CRÓNICA

Vaguillo desde chiquillo | David Cano

CUENTO

¿Ser feliz? | Fredy Landeros Adame

OPINIÓN

¿Es inteligente hablar de inteligencia? | Lorenzo Shelley

ESCAFANDRA

El amaine de la poesía | Blanca Vázquez

CRÓNICA

Eliseo Alberto: el tigre de bengala alado | Marco Antonio Cervantes González

CUENTO Dios con nosotros | Stivaleit Guerrero


Ese día había sido un día triste ya, con gente abandonando el edificio de los freshmen en la parte izquierda de Phillips y de los extranjeros en la parte derecha de Hawkings. Recuerdo que hice pequeñas cartas a los más cercanos a mi corazón y decidí entregarlas en la sala común. Allí, en los sillones del fondo, los que apenas se usaban, se encontraba Emmanuel con su único amigo Dell. Podía ver que en sus ojitos de perro fiel habitaba un poquito de esperanza. Quizás quería ser extrañado también. Sentí lástima por él y no terminé de entregar mis letras hasta que hice otra carta más. Cuando regresé con ella en la mano, le dije a Emmanuel que tenía algo para él. Con una actitud aparentemente despreocupada por no haber sido tomado en cuenta, me dijo que estaría en su habitación. Le pedí esperar y repitió lo mismo. Ya no pude echarme para atrás aunque parecía valerle uno, dos y tres cominos. Me sentí estúpida por haber pensado que quizás tenía sentimientos dentro de ese cuerpecito de niño. Pensé que tal vez si le importara él vendría a mi pieza y preguntaría sobre mi pequeño regalo. Pero no lo hizo, y como yo estaba de buen humor, decidí buscarlo más tarde.
No sólo Emmanuel no estaba en su habitación, sino que yo ya no sabía qué hacer. Quería irme con el ego intacto pero también quería irme dejando a alguien que me extrañara, que me recordara, que viera mi diminuta e ilógica carta y pensara en mí, así que me paré de espaldas a su puerta y me quedé allí, fumando mi enojo. Cuando Emmanuel llegó me dijo que su compañero de cuarto ya estaba a unos cuantos kilómetros, en Charlotte. No me pudo importar menos. No pensé que tuvieras esta impresión de mí, me dijo, al leer la carta. A todos había escrito cosas parecidas…que eran muy buenos amigos, unas grandes personas, y que los extrañaría. Quizás a él jamás le habían dicho cosa parecida. Por un momento pensé en querer conocer a su madre. Quise saber qué clase de ser humano había traído a este mundo a otro ser humano tan patético.
Entonces me besó. No supe qué hacer en ese instante y no hice nada. Cuando se separó de mí recordé aquella ocasión, meses atrás, cuando lo escuché decir a otro muchacho que nosotros solo éramos amigos y que jamás en la vida me vería de otra manera. Desde aquella ocasión y hasta el día de la despedida, no habíamos vuelto a reparar en palabra. ¡Me había sentido tan ofendida! No por haber sido rechazada, sino por haber sido rechazada sin haberlo pedido. Yo le tenía cariño, pero más bien por lástima. Nunca hubiera pasado por mi cabeza que él era hombre para mí. Su físico más bien frágil y enfermizo, me hacía pensar que era tan solo un crío. Medía si acaso lo mismo que yo y pesaba quizás incluso menos. 
No entiendo, le dije. Creo que él mismo tampoco entendía. Se acercó a mí y no me alejé. Me besó otra vez y yo le devolví el beso, pensando que era el momento ideal para hacerlo tragarse sus palabras. Nadie me había rechazado nunca, y pensé que sería una venganza dulce. Entonces lo besé con más energía. No sé de dónde sacó él fuerza, pero me tomó de la cintura y me sentó en la cama que no era suya, sino del chico que había escapado a Charlotte. Sus manos se movían de manera torpe, su cuerpo no hallaba acomodo y yo, intentando con todas mis fuerzas no reír, balanceaba las opciones de seguirle el juego o no. 
—¿Traes condón?— me preguntó, parando en seco lo que fuera que trataba de hacer.
—Por supuesto que no— respondí yo, totalmente confundida y entre burlándome un poco de su tan obvia virginez.
No sé qué fantasmas hayan pasado por su mente en ese momento, pero apenas respondí, me tomó de ambas muñecas y me empujó abajo contra el colchón. Debí haber reaccionado más rápido pero en mi cabeza enmarañada sólo rondaba la idea de que estábamos sobre la cama del compañero, quien, seguramente notaría algo extraño cuando regresara. Poco a poco mis muñecas dejaron de sentirse debido a la presión que tenía de su torso sobre mí pero no fue hasta que sentí sus dedos helados sobre mi estómago, que reaccioné. 
—No te importa ¿cierto?— había repetido él un par de veces mientras mi mente divagaba.
—No seas estúpido, no vamos a tener sexo— le dije.
No sé si le dañé el ego, pero sentí caer todo su cuerpo sobre mí. Entonces ya no me pareció enfermizo ni infantil ni nada por el estilo. Comencé a forcejear, evadiendo el hecho de que estaba forzándome. Entonces me encontré rogándole que dejara de tocarme. Quería decirle que me daba asco. Quería vomitar. Cambiamos papeles: era yo quien sonaba patética porque rogué una y otra vez que nos sentáramos a platicar; él tenía todo el poder en la situación. Ya no me podía mover y solo sentía sus labios en mis labios y en mis hombros. 
Así como yo me había esfumado al mundo de las ideas, minutos antes, así él pareció haberse ido. Desabotonó mi blusa, me tocó de manera tan grotesca que me parece que jamás olvidaré sus gestos mientras lo hacía. Mi mente no me dejaba de repetir que estaba a punto de convertirme en una estadística, que quizás con la mala suerte que me había perseguido por años, el quedar embarazada de un chicano, sería la cereza del pastel. Comencé a decirle “por favor, por favor…”, como esperando que lo pensara un segundo y se arrepintiera de lo que estaba a punto de suceder. Él seguía ido, oliéndome de una manera tan animal y desagradable que ya no acaté a más que a encomendarme al cielo. Hasta el día de hoy no sé si me escuchó decir “Dios mío no, Dios mío no…”.  Pensé que no habría manera de explicar ésto más que confesar que yo lo había provocado. Otra vez me había hecho sentir como la más estúpida de las criaturas.
—Si no me dejas ahora, voy a gritar— le dije, con la voz temblorosa por el miedo pero suficientemente fuerte como para sacarlo de su éxtasis venidero. Para ese punto, estaba más enojada que asustada. Emmanuel se detuvo de lo que intentaba hacer, hundió su cabeza en mi cabello por unos segundos, como aspirando toda mi esencia, y se hizo a un lado. Yo me quedé ahí, acostada sobre la cama, sin articular una sola palabra y sin mover un solo hueso. Pensé que quizás en su retorcida y diminuta mente, él había imaginado que yo lo disfrutaba.
Me abroché el pantalón, pero ya no alcancé a abotonar la blusa. Quería correr y llorar y gritar, pero simplemente me quedé ahí. Creo que todo el cuerpo me temblaba. Él comenzó a decir no sé qué de Charlotte, como si nada hubiera sucedido. Se sentó en su propia cómoda y continuó hablando. Quise tomar la carta que le había entregado, pero mis extremidades no hicieron caso alguno. El corazón seguía tan acelerado que pensé que saldría de mi pecho. Entonces él regresó a donde yo estaba, se sentó a mi lado, acarició mi cabello con una ternura de tan padre y tan amante, totalmente insólita y vomitante, y me dijo:
—Siempre fuiste muy cariñosa conmigo. 
Volteé a verlo. Pero ya no con rabia o enojo, sino con lástima, como todos siempre lo veían. Lo supo. Y me corrió de su habitación. Yo salí por la puerta, con la blusa mal puesta y el ego hecho trizas. Al ser casi las cinco de la mañana, no me crucé en el edificio con nadie. Ni de la parte de Phillips, ni de la parte de Hawkings. No sé a qué hora me quedé dormida pero sé que estuve acostada en mi cama pensando por horas que había sido mi culpa. En efecto, siempre fui muy cariñosa con él.


