CUENTO Última voluntad | Saúl Martínez


El aroma húmedo en la cocina se robustece con el tomillo, la mejorana, el laurel y la carne de puerco. Tomo un poco de pimienta molida, la espolvoreo en el lomo de cerdo que he recubierto con hojas de plátano y me inclino para meterlo al horno. Recompongo la postura y mientras me limpio las manos en el mandil y retomo la respiración, contemplo la cocina de mi abuela, de techo alto y verdes paredes ensalitradas, con sus ollas de barro llenas de polvo que cuelgan del techo y los cucharones de madera en una jarra de peltre azul. Una de las ollas, la más grande, se ha robado mi mirada por varios minutos. La veo allá arriba, enorme en el estante, hasta que Pedro, mi hijo de ocho años, entra corriendo a la cocina. Se le va el aire pero intenta decirme el gusto que le ha dado venir a la sierra estas vacaciones de verano. Le sonrío. No estoy segura si me pone atención, porque de inmediato vuelve corriendo al patio central de la finca con su papá.  
       Tenemos apenas dos días en Talea de Castro, un pueblito zapoteco ubicado en la falda de la Sierra Madre, en Oaxaca. Aquí pasé mis años de infancia y parte de mi adolescencia, en la hacienda cafetalera de mis abuelos, donde aprendí a ordeñar vacas, torcerle el pescuezo a las gallinas y destazar puercos para comer. A ese estilo de vida le debo unos brazos rechonchos y macizos desde la niñez, así como unas tallas extra en mi ropa. Yo tenía unos catorce años cuando mis papás se fueron a Guadalajara para abrir una fonda y me dejaron aquí cuidando a mi abuela, una señora altiva y vanidosa que escondía sus arrugas en capas de maquillaje y cremas. Nunca salía de su cuarto sin peinarse, pintarse y con todo su ajuar. Me quedé ayudándole a entenderse con los comerciantes del pueblo, los que se llevaban los granos a tostar y los que llevaban a vender café a los pobladitos cercanos. Ella no le tenía confianza a nadie más que a mí, y cuando mis papás se fueron, poco después de la muerte de mi tata, no quiso que cualquier desconocido se metiera en el negocio que había empezado junto con su marido, hombre de negocios de trato fácil con todos en el pueblo, lo que le ayudó a prosperar con el cafetal. Siempre pensé que me había quedado yo aquí porque mis papás no quisieron lidiar con ella y su mal carácter al quedar viuda. Mi abuela tenía la idea que todos en el pueblo la envidiaban y que le hablaban por conveniencia. Yo creía que era la edad lo que le hacía figurarse cosas, pero nunca le di la contraria para no formar parte de su lista de enemigas.
       Estar parada en este cuarto de gordos ladrillos, en medio de sus enseres, pero especialmente cerca de esa olla gigante, me trae a la mente la muerte de mi abuela, ocurrida poco después de que mis papás se fueran. Las voces de Pedro y de mi esposo que juegan en el patio, empiezan a escucharse cada vez más a la distancia. El olor de la cocina se me cuela por toditita la nariz y me impregna la memoria. La mirada la tengo fija en esa olla y los últimos días de mi nana Martha pasan vívidamente frente a mis ojos.
       — Nana ¿no vamos a ir al velorio de doña Cande?
       — Ay no, hija. Que me perdone Dios, pero la Cande me caía regorda. Seguro yo también le caía mal. Qué chingados voy a andar yendo, ya se murió.
       — ¡Nana! Doña Cande ya está en el cielo, no había de hablar así de los difuntos.
       — Mira hija, cuando crezcas te vas a dar cuenta como hay gente hipócrita en este mundo. Ahí están la Gloria, doña Antonia y doña Lorenza. Yo estoy segura que nomás me hablan porque han de esperar que cuando me muera les deje algo a las cabronas. Pero no, todo esto es nomás de tu tata y mío. Un día ustedes lo heredarán.
       La verdad es que mi nana no era la persona más agradable del mundo. Yo entraba a la adolescencia cuando, una a una, a las mujeres del pueblo que tenían su edad las andaban enterrando. Una cada mes, casi, casi. “La muerte nos anda rondando, m´hija”, me decía mi nana mientras me miraba por encima de sus lentes y agitaba la mano con el dedo índice hacía arriba, cada que nos venían a avisar que había fallecido alguna de las señoras que yo creía que eran sus amigas, a las que en la Iglesia les daba el saludo de la paz de la manera más incómoda.
