MINIFICCIÓN

Algunas brevedades sobre el amor | Ricardo Alberto Bugarín

CUENTO

El doctor | Servando Clemens

POESÍA

El hombre primitivo | Ihovan Pineda

FOTOGRAFÍA

Las primeras fotografías eróticas de Félix Jacques Moulin y Auguste Belloc

MINIFICCIÓN

Cuatro historias breves | Varios autores

CUENTO El exterminio | Edith Villanueva Siles


Soy una persona escrupulosa en lo que a higiene se refiere; desde que comencé a leer a Kafka una obsesión por limpiar cavidades y resquicios se disparó. Me perturbaba la posibilidad de que alguna plaga estuviera viviendo a mis espaldas. Conforme despuntó el día me sofoqué más, el olor de los químicos que había estado usando para el exterminio me penetró hasta llegar a mis pulmones, sentí las piernas pesadas y con poca movilidad, mi voz parecía un chillido que se ahogaba dentro de una laringe revestida de flemas. Sin embargo, debía limpiar completamente mi apartamento.
Herví vinagre para rociar las baldosas y el cancel del baño, vertí cloro y amonio en el excusado, tallé con una fibra cada hendidura hasta que la mezcla de dichas fórmulas me intoxicó aún más. Salí del cuarto por unos minutos para recuperar el aliento, inhalé una dosis de salbutamol. Con un cincel removí el hongo entre los azulejos, agregué vinagre, bicarbonato y limón al tanque del inodoro para quitar el sarro. No solamente no deseaba convertirme en un bicho, no deseaba que ningún insecto amaneciera junto a mí.
Puse en un costal toda la ropa de cama, aspiré el colchón y con una lupa y una linterna inspeccioné meticulosamente sus costuras, barrí durante dos días seguidos y lustré con una estopa el piso de madera. Barnicé con sosa las parrillas y el horno de la estufa, inserté un alambre entre la pared y los tubos del gas para eliminar completamente el cochambre. Vacié el refrigerador y lo tallé con vinagre y limón por dentro y por fuera. Lustré la mesa de la cocina hasta conseguir el brillo que tienen los espejos.
El termómetro marcaba diez grados más que el día anterior, era una masa de calor debido al temporal. Mi asma se agravó, jalé una silla y la puse frente a la estufa, me faltaban sólo algunas páginas para terminar con Kafka, inhalé 20 ml de salbutamol más y me senté  al acecho de cualquier animal. Desde mi asiento podía ver el reflejo de mi cuadro favorito de Diego Rivera, mis flores de mayo, mi archivo repleto de cuentas por pagar, mis recetas de cocina y mis lápices afilados. Mientras cambiaba de página vi de reojo a una pequeña cucaracha que se paseaba sobre mesa. Me levanté con calma, agarré una servilleta y la aplasté completamente con mi palma. Debe ser que están buscando un refugio por el calor, pensé, pueden haberse metido por debajo de la puerta o por el baño, la cocina estaba impecable y no había encontrado ningún rastro de excremento. Envolví el cadáver, lo aplasté una vez más con mis dedos, sabía lo difícil que era exterminarlas. Puse la servilleta dentro de una bolsa de plástico y la metí al bote de basura. Me desinfecté las manos con alcohol y seguí leyendo.
El edificio estaba callado, la mayoría de los inquilinos trabajaban durante el día, excepto el gordo de abajo que se dedicaba a sacar borrachos de un bar, escuché un breve rumor que salía del archivero, me asomé y vi a una débil cucarachita que se paseaba indecisa sobre mis lápices. El insecto estaba tan absorto en sus pensamientos que pensé que era el momento exacto para culminar el exterminio. Con las dos manos saqué todos los sobres del archivero y los sacudí, una interminable cascada de cucarachas rubias cayó sobre la mesa. Unas se escondieron debajo de las flores y la cafetera, otras se amotinaron detrás de Diego Rivera. Sin tiempo para cubrirme las manos, dejé caer los estados de cuenta y las apachurré con mis palmas. Tres de ellas estaban preñadas porque al reventarlas una pulpa blanca salpicó mi ropa. Sentí una repulsión visceral. Me limpié las manos con el vestido y luego me lo quité. Una picazón se trepó por entre mis piernas, sentí que las cucarachas tapizaban mi cuerpo.
Di de brincos y gritos para quitarme la membrana que comenzaba a crecerme en la espalda. Me arrastré por el piso hasta llegar al baño, abrí la regadera y me vacié el resto del vinagre sobre el cuerpo. Esperé que mi asco mermara, regresé a la cocina, abrí el ácido bórico y miré dentro del archivero, allí unas cuantas cucarachas resguardaban cientos de huevecillos, la proliferación era inevitable, sin reparo las cubrí con el ácido, algunas corrieron a morirse debajo del refrigerador, otras, las más rechonchas, se dejaron caer al piso. Abrí la llave del agua caliente, descolgué a Rivera y lo metí debajo del chorro. Unas güeras grandotas salieron, llevaban el caparazón ya casi desprendido, se deslizaron sobre el aluminio del fregadero, quité la canasta del desagüe y vi cómo un remolino se llevó a los cadáveres.
Miré sobre la mesa, el montón de sobres aún estaba allí, sería un desatino que se escondieran entre mis deudas atrasadas, moví los papeles, otra familia de cucarachas salió disparada buscando refugio a cualquier costo. Algunas rodaron por entre mis piernas, otras lograron quedarse adheridas en mis brazos, tal cual si fuera talco, espolvoree el veneno sobre mi cuerpo. Metí todas mis deudas en una bolsa de plástico transparente y le hice un nudo. Azoté la bolsa violentamente contra el piso hasta levantar una tolvanera. Una cucaracha bastante robusta salió de entre los talonarios de la renta vencida, sus antenas se movían buscándome. La miré, su cuerpo estaba dilatado, el veneno comenzaba a hacer efecto, pronto explotaría. Con mi dedo índice y pulgar la aplasté, trituré con yemas y uñas su vientre, sentí que se me reventaba la hiel en el momento que un líquido amarillo y viscoso salió por su boca y ano. Temblé de horror, fue como si esa pus pálida y fétida me salpicara por dentro. Sin darle tiempo a Kafka, deshice el nudo de la bolsa con la boca, metí el libro e hice dos nudos para evitar que escapara. Tiré el paquete al piso, Gregorio chilló al sentir mis pies tibios por la secreción de fermentos que salían de entre la última parte de la historia. Una hinchazón empujó mis entrañas hasta hacer un boquete en mi ombligo, traté de pedir ayuda al gordo, cuando llegué a la puerta una pulpa hedionda y rancia me cubrió hasta asfixiarme.


