Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera. León Tolstoi.

El cuento El puñal, de Jorge Luis Borges dice más o menos así: “Otra cosa quiere el puñal. Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo eterno, el puñal que anoche mató un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre”.

El protagonista de Alma sin piel es un joven que tiene ese mismo deseo. Quiere matar, quitar de en medio a quienes estorban su forma de ser, su entorno de vida. Sólo encuentra una forma. La del puñal del cuento borgesiano. 

En la novela que nos ocupa, la autora nos hace asistir a una función de teatro donde el protagonista va perdiendo la razón. Sólo encuentro un símil de esta novela en otra de Michel Tournier, El rey de los alisios. En ambas, el personaje principal pierde la razón. Esta historia se repite alrededor de las páginas de la obra de Ruth Pérez Aguirre, ya una consolidada escritora de nuestras tierras, de la que nos enorgullecemos, y agradecemos, que nos permita realizar una o dos reflexiones sobre su obra.

En los renglones torcidos de Alma sin piel, parafraseando otra célebre novela, vemos que el protagonista siente una piedad que no siente. Su locura se retruca a partir del primer asesinato. La autora lo sabe. Lo difícil es el primero. Los demás crímenes, una vez que encontramos en ellos la solución a nuestros problemas, son fáciles. La lista de muertos en esta novela, a medida que el protagonista sabe que no puede detenerse, es de una importante crudeza.

¿Cómo sabe un autor cuando un personaje debe detenerse? En el caso de esta obra es el momento en que el sino va cercando su existencia. El protagonista tiene una obsesión con su madre que raya en lo malsano. Edipo se conduele, eso sí, durante todo el texto. No quiere hacerlo, pero lo hace. No desea matar, pero mata. No quiere ser una carga para su madre. Lo es. Ahí se va deteniendo el instante en las páginas de esta novela de instantes sobresalientes.

Como en todos los trabajos de este tipo, el lector apuesta por el héroe aún cuando este sea un villano. El asesino de Alma sin piel culpará a su abuelo, por la leyenda de la familia donde, al morir uno de sus integrantes y nace otro, el alma del difunto se adueña de la del recién llegado al mundo. Este detalle y el propósito del protagonista de no crecer, de siempre conservarse como un niño eterno, un dócil puberto, son los dos únicos rasgos de índole fantástica de la obra. Lo cual, en una historia tan realista, es de tomarse en cuenta.

Con la constante en su vida de lo que no acaba de irrumpir, Ruth demuestra que la locura es la finalidad de todo cuerdo. No al revés. La cordura es lo de siempre. Lo cotidiano. La locura es excéntrica, duradera, formativa. El protagonista lo demuestra en cada una de sus acciones. La locura va rodeándolo. La voz del alma sin piel del abuelo hace que cometa crímenes, que se deshaga de los estorbos. Una vez que inicia creemos que no podrá solucionarse. Eso creemos al menos.

No es mi deber, de ningún reseñista creo, contar el final o, como dicen los chicos de estos tiempos, espoilear (españolizando un sustantivo inglés que no acabamos de comprender) lo que ocurrirá con el asesino. De eso debe enterarse el lector que tome en sus manos este texto que recurre a la vieja historia del asesino múltiple. La autora adereza este plato que en otras manos sería un manjar de fonda. Esta novela es todo un menú de elegancia versallesca.

La novela se consolida en un texto de proporciones íntimas. Vemos al protagonista querer y no querer, denostar a sus víctimas, amar de modo incongruente a su madre y vivir, vivir como un paria, desterrado de una sociedad que lo ve con misericordia cuando no con lástima. El protagonista recorre todos los caminos de la vejación, los caminos del desastre, el camino sin retorno. Decir que Alma sin piel es un callejón sin salida quedaría corto pues los guionistas hacen películas con un solo final, basándonos en el esquema del callejón.

Ruth nos va preparando para un sinfín de probabilidades, de finales alternativos que descubriremos si nos damos a la tarea de leerlos. En un vano espejismo de luces rutilantes, que van desde el inocente blanco al desastrado azul marino, Ruth coloca al protagonista en varios tonos. Desde la falsa inocencia a la que recurre como su arma secreta, hasta el cruel color rojo, viendo la sangre de sus víctimas proyectarse, embadurnar el piso, decorar con el morbo rojo el silencio de la tarde.

¿Qué más podemos decir de Alma sin piel? Que es una cantata para asesino y coro de interrogantes. La destreza de Ruth es hacernos creer que podemos/debemos confiar en la redención de su protagonista. La destreza del protagonista es destruir esa confianza. Ahora bien, por qué deberíamos creer en uno o en otra.

La respuesta más común debe ser que la autora está cuerda y el protagonista loco. Las cosas de la novela no son tan simples. Milan Kundera en su ensayo El arte de la novela lo puntúa como una de sus mejores características. Complejidad le dice Italo Calvino en otro ensayo aún más interesante. Ahí reside la tesis principal de Alma sin piel.

En lo complejo del personaje por sobre las imágenes de la desdicha. Los deudos de los muertos reaccionan con odio, con revanchismo. Esto nos impele a tomar partido por el villano. Complejidad. La policía cumple su trabajo noble, apacible, lealmente. Complejidad. La madre sabe todo, pero no puede entregar a su hijo a la Justicia. Ella quiere, en su seno, ahí donde las madres acomodan a sus hijos para el alimento o el sueño, que el protagonista sea inocente.

Para evidenciar aún más el trasfondo edipiano, el padre desaparece, vencido por los hados, huye de la casa. Solo sabemos por uno de los hermanos del protagonista que fue visto limosneando, sucio, maloliente, desdichado, lejos de la familia para no avergonzarlos. Complejidad, suma complejidad.

Todo eso nos ofrece Alma sin piel, una novela de muchos lados, un poliedro feroz que su autora nos deja, convenciéndonos que la mala semilla se da, en todas las familias. Felices o no. Claro, no deja de ser interesante.