EL CUADERNO DE SILICIO La biblioteca que se borra sola, por Augusto Baldini


Perder libros es una costumbre muy vieja. Los romanos, los califas, los conquistadores y la humedad se turnaron el oficio con una constancia que da vergüenza. La biblioteca de Alejandría ardió tantas veces en la imaginación de los historiadores que ya nadie sabe cuál de los incendios fue el verdadero. Según sus biógrafos antiguos, Virgilio pidió que quemaran la Eneida y no le hicieron caso. Kafka le encargó a Max Brod que echara al fuego sus manuscritos, y Brod, por suerte para nosotros, desobedeció. Siempre hubo alguien con una antorcha, o alguien que se negaba a encenderla. Lo nuevo es que ahora las páginas desaparecen sin fuego, sin decreto y sin que nadie tenga que desobedecer a nadie.

En mayo de 2024, el Pew Research Center publicó un estudio con título de novela policiaca, «When Online Content Disappears». Sus investigadores tomaron cerca de un millón de páginas web guardadas entre 2013 y 2023 e intentaron abrirlas una por una. Una de cada cuatro ya no estaba. De las que existían en 2013, casi cuatro de cada diez se habían esfumado. Más de la mitad de las páginas de Wikipedia que revisaron tenía al menos una referencia que apuntaba a la nada, y una de cada cinco páginas de gobierno, algún enlace roto. Los tuits corrían peor suerte, y casi la quinta parte dejaba de verse a los pocos meses de publicada. Es una aritmética sin muertos, pero tiene algo de obituario.

Uno tiende a pensar que la nube es eterna porque está arriba. En febrero de 2015, ante la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia, Vint Cerf, uno de los padres de internet, advirtió que podíamos estar entrando en una edad oscura digital. Comparó el riesgo con los siglos que siguieron a la caída de Roma, de los que sabemos poco porque quedaron pocos papeles. Los programas envejecen, los formatos caducan y los archivos que dependían de ellos se vuelven ilegibles. Cerf propuso una solución con nombre de pergamino, la «vitela digital», una especie de cápsula que guardara el archivo junto con todo lo necesario para abrirlo. Pero su consejo más práctico fue menos técnico y más elocuente: imprimir las fotos que uno quiera conservar. El padre de internet recomendaba papel.

Borges imaginó en «La biblioteca de Babel» un universo de galerías hexagonales y anaqueles sin fin, donde casi todos los libros eran galimatías y los bibliotecarios peregrinaban en busca del catálogo de catálogos. Mucho se ha dicho que internet se parece a esa biblioteca. Se parece, con una diferencia que el cuento deja muy clara. El narrador de Babel sospecha que la especie humana está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará. En la nuestra pasa al revés. Los usuarios seguimos aquí, más o menos enteros, y son los anaqueles los que se vacían de noche.

A veces se vacían de golpe. En marzo de 2019 se supo que MySpace había perdido, en una «migración de servidores», la música, las fotos y los videos que la gente subió entre 2003 y 2015. Según los cálculos que circularon entonces, eran unos cincuenta millones de canciones de catorce millones de artistas, y la empresa reconoció que no había forma de recuperarlos. No hubo incendio ni saqueo. Hubo una mudanza en la que alguien dejó las cajas en la banqueta. Más de uno sospechó que no fue descuido sino ahorro, que mantener millones de mp3 viejos salía caro y nadie iba a reclamar. Puede ser. Alejandría, al menos, tuvo la dignidad de las llamas.

En México sabemos algo de bibliotecas perdidas. En 1562, en Maní, fray Diego de Landa quemó los libros pintados de los mayas, y en su Relación de las cosas de Yucatán lo justificó diciendo que todo en ellos era «superstición y falsedades del demonio». De los códices que hubo en Mesoamérica antes de la conquista se conserva apenas una pequeña parte. Algunos permanecen en México; otros viven en Dresde, París, Madrid, Viena, el Vaticano. Pero lo que sobrevivió sigue ahí, en papel de amate y piel de venado, después de siglos. Nadie necesita un programa para verlo, basta con tener ojos. En Puebla, la Biblioteca Palafoxiana guarda desde 1646 los libros que el obispo Juan de Palafox donó con la condición de que pudiera consultarlos cualquiera que supiera leer, y no solo los clérigos. Ninguno de esos libros ha caducado. No puedo decir lo mismo de un disquete de 1995.

Cualquiera puede hacer la prueba. Basta con buscar el primer correo que uno escribió, las fotos que subió a una red que ya cerró o aquel blog donde publicaba con entusiasmo hace quince años. Algo seguirá ahí, rescatado por el azar o por el Internet Archive, que guarda copias de una parte de la web. Mucho no. Y lo que más duele no es lo valioso que se perdió, sino que nunca sabremos si lo era.

Keats, que murió de tuberculosis en Roma a los veinticinco años, pidió que en su lápida se grabara una sola línea: aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua. Sus amigos le hicieron caso, y la piedra del cementerio protestante no lleva su nombre. Lo que lo salvó del agua fueron millones de páginas impresas que nadie tuvo que migrar. Nosotros escribimos sobre algo más líquido que el agua y le pusimos nombre de cielo. La biblioteca se borra sola, de noche y sin ruido. Ni siquiera tiene la cortesía de oler a humo.

Fuentes: Pew Research Center, «When Online Content Disappears» (17 de mayo de 2024); NPR, sobre la conferencia de Vint Cerf en la AAAS (13 de febrero de 2015); Rolling Stone, sobre la pérdida de archivos de MySpace (marzo de 2019); INAH, sobre los códices prehispánicos que se conservan; Diego de Landa, Relación de las cosas de Yucatán.

AUGUSTO BALDINI (Argentina). Ensayista y crítico cultural enfocado en los cruces entre filosofía, memoria analógica y la melancolía hiperconectada de la era digital.

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