EDITH VILLANUEVA SILES. Nació en la ciudad de México. Egresada de la Escuela de Escritores de México, SOGEM. En 1997 publicó su primera novela Mi virginidad lleva acento. Ganó la beca del FONCA de intercambio de residencias artísticas 2003. Ha colaborado con crónicas en la Jornada semanal. Actualmente reside en Nueva York.

RESEÑA Desaparecer en la tormenta: Notas dispersas en torno a "El viejo arte de lo nuevo", de Andrés Cisneros de la Cruz | Daniel Carpinteyro


Hay un viejo chiste que da cuenta de la diferencia entre filosofía, teología y ciencia. Explica que la filosofía es como buscar a tientas un gato en medio de una habitación a oscuras. La teología es como convencerse de que ya se tiene el gato agarrado por la cola. La ciencia es prender la luz para determinar dónde está el gato de una vez por todas, en caso de que haya alguno. Hasta ahí el chiste. Sin embargo, ¿qué sería el materialismo Feuerbachiano? Sería, ya con la luz prendida tomar a ese gato, detenernos en su color, su textura, su aroma, sus atributos perceptibles a los sentidos. El gato como cosa (Gegenstand), el gato como lo sensible bajo la forma del objeto (Objekt) o de la contemplación (Anschauung). El gato como fenómeno que se arroja frente a nuestros sentidos. Sin embargo, el materialismo histórico desmenuzaría al gato como actividad humana sensorial, como una práctica; no de un modo subjetivo; en síntesis, como producto de una actividad humana objetiva. El gato como producto de diez mil años de domesticación, de cruzas artificiales, de modificaciones fisiológicas derivadas del contacto con el ser humano. El gato en su doble vida de mascota y animal independiente que a veces escapa y establece interacción con una pandilla. El gato que se diferencia del ser humano en cuanto que no produce sus medios de vida, al menos no en términos institucionales ni económicos. Y sobre todo, la idea del gato concebido como mascota -con todos los atributos que la categoría conlleva-, como una idea desprendida del ser social del observador. 

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La teología es dura de matar. A falta de dioses celestes, algunos pueblos han producido dioses revolucionarios. En los rangos superiores de la insurgencia, la producción de la Revolución puede conducir a la producción del propio genio y figura como ente divino. La resonancia teológica pervivió en los escritos del mismo Walter Benjamin aún después de la escritura de su discurso El autor como productor. La poéticas teológicas de Rusia como la de Ajmátova, proscritas durante la era soviética, prosperaron en Occidente, y el día de hoy son más apreciadas en la Rusia de Putin que cualquier cosa de Maiakovsky. Los poetas bardos de los regímenes revolucionarios como el cubano fueron los teólogos adjuntos de la revolución, y lo mismo pasó en Nicaragua y en el Salvador. Ernesto Cardenal fue teólogo tanto como revolucionario y poeta.

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¿Cabría establecer una distinción entre los adjetivos "matérico" y "materialista"? Tal vez no sea conveniente utilizarlas de forma intercambiable. Es más frecuente escuchar el calificativo "matérico" en el argot de las artes plásticas: la RAE la define como "perteneciente o relativo a los materiales utilizados en una obra de arte", o bien, "que emplea como medio de expresión materiales distintos a los utilizados tradicionalmente en la obra de arte". También es posible que Andrés haya utilizado la palabra en relación a "todo aquello relativo a la substancia distintiva de los objetos físicos perceptibles ante los sentidos". Sin embargo, toda la evidencia contenida en El viejo arte de lo nuevo apunta sobre todo a otros conceptos, el del materialismo dialéctico y sobre todo hacia el materialismo histórico, que Andrés caracteriza como una interpretación del mundo a partir del cuerpo y de los sentidos, interpretación y construcción simultánea que se acomete con la vida misma. Así, el poeta señala:

El materialismo trata sobre la vida; producir y reproducir la vida, al mundo y al hombre. Producir los sentidos y con ellos la percepción, al mundo y al pensamiento. Por lo tanto, una ciencia, un pensamiento, una poesía materialista no puede soslayar esta noble labor. Y los instrumentos para hacerlo son un legado y una invención: sería ingenuo pensarlo de otro modo, una ilusión moderna, un dogma: la materia no se destruye.

Fact check rápido: la materia sí se destruye. Basta bombardear durante suficiente tiempo con positrones y los electrones empiezan a desaparecer de la faz del átomo, gracias al fenómeno conocido como aniquilación de pares. Lo que siempre se conserva durante los procesos de transformación es la masa, y la masa es un término que guarda diferencias con el término materia. Este último término ni siquiera goza de una consideración científica unánime. La ciencia ha hecho una gran cantidad descubrimientos a partir de Marx. Y la ciencia social ha hecho sorprendentes descubrimientos respecto a la ciencia pura y dura: sus pretensiones de universalidad han sido objetadas exitosamente, al igual que ha sido revelada la forma como su relación con el poder (sea cual sea su flanco ideológico) interfiere con su función social. La ciencia también es ideología, aunque no sea justo rebajarla al nivel de la ideología religiosa. La historia de la ciencia es tan conflictiva como cualquier otra historia, y como bien apunta ACC:

Es una cuestión de perspectiva histórica, de creer que sólo hay una historia y que la historia que se ha escrito es la verdadera, sin reparar en que la historia es un pelaje, un campo de espigas, en el que se oculta aquello que incomoda, disiente o contradice; el pequeño problema es que aquello que resulta discordante es la vida a la que se quiso acallar, negar, ocultar, pero que sigue pujante, en medio de una superficie tan artificial como homogénea (...)

