Recostadas asumiendo el sol como viene, sin peso alguno, calentándoles la sangre. Las iguanas esperan que algo pase: una sabrosa cucaracha, algún raquítico insecto al menos, o de plano ya en lo salvaje, carne de un mamífero insignificante. No les importa mucho, aunque su mirada sea a veces de una paranoia paralizante. Mueven su cuello, agitando el pellejo que les cuelga, más esa cresta de picos que sube y baja, portándola con un orgullo bárbaro. Las iguanas son unos punketos que gozan en una barda del tiempo libre, el vicio y la desolación de la cultura del provecho. Son bichos verdes escamosos. Aborrecibles. Pero metafóricas.

       Pandilla de rateros, Las iguanas, como se llaman, son cuatro, pero sin un nombre importante. Las alimañas carecen de un apelativo de importancia. Son un silbido. Una mirada. Tal vez alguna expresión con las garras. Seres de paciencia, de hastío sosegado en el cuerpo, como una plasta fría gelatinosa que se escurre lentamente, en una tarde de verano cruel, más una caricia que una asquerosidad. Miran pasar a la gente. La contemplan, a veces, perdidos en sus sentidos. En caso de no estar guardando alerta una piedra puede caerles, reventándoles el alma, puede ser un ataque de otra pandilla de iguanas, o de sapos, o de la mala suerte; el famoso: ya le tocaba. Sin embargo, por alguna razón, la cual se debía a que nadie las notaba. Convertidas en parte del paisaje urbano, con un clima tórrido, casi tropical, permite a estos reptiles pasar la tarde. Se aturden solos. O a veces acompañados. Los humos emergen hacia el cielo. Nada puede consumarse sin el hecho de un incendio, nada puede establecerse sin algún cimiento.
       Los planes a futuro eran vagos para las iguanas, el crimen ya no dejaba, menos si eres de poca monta. Hace tiempo, una de ellas, la más picuda, las más punketa, escuchó sobre un gran golpe. Un nido de cucarachas crocantes y jugosas se hallaba en un estado de sitio, por lo tanto necesitaban evacuar con sentido de urgencia a la de ya. Pero el problema, decidió una de las iguanas, es que no sólo ellos comen de ese manjar, sino muchas otras alimañas, el sustento de toda vida carnívora consiste en las cucarachas, no porque únicamente se recurra a ella, sino porque al haber tantas y ser tan insignificantes su valor aumenta o disminuye, pero siempre siendo una vista neutral. El golpe era en un banco. Donde las cucarachas esconden sus pertenencias más preciadas. Por años las iguanas se sentaron a un costado del banco, a mirar los vaivenes, mientras el vapor los consumía. De vez en cuando una gesticulaba, como si en un momento de lucidez recordara una buena idea o tal vez un estribillo simple como de los Ramones. Porque no olvidemos, las Iguanas, son punketas.
       Lo que las decidió a fajarse la pistola, como dictan los cánones del argot, fue que el hambre cada día se sentía más en el espinazo y que las cucarachas, temerosas como siempre, de un pie sobre ellas, iban de arriba para abajo, histéricas. Por lo tanto cazarlas se volvió fácil, demasiado fácil para cualquiera que anduviera a lo buitre; nomás buscando uno medio muerto que comerse. Hasta las iguanas, ahora eran comidas, muy buenas, en un taco con piña arriba bien quemadita a la canela. Pero en los tiempos de carestía, el alma de las cosas, se revela tal cual es y estas alimañas escamosas necesitaban algo con que llenar sus barrigas. Por lo tanto la desesperación se presta como motivo conductor.
       Asaltar el refugio de las cucarachas en su momento más crítico era un plan no sólo de sangre fría sino de coordinación, talento y actitud positiva. La mayor de las iguanas juraba siempre en un paroxismo atroz que le confería cierta esencia de falsedad ante las demás, que un día, había estado en aquel nido de repugnancia y crujidos inenarrables. Pero que no pudo actuar porque el presenciar una muchedumbre de esas proporciones lo paralizó. Las otras no le otorgaban ni el menor ápice de confiabilidad, a pesar de que la mayor siempre tenía para las demás una actitud de plena sinceridad y empatía. Por eso era líder moral de aquella camarilla verde. Su piedad, su fortaleza, radicaba en la misericordia que brotaba del algún recóndito sitio de sus entrañas. Era el amor.
