TEXTOS CARDINALES Noticias de papá | Élmer Mendoza



Descuelgo aterrorizado. Que si no me falta nada, preguntan de la administración. Está oscureciendo. Me siento fatal, mi padre cayó en una trampa por unos sementales que según comentó se los daban a mitad de precio. Ahora debemos rescatarlo a como dé lugar. Llamo de nuevo al abuelo. Contesta mi hermana Fritzia, es más guapa y menos loca que Valeria, pero se parecen, es su alumna.
     Capi, qué pasó, ya me contó mamá y el abuelo está muy triste. El matasanos viene a cada rato, de Valeria no sabemos nada.
     Lo bueno de tener una hermana así es que no necesitas hacer preguntas para enterarte de todo. Pásame al abuelo, estoy apurado.
     ¿Papá está bien? Mamá llora todo el día, vino Diana, de hecho se acaba de ir, antier le pasé tu teléfono, espero que no te moleste, la vi muy contenta, no sabía que ustedes eran novios, güey. Dice que no respondes el celular.
     Güey, no digas tonterías y pásame al abuelo, ya.
     Qué, ¿andas jugando con tu padre? Me habló Bukowski hace rato y aunque dice que vas bien, yo, para serte franco, no entiendo tus enredos; si a tu padre le pasa algo no se te va a olvidar el resto de tu miserable vida.
     Bukowski no está aquí, abuelo, ni siquiera lo conozco, ¿lo están oyendo?
     Me importa un bledo que me escuchen. ¿No entiendes que tu estupidez puede ser fatídica, que puedes provocar la muerte de tu padre?
     Tengo ganas de faltarle al respeto.
     Abuelo, escúcheme. No existe el rancho Durango ni el caporal, y todo ese asunto de los toros fue una trampa para secuestrar a papá. Necesitamos el dinero, no tardan en llamar y tengo que decirles algo.
     Diles que pasado mañana cierro el trato con el comprador del rancho y me darán el dinero. Eso les vas a decir, les preguntas cómo se los vamos a entregar y no quieras hacerte el héroe, que el que nace pa’ maceta no pasa del corredor.
     Caray, abuelo, me gustaría que entendiera el peligro que corre mi papá.
     Les vas a decir a los malandrines que me llamen, así vamos a la segura. Ojalá apareciera tu hermana para mandarla a Xilitla de inmediato.
     Cuelgo. Bien dice Edward James: Uno puede tener a su peor enemigo en casa. Antes de que anochezca saco el Tsuru del estacionamiento y doy una vuelta por el pueblo. Es pintoresco. Hay un poco de luz cuando regreso, sin que nada me llame la atención. Cero llamadas. Leo; nunca imaginé que leer fuera tan entretenido, aunque esta historia está medio enredada.

Durante meses trabajaron muy fuerte para convertir el cerro en un fabuloso orquideario. James quedó sorprendido de la fertilidad de la tierra y, por ello, menos se explicó que a su llegada no hubiera ninguna orquídea. Pronto el aspecto del cerro cambió. De vez en cuando encontraba hierbas molidas sin comprender a qué se debía. Sin embargo, eran tantas las flores que crecían que pronto dejó de intrigarlo el asunto, que a Cornelio también llamaba la atención. Ángel Alvarado rehuía el tema y se refugiaba en el silencio.