Pero regresemos en este punto a la obsesión de ACC con la ley de la conservación de la materia, y entendamos el intríngulis de la postura radical que se propone: una de las transformaciones posibles de la materia es la escritura. La palabra sería otro estado de la materia. Este paradigma choca, por supuesto, contra la idea de la representación lingüística, función simbólica del lenguaje, y muchos otros estamentos básicos de la lingüística. Pero no estamos ante un tratado de ciencias del lenguaje, sino ante unos manifiestos poéticos, y hay que adecuar nuestras expectativas en ese sentido.
          Artísticamente, la transformación de la palabra en materia es una idea útil. Ante la compulsión de todo escritor de estar siempre haciendo sentido del mundo a través del verbo, de captar la totalidad de las objetos y entes que desfilan ante sus sentidos, el mito de la palabra-materia adquiere una relevancia medular en la propiciación de la fertilidad literaria. Curiosamente, la idea puede rastrearse hasta un antecedente teológico: el pórtico de acceso al Último Evangelio: "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios" (Juan 1:1), y el versículo final de este primer capítulo: "Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (...), lleno de gracia y verdad" (Juan 1:14). En estos dos versículos la palabra "Verbo" traduce al término griego λόϒος (logos), que se refería al procedimiento intermedio mediante el cual Dios había otorgado substancia a las cosas materiales y mantenía comunicación con ellas. Sabedor de que este origen genealógico del logos repugnará a ACC, retrocederé más aún, hasta una importante fuente del cristianismo, que el poeta abrazará con mayor tranquilidad: la doctrina estoica. Y más aún, descenderé hasta los remansos de Heráclito. Permítasenos, pues, acudir al Diccionario de Filosofía de Nicola Abbagnano, que aclara:

En Heráclito, el logos es la razón universal que domina el mundo y que hace posible un orden, una justicia y un destino. La sabiduría consiste principalmente en conocer esta razón universal que todo lo penetra y en aceptar sus justas decisiones. El Logos es de este modo la representación inteligible del fuego inmanente al mundo, principio del cual toda realidad surge y al cual, en último término, todo vuelve. Esta doctrina fue aceptada y transformada por los estoicos, quienes admitieron el Logos como una divinidad creadora y activa, como el principio viviente e inagotable de la Naturaleza que todo lo abarca y a cuyo destino todo está sometido (T II, p. 84).

Y ahora regresemos a ACC: "La materia no se crea ni se destruye sólo se transforma, se lee y se escribe" (13). O bien, en este fragmento donde amplía el concepto: "Porque la poesía puede tocarse, y brota de la estructura radiante que ocupa temporalmente (en su cauce) un mismo espacio, podemos saber que la poesía es materia" (p. 19). La palabra es aquí uno de los estados de la materia, y no sólo estado potencial. No son símbolos ni cadenas de símbolos con correspondencias en el mundo material, sino que constituyen otro estado de la materia, que fluye, que se estremece con las oscilaciones cósmicas. Puede sonar como una concepción extravagante, pero al menos puede servir para comprometer a los poetas a tomarse en serio lo que escriben.

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La poesía materialista sería debe ser no sólo una alquimia, sino una actividad crítico- práctica,  el producto de una conceptuación del mundo que interroga no sólo los medios de vida de las personas, sino la naturaleza misma de los medios de vida con los que se encuentran y que tratan de reproducir. Si Una flor de viento crece y de una palabra nace la tormenta es un trabajo útil para ejemplificar la poética materialista, entonces queda claro que es una poesía insolente, aguerrida, que conmina a la acción, que previene ante las certidumbres falsas, que no teme a la muerte y que afirma el poder del verso. Este poema vertiginoso, un manifiesto de casi medio centenar de líneas, abre con un grito de guerra: "Porque nosotros no creemos, pensamos./ No esperamos, actuamos, /No asumimos, luchamos./ Y por única verdad conocemos la duda (p. 30)". Declara la edad del universo, los nombres con quienes el poeta se considera deudor, la muerte del dios opresor y el nombre de los dioses oprimidos y olvidados, ilumina el misterio de la muerte con luminosas consideraciones, y celebra el mundo de posibilidades que se abren ante cada ser vivo y pensante. Sobre todo, deja claro en qué consiste el destino manifiesto de todo poeta: caminar en la selva de la noche y desaparecer en la tormenta. Aquí tenemos sintetizadas las coordenadas de la poética de ACC: vitalidad, intensidad, racionalismo, ética, antiteísmo y fatalismo. Sus operaciones de mayor magnitud acaecen en el monólogo filosófico y en la escenificación visionaria. Es un artista del ritmo y la composición. Domina el contraste del estrépito con el sosiego. De hecho, el poema con el que cierra El viejo arte de lo nuevo, intitulado No existe espacio para una casa, es un gesto agradecimiento en el que, tras reflexionar sobre lo que él considera una casa (un espacio que acompañará el cuerpo a donde quiera que vaya), agradece al lector la visita al poema, "eje de mi casa", y por compartir con el poeta el mismo lenguaje. ¿Quién dijo que los anticlímax no podían ser estremecedores?