       Todas las tardes, mientras el tiempo fluía, bajo una cálida sábana de vapor, contemplaban el nido de cucarachas. El sigilo era total. Inflaban sus buches con tanta suavidad que nada más el inofensivo pero expresivo lamento del aire acompañaba. No importaba que se tatemaran ante el Sol, su languidez les permitía eso y más, sobre todo aquel rastrojo seco que tiraban otros punketos como ellas. Masticaban con fruición.
       —¡Debemos encontrar la manera de hacer explotar la bomba en el nido de cucarachas!—dijo la más vieja, aunque no por eso más sabia, lo contrario, su ímpetu adolescente le había propinado tantas heridas, que en comparación a las demás, parecía otro tipo de reptil, más desértico y gélido. Escamoso y duro. Como una piedra que tiene vida.
       —Eso ya lo sabemos blasfemia del jurásico— al unísono las otras dos iguanas. A caso no percibes el acoso constante al nido— ambas en una coreografía digna de un programa de variedades asiático señalaron al volcán jugoso y rebosante estallando en lo que un pervertido denominaría el clímax erótico de las cloacas.
       Sin opinar al respecto el líder de las iguanas contemplaba la situación. Era cosa de ya, de a ver lo que nos toca en aquella sopa de crotones añeja. Sin pasamontañas, sin pudor alguno abrieron la puerta del banco y sin decir que ya llegó el que los va a joder disparó hacia el techo. Muy heroico. Como siempre la gente se puso a gritar, fueron segundos extraños, más que nada porque fue como si la eternidad inundara todo. En si la fortuna no es cosa más que de azar o de cuestiones casi místicas. Robar un banco siempre se quiere ver como algo de técnica cuando no es más que de situarse como macho ante la cajera y pedirle sin hacer aspavientos que le den el puto dinero porque de lo contrario puede comenzar a explotar algunos cráneos. La iguana metió la cabeza por el agujero y comenzó a jadear con ira. Sus víctimas comenzaron a correr despavoridas pisándose unas a otras, agitando sus antenas para ver a donde ir, por donde salvar la vida ante la crueldad de la vida misma. Una de las cucarachas, la menos anónima, guardó la calma y comenzó ir en dirección contraria a las demás. Fue cosa de un instante, como es siempre con las cucarachas, que viven pendientes de la pisada de un ser supremo cruel. Pero puede ser que la acción sea más proclive al accidente, para empezar, su raíz etimológica es la misma. Pero esto ya es algo muy pesado. La cucaracha percibió entonces una corriente de aire fresca, tal vez hasta un rastro de humedad. Una de sus antenas penetró aquella área, después todo su cuerpo hizo lo mismo. Lograba escapar de la muerte una vez más. La suerte de sus compañeras no fue la misma. Todo lo contrario, un verdadero baño de jugo de cucaracha: amarillo, blanco, viscoso, fresco.
       En el exterior las iguanas restantes miraban el trasero de su líder. La vieja tuerta, les dijo a los otros dos rapaces que esperaran afuera. Antesala al botín. El banco no era muy grande, no se podía sacar mucho dinero, tal vez veinte kilos, si la suerte se cocía como un huevo en agua hirviendo. Los clientes miraban al punketo con miedo, un miedo que un principio fue risa; verlo entrar con la cresta de color verde alertó al inútil guardián desarmado que está en toda sucursal bancaria. Sin embargo su metro cuarenta centímetros le imposibilitaba de todo. El punketo caminó superando todo los estándares de cortesía, empujó, sin siquiera mirar cuantas personas había. Disparó al techo y entonces los gritos, la marea alta, el calor de la adrenalina, todo lo normal en un asalto bancario fue cayendo como piezas de dominó colocadas para el sano esparcimiento. La cajera justo frente a la iguana líder lo miraba entre que la cosa no estaba sucediendo y que uno de los dos moriría. Primero pensó que era ella, luego una cucaracha caminando por la cabeza del punketo, como símbolo, le decía que lo extraño es darse cuenta de las cosas que pasan. Como las cucarachas que no entendían que su muerte no era la muerte de todas sino de algunas. La iguana sacó la lengua y agarró un puño de cucarachas; en su desesperación, estas se acumularon en un montículo que poco a poco emergió quedando en la mera boca del reptil. Este sonrió o al menos su boca se estiró como si.
