
Muerte y memoria. Cargamos con esas dos obsesiones desde que algún clan decidió no dejar a uno de los suyos a merced de los buitres y le cavó un hueco en la tierra. El asunto se ha resuelto desde entonces con gestos más o menos parecidos: piedras apiladas, muros pintados, nombres repetidos en voz alta para que no se los lleve el viento. Homero mandó a Ulises al reino de las sombras a conversar con ellas. Dante las acomodó en círculos con una minucia de notario, y Rulfo llenó Comala de murmullos que todavía se oyen si uno pega la oreja a la página. Nunca, hasta ahora, habíamos dejado que los muertos se juntaran solos, sin ceremonia y sin que nadie lo decidiera, en los servidores de una empresa.
En abril de 2019, Carl Öhman y David Watson, investigadores del Oxford Internet Institute, publicaron en Big Data & Society un ejercicio de aritmética fúnebre. Calcularon cuántos usuarios de Facebook podrían morir antes de terminar el siglo, y las cifras parecen de sermón medieval. Más de 500 millones hacia 2060 y entre 1,400 y 4,900 millones hacia 2100, según el crecimiento de la red. En el escenario más conservador, los perfiles de personas fallecidas podrían superar a los de los vivos alrededor de 2070.
Lo raro es que nadie quiso construir este
cementerio. Lo vamos levantando entre todos, sin planos, con fotos de
sobremesa, chistes que envejecieron mal y pésames tecleados con prisa en la
fila del banco. Cada publicación es un epitafio en borrador. Borges imaginó a
Ireneo Funes, el muchacho de Fray Bentos que lo recordaba todo y por eso mismo
no podía pensar, porque pensar es olvidar diferencias. Imaginó también aquel
imperio cuyos cartógrafos hicieron un mapa del tamaño del territorio, que las
generaciones siguientes dejaron pudrirse a la intemperie. Me cuesta no ver en
las redes las dos fábulas juntas, una memoria incapaz de olvidar y un mapa
calcado sobre la vida. Con la diferencia de que la vida se acaba y al mapa
nadie le avisa.
Hay otra novela argentina que se me cruza cada
vez que alguien me muestra el perfil de un amigo muerto. En La invención de Morel, Bioy Casares
inventó una máquina que graba a un grupo de veraneantes y los proyecta para
siempre en una isla, repitiendo la misma semana como disco rayado. El fugitivo
que cuenta la historia se enamora de Faustine, que mira el atardecer sin verlo,
y tarda bastante en entender que está enamorado de una imagen. Bioy publicó eso
en 1940. La máquina de Morel ahora cabe en el bolsillo, y a veces, igual que
aquel pobre fugitivo, nos sorprendemos hablándole a alguien que ya no va a
contestar.
Facebook tardó en darse cuenta de que
administraba una necrópolis. En febrero de 2015 creó el «contacto de legado»,
una persona que el usuario designa y que, a su muerte, puede fijar un mensaje
en el perfil conmemorativo, cambiar la foto y aceptar solicitudes de amistad.
No puede entrar a la cuenta ni leer los mensajes privados. Junto al nombre
aparece la palabra «Remembering», «En memoria de». A mí la figura me parece de
una delicadeza casi literaria. Al heredero le dan las llaves del porche y no
las de la casa. Puede barrer la entrada, cambiar las flores y abrirles a las
visitas, pero el cuarto donde el muerto guardaba sus cartas y sus pequeñas
vilezas sigue cerrado. Hay respeto en eso. Hay también un aviso dicho en voz
baja, y es que el archivo no es del todo de la familia.
¿De quién es? Öhman lo dijo sin rodeos:
estos datos se están volviendo «parte de nuestro patrimonio digital global».
Watson pidió que Facebook invitara a historiadores, archivistas, arqueólogos y
especialistas en ética a decidir qué hacer con ellos. Me parece sensato, aunque
deja ver el tamaño del hueco. En Mal de
archivo, Derrida recordaba que la palabra viene del arkheion griego, la
casa de los arcontes, aquellos magistrados que guardaban los documentos y
tenían el derecho de interpretarlos. Un archivo siempre tiene domicilio, y
alguien con la llave. Hoy el domicilio es un centro de datos y el arconte una
compañía que le rinde cuentas a sus accionistas. Nadie la eligió para cuidar a
nuestros muertos y aun así los tiene. Cuidarlos ya sería otra discusión.
Escribo a finales de octubre, cuando en
México se levantan las ofrendas, y confieso que la coincidencia me vino bien.
La ofrenda también es un archivo familiar, con la foto del abuelo, el pan, la
fruta, el cigarro o el tequila que le gustaban, el cempasúchil que marca el
camino. Pero es un archivo que escoge. Nadie pone en el altar las deudas del
difunto ni la pelea que dejó pendiente con el cuñado. La familia arma, corrige,
decide qué cara vuelve y con qué sabores se la recibe, y pasada la fiesta
desmonta todo. Hay una sabiduría vieja en ese desmontar. Lo que uno tiene que
volver a levantar cada año con las manos se recuerda de otra manera.
El perfil no se desmonta ni escoge. Guarda
la foto luminosa junto al comentario torpe, la despedida junto a la queja, con
una indiferencia muy democrática. Es una ofrenda que nadie levanta, y por eso
mismo puede que un día nadie la mire. Quien tenga más de cuarenta años y una
cuenta abierta desde hace una década lo sabe bien. En algún rincón de la lista
de contactos hay nombres que ya no van a escribir. Aparecen de golpe, entre un
anuncio y un video de gatos, y uno no sabe si detenerse o seguir con el dedo.
Yo casi siempre sigo. No me enorgullece.
No sé quién va a cuidar este archivo cuando
los muertos sean mayoría. Menos sé quién se va a animar a decidir qué se borra,
que es la parte difícil. Los antiguos entendían el olvido como una forma de
piedad, y en México lo practican cada noviembre, cuando apagan las velas y
guardan las fotos hasta el año que viene. Nosotros, vecinos del cementerio más
grande del mundo, seguimos con la luz prendida.
Fuentes: Live Science, sobre el estudio de Carl Öhman y David Watson en Big Data & Society (27 de abril de 2019); Meta Newsroom, «Adding a Legacy Contact» (12 de febrero de 2015).
AUGUSTO BALDINI (Argentina). Ensayista y crítico cultural enfocado en los cruces entre filosofía, memoria analógica y la melancolía hiperconectada de la era digital.
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