RESEÑA La venganza de Moctezuma no se sirve fría | Mauro Barea


Mientras más leo a Carlos Martín Briceño más me convenzo de que es un gran estudioso del comportamiento humano, en especial del arquetipo del mexicano contemporáneo. Sin realmente saberlo, se dedicó a ello desde su niñez, navegando las lecturas de la Familia Burrón de Gabriel Vargas. Además, lector inquieto desde temprana edad, ya se identificaba con personajes tan complejos como los de La ciudad y los perros de Vargas Llosa y se preguntaba si podían ser reales. Llegó a tal punto de analizarse a sí mismo mientras los cambios en la adolescencia hacían mella en él, a través de las obras de Cecilia Eudave.
           Carlos es un ciudadano consciente de la problemática ecológica que atraviesa su ciudad Mérida, y crítico incisivo de sus vialidades y carnavales; incluso la política no deja indiferente a sus múltiples análisis que van más allá de la ficción, y además celebra la poesía en sus múltiples vertientes. Es un férreo defensor de la lectura como regocijo individual y como vía para obtener elementos intelectuales para reaccionar ante situaciones adversas. Muchas de estas cosas le identifican como un escritor consciente de la tierra que pisa. Todo esto nos hace pensar que nos encontramos ante un observador cotidiano de primer nivel, que lleva lo mejor y más intenso de la naturaleza humana a cada uno de los cuentos que conforman su colección, en especial Montezuma’s Revenge y otros deleites (Ficticia, 2014).


Digo que Carlos es un observador cotidiano porque el escritor debe ser capaz de captar los sucesos cotidianos, esos que aparentemente no tienen cabida en el ajetreado mundo que vivimos, pero que de alguna forma nos marcan y permanecen ahí en la mente, cocinándose. Y hay que recalcarlo: Carlos es un cuentista nato y obstinado; la literatura es su medio válido para acercar a la gente a la lectura, como lo refiere en sus entrevistas.
¿Qué se puede decir de este compendio de cuentos? Todas las historias se salen con la suya, nos hacen sufrir, revuelcan la narrativa de tal forma que, inconscientemente, deseamos un final idóneo, y me sorprendió que no solo llegara ese final que el lector desea con toda la fuerza en casi todos los deleites—así denomina Carlos a los demás cuentos—, sino que sobrepasa la expectativa lectora y el golpe de efecto es crucial en cada uno de los relatos. Relaciones que se llevan con la tensión de cuerdas de violín a punto de reventarse, pleitos de pareja cotidianos que se salen de control al ritmo de acusaciones avinagradas, deslinde de culpas y estribillos de las canciones de Timbiriche chirriando en nuestros oídos. Conflictos políticos, empresariales y de doble moral impregnan el ambiente de personajes que juegan a ser morales, pero son inevitables: somos nosotros, con necesidades básicas e innegables.
Pero Montezuma es un caso aparte.
Montezuma’s Revenge  es el cuento ganador del prestigioso certamen Max Aub en su versión 2012, y es una historia que lleva la venganza implícita desde el título, un delicioso desquite entre personajes que manipulan la realidad y que no deberían tener la razón en sus actos, pero los personajes se convierten en personas, las personas en nosotros, y es cuando llevan actos cotidianos hasta sus últimas consecuencias, convirtiéndolos en actos moralmente condenables, pero soportados por el lector: el escritor nos hace cómplices sin necesidad de ponernos una pistola en la sien.
Lo raro de leer a Carlos es que encontramos un placer malsano en los actos que no saben de leyes ni moralidades, es un juego de temperamentos, de la sangre que gobierna a cada uno de esos espectros con piel humana y toman el control de la narración; la sangre que sube y baja cuando se le antoja. Debo decir que sucumbí al placer malsano: me sorprendí placenteramente satisfecho al terminar de leer este cuento.
La Venganza de Moctezuma es en el llano concepto una vulgar diarrea, sí, pero Carlos la lleva más allá: sacó adelante una idea, y la colocó como el desquite definitivo del mexicano ante los extranjeros, inexpertos y desconocedores de nuestro imaginario popular. Nos lleva a la venganza rápida, trepidante. Es esa rara situación que se da cuando Goliat es vencido por David, en un juego donde el ingenio nacional sale a relucir y se muestra como algo de orgullo, y atrae por sí mismo al vulgo. Es en ese imaginario donde la venganza mexicana se regodea, se cocina en apariencia lenta mientras juega sus hilos invisibles; cuando nos damos cuenta, incluso la aplaudimos, porque nuestra idiosincrasia lo reclama: somos mexicanos, nos gusta ganar y a veces la obsesión de «ser más chingón» y el terror constante de que puedan vernos la ‘cara de pendejos’ es un llamado de guerra que nos incendia y obliga a triunfar ante los extranjeros —sobre todo ante los gringos y españoles por antonomasia histórica—, en cualquier tipo de competencia en que la vida nos encuentre. Y más si esta competencia trae consigo una rubia «insoportablemente antojable», un ingrediente explosivo que desde el inicio nos indica problemas, y de los grandes.
Carlos comprendió excelentemente la idea de esta venganza en particular, y terminó esculpiendo un cuento disfrutable de principio a fin, situaciones cuyos escenarios son el Sureste, el Caribe mexicano, sitios con los que nos vamos a identificar plenamente como quintanarroenses. El escenario es inigualable: el juego es en casa, jugamos de locales y queremos que el mexicano gane, y que no solo gane, humille, aplaste la Historia y la hegemonía implícita de las naciones poderosas. ¿Los medios cuentan? ¡Claro que no! México tiene que ganar, (a huevo). Para concluir: la venganza de Moctezuma no se sirve fría, y menos en el trepidante cuento de Carlos.

Más del autor en:

MAURO BAREA (Cancún, 1981). Estudió la Maestría en Creación y Apreciación Literaria en el IEU Puebla. Finalista en el I Premio Hispania de Novela Histórica de Madrid y consultor del documental sobre Gonzalo Guerrero Entre dos mundos; publicado en la antología infantil Mi mejor amigo (Editorial Verbum, Madrid, 2015). Fue articulista para la Revista Pioneros, publicación historiográfica de Quintana Roo (2011-2015). Estuvo a cargo de la columna Desde Ninguna Parte para el periódico Quintana Roo Hoy, con temas culturales y sociopolíticos (2015-2016). Finalista y antologado en el Certamen Relats d' amor del Adjuntament de Constantí (Tarragona, 2017) y finalista del V Concurso de Microrrelatos del Ateneo de Mairena (Sevilla, 2017).