     Ese día, Edward James quedó fascinado al descubrir, en el límite del cerro, una pequeña orquídea que jamás había visto: pétalos mustios, con manchas negras y blancas, poco expresiva. Qué maravilla, pensó. Me asombra cómo lo grotesco puede tener carácter, llamar la atención y hasta proyectar relativa belleza; su deslumbramiento aumentó al advertir que se hallaba en un nido de víboras y que la extraña flor se erguía en la hojarasca rodeada de voluminosas boas color verde oscuro que apenas la tocaban, y que en un emotivo acto de veneración dejaban parsimoniosamente sus pieles alrededor de ella. ¡Oh! Edward permaneció inmóvil hasta que los ofidios decidieron ponerle atención, puesto que desde que se acercaba lo percibieron. ¿Qué hacía este señor en este lugar tan apartado del cerro? Lo rodearon lentamente, la más gruesa pasó entre sus piernas flacas. Sss. Le sugirieron que anduviera con cuidado; al menos fue lo que captó; era capaz de interpretar a los animales, apto para escucharlos, quererlos y protegerlos. Que fuera muy prudente, creyó intuir; agregaron que ese lugar era su morada y que hiciera lo que hiciera, procurase no afectarlo demasiado, que más bien pusiera orden. El inglés farfulló que sólo deseaba sembrar flores y que sentía un profundo respeto por la naturaleza y un inmenso placer al convivir con las boas, tan especiales en la historia de la humanidad, que si eso las contrariaba se marcharía de inmediato. Que continuara, lo autorizaron, que embelleciera el sitio sin olvidar su recomendación; debía establecer el orden perfecto, que pusiera en su lugar a una mujer que destruía orquídeas y boas. Sss. James se comprometió a protegerlas, allí mismo invitó a dos a acompañarlo en un viaje a la ciudad de México. Ellas no tenían idea de dónde quedaba ese lugar, pero llegado el momento lo seguirían porque él había contribuido a acelerar un proceso del que ya le contarían. Edward se puso contento y acarició la mancha amarilla de la más gruesa como saludo mientras las tres remolineaban suavemente. ¿Por qué quieren tanto a esta orquídea? Porque su nacimiento se ha retardado por años y porque es la diosa de este lugar. James la observó, blanca, jaspeada de negro, carente de alguna distinción apabullante, salvo ese magnetismo que desde el principio lo atrajo; sin embargo, guardó su opinión, no osaría contrariar a sus nuevas amigas, que tenían un aspecto francamente aterrador. Se ve interesante. Sss. Lo es, expresó la de la mancha amarilla. Y usted debe ayudarnos a que crezca. ¿Qué debo hacer? Lo buscan dos de sus trabajadores, después se lo decimos, tenemos que resguardarnos porque algunos nos temen y nos atacan. Fue un placer conocerlas, de ahora en adelante las tendré por las reinas de este Jardín del Edén y nadie se meterá con ustedes. Luego nos explicas qué significa edén, esa palabra me suena. El inglés abrió la boca. Ahora retírese para que sus hombres no lleguen hasta acá. Dijeron y envolvieron de nuevo a la orquídea. Edward fue a encontrarse con Cornelio y Alvarado.
     Cornelio, que nadie se atreva a dañar las víboras, sobre todo a las boas. Si es venenosa, que se alejen, pero no quiero que maten o maltraten a ninguna.
     Edward trabajó toda la mañana planeando la invasión del mercado europeo. Italia sería uno de los principales destinos para las flores.
     Qué libro más raro, y yo, clavado en él. Neta que si me fuera a una isla desierta no me lo llevaba.
     Veré qué más hay en el librero del restaurante. Y esos güeyes sin hacer contacto.

Avanzando detrás de James, Ángel Alvarado se cimbró, cerró los ojos, fumó con tanta fuerza que produjo una bola de fuego que consumió el cigarro de inmediato, luego lanzó una humareda que desapareció en el aire como si hubiera entrado en una corriente rápida. El vello de sus brazos estaba erizado, creyó advertir movimiento en la maleza y permaneció quieto. Tenía muchos años sospechando que estaba vinculado al cerro aunque nunca estuvo seguro de por qué. Cornelio, que lo vio en esta situación, optó por ser prudente; sólo recordó a su tata, el viejo chamán yaqui que lo había criado.
     Arsenia H, que se encontraba cerca del cerro, percibió la sensación de Alvarado. Su ojo rojo se iluminó. Se hallaba en un callejón sin salida y no se iba a quedar con los brazos cruzados. Debía localizar la orquídea blanca y destruirla. Valiéndose de su velocidad, inspeccionó las miles de orquídeas sin encontrarla. Ante la presencia de los trabajadores que rociaban las plantas con agua se tuvo que retirar, pero ya volvería, sus horribles enemigas no se saldrían con la suya.
