RELATO Con los muertos | Jorge Jaramillo


La fiesta está habitada por la muerte
Octavio Paz

Alfonso se fue a dormir y despertó muerto. Lo supo porque no estaba solo y todos los que lo rodeaban eran puro hueso y sonreían sonrisas enormes.
     Había música de danzón, huapango y rumba. Había pan y azúcar, tequila y camote, y todos reían y bailaban y lloraban alborozados de contento.
     En un rincón apartado, una calaca vieja con sombrero mexicano y envuelta en un gabán tricolor, dormitaba, ajena a la algarabía. A sus pies, varias botellas vacías descansaban. Pálido y roncando, era el único que parecía triste. Alfonso no estaba triste. Estaba muerto.
     —Hola —saludó alguien.
     —Hola —saludó Alfonso.
     El que saludó era un calavera gordo y amarillento, lo que con los muertos pasa por ser rubicundo. Llevaba un cráneo de amaranto y miel en su mano descarnada y se lo tendió a Alfonso, quien lo aceptó sin reparo, como la cosa más natural del otro mundo.
     —Eres nuevo —dijo el calavera gordo.
     Alfonso no sabía si era una afirmación o una pregunta. Un poco de ambas cosas, tal vez.
     —Soy nuevo —dijo.
     —Me llamo Gutiérrez —dijo Gutiérrez.
     —Alfonso.
     —¿No te molesta? Digo, estar muerto. A algunos les molesta, se sienten confundidos, enojados o desinteresados. Para la mayoría es algo tan natural como antes respirar, pero no para todos.
     —No, estoy bien, gracias. Ya me lo esperaba.
     —Ándale, cómete tu calavera. No nos da hambre, pero estamos de fiesta.
     —¿Qué celebran?
     —La muerte, ¿qué otra cosa hay para celebrar?
     Ante la lógica de aquella ósea respuesta, Alfonso no tenía contrarréplica. Le dio una abundante mordida a su alegría y se sumó a la alharaca, haciendo sonar el esqueleto.
     —Hola, flaquito —le dijo una calavera guapa, de dientes muy blancos, quizá un poquito anoréxica.
     —Hola, chula, ¿cómo te llamas?
     —Hortensia, flaquito. ¿Quieres bailar?
     —Con mucho gusto —replicó Alfonso, tratando de figurarse si tendría alguna oportunidad de tronarle sus huesitos a la linda joven.
     La Hortensia se movía como una profesional, la cadencia de su cóccix lo hipnotizaba como una cobra a su nuevo amor y sustento, un segundo antes de clavarle un beso afilado y paralizador. La música terminó pero ni Alfonso ni La Hortensia se fijaron. Hasta que los cuetes tronaron, llenando de colores y luz el negro cielo, no se acordaron de sus muertes ni de sus vecinos.
     —¡Ah, qué mi Alfonso! —le dijo Gutiérrez llevándole una mano al omóplato. —Se nota que te gusta el bailongo, mi valedor.
     —Siempre fui bien bailador, mi buen. Nunca aprendí a moverme pero nunca dejé de intentarlo.     Creí que me moriría sin aprender, y sí, pero mira lo que son las cosas, ya muerto como que aprendí.
     —Bueno, ya va a ser hora de servir los tamales. Pásale a lo barrido —lo condujo por el patio hasta un comedor bien iluminado. El sabroso aroma de los tamales llenaba el espacio y, de tenerlas, les haría gruñir las tripas.
     Alfonso ocupó una silla marchita entre Margarita y Rosa, dos calacas gemelas.
     —Nosotras nos morimos a los diecisiete, ¿y tú?
     —No, pues yo, a los cuarenta y algo.
     —Nosotras nos caímos a un pozo, una atrás de la otra, ¿y tú?
     —Yo no sé, me fui a dormir y desperté tieso y sin carne.
     Jijijí, jajajá. La fiesta seguía y seguía, y Alfonso estaba cada vez más alegre, y el tequila y el mezcal no se le subían a la cabeza y la carne y el mole no lo llenaban y la música no se detenía más que para cambiar de música y la vida lúgubre y vieja se iba disolviendo en su descascarado cerebro.
     —Alfonso —llamó Nájera. Para entonces, el hielo estaba todo roto y la confianza fluía como el agave.
     »Alfonso, te quiero presentar a mi amigo. Es de tu tierra.
     Nájera se acercó acompañado de un huesudo jovial y parsimonioso, de barba afilada, todo ataviado de negro.
     —Manuel, éste es Alfonso. Es nuevo.
Alfonso se cambió de mano el jarro de curado de nuez. Antes de su muerte, no soportaba el sabor del pulque, mucho menos su textura. Pero ahora, era como si toda la vida lo hubiera bebido con placer.
     —Alfonso Fortuna, pa’ servirle.
     —Manuel Acuña —se dieron la mano—, un gusto.
     —¿No era usted un poeta?
     —Sí, pero cambié de oficio cuando me vine para acá.
     —¿A qué se dedica?
     —A la filosofía contemplativa.
     —¿Qué contempla?
     —Hoy, a don Martín Luna, el viejito de allá.
     Se refería al viejo pálido que roncaba sobre su silla.
     —Sí, yo también me di cuenta de su tristeza. Parece enfermo, pero los muertos no se enferman, ¿no?
     —Sólo hay una enfermedad que afecta a los muertos. Aunque no se trata de una enfermedad, estrictamente.
     Don Martín Luna dio un grito inesperado, horrorizado. De un salto se puso en pie, se encaminó a la puerta lo más rápido que pudo y se golpeó violentamente contra ella, como si no la hubiera visto. Cayó hecho polvo.
     —Eso, mi querido amigo —dijo Manuel—, es la muerte del muerto.
     Dominga sacó un recogedor y una escoba, barrió desinteresada el polvo blanco, lo depositó en un cesto de palma que había junto a la puerta y siguió bailando con Noé, su amante. Más tarde, Alfonso se enteraría que Dominga y Noé habían muerto en un accidente de coches, al escapar de la cólera de un marido celoso.
     —¿La... muerte...?
     —Para allá vamos todos. Es lo que nos ocurre cuando ya nadie se acuerda de uno. Yo he durado bastante porque mis poemas me cuidan. Todavía algunos jóvenes nuevos se los leen a sus novias.
     —¿Qué hay más allá de la muerte del muerto? —preguntó Alfonso, con las cuencas vacías dirigidas hacia un punto incierto del horizonte, más allá de Manuel y de la vida y la muerte.
     —¡Quién sabe! —dijo Manuel, dando otro trago para quitarse el sabor amargo de la tráquea.
     Alfonso miró su jarro vacío, hizo un gesto a Nájera y Manuel, y sacó a bailar a Hortensia.


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Jorge Jaramillo Villarruel. Colaboró en Bolivia tres punto cero con ficciones quincenales, y ha publicado cuentos y artículos en diversos medios, digitales e impresos. Finalista en Rodeo de Palabras (Expreso de Sonora); 2° lugar en el XIV Concurso Internacional de “Cuento Navideño”, Súbito, Breve y Electrónico (Ficticia). Participó en: The best of Spanish Steampunk (Nevsky); Antología mexicana del zombie, Lovecraft: un tributo mexicano (El Under Ediciones); Alebrije de palabras (BUAP). En 2014 publicó su novela Los elefantes son contagiosos (BUAP).

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