POESÍA Arena seca | Mariena Padilla


YO, QUIZÁ IRITH

Variación del poema “La Mujer de Lot”,
de Wislawa Szymborska

Tal vez fue curioso mirar hacia atrás
y al mismo tiempo pensar en otras cosas:
en la tristeza de dejar nuestras miradas dormidas en el espejo de plata
o por diversión querer desamarrar las sandalias
y así desesperar a Lot         mi marido siempre justo

Cuando la serpiente cristalina me dijo que no me detuviera
quise aprender a desobedecer      yo       la sumisa
sabiendo que me seguía la noche
y en el pedregoso camino
pacientes me arañaban los animales del desierto

Entendí por fin que no había dios que me ayudara en la huida
Extraviadas en la lejanía mis hijas
supe del abandono irrevocable
Cuál sería el futuro de la memoria
si con cada paso el suelo se volvía antiguo
La vida estaba ahí tan cercana y ajena
bullendo exuberante y yo con miedo

Si siempre estuve sola        qué sería diferente –me dije–
Ahora que me hacían escapar avergonzada
como culpable de algo
desear mi regreso era una herejía contra mí misma
Fue entonces que el viento aflojó mi túnica
que cayó sin titubeos

Ya sin vestido me sentí redimida
no me importó la desnudez frente a los muros:
mis senos besaron el viento
mis cabellos libres se enredaron en la luz de la tarde

Reí y la risa reverberó en el desierto
como un oasis repentino
Mi liberación fue súbitamente divertida
el ayer, quimera resuelta
La discrepancia me templó un tatuaje en las rodillas
y no hubo razón para mantener la pesadumbre

Cuando desaparecí el atrás
fue que mis pies tropezaron en el negro umbral del páramo
se confundieron en las hendiduras de la arena seca
y en la orilla de la ciudad me encontré mirando otra vez
hacia sus puertas
Sus luces me tendían trampas
giré traspasando arroyos malolientes y árboles adversos
caí oscuramente con la cara al cielo
Vi llegar la lava y me supe muerta
tratando de salvarme me incorporé con un leve trastabilleo
como paso de baile en la noche iluminada

Abiertos sin fe los ojos al fuego sostenido
sentí la nube escarlata llegar al borde de mi hombro
Entre el humo nauseabundo levanté el rostro
en ese momento ya no había para mí
más que la sal del mar consumiendo mi cuerpo.


HIJAS DE UN HOMBRE JUSTO

Crecimos en las colinas de Sodoma y Gomorra
llanuras con olor a mar      antes de la lluvia de azufre
Madre y nosotras     innombradas
Sólo de Lot queda, naturalmente, el registro masculino

Una noche    él nos ofreció vírgenes a la plebe:
era un hombre justo escogido por dios
Luego magnánimo nos conminó a irnos

En la huida impuesta
leves en nuestros pies descalzos
íbamos delante       
La juventud fue la culpable
y no nos dimos cuenta de que madre faltaba
hasta llegar a una caverna sofocante y oscura
guarida del incesto
Fuimos nosotras      según la tradición siempre contada por varones
quienes embriagamos a padre                 
el sin culpa y único que tiene nombre en esta historia
Así, de pecaminosos vientres femeninos
dos tribus nacieron
repoblando aquel mundo en mala hora
para gloria de un dios inmisericorde.


MARIENA PADILLA (Monterrey, N.L., México). Cuenta con licenciatura y maestría en matemáticas, área en la que trabajó en la UANL hasta su jubilación. Después de ello incursionó en la literatura, a finales de 2012. Ha participado en talleres de escritura creativa con Ana Romero, Eduardo Zambrano, Dulce María González, Carolina Olguín, Luis Aguilar, Patricia Laurent Kullick entre otros, y en diversas lecturas literarias. En 2014 escritos de su autoría aparecieron en la Memoria del IV encuentro de Escritores Marcianos. En 2015 participó en el Encuentro de Mujeres Poetas en el País de las Nubes y en su antología Poesía en Rojo. Participó en Feipol 2016. Otras publicaciones: Plaquettes de la UMM, Papeles de la Mancuspia, en revistas en línea (Factum, Gealittera), y en revista Pluma Libre.


BLANCO Cuestiones de taller | Daniel Medina


Nada más común en este mundo que buscar ayuda. Nada más común en este mundo, y posiblemente en otros, que buscar un taller literario cuando uno inicia en los asuntos de la escritura poética. He pensado siempre que el tallerista posee algo similar a un mapa cuyos trazos van de continente a continente, apuntes que señalan atajos y compendios de rutas que deben evitarse a toda costa; un par de recomendaciones para no sufrir accidentes y llegar de forma menos turbulenta al destino deseado. Hay, por supuesto, lecturas distintas de este mapa por razones obvias. Un taller, desde esta visión, es el ofrecimiento de la experiencia para evitar naufragios.
            Es cierto que el tema está rodeado de prejuicios y en ocasiones con justicia: que si el asistente debe soportar el ego de dimensiones pantagruélicas de quien imparte; que si el tallerista cree en cierto tipo de escritura como roca inamovible y termina moldeando una especie de ejército de clones. Lo única certeza es que el éxito del taller no depende del tallerista sino de la disposición de los asistentes.
            En alguna ocasión, hace un par de años, tuve la oportunidad de asistir a un pequeño taller impartido por cierto poeta cuyo nombre omitiremos al menos esta vez. De esto recuerdo pocas cosas y, sobre todo, cierta frase: “no le prendo fuego a esta pendejada porque me chingan”. Si bien esta frase es común en el contexto de la corrección literaria, debo agregar que, justo un día antes, aquel poeta dio el visto bueno y el aplauso por ese poema primerizo e inocente. Uno termina más confundido que al inicio. También recuerdo un (anti)consejo: leer a Pita Amor por sobre todas las cosas. Baste eso para resumir la situación. Y es cierto: existen talleristas que no aplican en sus textos nada de lo que proponen. La confusión va en aumento.
            Siempre, cuando joven, es difícil enseñar los poemas iniciáticos (si es que la etapa de genio maldito y de “ya quisiera Neruda escribir uno de estos” ha pasado) pero más difícil es desprenderse de ellos, cambiar de página y desechar ese puñado de poemas que por cuestión de un azar que estamos lejos de comprender resultaron ser veinte. Decía un maestro: una cosa es un poeta maldito y otra un maldito poeta. Los aprendizajes van acumulándose de esa forma, de frase en frase, de lectura en lectura y de gente en gente que sin darse cuenta termina enseñándonos a escribir. El taller, como las escuelas de escritores y las universidades, es apenas un impulso para la escritura y en muy rara ocasión piedra angular. Cuestión de suerte, en ocasiones.
            Pero como señala Eugenio Montejo en su Taller Blanco, si existe un taller al que debemos prestar excesiva atención es al primero al que asistimos en la vida, ese que surge antes que el mismo conocimiento y gusto por las palabras y su magia y fuerza. Casi siempre situado en la niñez o la pubertad, existe un taller cuya fórmula es más efectiva que cualquier método ideado en la cabeza de un tallerista; y aunque a menudo evito caer en ideas románticamente ramplonas, debo decir que esta vez es imposible: el taller primerizo es, ciertamente, el taller de la vida. Me explico: señala Montejo en el texto referido anteriormente que si algo ha marcado con insistencia su escritura es el Taller Blanco, en otras palabras, el acercamiento y posterior ejecución del oficio del panadero:

Hablo de un aprendizaje poético real, de técnicas que aún empleo en mis noches de trabajo, pues no deseo metaforizar adrede un simple recuerdo. Esto mismo que digo, mis noches, vienen de allí. Nocturna era la faena de los panaderos como nocturna es la mía, habituado desde siempre a las altas horas sosegadas que nos recompensan del bochorno de la canícula. Como ellos me he acostumbrado a la extrañeza de la afanosa vigilia mientras a nuestro redor todas las gentes duermen. Y en lo profundo de la noche lo blanco es doblemente blanco.

Y es cierto, el oficio de la poesía es cercano al oficio de existir, de respirar y articular palabras desde un sonoro balbuceo. Pocos talleres enseñan semejante cosa. Y es que si nos detenemos a pensarlo, lo que señala el autor del Alfabeto del mundo ha sido cierto desde siempre: hay un taller cero, una experiencia ofrecida por la infancia y que logra, antes que formulemos nuestra primera e inocente línea, una enseñanza poética imprescindible. Similar es el caso de Simic, quien compara las preocupaciones del poeta con las del ajedrecista:

Recientemente me di cuenta de que en mi pasado hay otra cosa que contribuyó a mi perseverancia en la escritura de poemas, y es mi amor al ajedrez. Aprendí el juego a los seis años, en tiempos de guerra en Belgrado, gracias a un profesor de astronomía retirado y durante los años siguientes me hice lo suficientemente bueno para derrotar no sólo a los niños de mi edad, sino a muchos de los adultos del barrio. Mis primeras noches de insomnio, lo recuerdo, se debieron a los juegos que perdí y que repasaba en mi cabeza. El ajedrez me volvió obsesivo y tenaz. […]  El tipo de poemas que escribo —en su mayoría breves y que requieren interminables retoques— me recuerda los juegos de ajedrez. Su éxito depende de que palabra e imagen sean puestos en el orden adecuado y sus finales tienen que poseer la inevitabilidad y la sorpresa de un jaque mate ejecutado con elegancia.

Si bien existen buenos y malos talleristas, debemos tener en claro que la escritura del poema es un fenómeno del que sabemos poco o nada, no hay certezas de su alumbramiento y, en ese sentido, el taller ofrece herramientas y ejercicios que pueden depurar lo ofrecido por ese taller primerizo al que todos, sin excepción, hemos asistido y tomado apuntes de su magnífica enseñanza.
El germen de la escritura poética nace mucho antes que la misma idea de poema. Con toda seguridad, en esos primeros años de vida y aprendizaje del mundo, hay un taller cero cuyo programa es infalible; huye de toda instrucción y atajo, de todo orden y de toda nomenclatura. Se da en la página sin tener conciencia: sólo sucede.



DANIEL MEDINA (Mérida, 1996). Es autor de las plaquettes de poesía Mímesis para gusanos (2015) y Casa de las flores (2016). Ha publicado poemas y traducciones en Blanco Móvil, La Gualdra (suplemento cultural de La Jornada Zacatecas) y Periódico de Poesía. Obtuvo el Premio INBA-CEDART de Poesía 100 años de letras mexicanas y el IV Premio Nacional de Poesía Joven Jorge Lara, ambos en 2014; así como la mención honorífica del Premio Internacional Caribe-Isla Mujeres de Poesía 2015. Es responsable del proyecto editorial Ediciones O. Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés y al italiano.

ESCAFANDRA El amaine de la poesía | Blanca Vázquez


Pero entonces la sangre fue escondida
detrás de las raíces, fue lavada
y negada
(fue tan lejos), la lluvia del Sur la borró
        de la tierra.

Las Masacres
Pablo Neruda

Alfred Adler mencionaba que el primer recuerdo que tiene un ser humano es la llave que le brinda la oportunidad de conocer y definir su presente. Sabía Adler que no podía confirmar la autenticidad de los recuerdos de las personas que llegaban a él, pero aún así, consiguió llegar a la conclusión de que cada individuo vive la vida basándose en sus recuerdos; recuerdos que al mismo tiempo, están siendo continuamente reinterpretados desde los pensamientos y sentimientos presentes.
¿Qué une a Gelman, Vallejo y Neruda? Podríamos decir que el acto de escribir, pero eso sería una simpleza. Hay en ellos eso que plasmaba Eliseo Diego “…una conversación en la penumbra…”[1], que va hilvanando a aquellos presurosos lectores ávidos de sentir, siempre, siempre sentir. Porque todos los tiempos van siendo convulsos, van apretujando las entrañas y el alma, luego viene la poesía y con ella la resiliencia. Son vanguardistas que fueron transitando sus espacios para ir conformando sus estéticas que ya no los hacen de sus patrias sino de todas las patrias que se han visto ultrajadas. ¿Acaso queda un espacio geográfico no mancillado?