       Las cucarachas saltaron a su lengua, escogiendo el suicidio, entonces la iguana comprendió que la facilidad de como suceden algunas de las cosas importantes en la vida puede ser perturbador ya que de la alegría a la zozobra solo resta un cambio de escenario. Entre aquel pensamiento colectivo que tenía frente a ella, la iguana, olvidaba a sus compañeras, quienes la esperaban para satisfacer el abismo de hambre que como si un meteorito hubiera caído, yacía en las profundidades de sus entrañas.
       Las otras iguanas tiraban los dados o jugaban a lanzar una moneda sin atravesar una línea que les servía de juez para dictaminar quien ganaba o perdía todo. Casi siempre la iguana tuerta y vieja perdía su cambio, pero esta vez tenía una racha increíble. Se saboreaba las cucarachas que vendrían después. Su suerte tal vez tenía algo que ver, un presagio, augurio, vaticinio o señal; sin embargo en el momento todo se planteaba como canción de crudo punk de dos minutos y medio: rápida y concreta, sin mucho chiste, sin embrollo, como debe ser un golpe a un escondite de cucarachas. Veía el culo de su compañera y los recuerdos fluyen a cuenta gotas. Lo que ve ya lo vivió. No igual, pero casi. Era menos horrible, ya estaba tuerta, pero menos seca, sus escamas eran suaves y se desprendían sin dolor alguno, casi como si de la evolución se tratara. La iguana vieja y tuerta miraba el pasado en una pantalla de alta definición: El estado de sitio del nido de cucarachas se hallaba en fase de eclosionar, sin embargo el tiempo no se había establecido, entre los reptiles una total descoordinación se había plantado justo frente al agujero. Su líder, que no era la iguana tuerta (ella nunca tuvo piel de líder), introdujo su cabeza para azuzar a los invertebrados. Estos vieron al reptil, heredero de los saurios, por lo que actuaron comenzando una escalinata a la techumbre de la cueva. Un sacrificio. La entrega del cuerpo al maligno dios en turno. Aplacar su furia, tal vez, o propinar un maquiavélico plan en el cual una de las cucarachas lograra penetrara sus fauces e introducirse al estómago del reptil. Como una maldita película de ciencia ficción de humanos de los años sesenta. La misión era la de sembrar un kamikaze en el estómago de aquella alimaña y hacerla explotar. Nuestra protagonista, al menos en este intervalo narrativo, intentaba vanamente explicar a sus congéneres que las cucarachas planteaba un contraataque. Fue puesta en el centro de un círculo acusatorio, las otras iguanas comenzaron a ejecutar una marcha de castigo, mientras el estado de sitio se efectuaba. Poco a poco, paso a paso, tras la garra de la ignominia, la iguana tuerta observaba como se iba a la mierda…
       Los punketos afuera del banco intentaron detener a la policía. Sin embargo los azules llegaron como héroes, con el fusil automático, igual que si fueran a la guerra de Vietnam. Mientras el líder de los punketos seguía en el banco, sintiéndose una cereza sobre un enorme pastel empalagoso. No entendía que su destino era fatal. La cajera, la que observaba con temor al hombre frente a ella, en cambio, comprendía a cabalidad que él moriría. Y que su muerte en sí no significaría nada en el engranaje de la historia. Los seres más allá de su presencia tampoco significan nada para el sistema de cuerdas y poleas que es la civilización. Otro disparo contra el techo. Ardía en llamas, su frente sudorosa, sus axilas manchadas, su ropa pesaba más de lo usual. El reflejo en el cristal que dividía la sucursal y la bóveda, con bastante nitidez, le mostraba que su situación cambiaba: policías por toda la