STIVALEIT GUERRERONómada, poeta y narradora. Nació el 6 de octubre de 1990 en un pequeño pueblo de Tabasco. Obtuvo mención honorífica en el Premio de cuento breve Julio Torri 2014, primer lugar del Concurso de Ensayo Ágora del Tecnológico de Monterrey 2012 y segundo lugar en poesía del XXVI Concurso de Creación literaria del Tecnológico de Monterrey 2012. Ha colaborado con revistas literarias digitales e impresas como La liebre de fuego, Kaleido, Enchiridion, Espora, Nocturnario, Monolito, Bitácora de Vuelos, Rojo Siena y Tierra Adentro. Ha sido incluida en la Antología de Poesía Española Y lo demás es silencio II de Chiado editorial. El año pasado, esta misma editorial le publicó su primer libro de poesía titulado My Jam.

OPINIÓN Revista El Comité 1973: suelo fértil para la creación | Daniel Olivares Viniegra


El espíritu horizontal de la publicación permite a sus colaboradores, además de publicar narrativa, poemas, ensayo, reseñas o sus portafolios creativos (en el caso de los artistas visuales), proponer temas o vincularse estrechamente con el Consejo Colaborador (que es casi lo mismo que el consejo directivo). Así, un abierto espíritu democrático por esta casa se respira, tanto como inspira… Los luminosos y fructíferos resultados pueden constarse mediante la piramidal suma de casi 30 números, donde los temas han ido desde la revisión de temas universales que motivan la creación (la amistad, la locura, el deseo, el sexo, la música), pasando por la revisión del quehacer literario clásico, histórico o actual tanto en el estado de Hidalgo, como en México o en muy diversos países (Roma, Grecia, El Renacimiento; Hungría, Alemania, Francia, Islas Británicas, Latinoamérica; La Gran Guerra), y sin rehuir el debate de la creación o la estética, así en abierto (el problema del lenguaje, traducción, censura, crítica literaria, microliteratura, novela negra, el séptimo arte) ni tampoco dejar de bordar por senderos más crípticos o propositivos (zoología fantástica, humor negro, ciudades imposibles, casualidad de lo eterno, el otro y su diferencia).
El mérito de todo ello debe atribuirse a la muy discreta pero efectiva y “seductora” batuta que siempre lleva en las manos Marco Antonio Meneses Monroy, durante mucho tiempo secundado por su escudero Israel González, ambos épicos sobrevivientes de la eclosión inicial, que asimismo tuvo una pujante y diversa dirección rotativa. En los últimos números, la prestidigitación de la unidad del contenido, en cuanto a los dosieres, y la continuidad y la calidad de las aportaciones, se debe a la amable y certera coordinación de Asmara Gay, auxiliada en los tiempos recientes por Patricia Oliver; si bien el lujo mayor es que todo quede arropado por el cada vez más visible quehacer de Israel Campos Nava, en lo que concierne a la formación y la ilustración; no menos encomiables son los esfuerzos de Almendra Vergara en cuanto a dosificar y filtrar el sobrado talento que suelen aportar los artistas plásticos invitados. Lo anterior sin dejar de lado el también sobresaliente apoyo que respecto a las labores de coordinación, ya cercanamente o desde insospechadas y remotas distancias han aportado colaboradores como Agustín Cadena o Guadalupe Flores Liera, por mencionar solamente a los más fecundos.
Concertar y concretar lo etéreo de todos estos destellos, que se condensan mayormente mediante la virtualidad de las redes, y corporeizarlos lo más posible en la tangible realidad que sea como fuere constituye esta publicación tiene apenas una explicación: existen aún los milagros compartidos, esos que nacen del amor por lo que irremediablemente se es; nacer para vivir y por fervorosa condena seguir sembrando y fecundando…
La publicación se acerca pues a un muy feliz 5º aniversario, signo calendárico que ha de servir como siempre simplemente para redoblar el placer de engendrar-engendrarse, es decir ser para sí y para los otros; lo  mismo que pródigamente florecer.

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CRÓNICA Los muertos del río Tula | Marco Antonio Cervantes González


Esta historia la inicia un taxista sospechoso. 

Jorge Arias Ángeles, policía judicial, trabajaba y vivía en la calle de Costa Rica número 83 (colonia Morelos, en el centro del Distrito Federal). El policía estaba casado con Rebeca Magallón, hermana del taxista, Armando Magallón. Armando compartía el mismo domicilio del matrimonio. El judicial empezaba a notar cosas extrañas en la conducta de su cuñado: el taxista trabajaba menos y noche tras noche llevaba a casa relojes y cadenas de oro: demasiadas ganancias para un ruletero. Una noche, Armando llegó con un millón de pesos; a mediados de 1981, una cantidad exorbitante.