Sentado al borde de una silla desfondada,
mareado, enfermo, casi vivo,
escribo versos previamente llorados
por la ciudad donde nací.[2]

Compartir la poesía de estos tres latinoamericanos me llevó por el sendero del recuerdo, por el cual, la crítica literaria considera nuevos estudios y análisis a través de la Teoría del Recuerdo. La poesía es también un recorrido cronológico en la que el yo poético nos introduce en su lóbulo frontal y de manera aleatoria nos empuja de un recuerdo a otro. Sí, sí hay una secuencia periódica, pero al mismo tiempo se traslapan eventos, sitios, cafés, personajes del pasado y del presente.

Oye a tu masa, a tu cometa, escúchalos; no gimas
de memoria, gravísimo cetáceo;
oye a la túnica en que estás dormido,
oye a tu desnudez, dueña del sueño.
Relátate agarrándote
de la cola del fuego y a los cuernos
en que acaba la crin su atroz carrera;
rómpete, pero en círculos;
fórmate, pero en columnas combas;
descríbete atmosférico, ser de humo,
a paso redoblado de esqueleto.[3]

Hay en la poesía un reto interesante, hace que el lector establezca sus pautas sintácticas y por qué no semánticas, ya que los autores crean su propia atmósfera y estética que los hace disímiles pero que los conjunta la “imaginatio lectora”. Lo vivido es importante, pero más lo es el proceso de interpretación porque produce una significación emocional. Buscar dentro de nuestros recuerdos también nos lleva a concentramos en uno o en varios, estableciendo qué es lo que pasó, quiénes estaban allí, o cuándo ocurrió. Esos recuerdos pueden ser muy nítidos o aparecen como manchas confusas y casi veladas. Pareciera que nuestros recuerdos son la narración precisa de una situación que vivimos y que se encuentran íntegros en nuestra memoria, pero no es así, eso a los que nos referimos, ese pasado, se forma o conforma desde el presente con nuestras creencias y actitudes que hoy mantenemos. Nuestros recuerdos son las palabras de nuestra vida.

Innecesario, viéndome en los espejos
con un gusto a semanas, a biógrafos, a papeles,
arranco de mi corazón al capitán del infierno,
establezco cláusulas indefinidamente tristes.[4]

La poesía nos remite a observar la obra literaria y saber qué y cómo lo expresa; sus acontecimientos, sus voces poéticas, sus dimensiones, su ambiente, el tiempo y el espacio. Neruda, Vallejo y Gelman trajeron a mí varias situaciones: una ciudad lastimada que no en dictadura, pero como si lo estuviera, dolor constante ante la frustración del saber qué hacer siendo escritora, una soledad colectiva que se vivió en aquellos años.
Marcel Proust sitúa a la memoria o el recuerdo como un elemento involuntario provocado por eventos objetos situados en el exterior del individuo, mientras que Sigmund Freud menciona que lo que estimula el recuerdo está dentro de él, en lo más profundo; para la literatura el recuerdo es un elemento esencial, así como lo es para la vida cotidiana.
El espacio y el territorio no son neutros, mantienen significaciones que aluden al proceso del recuerdo. Los poetas transitan por diversos escenarios de la palabra, la intelectualidad y la vida social, así como el espacio íntimo donde se riega el escepticismo, la vida o el amor. Y en ese mismo recorrido las ciudades cobran savia cuando mujeres y hombres intervienen con sus poéticas y las comparten, cuando se convierten en palabras que nos acompañan en momentos tan sórdidos que sólo la poesía puede amainarlos.

*Esperamos puedan buscar entre sus libros o acudir a una biblioteca y leer poesía. Luego, ustedes nos mandan sus opiniones y lo que ésta les hizo sentir.

itasavi1@hotmail.com



[1] Diego, Eliseo. No es más.
[2] Gelman, Juan. Mi Buenos Aires querido.
[3] Vallejo, César. Oye a tu masa, a tu cometa, escúchalos; no gimas...
[4] Neruda, Pablo. Caballo de los sueños.

CRÓNICA Eliseo Alberto: el tigre de bengala alado | Marco Antonio Cervantes González