       Cuando mi abuelo murió, ya por la edad, mi nana hizo sus tradicionales tamales en hoja de plátano y mucha gente del pueblo vino a la hacienda a despedir a mi tata. Ese día, su cocina se inundó del olor de la maciza de puerco, la mejorana, el chile guajillo, el ajo, la cebolla y el tomate. Toda la noche estuvieron en la casa, comiendo tamales y llenando de café sus tazas de barro. Mi nana trataba de no torcer la mueca cuando le decían que qué ricos tamales cocinaba, que si qué rico el café. En un momento en el que estuvimos a solas en la cocina, sirviendo más platos, la escuché murmurar: “Ándale, que ya traguen y se vayan, que me dejen sola con mi Benito, bola de hurracas…”. Le costó trabajo cumplir la última voluntad de mi tata, de que en su funeral le abriera las puertas a los del pueblo que le habían ayudado a levantar el negocio del café.
       A primera hora de la mañana, los trabajadores de la hacienda se llevaron a enterrar a mi tata en un rinconcito de las parcelas de cafetal que están por el bordo de la finca. Por las mañanas, cuando la neblina aún no bajaba, mi nana iba a rezarle y platicar con él. A veces regresaba llorando a la casa y disimulaba estar bien cuando me veía. Lo ha de extrañar mucho, pensaba yo. Nunca la seguí ni la acompañé a sus vueltas con mi tata a la finca; pensé que era un momento de ellos. Me sentí mejor cuando noté que cada vez eran menos los días que regresaba llorando de la parcela. Una vez, cuando se quitaba el sereno, me levanté temprano y la vi por la ventana caminando a la tumba de mi tata Benito. Sonreí de ternura de verla sobrellevar la muerte de su esposo hasta que la escuché carcajeándose frente a su tumba. Las risotadas hicieron eco en la parcela. Se jaló el chal mientras reía y aplaudía. Por un momento me asusté porque la risa la estaba dejando sin aire y hasta que se enderezó miré que estaba bien. Yo me quedé parada frente al ventanal, seguramente con cara de mensa. Mi nana volteó de repente aún con su sonrisa chimuela. Creo que alcancé a esconderme entre las cortinas. Su risa se detuvo y de rato mi nana entró a la casa. Después de darnos los buenos días, creo que esa mañana tuvimos el desayuno más incómodo del que tengo memoria.
       Dos días después, mi nana me dijo que se sentía mal. Sentada en su mecedora de yute en el pórtico de la hacienda, me advirtió que ya le estaba llegando la hora.
       — ¿Quiere que traiga al doctor? ¿Le hablo a mi amá?
       — ¿Y pá qué? No, no les andes hablando. Mira, voy a dejarte este papel. Quiero que hagas lo que dice ahí, así como te lo estoy poniendo.
       — ¿Qué es?
       — Tú no preguntes. Ábrelo y léelo el día que yo no amanezca. Y más te vale que me cumplas o vengo a jalarte las patas en la noche, hija de la chingada.
       A mí me daba mucho miedo cuando me decía esas cosas y me hablaba así. Al siguiente domingo me desperté temprano para ir a la misa de ocho. Desde una de las ventanas de mi cuarto se miraba la cúpula anaranjada de la catedral sobresalir en medio de la neblina. Me fui a la pileta a lavarme la cara, me puse un vestido y me hice una trenza. Entré a la recámara de mi nana y seguía acostada. “Levántese nana”, le dije. Me acerqué a su cama y la miré con la boca abierta y la cara amoratada. Me arrimé a escucharle el corazón, pero nada. La abracé bien fuerte y lloré. Me quedé buen rato a su lado y cuando se me acabó el llanto me acordé de su encargo, me sequé las lágrimas y busqué en su cajonera el papel con su última voluntad; al pie de su cama, comencé a leerlo. La piel se me puso chinita y la carta se me cayó cuando todavía no lo terminaba de leer. La junté y la releí, quería estar segura que había entendido bien.  Era su última voluntad y me había obligado a cumplirla. No quería andar recogiendo las patas por la noche con el miedo de que fuera a venir a  jalármelas.
