CUENTO Al terminar la fiesta | Marcelo Birmajer

Mirar a las mujeres sin recato, comer desprolijamente sin que su mujer se avergonzara, no buscar más que su propia comodidad. Era un inofensivo descanso en el fluir constante, y en su caso feliz, del matrimonio.
«Todos están mejor», pensó Ariel. Era una fiesta de las que le gustaban. Buena comida, libre acceso a la buena comida, bebida fría, concurrencia indeterminada, bellas mujeres solas, libertad de movimiento: no precisaba insertarse en ningún grupo, ninguna necesidad de hacer el payaso o animar la fiesta.
         Ariel, aunque tímido y moderado, sentía en las fiestas opacas la necesidad de levantar el ánimo de los concurrentes. No por afán de figuración sino, realmente muy por el contrario, por una excesiva cortesía hacia los anfitriones. Sin que pudiera manejarlo conscientemente, en el alma de Ariel se instalaba la necesidad de evitarles un desengaño a los dueños de casa. O, dentro del mismo sentimiento, la imposibilidad de contemplar pasivamente el fracaso de la fiesta. De modo que Ariel inventaba temas de conversación, comentaba libros o improvisaba chistes. Tenía una habilidad innata para hacer creer a los participantes de la fiesta que estaban protagonizando una charla mientras él desarrollaba su monólogo. En la despedida, su alma embriagada en el afán de agradar padecía una resaca: había hablado de más, era un ególatra y había arruinado lo poco de fiesta que se hubiese podido salvar. Sólo se calmaba cuando su esposa lo convencía de que había estado agradable y saludablemente divertido.
         En la presente fiesta, Ariel disfrutaba de su anonimato, y también, aunque suene mal, de la ausencia de su esposa. Natalia se había quedado en casa estudiando.
         Ariel paladeaba su soledad en las fiestas recordando otras épocas, cuando la soledad podía ser un martirio.
         Mirar a las mujeres sin recato, comer desprolijamente sin que su mujer se avergonzara, no buscar más que su propia comodidad. Era un inofensivo descanso en el fluir constante, y en su caso feliz, del matrimonio.
         Maite, una conocida de cabello castaño y destacable cuerpo, entre la charla suelta y la ingestión de canapés rozó varias veces a Ariel con sus pechos. Ariel supo que, en otras circunstancias, sería la clásica escena que concluía en su cama de soltero. ¿De cuántas fiestas se había retirado con una presa, como un pescador que arroja el mediomundo a un mar misterioso? ¿De cuántas otras había salido malamente borracho, solo y sin ánimos suficientes siquiera para dormir? Maite alternaba entre apoyarle la cabeza y los pechos en la parte descubierta de su brazo (tenía las mangas de la camisa arremangadas), cuando la vio. Patricia. Acompañada de un hombre. Un hombre medianamente gordo y formalmente vestido; con una calva, formal también, en la parte posterior de la cabeza.
         Patricia, Pato por entonces, ahora sonreía y estaba radiante. Tan lejos de aquella chica mortificada y silenciosa que siete años atrás le había dicho a Ariel, sentada en su cama: «Puse mucho en esta relación… Me voy a matar».
         Ariel, hacía siete, casi ocho años, se había separado de su primera mujer, Emilia. Una relación que comenzó en la adolescencia y tuvo el mal tino de persistir. O bien se habían demorado en separarse, o bien se habían apurado en casarse, pero un día descubrieron que no se soportaban. Emilia le pidió a Ariel que se fuera de casa por un tiempo. Ariel le pidió el divorcio a los seis meses.
         Ariel era un casado prematuro y se transformó rápidamente en un divorciado neonato.
         En ese momento de hecatombe, en ese interregno entre ser un hombre separado y ser nuevamente soltero, como a quien le cuesta despertarse, sus amigos le presentaron a Pato.
         Ariel supo desde la primera cita que ella era depresiva. Pero le pesaba estar solo y no tenía necesidad de prometerle nada. Pato aceptó de inmediato la primera invitación a su casa.
         Pasaron unas semanas comportándose como novios; y aunque Ariel no le encontraba mayores atractivos, más pereza aún le daba separarse. Lo cansaba la sola idea de decirle que no quería verla más en su rostro de náufraga que ha hallado un tronco. Así quería estar Ariel: como un tronco. Ya tenía bastante de separaciones por un buen tiempo.