El judicial trató de averiguar un poco más sobre su cuñado. Dio aviso a su jefe, Raúl Chávez Trejo, el cual tomó los datos del taxi: una Rambler coral, placas 2096 e “inició la investigación”. Eran los tiempos en los que mandaba en la policía del Distrito Federal, el general Arturo Durazo Moreno. Chávez Trejo detuvo al taxista el ocho de junio de 1981. Después de secuestrarlo y golpearlo por algunas horas, Armando Magallón declaró algo muy interesante para los policías: el taxista pertenecía a una organización de asaltabancos. Lo importante de la confesión era que la banda de asaltantes… era colombiana.
El policía se comunicó con su jefe, el coronel Francisco Sahagún Baca. De inmediato, Sahagún le confió la investigación a uno de sus mejores hombres: Rodolfo Reséndiz, alias El Rudy, trabajaría el caso de los asaltabancos colombianos. Los asaltantes –según lo confesó el taxista–, estaban divididos en dos grupos y vivían en distintos hoteles, uno de los cuales se encontraba muy cerca de la Plaza del Estudiante, en los límites de la colonia Morelos y Tepito, y otro grupo vivía en un hotel ubicado en la calzada Guadalupe en la delegación Gustavo A. Madero, al norte de la ciudad.
Los policías capturaron a 20 personas. Del hotel Panorama al ministerio público número uno, ubicado en la misma Plaza del Estudiante sólo había una calle de distancia, pero los policías no los llevaron allí. Tampoco los llevaron al aeropuerto de la Ciudad de México para deportarlos. Nunca avisaron ni a la embajada o al consulado colombiano sobre la situación irregular y, presuntamente delictiva, en la que se encontraba el grupo de asaltantes. Ningún periódico dio la noticia de la captura de los ladrones. Éstos y el taxista fueron llevados hacia las caballerizas del batallón de la policía montada ubicadas en la colonia Balbuena.
            En las caballerizas inició una golpiza brutal. Los policías querían obtener dinero, joyas, cocaína, nombres, direcciones, todos los “contactos” que tuvieran los sudamericanos. La orden era conseguir todo lo posible para presentárselo a sus jefes como “botín de la investigación”. Del grupo de 20, ocho personas obtuvieron su libertad a cambio de dinero y droga.
Uno de los policías confesaría: “Yo acompañé a Reséndiz, El Rudy, para entregarle la cocaína y diversas cantidades de dinero a Sahagún Baca, que dieron los colombianos por su libertad; iban también Bosque Zarazúa, Cavazos Juárez y Sánchez Muñoz. Subimos por una puerta secreta hasta las oficinas de [Arturo] Durazo y esa cocaína se quedó con él. Un mes después acompañé nuevamente al Rudy con Sahagún y escuché, a finales de 1981, que éste le decía a Reséndiz, en forma por demás autoritaria y grosera, que el general Durazo había preguntado que cuándo iban a deshacerse de los detenidos sudamericanos, que eran una bola de cabrones rateros, de los que no quería saber absolutamente nada y que esperaba no volver a verlo en la Navidad (Proceso, agosto, 1984).
La “investigación” la dirigía un cuerpo policiaco de élite, el grupo denominado Jaguar. Los “mejores”, para la versión oficial de la seguridad en el país. Un grupo integrado aproximadamente por 80 elementos con alta jerarquía policiaca y militar: agentes, sargentos, tenientes, capitanes. Un grupo que intentaba imitar a los grupos que diseñó y formó en los años setenta el coronel Fernando Gutiérrez Barrios, el mismo que dirigió la Dirección Federal de Seguridad implicada en centenas de desapariciones políticas durante los años setenta y ochenta en el país.
De las caballerizas trasladan a los colombianos a una prisión clandestina. La tortura por parte de los Jaguares minuto a minuto era más atroz. Al grado que cuatro estarían a punto de morir. Horas después a los más graves los trasladan a la enfermería del penal de Santa Martha Acatitla.
Una tarde El Rudy decide obedecer a sus jefes: saca de prisión a los colombianos y los desaparece.
Dos camionetas recorrían un bordo empedrado; todo estaba a oscuras. De un vehículo de color azul marino se abrió la puerta delantera. Se escuchó la orden, la voz era de El Rudy:
—¡Bajen los paquetes, uno por uno, quítenles las vendas, menos las de arriba!
Se abrió la puerta trasera, una docena de hombres a tientas, con los ojos vendados y las manos atadas bajaban de la camioneta azul.
Días después el periódico El Sol de México, titulaba así su editorial del 25 de enero de 1982:

***
Sevicia y terror
Enigma impenetrable ha venido a ser el hallazgo de una docena de cadáveres en el río Tula. La policía y los cuerpos de seguridad carecen, al parecer, de pistas, por lo que la opinión pública está desconcertada… 
***

El diario editorializaba sobre una noticia que recorrió el mundo: el 14 de enero de 1982 fueron descubiertos 12 cadáveres en el emisor central del río Tula, en los límites del estado de México e Hidalgo. Los cuerpos eran de 11 ciudadanos colombianos y un taxista, de nacionalidad mexicana, vecino de la colonia Morelos.


MARCO ANTONIO CERVANTES GONZÁLEZ. A veces escribe y a veces da clases. También, en muchas ocasiones, lee a Juan Luis Guerra y escucha a Julio Ramón Ribeyro. Estudió Ciencias de la Comunicación en la UNAM; le va al América, por cierto. 

FOTOPOEMAS Una clasificación objetiva del tiempo | Ferran Destemple






FERRAN DESTEMPLE. Licenciado en Filología Hispánica y con estudios de posgrado en Arte y Estética contemporánea. Ha trabajado en diversos campos y disciplinas intentando siempre crear híbridos y mutaciones. Lo visual, lo poético, lo conceptual y la acción cercana al absurdo se mezclan y contaminan. Es también un participante activo de la red internacional de arte correo. Comprende los versos como elementos centrales de una cadena de relaciones, como puntos neuronales que forman parte de un sistema complejo y en perpetua transformación, donde nunca nada es definitivo. Blog: Autismos automáticos 

ESCAFANDRA Auliya, la voz de todas | Blanca Vázquez


No le importaba si moría ahogada. Había llegado al mar… El agua se cerró sobre su cabeza y la meció. Los pulmones le estallaban. Abrió la boca para gritar… El agua que tragó le inundó el pecho. Era como aire fresco y salado.
Auliya

Identificar detalles que parecen comunes en la vida diaria permite que observemos un espacio anulado en muchos casos por el trabajo científico, además deja que el panorama social se amplíe hacia otros horizontes antes ocultos para exponer la realidad. Lo que quedaba aún por definir se apertura con la firme convicción de que no todo lo que se parece es igual; en la sociedad confluyen mujeres y hombres en diversos espacios y territorios, dando como resultado una bifurcación de sentidos y caminos. Virginia Wolf decía que era mucho más difícil matar a un fantasma que a una realidad, se entiende, ya que el ojo analítico de los que investigan ha dado pauta para entender que los seres humanos son elementos importantes de estudio y no sólo objetos cuantificables. Cada uno mantiene su propia identidad y proyecto, aún cuando éste se encuentre influido por otro que busca reflejar su imagen.
El ser mujer es determinado por el constructo social y éste se fija con base a las características biológicas que se poseen, determinando decisiones y actitudes. Sin duda, son diversos los factores que van moldeando esa identidad (culturales, sociales, políticos, religiosos) esto provoca que a pesar de convivir en el mismo territorio cada una afinque su vida de diversa forma. En Auliya[1], novela de Verónica Murguía, podemos leer cómo las mujeres ven permeada esa existencia.
Cuando uno nace también nace con las creencias de aquellos que nos engendraron, Auliya encuentra que la religión se ha encargado de sentar las bases de una ideología de recogimiento y salvación; en el sentido religioso se dice de la abstracción espiritual y de la separación del mundo terrenal para entregarse a las leyes y mandatos divinos. Con éstos estructura identidades que van arraigándose en tiempo y espacio en un territorio. Resulta muy interesante percibir que es la religión uno de los factores que incide en el proceso identitario de las personas, ya sean practicantes o no de un credo religioso.
Nuestra mirada se orienta hacia diversos espacios, pequeños rincones, instantes, roles diarios que por mucho tiempo fueron excluidos del análisis científico debido a que se consideraron elementos del ámbito privado y que no representaban veracidad en el estudio. Sin embargo, se fue recuperando la dimensión de lo privado ya que “…la vida cotidiana es histórica… no puede pensarse al margen de las estructuras que la producen y que son simultáneamente producidas… por ella”.  Es entonces una amalgama entre lo público y lo privado; inciden uno en el otro, en tiempo y espacio. Auliya es todo eso, se guarda en lo privado pero busca lo público y la literatura se lo permite, le brinda ser a aquello inimaginable, metaforiza la identidad del deber pero sobre todo del querer ser.
La vida cotidiana muestra cómo los seres humanos se desprenden de etiquetas y rompen clichés asignados por la sociedad, del mismo modo enseña que la constante reproducción de habitus hace que aquello que se realiza de manera cotidiana no cambie, porque todo el tiempo se ha realizado de esa forma. Lo cotidiano se explora a través de las vivencias diarias cargadas de significados e intereses, se pregunta por qué un aspecto representa para un grupo social de vital importancia y para otro sencillamente es una nimiedad.
— Auliya, regresa a la casa, llena el cántaro y ayuda a tu madre con la ordeña.

