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    POESÍA Amour | Armando Salgado

    Fotografía tomada de  Un tesoro de 14 obras de vanguardia
    AMOR AL DILUVIO

    Luego sucede que la
    poesía es una
    bestia que busca
    refugio bajo la
    confusión.
    La veo ahí, bajo el
    puente de los
    años, en el cuerpo
    del padre
    que adelgaza y en
    los ojos tristes de
    la lluvia.


    AMOR AL YO

    Yo soy Altazor
    y por ello no es la
    sombra la que
    arraiga mi cuerpo
    soy yo quien provee
    aeroplanos a tus muslos.
    No escribo para ti.
    Escribo para obtener
    premios y escalar
    hacia el excremento.
    No respiro, sólo
    uso el sudor necesario
    y en tiempos de angustia
    invento un punto cardinal
    sólo para mí.
    Todas las brújulas del
    amor me señalan.
    Nadie conoce mis
    fracasos, están
    enterrados bajo llave
    entre el color real
    de mi cabello.
    Creo en la vasectomía
    como otra estación del
    año.
    La lista de mis lugares
    predilectos es un garaje
    abandonado,
    prefiero estar conmigo
    y no con mis padres.
    No escribo cartas
    a mujeres estériles
    y mis amigos son un
    campo de envidia.
    Los jóvenes recortan mi
    imagen y la dejan
    en su cartera.
    No creo en la esperanza
    ni en un mundo mejor
    mucho menos
    en estas palabras.
    Creo en la vanidad del
    dinero, en la superficie
    de una cuenta
    bancaria y en la
    mentira como única
    estrategia.
    La caspa del diablo
    es fortaleza
    en mi nariz.
    No leo a mis
    contemporáneos
    ni pierdo el tiempo
    en los periódicos.
    El mundo es un
    cristal roto,
    nada lo remienda.
    Mi tabla de salvación:
    el silicón de un
    trasero suculento.
    No temas,
    algún día morirás.
    Este cuerpo es
    sólo un cofre que
    alguien desenterrará en
    otra vida.
    Recuérdalo:
    no somos la hoja,
    somos el árbol.


    AMOR A LA INFANCIA

    Aquella tarde de abril el baile no
    estuvo de mi lado. Ni los árboles
    buscaron mi sombra. Aun así
    mi cuerpo no dejó de moverse y
    atrajo la atención de todos.
    Pensaron que yo era un break
    dancer. Nunca pasó por sus
    narices que sólo obedecía el
    ritmo del estéreo y que los cables
    de la luz no eran sino la
    conexión de la tierra con
    mi respiro.
    Traía puesta la misma playera de los
    Looney Tunes que usaba
    en todas las fiestas:
    cónyuge de los poemas que
    llevé a mis primeras citas.
    Y después de todo aunque el
    gusto por las camisas se haya
    mudado a mi closet, el
    desgaste de aquella prenda
    sigue siendo el acantilado que
    prefiero, donde yacen los
    restos de todos mis
    fracasos junto al triciclo y a la
    figura de acción de la que
    estoy tan lejos.


    AMOR A LOS DESECHOS

    1
    Qué decir de un barco sin
    cabeza,
    es como el mar, si no fueran
    otros brazos
    los que arroparan su tempestad,
    ni siquiera una ventana
    desvencijada
    o el respiro putrefacto
    de esa llave en el basurero.
    Óyelo querida Mi, las cosas
    comunes van dentro de la botella que
    a diario recortamos del
    excusado.

    No beber de ese charco será
    un naufragio oculto
    sin la fuerza mínima para
    mover un estornudo
    ni el púrpura que a veces
    también calla en los ojos del
    mar.


    2
    Aquí mis pies saben
    escarbar
    y el duro piso no es
    filo que corte.
    Por eso escupo y no
    confundo espuma con
    saliva.

    Piso fuerte mis
    huellas
    y por debajo
    la saliva es hierba
    recostada a la
    fuerza.

    ¿Qué pisar cuando
    el hervor es ciego y la
    rabia escurre por
    los brazos?