Puras loqueras. Será mejor que vaya a la plaza a despejarme; como ven, huyo del teléfono cada vez que no aguanto la ansiedad. ¿Dónde tendrán a mi jefe? El que me puede ayudar es Romeo Torres pero debe andar vendiendo hongos.
     Paseo vigilando, muchos turistas caminan o entran en los restaurantes. Algunos compran artesanías, otros, frutas. Apenas empiezo a buscar el Tsuru veo demasiados y dejo de hacerlo: no tiene caso. Distingo a la chica de los shorts con una falda corta paseando, acompañada del chango gorila de la barba. Conversan, ella, sonriente; él, serio, como fastidiado. Me ignora; con esas piernas está en su derecho y con esos ojos puede matarme. Busco a la chica inglesa. Me llama la atención un hombre que vocifera al lado de una carpa.
     Pasen ustedes, no se pierdan el extraordinario espectáculo, conozcan al ser que se convirtió en culebra por desobedecer a sus padres. En unos momentos daremos la última función, no se la pueden perder, vengan a conocer al joven que se transformó en serpiente por no hacer caso a sus padres y faltar a misa los domingos. Vean el caso que ha asombrado al mundo, el caso que ha desconcertado a los científicos y a la humanidad entera.
     Me levanto, a los dieciocho algo debo tener de niño que aún tengo curiosidad por ver al monstruo. Es un lugar pequeño, con una docena de sillas de plástico. Tomo asiento con otras seis personas, se apaga la luz y se abre un telón con lamparones. Una luz azul ilumina una caja de cristal donde se mueve una víbora de buen tamaño con cabeza humana, aunque sólo se nota el cabello negro.
     Sabemos que está triste, dice la voz del anunciador. Pero debe ser fuerte y sobreponerse a su desgracia; hay varias personas aquí que han venido a verlo, por favor muéstreles su cara.
     No puedo.
     Voz lastimera.
     ¿Por qué? Son personas interesadas en su caso, quizás alguna de ellas sea un científico que lo saque de su sufrimiento.
     Tengo vergüenza.
     Está bien, mientras se tranquiliza, dígales por favor, ¿por qué se encuentra en ese estado?
     Desobedecí a mis padres.

Pero cómo, esa es una falta gravísima; estoy seguro de que ninguno de nuestros visitantes se ha atrevido a semejante imprudencia; empiezo a creer que usted merece el castigo que le fue enviado; ¿hay alguna otra razón?
     Observo con indolencia el descaro de aquel truco; sin embargo, mis acompañantes están prendidos, órale, no se mueven de sus asientos.
     Dejé de ir a misa los domingos.
     Pero qué bárbaro es usted, de veras; ¿y aun así no se atreve a dar la cara a la audiencia? Qué desfachatez. Ande, déjese de cosas y muestre su cara, sirve que estas amables personas jamás cometerán los errores en que usted ha caído y podrán vivir sus vidas con normalidad, no como usted, con ese cuerpo de víbora.
     La hace de emoción, se vuelve despacio: es Balam.
     Ay, güey, ¿en esto trabaja el futuro ingeniero de caminos? Qué terrorífico y qué vaciado. Se me queda viendo; no sé si sonreír o hacerle al loco.
     El telón cae, se enciende la luz y salimos. Nunca conocí a alguien que se ganara la vida así, mis amigos no trabajan, sólo algunos ayudan a sus padres en sus negocios o ranchos. Con razón no se despega de su boa. Veo que sale de la carpa y lo espero.
     ¿Te gustó?
     Está bien extraño; no imaginé que trabajaras en algo así, güey.
     Estoy convenciendo al dueño de la carpa para que se vaya conmigo a San Luis. Estudio en el día y en la noche damos función.
     Buena idea, ¿quieres ir a cenar tamales?
     No puedo, tengo que ir a casa. La boa necesita descansar.
     ¿Tiene nombre?
     No me gusta ponerles nombre a las boas, sólo entienden el siseo. Bueno, nos vemos después.