Empieza a llover en lo más alto del Desierto de los Leones, al suroeste de la Ciudad de México. Eliseo sirve cuatro whiskys. Ocupa su lugar en la sala. Mira con desgano el final de la tarde, con esa misma pereza ve a sus tres invitados. Uno de los tres extraños, sin querer, le da un pequeño empujón de entusiasmo: el mago y el domador se convierten en uno solo. El tigre de bengala se cose sus alas e inicia el vuelo: ¡Señoras y señores con ustedes, Eliseo, el mago, el escritor, el hijo, el tigre de bengala alado!
          El espectáculo inicia: Eliseo Alberto de Diego García Marruz comienza a conversar. Habla con precisión milimétrica de una pelea de box entre un norteamericano y un ruso color negro teléfono: “¡Créanmelo, negro carbón!… ¿de dónde, carajo, le habrá salido ese color?”.
          Y así surgen decenas de tramas en color sepia donde pasa de la historia de Corea, a la cocina cubana; de la poesía de su padre a la zafra de 1970; de sus libros más queridos… Pero Eliseo habla con mayor entusiasmo de su vida, es decir, de sus amigos.
          Recuerda: “Escuché que llamaban a la puerta de la casa. En la penumbra de esa madrugada alcancé a oír entre sueños: “Yo soy muy supersticioso, prometí que el primer lugar que visitaría al llegar a La Habana sería esta casa”. Aquel visitante cargado de maletas era el escritor que recién había publicado un libro titulado Cien años de soledad; el mismo escritor a quien le regaló la computadora donde escribió El amor en los tiempos del cólera, la novela que relata los amores contrariados de Florentino Ariza y Fermina Daza. Eliseo ríe y se divierte recordando: “Los empresarios de la Macintosh me ofrecían 250 mil dólares por la máquina. Le hablé al Gabo y me dijo: “¿Te urge el dinero? Te recomiendo que te esperes a que me muera. Te van ofrecer un millón; no te preocupes… la próxima semana la vendes”.
          Eliseo Alberto presume sus gustos: prefiere a Pablo Milanés que a Silvio Rodríguez; a los Stone que a los Beatles; a César Vallejo que a Pablo Neruda; a José Lezama Lima que a Alejo Carpentier. En su extraordinario Informe contra mí mismo relata que en la guerra de espionaje de los años setenta, que conducía con mano perversa el régimen de Fidel Castro y, que ponía a ver y a escuchar a todos los cubanos entre sí para después acusar el menor acto de disidencia, un texto lo acusaba: “Sólo se le conocían novias hermosas, lo cual podía significar una actitud elitista ante la mujer”.
          Pone y quita discos, presume la música compuesta por su primo para una de sus películas escritas por él: “Yo impartía un curso sobre cine y veíamos las diez peores películas de la historia. ¡Las diez peores!… ocho de esas diez, eran mías”. El tigre no para de volar, inventa personajes y tramas completas para próximas novelas “que si no la escriben ustedes, la escribo yo”.
          Se sirve el octavo whisky, se le acaban los cigarros. Baila. Llora. Lee algo de su primera novela: “Lloró por los hombres y mujeres que vagan por las ciudades, sin un número de teléfono al que llamar, sin una puerta a la que tocar, sin una esperanza a la que apelar; lloró por los amantes que nunca se conocerán a su pareja porque vive justo en el piso de abajo”.
          Y confiesa: “Yo lloro siempre, yo lloro como estornudo”.
          Se da cuenta que le molesta algo. La concurrencia no cree lo que está mirando. Le punza el dolor que no logra desaparecer ni con los artilugios de su personaje predilecto, el mago Asdrúbal. Se da cuenta que tiene una finísima espada de acero enterrada entre ceja y oreja en forma de “mamá lacrimómetro, los hermanos de esa foto, de papá, del barrio, de La Habana, del mar. Del mar. Del mar”.
          Hace mucho frío en la cúspide de ese desierto. Eliseo Alberto nos despide en el zaguán de su casa. Acaba de llover esa noche de viernes.
          Alguien estornudó.


MARCO ANTONIO CERVANTES GONZÁLEZ. A veces escribe y a veces da clases. También, en muchas ocasiones, lee a Juan Luis Guerra y escucha a Julio Ramón Ribeyro. Estudió Ciencias de la Comunicación en la UNAM; le va al América, por cierto.


Imagen | elmundo.es

CUENTO El enemigo | Gerardo Ugalde


El hombre es un lobo para el hombre

Todo esto comenzó como una venganza… cruel, exquisita; una que finalizaría las afrentas pasadas y las del porvenir.
El hombre se levanta de su cama y con energía camina hacia el baño para lavarse la cara. Coge un poco de jabón y casi con las uñas rasca sin lastimarse su rostro. Regresa a la habitación para cambiar su camisa. Luego, preparándose para salir lleva lo necesario en la bolsa, toma de la mesa una pistola que esconde en su camisa. Al abrir la puerta la luz lo ciega por un momento.
En la calle observa el suelo, buscando cualquier cosa que patear. Sigue así unos diez metros hasta recargarse en un poste, observa una ventana del edificio de enfrente. «Ahí vive, esperaré el día, la hora, el clima ideal para matarlo… sólo espero que no me acobarde y pueda jalar el gatillo».
Comienza a seguirlo, camina unos pasos detrás de él, aprovechándose de la ventaja de no poder ser reconocido. Empieza a observarlo detenidamente. Sin pestañar.
La manera de caminar, de lanzar miradas a las mujeres… ya lo está conociendo. Sin embargo, todavía no le nace el odio necesario para matarlo. Al ocurrir esto, pronto dejaba de seguirlo; regresando al constante vagabundeo sin sentido por la ciudad.
En las noches veía el cielo, esperando olvidar todo el asunto; no obstante, la necesidad de pensar cada detalle lo desesperaba. Matarlo era su deber. Se había obligado así mismo a no pensar en la piedad o la tristeza, matar a este hombre se justificaba por un acto divino. Era como si Dios le hubiera susurrado: ¡Mátalo!
Al día siguiente la persecución se llevaba a cabo otra vez. Igual a la primera, a la segunda, a la tercera, entendiendo que cuando el otro mirara en una dirección, obligatoriamente, giraría al lado contrario. «Pero hacerlo significaría un punto y a parte en esta historia o acaso ¿No sería el final, mi historia no es la de él también? Yo he existido a partir del instante en el cual yo desee asesinarlo. Abrí los ojos y la idea estaba fija, dibujada con precisión».
La ventana brillaba con suavidad, recibiendo a cualquier persona que tocara. El hombre entendió que debía hacerlo con amabilidad. Así que fue hasta la puerta, timbró y sólo dijo:
—Yo, ya llegué.
La puerta se escucha intentado abrirse, al ocurrir esto, la luz ya no era tan acogedora; el foco cual ojo de Dios era el testigo del crimen. Entró el hombre a la recámara e inició la explicación de su llegada. Saca el arma y apunta al frente. Espera unos segundos y cuando está por jalar el gatillo, su anfitrión exclama:
—¡Por favor, no!
A lo que responde el criminal…
—No tengo más opción.
Cierra los ojos y lleva la pistola a la boca. ¡BUM! La oscuridad reina en el universo una vez más, esperando que el Caos se reúna. La luz regresa, el ojo de Dios se enciende de nuevo. El hombre yacía en su casa, muerto por impacto de bala.


GERARDO UGALDE (Zapopan, Jalisco, 1989).