CUENTO Alejandro y Javier | Jorge Jaramillo Villarruel

       —Wey, ven a mi casa a echar unas retas.
       Javier era bueno para Mario Kart y Killer Instinct, pero se aburría jugando solo. Su amigo Alejandro era un buen adversario. Podían pasarse varias horas frente al aparato, comiendo chatarra y hablando de tonterías y odiándose cada vez que un caparazón hacía que su contrincante saliera de la pista o alguno le metiera al otro un combo breaker.
       Menos de una hora después, Alejandro estaba de pie frente a la casa de su amigo, con una bolsa de papas y pensando en estrategias para vencerlo. ¡Si pudiera agarrar a la tortuga! Era el mejor corredor, pero Javier siempre se adelantaba y él se tenía que conformar con el hongo.
       —Hola, vengo a ver a Javier —le dijo a la señora.
       —No se encuentra.
       —¿Sabe si tardará? Me dijo que viniera a verlo.
       —No me dijo —la madre de Javier le puso una mano en el hombro, invitándolo a pasar—. Pero, ¡pásale! Espéralo adentro.
       Alejandro conocía bien aquella casa, y se fue directamente a la habitación de Alejandro. Sobre la cama, yacía un horrible calzón de un ofensivo verde fosforescente. "Qué mal gusto, amigo”, pensó. Se puso a practicar un poco de Mario Kart en lo que aquél llegaba.
       La madre de Javier aparecía y desaparecía constantemente, era evidente que se hallaba inmersa en los quehaceres cotidianos. Lavar, cocinar, esa clase de cosas. Usaba faldas muy cortas, o así le parecían a él; muy cortas para una mujer de su edad. ¿Cuántos tendría? ¿37? ¿41? Cuando se estiró para ordenar la colección de Harry Potter de su hijo, Alejandro le miró las piernas.
       El tiempo pasaba y de Javier, ni sus luces. Alejandro comenzaba a impacientarse, y la señora lo notó. Se fue a sentar a su lado, cruzando las piernas de tal modo que casi se le asomaba el apellido.
       —Ya no tarda en estar la comida —le dijo—. Quédate a comer, seguramente Javier ya no tarda.
       “Es lógico”, pensó, “si me invitó a venir, no puede andar lejos; quizá fue a comprar refrescos”. Alejandro aceptó comer con ella al darse cuenta de que estaba hambriento y el aroma a chile pasilla guisado que escapaba de la cocina, no estaba nada mal. La madre de Javier recibió la noticia alegremente, incluso le dio un medio abrazo al muchacho, no sin cierta coquetería, y él pudo rozarle un pecho con el hombro.
       La mesa estaba servida. Dos platos. “Si llega Javier, que se sirva él mismo”. La carne enchilada estaba buena. Muy buena, en realidad. Acompañada de arroz y de un agua de Jamaica natural, aunque sencilla, era una comida excelente.
       —¿Quieres un poco más? Te sirvo. Y —añadió—: llámame Leticia.
       La plática de sobremesa fue agradable. La madre de Javier era una mujer guapa. En su juventud (no que estuviera vieja), había querido ser bailarina clásica. Incluso le mostró algunos pasos a Alejandro. Él le contó que quería ser escritor.
       —Te voy a dar un consejo —le dijo Leticia, solemnemente—: si quieres escribir de verdad, debes tomarte en serio el aprendizaje, las reglas. Y cuando las conozcas, debes olvidarte de ellas, porque mientras sigas las reglas, no podrás ser libre, pero si las desconoces, estarás perdido.
       ¡Qué diferencia entre Javier y su madre! Para él, que también solía escribir cuentos cortos, las reglas eran lo más importante, la parte central de un texto, ¡y olvídate de poner en tela de juicio la palabra sagrada de la RAE!
       Alejandro le ayudó a Leticia a lavar los trastes, luego, ella le mostró fotografías de Javier cuando era bebé, y se rieron de lo ridículo que se veía con su babero y su mameluco.
       —¿Quieres una cerveza? —ofreció ella.
       Después de la cuarta, ella lo besó. No era una muchachita como las que solían buscarlo (más que nada porque les regalaba mary jane), pero seguía siendo muy atractiva, y con esa seguridad que da la edad y la conciencia de la propia belleza, supo seducirlo, y él supo dejarse seducir.
       Después de hacer el amor dos veces, una arriba y una abajo, Alejandro se marchó, pero su amigo no había regresado, ¿dónde andaría? “Mejor así”, pensó.
       Una semana más tarde, Javier llamó por teléfono:
       —Wey, ¿vienes a echar unas retas?
       Y ahí estaba, puntual, Alejandro, con una bolsa de papas y pensando estrategias. Y ni rastros de Javier. La madre de su amigo esta vez fue más directa. Lo llevó a la habitación desde el principio, no esperó a saber si el muchacho tenía ganas de hacerlo, y si acaso no era así, ella sabía cómo provocárselas. Le arrancó la ropa y se arrancó la suya. Se subió en él, con más energía que antes, y cabalgó incansable hasta el fin.
       —Por atrás —dijo Leticia y se puso en cuatro.
       De camino a casa, Alejandro llegó a la conclusión de que Javier se hacía el desaparecido por petición de su madre. ¡Qué buen hijo! ¡Qué buen amigo! Y Leticia, ¡qué buena era! No lo hacía sentir acomplejado por su tamaño ni su torpeza.
       Sintiéndose aún estimulado, fue directo a su cuarto con intención de revivir la escena en su mente. La cama estaba hecha y, sobre ella, alguien había dejado un espantoso calzón de color verde lima.


JORGE JARAMILLO VILLARRUEL (Ciudad de México) es el autor de la novela ganadora del Premio René Avilés Fabila, Los elefantes son contagiosos (BUAP, 2014), del ebook de cuentos El país de octubre (2016, autoeditado) y del libro de cuentos Amor y cohetes (Ediciones y Punto, 2016). Forma parte de The best of Spanish Steampunk (Nevsky, 2015) y Alebrije de palabras (BUAP, 2013), entre otras antologías.

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