         Pero Pato comenzó a insertar «charlas sobre la pareja». Lo invitaba a viajes de fin de semana, se quedaba a dormir todas las noches en su recientemente adquirida casa de soltero. Comenzó a dar a entender que estaba esperando ser invitada a vivir allí. Pato vivía con sus padres, con los cuales tenía la peor de las relaciones, y nunca había logrado irse a vivir sola.
         Una noche —Ariel siempre se culpó de que hubiese sido una noche («de día, todo hubiese sido más fácil», repetía por aquel entonces)—, se vio obligado a decirle que no buscaba nada serio con ella. Y, sin saber que lo diría, le aclaró que tampoco deseaba continuar la relación.
         Pato lo miró incrédula. Porque no se lo esperaba, porque estaba en cualquiera de sus sueños. O porque jamás hubiese imaginado, aun con lo poco que lo había conocido en esas escasas semanas, que él se animaría a decirlo.
         Ariel recogió la mirada de Pato y descubrió que quizás había estado un poco brusco. Recomenzó las frases, pero con el mismo sentido. Era una despedida, quería terminar.
         Pato se le arrojó encima, llorando y besándolo a un tiempo. Lo tocó desvergonzadamente y soltó dentro de ella una amante descontrolada. Ariel se sintió francamente violentado. No creía ni una caricia de aquella repentina ninfómana; y aun cuando su arrebato hubiese sido auténtico, no la deseaba.
         Nunca la había deseado. No le había prometido nada, ni había logrado de ella más que ella de él. Después de todo, la relación había durado apenas más que un mes. Un tiempo prudencial para experimentar el completo fracaso.
         —No, no me podés dejar así —le dijo Pato cuando él la separó de sí suavemente—. Yo hice planes. Estábamos por irnos a vivir juntos… Yo puse mucho en esta relación.
         Ariel la miró atónito. Las mujeres hacían planes con él sin consultarlo.
         —Lo siento mucho —dijo Ariel como en un velorio—. Pero nunca se me ocurrió irme a vivir con vos. Ni siquiera pensé que lo nuestro iba a durar…
         Pato replicó con un llanto desesperado. Un llanto más caudaloso y auténtico que su fingido ataque sexual. Cuando recuperó el aire, se sorbió los mocos y le dijo:
         —Puse mucho en esta relación… Me voy a matar.
         Ariel primero no comprendió. Su esposa lo había echado de la casa hacía menos de ocho meses y otra mujer amenazaba con matarse.
         Contabilizó con alarma todos los posibles medios de que Pato cumpliera su amenaza: la ventana abierta, desde la que tranquilamente podía, si bien no matarse, romperse las piernas. O matarse, en realidad, si era tan temeraria como para arrojarse de cabeza. Los cuatro o cinco tomacorrientes que se destacaban en los zócalos de las paredes. Hojas de afeitar, no. Cuchillos, sí, a montones, bien filosos, perfectamente expuestos en el secador de cubiertos de la cocina. Si Pato sinceramente deseaba matarse, ya podía comenzar.
         —No te voy a dejar sola —dijo Ariel—. Calmáte.

Libro Historias de hombres casados. 
Libro disponible en Casa del libro


MARCELO BIRMAJER. Nació en Buenos Aires en 1966. Ha publicado, entre otros títulos, las novelas Un crimen secundario (1992), El alma al diablo (1994) y Tres mosqueteros (2001), los relatos Fábulas salvajes (1996), Ser humano y otras desgracias (1997), Historias de hombres casados (Alfaguara, 1999), Nuevas historias de hombres casados (Alfaguara, 2001) y Últimas historias de hombres casados (2004) y la crónica El Once. Un recorrido personal (Aguilar, 2006). Es coautor del guión de la película El abrazo partido, ganadora del Oso de Plata en Berlín 2004 y nominada al Oscar por la Academia Argentina de Cine. Ha escrito en las revistas Fierro, La Nación, Viva y Página/30; en los diarios Clarín, La Nación y Página/12; en los españoles ABC, El País y El Mundo y en el chileno El Mercurio. Traducido a varios idiomas, fue honrado con el premio Konex 2004 como uno de los cinco mejores escritores de la década 1994-2004 en el rubro Literatura Juvenil. En 2004, The New York Times lo definió como uno de los más importantes escritores argentinos de su generación.

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