejo celoso. Alicante
4. Emilia Pardo Bazán. (2017) El zapato.

Itasavi1@hotmail.com

[1] Fragmento de Lope de Vega
[2] Armando Uribe Arce, poeta chileno
[3] Enfermedad que convierte al pensamiento en una paranoia u obsesión que consume a quien lo padece con el temor de ser sustituido por otro ser, con la sospecha enajenada de que se nos  miente.
[4] Carlos Fuentes, escritor mexicano.

Imagen | euroresidentes

CUENTO La visión correcta (Machu Picchu) | Patricio Peralta


I

Se levantó con el aroma del café y le contó a su esposa que había soñado con una paloma que le vaciaba la cloaca en su camisa. Los detalles se diluían trago a trago.
          —Eso significa que necesitás una camisa nueva, son todos viejas las que tenés. Comprate una ahí al lado del puente.
          No le hizo caso.
          Llegó al trabajo y se enteró que el portugués Gonzales se retiraba a fin de año, que algunos puestos se reacomodaban y que él era candidato a un ascenso. El otro nominado era Funes, un compañero de toda la vida, un amigo que él mismo había recomendado a la empresa.
          Aunque no dijo nada, le pareció injusto que estuvieran compitiendo pues él tenía más antigüedad. Esperaba un gesto por parte de Funes y esa espera podría ser larga.
          Cuando regresaba le aparecieron aquellas imágenes como una visión. Fue justo antes del estruendo del puente de metal, donde cerraba los ojos en una práctica meditativa inventada, procurando no dormirse por temor a que lo roben. Las imágenes fueron breves; confusas en el orden pero nítidas y únicas. Le recordó la época de las travesuras inocentes en la cual él también  jugaba con la maquinaria.
          Revisó su billetera y se decidió. Ingresó a uno de los comercios de la avenida y se compró una camisa. Tardó bastante en elegirla, no le gustaban demasiado. Finalmente optó por una de color gris oscuro. No era la camisa soñada, pero el logo de la marca se le parecía. Los detalles habían reaparecido.

II

—Linda camisa —le dijo Funes en aquella mañana tibia.
          —Si, y baratita, vos…
          —Vení que conseguí una máquina de café y la estamos probando —interrumpió su amigo casi arrastrándolo del brazo.
          Funes nunca había llegado tan temprano y no le preguntó por qué venía del segundo piso (recordó esta escena tiempo después, cuando con la familia acordó postergar el viaje a Machu Picchu por un año).

III

Y fue el siguiente lunes, el día que ve a su compañero jugando con el autoelevador en el otro extremo del complejo. Funes es así, impetuoso, habilidoso y también irresponsable. Y al igual que en aquella visión antes del puente de metal, Funes estaba haciendo piruetas con el aparato, compitiendo con alguien más, haciéndolo recular para luego volcarlo y quebrarse unas falanges. Se le trasponen las imágenes de su mente con las de la realidad y se confunde. Y ve que no vale la pena gritarle, que está un poco lejos, y que no puede explicar en un sólo grito el destino conocido. Luego sale del shock y las imágenes se reordenan. Ve a Funes sonriente y al otro pibe de apellido raro. Es ese otro muchacho el que había volcado la máquina y con el dolor en la mano en esta realidad.

IV

Tiempo después vino la otra visión. Fue en esos viernes que son más viernes que los demás, cuando los músculos se desinflan al contacto con el primer asiento. El grito de Funes lo exaltó, reaccionó con una sacudida hípnica, como las que parecen provocar el miedo de caernos de la cama. Una sección derrumbada. Retrasos y pérdidas para la empresa. Funes el responsable.
          Abrió los ojos al mundo real. Frente a él, una mujer con un ojo blanco contenía su risa, lo señala a la cara y luego al hombro y le dice sin tapujos: Te cagaron.
          Miró la camisa manchada y comprendió que la no linealidad no implicaba menor certeza y que debería permanecer atento.
          La imagen de Machu Pichu no encajaba con las restantes.

V

Otro lunes como todos en la oficina de siempre. Cuando vio la orden impresa se dio cuenta. El formulario celeste era inconfundible. Gracias a que le hacía caso a las instrucciones sabía lo que iba a pasar. Gracias a que sabía algo de estructuras, lo del centro de gravedad, de la necesidad de ir reacomodando los contenedores pues al encastrarse proporcionaban rigidez y todas esas cosas.
          Lo mejor era echar un vistazo o impedirlo.
          Y cuando fue, lo verificó. Efectivamente era el B3 y la mitad inferior había sido saqueada. Luego el roce desataría aquel dominó que había visionado. Evaluaba las opciones frente al grito del futuro que ya había escuchado y la sangre vista.
          Tenía tiempo suficiente y sabía lo que tenía que hacer.
          Él sabía que era lo correcto.
          Pero lo correcto para el otro, no siempre es lo correcto para uno.


PATRICIO PERAL R. Autor de las novelas cortas Hiperhistorias y Validación (disponible en Amazón), y Desdoblamiento y El héroe de los sueños (inéditas). Ganador del certamen de microrrelatos de la Revista Guka y 4° premio del certamen Guanusacate letras, en homenaje a A.M. Shua de Jesús María. Obtuvo menciones con la correspondiente inclusión en varias antologías de certámenes españoles y publicaciones en antologías en papel y digitales de Argentina. Twitter: @peraltaPtr Página web: https://patricioperaltar.wordpress.com/