    3
    Mi, dices que
    escribo sigilosamente la palabra
    mierda,
    que es una forma de
    desprenderme,
    dejar eso que
    consume;
    ver el río, la
    sangre,
    mi vida,
    sin la piedra en el cuello
    ni el puente bajo los
    pies.
    Sentir
    placer por el despojo
    y decir cosas
    sin menor
    preocupación.

    Esas palabras
    al oído saben
    sentimientos
    y las distintas formas de
    saqueo
    (contra nosotros
    y ante la mejor
    familia).

    Los vocabularios nos
    confunden.

    Así la palabra
    madre en un idioma distinguido
    podría ser el mar o la mierda que
    es otro
    lugar común.

    Así la mer podría
    ser mère o merde.

    Pero no sólo confundimos
    palabras
    sino cuerpos tirados en la
    mesa entre años de alimento.
    Nuestros pasos son
    resto de residuos.
    El despojo de estas
    orejas
    se convierte en calle con
    vagabundos
    pudriéndose
    dentro de una lata de atún.

    Al levantar el plato
    del comedor
    vemos cómo caduca el
    horizonte
    y nuestros ojos en él.

    Nos percatamos de
    que las
    pocas palabras en la
    despensa
    serán para el hijo que no    
    está en la lista de
    compras.

    Al pagar la cuenta del
    supermercado
    descubrimos la
    cartera vacía
    como piel deshabitada.

    Por eso enmarañamos la
    cama con la pareja,
    el agua del fregadero con
    la melancolía que
    yace
    en el pasillo
    donde nada vuelve a su
    lugar.

    Aun así vamos por el
    mundo
    tratando de sonreír cuando
    es necesario.

    El excremento, esa imagen triste     
    que flota en nuestro corazón,
    —tabla firme y a veces
    dudosa—
    nos mantiene ilesos
    frente
    al confesionario
    donde al respirar
    nos quedamos
    descalzos
    y hasta sin ojos.

    Algo hiede y no es el

    amor.


    <<
    Armando Salgado (Uruapan, Michoacán, 1985). Egresado de la Normal Rural Vasco de Quiroga de Tiripetío, Michoacán. Maestro en Educación Básica por la Universidad Pedagógica Nacional. Candidato a Doctor por parte del Instituto McLaren de Pedagogía Crítica. Autor de los libros: Fiebrerías (Diablura Ediciones, 2014), Estancia de ánimas (FETA, 2013; Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal, 2013. Elegido por la revista Siempre! y el periódico La Razón como uno de los mejores libros del año publicados en México), Azogue Suite (ICA, 2013; Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos, 2012, poesía), Corvus Suvroc (Mantis Editores/H. Ayuntamiento de Hermosillo, 2012; Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal, 2011), Liturgias (Secretaría de Cultura de Michoacán, 2011; Premio Michoacán de Ópera Prima de Poesía, 2011), y Variaciones de una vida rota (SECUM, 2011; Premio Michoacán Ópera Prima de Narrativa, 2011). Entre otros galardones ha recibido el Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela, 2014; el segundo premio en poesía en el concurso 45 de la revista Punto de Partida de la UNAM, y el Premio Michoacán al Mérito Juvenil en la categoría de Expresión Artística. Ha colaborado en revistas como: Tierra Baldía, Parteaguas, Punto de Partida, Tierra Adentro, Botella del náufrago, Vozquemadura, Inchátiro, Salvo el crepúsculo entre otras y en los suplementos Laberinto del periódico Milenio, La Jornada Semanal, La gualdra de La Jornada Zacatecas y Letras para llevar de la Universidad Michoacana. Participó en el III Fórum Universal de las Culturas, en Valparaíso, Chile, y en la Casa Museo de la Fundación Pablo Neruda, en Isla Negra, en 2010. Carlos Olivares Baró dijo de su obra que es una: Voz discordante de afrentas arriesgadas que hay que tomar en cuenta a la hora de resumir los nuevos rumbos de la poesía mexicana. Miembro de la Sociedad de Escritores Michoacanos. Actualmente se dedica a la docencia en Morelia, Michoacán.

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