El culto religioso expone la obediencia de las mujeres a los mandatos establecidos; si alguna de ellas lo transgrede puede afectar a la colectividad, pero al mismo tiempo permite observar que existen otras formas de ver y actuar. Cotidianamente los habitantes de un espacio social portan ropas porque los identifican y conforman sus identidades, los hace “diferentes” en clase, cultura, actividad, creencia. Hay en la novela de Murguía una transgresión corporal, porque Auliya no es como todos, es coja, pero sobre todo es aquella que avizora, que siente, que medita todo aquello que a simple viste no se ve pero existe, es por lo tanto una extraña en su cuerpo. El cuerpo o diremos los cuerpos, no deberían comprenderse como objetos ni tampoco como ahistóricos, porque no sólo están inscritos en las presiones culturales sino que son el resultante de la naturaleza.
Ella se iba a su casa, comía con su madre, se bañaba, llenaba el cántaro. Comenzó a acicalarse: a peinarse con cuidado, con la pasta de sebo y canela que usaban las mujeres para trenzarse el pelo, a teñir sus palmas con alheña.

El cuerpo representa la materialidad en el espacio y el tiempo, su construcción social ha modificado sus usos en la vida cotidiana. Para algunas esferas representa lo incorrupto y lo venerado, para otras es placer y desencanto, frustración y descontento, en otras más, rebelión, lucha y protesta. A través de él podemos identificar cómo la vida cotidiana ha permeado en su transformación; como seres individuales no se pueden excluir del entorno social y se enrolan en las exigencias y mandatos de una sociedad que regula el “cómo” conducirlo.
Auliya es una transgresora, rompe el mandato cultural que no dice que todos los cuerpos (a pesar de sus diferencias) son iguales, pero conforme se va  explorando en la vida cotidiana se ha ido entendiendo que cada cuerpo es un universo único e irrepetible. Las mujeres han librado una fuerte lucha para que se le reconozca su libertad corpórea:
  • Derecho a decidir sobre la maternidad
  • Tatuar su cuerpo
  • Relaciones prematrimoniales
  • Cirugías estéticas
  • Autosatisfacción
  • Celibato
La novela de Verónica Murguía se inscribe en la Literatura Fantástica, pero bien puede verse como la analogía de todo aquellos que las mujeres quieren ser. Permitir que el constructo social se vea transgredido por las diversas cotidianidades que viven las mujeres en los diversos estratos sociales y espacios geográficos y transformar los hechos socioculturales frecuentemente resulta mucho más complicado que modificar los hechos naturales; será a través de esa revisión de las cotidianidades que se irá transformando el cómo, por qué, cuándo y el quién de las evoluciones corporales, entendiendo que lo público y lo privado se encuentran más cerca de lo que se piensa. Auliya no sólo se transforma en un ser de agua, sino se logra mujer, una mujer que decide emerger a la superficie como la voz de todas.

Para leer
* Murguía, Verónica. Auliya. Era, México. 2005.

Contactános
Correo electrónico: itasavi1@hotmail.com
Facebook: Blanca Vázquez
Instagram: itasavi68
Twitter: @Blancartume
Google+:  Blanca Vazquez



[1] Verónica Murguía. Auliya. México: ERA, 1997.

POESÍA Tus muslos galopan sobre mi pelvis | Carlos Santiago Quizhpe Silva


[VINTAGE]

Un viejo mendigo
toca un violín
en el ángulo inverso de una fría
esquina.
Un perro vintage hipa
mientras lame el hedor de sus heridas,
una mujer de tristes harapos
acoge en sus brazos a un niño (pollito)
el viento horada escarabajos.
¿Qué raros artrópodos obnubilan sus
pupilas?
Un viejo mendigo toca el
violín (…)
el reloj ha perdido el índice
y el pulgar
como aquel periódico que
deambula,
fisurado sus pulmones.
La misma mujer de tristes harapos
y ojos inopes
de fotos lejanas
y gaviotas judías
arrulla en su pecho un filamento
de ombligo,
calvo
como las cometas.
La mujer de tristes harapos
escurre sus lágrimas
(cenizas + lodo)
y tiene en sus falanges
un puñado de teclas
que se despostillan
y se percuden con el café
y crujen como articulaciones de
bastones que sujetan rodillas;
(…) besa la frente de crepúsculos
unicornios
en una fría y mugrosa
sala de hospital.
Un mendigo toca el violín.
La mujer de tristes harapos.
Un perro famélico.
Un 18 de febrero.