     Toma un callejón rumbo a una bajada llena de casas y se pierde. Vuelvo al hotel. Justo al llegar encuentro a Romeo Torres con el sombrero de palma hasta la frente.
     Don Romeo, qué me tiene de nuevo.
     A tu padre lo secuestró una pandilla de San Luis y lo vendió a otra que al parecer es foránea.
     ¿Es eso posible?
     Por lo pronto no se sabe dónde lo tienen; lo más probable es que en San Luis o cerca, por aquello de que moverlo de sitio tuviera sus riesgos.
     ¿Cómo se enteró?
     Tengo mis contactos.
     Con razón no contesta el caporal, debe ser del primer grupo. Mi abuelo ya me dijo que tendremos el dinero en cuarenta y ocho horas pero los secuestradores no han llamado, ¿qué va a pasar?
     ¿A ti qué te gustaría que pasara, que los atraparan o simplemente quieres pagar y que se queden con tu dinero?
     Quiero a mi padre vivo.
     Muy bien, ahora sube a tu habitación y duerme; veo que ya hiciste un amigo que te llevó a Las Pozas; tu vida peligra, así que sé juicioso, no puedes socializar con cualquiera.
     Dice esto y se aleja. Ingreso al hotel. Entre la puerta de la calle, que siempre se debe abrir, y el portal del primer piso, hay un corto camino con figuras de grandes pies de cemento que voy pisando. Antes de tomar la escalera me asomo a la sala de estar donde veo luz. Lady Di lee muy concentrada el mismo libro que leía cuando la vi y el mismo que leo, a veces, yo. Se ve hermosa, siento que mi corazón enloquece.
     Nunca he escuchado que se incomoden con una interrupción de la lectura como cuando se están maquillando.
     ¿Sabe que la busqué toda la tarde en la plaza?
     Cierra el libro despacio y se vuelve hacia mí. Me siento en un sillón cerca de ella.
     Este pueblo está ubicado en el lomo de un cerro y a la gente le gusta la plaza, pero no estuve esta tarde allí, ¿la pasó bien?
     Ansioso por encontrarla, ¿sabe que también estoy leyendo El misterio de la orquídea Calavera?
     Edward James es un personaje inexplicable o al menos no es fácil comprender su conducta.
     Para mí le falta un tornillo, hace puras loqueras.
     Sonríe. Su boca de labios finos es muy expresiva.
     Es un poeta, ¿usted escribe?
     Nada, ¿y usted? Porque tiene un aire de misterio que llama la atención.
     Deja de sonreír. Sus negros ojos miran retadores. Se pone de pie.
     Buenas noches.
     No se vaya, por favor, disculpe por interrumpirla.
     Ya me iba. Que descanse.
     Sale. Me encanta su paso modosito, sabroso. Creo que no le gusta que la molesten; pues sí: a nadie.
     Me estoy enamorando, debe ser el efecto del huanacaxtle. Si tienen a mi papá en San Luis, ¿por qué me citaron aquí?, ¿quién le dijo que en San Luis podía comprar toros brasileños?, ¿lo comentó con mamá? Me hace falta Valeria, ella podría investigar y de paso me aconsejaría sobre el asunto de Diana, vieja más tonta no he conocido, ¿cómo que embarazarse por pura calentura? Porque ella se encargó de todo y aunque estaba borracho, recuerdo bien que le dije lo del condón, y ella que no había problema, que no me preocupara. Cada vez que me acuerdo de ese momento me parece que el abuelo Nacho tiene razón: soy un inútil, ni siquiera recuerdo si traía calzones; en cambio Iveth es tan diferente, tan sensual. Tendré que ir al parque y correr a su lado. Qué flojera; mejor damos vueltas en la camioneta de papá escuchando a Los Tigres del Norte: Qué de raro tiene que me esté muriendo por esa mujer. Ay, güey.
     De improviso me viene el sueño: debe ser la tensión. Apenas cierro los ojos suena el teléfono.


Mendoza, Elmer. El misterio de la orquídea Calavera. Editorial: TUSQUETS, 2014. 
Género: Novela negra, intriga, terror


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