       Esa tarde fui al monte a recoger leña y hojas de los platanares yo sola. Era domingo y día de descanso de los trabajadores. La hacienda estaba sola ese día. Luego me fui al mercado a comprar mejorana, ajo, cebollas, tomate y cuando regresé me puse a preparar el nixtamal. Me persigné apretando el rosario, respiré profundo mientras miraba el techo y empecé a preparar sus tamales de hoja de plátano. Al día siguiente por la mañana le prendí el fogón y me fui a buscar al padre a la Iglesia. Le dije que mi nana no había amanecido. Él tomó su hábito con preocupación y me acompañó de vuelta a la hacienda.
       — ¿Y dónde está, hija?
       — Aquí, la cremaron ayer mismo y la pusieron en esta urnita de madera.
       — ¿Y por qué avisaste hasta ahora, hija? Te hubiéramos acompañado.
       — No se preocupe, padre. Acá me ayudaron los trabajadores. Era su voluntad no hacer tanto escándalo de su muerte, ya sabe cómo era.
       — Al menos hay que velarla, hija. Tú sabes que tu nana era muy querida en el pueblo.
       — Sí, padre, por eso fui pá con usté. Ya hasta puse unos tamales en el fogón y tosté            poquito café, ella quería así algo sencillo.
       — ¿Son de los mismos tamales que hacía tu nana? Voy a tocar las campanas para avisarle al pueblo que vengan esta noche.
       — Sí, Padre. Ella estaría feliz de que la gente viniera hoy 
       Llegaron unas cien personas por la tarde a la hacienda. Me abrazaron, me dieron el pésame y se sirvieron harto café de olla. De rato, los tamales ya estaban listos para la cena.  Se necesitaron tres jornaleros para llevar la olla al comedor. Yo tenía los brazos bien cansados de prepararlos. La gente hizo fila para agarrar tamales así con la mano, a puños. Se los empezaron a comer con prisa, como si hubieran llegado hambreados. No pude evitar verlos con desprecio, seguramente el mismo que les tenía mi nana. Algunos tardaron en masticar la carne correosa que los rellenaba y hacían el gesto de que los estaban saboreando. Cuando acababan de tragar, se iban un rato a hincar frente a la urnita de madera, retacada de ceniza del fogón y hartas tortillas quemadas.
       “Qué buenos los tamales de doña Martha”, dijo doña Antonia entre la bola. Con la boca llena, doña Lorenza también le hacía segunda. Doña Gloria me agarró los cachetes y me miró muy compadecida. “Pobrecita, m´hija, qué bueno que te dejó la receta de los tamales; tú sabes que queríamos mucho a tu nana”, me comentó. Antes de la medianoche, la olla de los tamales quedó vacía, igual que la hacienda. Días después, pasado el novenario, me fui con mis papás a Guadalajara. Allá pude terminar la primaria y la secundaria, todo lo que no había estudiado mientras estaba a cargo de mi nana. La hacienda quedó al cuidado del capataz desde entonces, que siempre ha sido como de la familia. Se volvió tradición volver acá en las vacaciones.
       Ahora, viendo esa olla en la cocina, entiendo un poco a mi nana y me parece escuchar el eco de sus carcajadas y sus aplausos, pero me doy cuenta que son las de mi hijo que juega con mi esposo en uno de los cuartos. Me quito el delantal para salir a sentarme un rato en su vieja mecedora, que ha sobrevivido las lluvias de los últimos años. Antes de salir al pórtico, voy a la sala y le sonrío a la urnita, que sigue ahí con su relleno de cenizas del fogón y tortillas quemadas.


SAÚL MARTÍNEZ (Mexicali, 1984). Es periodista y fotógrafo de profesión. Por añadidura y proclividad, es escritor y narrador de cuento y relato breve. Sus textos han sido publicados en las revistas digitales El Septentrión, Shandy y Cinosargo. También ha sido incluido en el libro de novela negra Baja Noir, con el cuento “Seis días de tormenta”. Estudió Ciencias de la Comunicación en la UABC y ha participado en talleres de creación literaria con escritores como Elma Correa, Oscar de la Borbolla, Franco Félix e Imanol Caneyada. Por su oficio, suele escribir sus relatos inspirados en hechos reales, en la vida de personajes que ha conocido o en lo que suele ver en sus andanzas periodísticas.

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