[SEMÁFOROS]

Mis dedos se inundan con la redondez de tus senos. Soy malabarista bajo un semáforo jorobado. Continúo. Mis labios se confunden en los fuelles de tu vulva como dos gotas de vodka sofocados en la garganta de un frugal aguacero.

Una moneda
                   Dos monedas
                                      Tres monedas

Soy un trotamundos cuyo cenicero es el asfalto. Pienso. Tus muslos galopan sobre mi pelvis como una galaxia sobre el mar Egeo.

A veces los conductores son indiferentes, otros alzan los vidrios de las ventanas (…). La vida es una muñeca de trapo a la que le faltan sus orejas.

Gimes y tus ojos son desvaríos, tus caderas la sílaba tónica de palabras homófonas.

Hueles a sexo, a gaviotas ventrílocuas. El sudor de tu espalda tiene un contraste a mar y corbata.

El semáforo en rojo, la vida en cuadrículas, ojos de búho gris (…) tu cuerpo es un violín que se acopla al arco de mi cintura.

El viento irrumpe los campanarios, hay una sonrisa fracturada… la ciudad tiene los lacrimales humedecidos.


CARLOS SANTIAGO QUIZHPE SILVA (Loja - Ecuador 1982). Docente de Lengua y Literatura. En el 2009 obtuvo el primer lugar en la Bienal Nacional de Relatos Juegos Florales en la ciudad de Ambato, además quedó finalista en el Primer Premio de Relato de la revista literaria Poesía + Letras de las Islas Canarias, España. Ha escrito en varias revistas de literatura de la localidad como Suridea, Identidad, Palabrar, Mediodía; además sus relatos aparecen en varias antologías a nivel nacional. Es articulista y editorialista de algunos diarios de la ciudad.

POESÍA Mamá es un animal negro que va de largo por las alcobas blancas (Fragmento) | Esther M. García


JONA CHARLES ESPERA AZUL BAJO LA NOCHE TRISTECIDA

Mi hijo es una zarza ardiendo
De sus ojos brotan luciérnagas 
que van incendiando
pequeños rincones oscuros del cuarto

Sirenas tuertas nadan en lo profundo 
de su garganta llena de pus

De entre las cerúleas cenizas
del incendio de su pequeño cuerpo 
está Dios sentado junto
a la cabecera de la cama
fumando un cigarro

Nada puede contener
los dominios de la enfermedad
y la muerte

La noche engrillece
Me siento al lado de
Dios y espero


RITMO 0
MARINA ABRAMOVIC

Hay setenta y dos objetos en la mesa
que pueden usarse sobre mí como se
quiera. Yo soy el objeto

Un objeto que flota en medio
de un cuarto blanco
con olor a limpio
Un objeto que es un
cuerpo que es una carne
un útero
esperando el destazamiento

Un cuerpo con forma de mujer
con senos de mujer
vientre de mujer
sal y desechos de muerte
muerte chorreando entre los
muslos deslizándose entre las
pantorrillas roja fuente de dolor

Hay setenta y dos objetos en la mesa
que pueden usarse sobre mí como se
quiera. Yo soy el objeto

Yo soy el animal herido
puesto en la mesa de
disección Espero
ansiosamente el corte

Amputación transversal del pubis
inserción higiénica de
instrumentos en la vagina

Doctor
dígame
Veáme
Hay 72 objetos a su disposición
¿Con cuál me lastimará primero?

Rasgará mi piel con cuchillas
Me cortará el útero en pequeños pedacitos
Pintará mi sexo con fluidos y sangre
Limpiará la suciedad del cuerpo
echando agua fría a mi vulva

Decorado, coronado con espinas
y rosas rojas
dejará mi pubis inservible

Cuando todo esté terminado
encañonará un arma cargada
en mi entumida flor de carne negra



Con este libro, Esther M. García obtuvo el XI Premio Internacional de Poesía “Gilberto Owen Estrada” 2017. El jurado se conformó por los poetas mexicanos Julia Santibáñez y Lucía Rivadeneyra así como el uruguayo Alfredo Fressia.


ESTHER M. GARCÍA (Cd. Juárez, Chihuahua, México, 1987). Radicada en Saltillo, Coahuila. Licenciada en Letras Españolas. Publicó los siguientes libros: La Doncella Negra (La Regia Cartonera, 2010), Sicarii (El Quirófano Ediciones, 2013, Ecuador), (IMCS, 2014); La Demoiselle Noire (Babel Cartonera, 2013), (Kodama Cartonera, 2015), Bitácora de mujeres extrañas (FETA/CONACULTA, 2014), Mamá es un animal negro que va de largo por las alcobas blancas (UAEMEX, 2017) y el libro de cuentos Las tijeras de Átropos (Editorial UA de C, 2011). En el 2008 ganó el Premio Nacional de cuento “Criaturas de la noche”, en el 2012 el premio estatal de cuento “Zócalo” y el Premio Municipal de la Juventud 2012, en el área de cultura. En el 2014 ganó el Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal y en el 2017 el Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen Estrada. Ha sido traducida al inglés, al francés y al portugués. Fue becaria del PECDA Coahuila 2015, y actualmente del FONCA JC 2016-2017.

