Universos tiznados | Nadia Contreras


La muchacha me obliga a mantener mis ojos fijos sobre ella y, luego, pasada la conmoción, el estremecimiento, sobre el universo que la envuelve. No nos dejemos engañar. Entre la muchacha, el color de la pi¬el, los senos abiertos y el universo, hay una conflagración y es a partir de esta conflagración que supongo dos ideas y una conclusión. Expliquemos:

1. La muchacha me hace pensar, sí con expectación, en una niña que a sus seis años camina delante del padre, mientras avanza, sus manos señalan y tocan el azar. Veo a la muchacha, su sexo cerrado y no dejo de pensar en la niña, en el pasado, en las libélulas: descubre el asfalto, señala con dedos pequeños autos, bicicletas, edificios que resisten espectaculares. La imagen se fija en mi mente como también, de manera desordenada, las ideas se fijan en la pantalla de la computadora. En este momento, la niña es la muchacha, sostiene sobre sus piernas (las desnudaría si quisiera), un álbum de fotos. La primera imagen, ella en esta pausa: ligeramente el tronco movido a la izquierda y los brazos, rodearon ya un cuello, una cintura, tras la cabeza. Luego, a unos cuantos metros, alguien oprime el obturador (¿existe ese alguien, o sólo la cámara en cuenta regresiva, fija la imagen?).

2. La muchacha, sobre sus piernas el álbum de fotos y a su espalda, el nubarrón de la catástrofe. Habla sin parar: recuerdos, ángulos verticales, horizontales ¿La cámara cerca, lejos, el giro de cuarenta y cinco grados? ¿La felicidad, la tristeza, la posición apropiada, la sonrisa? El pasado, dice (su rostro, su voz se descomponen), dejó de ser limpio y transparente como las alas de las libélulas. Cierra el álbum y gira lentamente: el pasado ha sido borrado, el futuro ¿qué nos depara? Quiere pensar que alguien posee los cuadernos, los mapas, las fotografías del porvenir y ese alguien, mago, vidente (¿me atrevo a escribir la palabra Dios?) vendrá y reconstruiremos lo roto, lo aniquilado. Mientras escribo estas imprecisiones o derivaciones (son libres de nombrarlas como deseen) veo a la muchacha frente a la cámara y tras de sí un conjunto de cielos-universos apagados, no evito la pregunta: ¿fue esta la idea del pintor o poco a poco se distanció de lo previsto? Al drama del destino representado en los cielos borrosos, el pintor alinea los dramas de la muchacha, del ser humano en concreto, tal como sucede a diario.

Conclusión. La conflagración está muy bien planteada. Por un lado, la muchacha, el deseo, la invitación, y por el otro el horizonte rendido. La muchacha, su espalda contra la realidad, ha visto el color alejarse de las cosas, ha visto edificios, los mismos edificios que señaló cuando a sus seis años caminaba delante del padre, caer en pedazos. Y cuerpos, sobre todo cuerpos violados, mutilados, acribillados… Hay, sin embargo, una luz que se proyecta de abajo hacia arriba; una luz desde la raíz, desde el corazón de la raíz se extiende y toca cuadros-ventanas, hendiduras. La luz se extiende sobre los universos tiznados. ¿Será que existen esos cuadernos, mapas, fotografías? Todo esto, aunque no sé con seguridad si sea algo bueno, me parece posible. Mi imaginación se ha apropiado de la imagen y yo de la muchacha. Pero ¿no soy acaso la muchacha?

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