calle, sus compinches huyendo, prisión (más lo que esta conlleva a su vez: golpizas, profanación anal, quince años probablemente). De todos los planes ejecutó el menos pensado, aunque quien lo conociera a profundidad entendería su decisión. Ordenando que todos fueran al piso y que guardaran silencio, meditó, imaginando la escena. Sangre, sesos, gritos, vidrios rotos, casquillos percutidos en todas las direcciones. También estaba el suicidio. Pero el valor o la cobardía eran una barrera contra la que no quería topar, no de lleno, no con la frente y la boca abierta, destrozando sus dientes, si acaso se pueden llamar dientes a las piezas amarillas y negras que le colgaban de las encías. Echó una mirada a todas las personas que lo acompañaban, carecían de interés alguno, ni siquiera para quebrarlos a balazos y eso que ya había probado la sangre de otros pandilleros que le discutieron el barrio. No era igual. Matar indefensos le sabía poco. Casi nada. Como una línea de luz que divide  un cuarto oscuro en dos cuartos oscuros, frontera franqueable pero intransitable, paso entre la vida y la muerte. Así fue la idea. Salir a recibir el cariño que los de azul tenían para dar.
       Las iguanas contemplaban el trasero de su líder. Quien de seguro se estaba atracando en un festín de época. La realidad de su cabeza no era tan halagüeña. Las cucarachas no eran anárquicas como se piensa, sino que su individualidad forma parte de una fuerza motriz, la cual les hace sortear toda catástrofe que se les presente. Pueden morir miles de ellas bajo las circunstancias más crueles, pero, no saben sus enemigos que las cucarachas poseen la capacidad de transmutación consciente. La cual les permite informar a las otras de su especie sobre la maldad circunvecina. Miles, millones, antes se habían enfrentado a los reptiles, entre los numerosos casos uno les vino a la mente. A una de los remedos de saurios se les empachó con cadáveres de cucarachas, hasta tal punto de que hasta respirar era un esfuerzo monumental, mientras las sacrificadas causaban esa distracción, otras encontraron una galera subterráneas por la cual evacuar la gruta. La iguana no devoró la orgía, aunque tampoco murió. Esta sin embargo lucía el aspecto de un boxeador amateur recién golpeado por un peso pesado afroamericano. Sacó la cabeza del agujero, su visión giraba en círculos concéntricos, sus amigos también giraban, como cosa del destino un fondo negro se apoderó del panorama.
       La muerte no se comprende. No se asimila. Simplemente desaparecemos del plano, no totalmente, solo para nosotros mismos. Los deudos son quienes se encargan del muertito. Eso lo observamos en los cadáveres de animales que no tienen quien se encargue de arrojarlos a una fosa y taparla con cal y tierra.
       Caminó hacia la puerta, con el arma en la mano, esperando…la balas tronaron en el viento. Sus amigos corrían en todas la direcciones. La iguana tuerta observaba todo con su único ojo. Venía hacia ellos. Las iguanas jóvenes y el líder empachado daban la espalda. En cámara lenta. Corría la muerte hacia ellos, en forma de un punketo sudoroso y drogado, sus botas altas y sucias eran titanes de cuero. De algún escondrijo a metros del nido, la cucaracha que había huido de la orgía presenciaba lo que miles de veces antes, en la vida de otra de sus compañeras, presenciaron. Unos policías perseguían a uno de los cómplices del punketo de cresta verde abatido en la puerta del banco. Pisaron a las iguanas. La tuerta quedaba con un respiro de vida. El sol estaba por ocultarse tras unas nubes blancas. 

GERARDO UGALDE.1989. Zapopan, Jalisco.