Imagen | Vanguardia 

LIBRO Con la boca abierta y otros cuentos, de Odette Alonso


Mujeres que desean o son deseadas por otras, que conviven y se enfrentan juntas a las adversidades para defender sus intereses e ilusiones, deambulan por las páginas de este libro que recopila todos los cuentos de temática lésbica de Odette Alonso, una de las voces más intensas de la narrativa latinoamericana contemporánea. Ingredientes importantes, que se hilvanan a las historias como algo orgánico y natural, son el humor, la construcción de anécdotas y atmósferas a ratos asfixiantes y sórdidas, y la música, una presencia constante. Cada relato trata un tema insólito y hace gala de recursos precisos para hacerte transitar por sus caminos eróticos y amorosos. Con escenarios y personajes ubicados en Cuba y México, estos cuentos mezclan la ternura y la violencia, la belleza y la sordidez, la realidad y los sueños.

Con la boca abierta y otros cuentos está a la venta en Voces en Tinta, El Sótano, El Péndulo, las librerías del FCE o por pedidos directos con la autora. Se hacen envíos a cualquier lugar de la República mexicana y el mundo.



ODETTE ALONSO. Es poeta y narradora. Nació en Santiago de Cuba y reside en México desde 1992. Su cuaderno Insomnios en la noche del espejo obtuvo el Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén” en 1999 y con Old Music Island acaba de ganar el Premio Nacional de Poesía LGBTTTI Zacatecas 2017. Autora de doce poemarios, de la novela Espejo de tres cuerpos (2009) y los libros de relatos Con la boca abierta (2006), Hotel Pánico (2013) y Con la boca abierta y otros cuentos (2017). Sus dos décadas de quehacer poético fueron reunidas en Manuscrito hallado en alta mar (2011) y Bajo esa luna extraña (2011). Compiladora de la Antología de la poesía cubana del exilio (2011). Fundó el ciclo Escritoras latinoamericanas que ha organizado durante más de una década en el marco de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería.

RESEÑA La radicalización de las emociones: Perdíamos la gracia y el verano, de Jonatán Reyes | Elidio La Torre Lagares


Nunca seremos tan libres como en ese momento en que lo hemos perdido todo. Lo dijo Tyler Durden, ratero de Derridá. Así enunciado, el ser y el estar pueden convertirse en cosa terrible. La clásica dicotomía fenomenológica entre la conciencia y el mundo. La nada se la juega en la noche, y no es un comercial de Bacardí.
Es la conciencia lo que cristaliza la nada en el mundo.
Condenados a la libertad, el desagravio supone encontrar maneras de darnos a la satisfacción. Quizá pasamos más tiempo intentando ser felices que siéndolo. Quizá nos creemos que la plenitud se encuentra a un suspiro de distancia. Quizá nos damos al fundamentalismo del «todo-está-bien» que nos induce a la sumisión.
Pero se pierde la gracia. Se pierde el verano. Ser feliz no es una obligación.
Como en el poemario de Jonatán Reyes, Perdíamos la gracia y el verano.
En la casa tibia de espantos. Manchada de polen. Entre la luz nerviosa. Ahí.
El pan se corta como se cortan los dolores. O como se cortan los versos que no se pintan para quedar bonitos. Persiste esa extrañeza en la poesía de Jonatán Reyes que rebasa el sentido. Como en Mallarmé, las palabras son tanto entes autónomos como unidades de contenido como igual son parte de una sintaxis mayor que, al final, ampara sabiduría. Misterio. Juego. El sol se cae.
La dureza del verso de Reyes se suscita por la ausencia de una apología metafísica. Lo que prima es la cosa y su presencia en los sentidos o en los pensamientos. El modo en que se capta supera lo que se capta.
En «rumor de la bahía», el poeta dice: «Míranos allí, fermentados/ entre la madrugada/ y sus escalofríos». Las cosas que se pudren gozan de cierto glamour. Todo duele. Todo es bello.
La ilusión de la materia es un engaño metálico. Sin duda: preciamos tanto la sensación de felicidad, que nos perdemos en el acto de ser felices, sin nunca serlos. Pero un vaso escalofriante lleno de mar puede serlo todo, nos dice la voz en «En la habitación». La posibilidad de morir en cualquier momento no debería ser una tragedia.
Así, el libro viene en dosis de liberación prolongada. Uno lo lee y todavía al rato es que patea. En fin, que son 36 poemas orquestados en cuatro movimientos. Vivaldi nunca estuvo aquí, y menos en medio de un verano.
El verano, caracterizado por el solsticio que anuncia al sol en su punto más cercano a la tierra, no es motivo de celebración. No saber nada no significa nada. Aquí no se corrompe un sistema. Aquí se desbarata la experiencia personal como en un lirismo punk de ese con el que Sid amaba a Nancy.
Germina la penumbra sobre/ la penumbra/ el cosmos en su constante masturbación/ de átomos/ gotea/ y destila/ el ardor de su belleza”.
Sin duda, por ser boricua, poeta y latinoamericano, Jonatán parecería que no podría escapar del romanticismo -de un orden biológico- hasta que nos dice “esta generación pixelada no me duele/ ni el líquen raro de una nostalgia” («Año trópico»).
Lo que cautiva de estos poemas es que es escatológico sin remitirse a aporías freudianas. O quizá sí. Mas, qué importa. El poemario de Jonatán se levanta de entre la bruma de las paradojas.
Hay un incesto en todo. En cada chispa. En cada triza («Monólogo»). Hay que buscar la explosión exacta. A veces escucho a Jim Morrison. Otras, a Rimbaud. En su mejor momento, la poesía de Jonatán alcanza un decadentismo que prima la belleza sobre cualquier fundamento moral. Puro esteticismo. Puro Kant.
Los poemas de Perdíamos la gracia y el verano no se descosen por irreverentes. Al contrario, el poeta que hila estos textos procura enhebrar guiños de métrica clásica por el ojo de la aguja. En «Año.tropico», se nos cuela el yámbico latino en heptámetro: «Tras bastidores vivo una infancia mugrienta…/entre la amnesia de los objetos desalmados». Se alternan las palabras graves de tres y cuatro sílabas con invasiones de esdrújulas. Por su plurivalencia métrica, el poema decanta con efecto modernista y nada de esto es aleatorio.
La poesía siempre es riesgo cuando insiste en desubjetivizarse. «Año de la cosecha», «Año ligero» y «Año otra tarde» se enuncian desde un plural en primera persona. Quien recibe estos textos es un otro significativo. En el penúltimo movimiento del poemario, los poemas entran en su cuenta regresiva. «A las 15 horas del final», «A las 11 horas del final», y así en regularidad numérica impar hasta deshacerse.
Hasta que los cuerpos se hacen otros cuerpos. Hasta que la nada se hace todo. Hasta que la experiencia se imprime en su lecho de memorias. Todo desenlace tiene su encantamiento bruto. Hasta que la palabra casi, tan solo casi, la alcanza. De otra manera, dejaría de ser literatura.
Si para Foucault la locura se encontraba solo en la vida en sociedad, nunca en la vida salvaje, para Jonatán Reyes la vida solo transcurre como coda de la devastación. Tiene que haber muerte. Destrucción. Cenizas, para que algo nuevo emerja. En ese lugar fértil, en el solsticio de diciembre o en un ocaso cualquiera, «los objetos dan a luz/ y penumbra».
Perdíamos la gracia y el verano es un poemario escrito en la frontera entre el ser y el lenguaje. La condición lingüística del poema, no obstante, nunca logrará coadyuvar con su aspiración de conciencia. Por ser poesía, el poeta solo puede presumir el artificio.
Dejar ir la gracia. Despedir el verano. Quema el alma como se debe.
(Repita cuantas veces sea necesario).

ELIDIO LA TORRE LAGARES es poeta, ensayista y narrador. Ha publicado un libro de cuentos, Septiembre (Editorial Cultural, 2000), premiada por el Pen Club de Puerto Rico como uno de los mejores libros de ese año, y dos novelas también premiadas por la misma organización: Historia de un dios pequeño (Plaza Mayor, 2001) y Gracia (Oveja Negra, 2004). Además, ha publicado los siguientes poemarios: Embudo: poemas de fin de siglo (1994), Cuerpos sin sombras (Isla Negra Editores, 1998), Cáliz (2004). El éxito de su poesía se consolida con la publicación de Vicios de construcción (2008), libro que ha gozado del favor crítico y comercial. En el 2007 recibió el galardón Gran Premio Nuevas Letras, otorgado por la Feria Internacional del Libro de Puerto Rico, y en marzo de 2008 recibió el Primer Premio de Poesía Julia de Burgos, auspiciado por la Fundación Nilita Vientós Gastón, por el libro Ensayo del vuelo. En la actualidad es profesor de Literatura y Creación Literaria en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Ha colaborado con el periódico El Nuevo Día, La Jornada de México y es columnista de la revista de cultura hispanoamericana Otro Lunes.

JONATÁN REYES (San Juan, Puerto Rico, 1984). Ha publicado Hologramas Exiliados (plaquette, 2012) y los libros Actias Luna (2013), Aduana (2014), Sunny Sonata (2014) Filmina (2016), Perdíamos la gracia y el verano (2017). Su poesía ha sido publicada en diversas revistas internacionales de literatura y poesía, de países como, Colombia, Argentina, Venezuela, España, Grecia, Italia, Brasil, Ecuador, Estados Unidos, y México. Parte de su trabajo ha sido un incluido en varias antologías internacionales, como la Antología de Poetas Latinoamericanos (Imaginante Editorial, Argentina, 2015) y Voces de América Latina (Mediaisla Editores, New York, 2016). Lo han invitado a diversos festivales y encuentros de poesía, entre ellos, al I encuentro latinoamericano de poetas del Itsmo y II Festival Internacional de lectura Agua Dulce Caracola (México, 2015), al IX Festival Internacional de Poesía del Caribe (PoeMaRío) en Barranquilla, Colombia, al V Festival Latinoamericano de Poesía Ciudad de Nueva York, y al próximo XVII Festival internacional de poesía de Cali (Colombia). Es finalista del III y del IV Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador, y también es finalista del Premio de Poesía Internacional Francisco de Aldana con su libro El oleaje que nos deshace. Recientemente preparó la antología bilingüe (español/portugués) “Del Triángulo de las Bermudas a Lisboa: 18 poetas puertorriqueños” que se publicó en la revista colombiana Otro Páramo. Su poesía ha sido traducida al italiano, griego, inglés y portugués.