Definir la poesía sería meterla en un ataúd. Entrevista con Marisol Vera Guerra


Con motivo de la publicación del libro La muchacha cola de zorro (BV Ediciones), entrevistamos a Marisol Vera Guerra. Es licenciada en psicología. Editora, escritora y dibujante. Escribe poesía, cuento, novela, ensayo y dramaturgia. Ha publicado seis libros individuales de poesía: Imágenes de la fertilidad, proyecto becado y editado por el Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes, Gasterópodo (Ediciones El Humo), Canciones de espinas (Ediciones Poetazos), Nunca tuve la vocación de Ana Karenina (La Regia Cartonera), Crónica del silencio (Letras de pasto verde) y Tiempo sin orillas (Voces de Barlovento). Incluida en el Ensayo panorámico de la literatura en Tamaulipas (ITCA, 2015) y La luna e i serpenti (Progetto 7Lune, 2014), antología de landai hispanoamericano. Durante 7 años fue columnista del periódico La Razón, de Tampico. Ha publicado cuento, ensayo y poesía en diversas revistas, entre ellas La linterna mágica, revista independiente; Punto de partida, de la UNAM y Armas y Letras, de la UANL. Algunos de sus guiones han sido montados en Tampico, donde perteneció al colectivo Estigia Teatro. Ha participado con obra visual y poética en las exposiciones de arte latinoamericano promovidas por Progetto 7Lune, en Venecia y Milán. Ha desarrollado Visibilizar: autorretratos que exploran la relación entre el cuerpo, el yo y la maternidad. 

-Bitácora de Vuelos Ediciones (BVE): La poesía ¿la puedes definir?

-MARISOL VERA GUERRA (MVG): Considero que definir la poesía sería meterla en un ataúd. Una definición, un concepto, siempre tiene límites y para mí la Poesía es infinita. Sin embargo, para fines prácticos, uno necesita tener una idea más o menos clara de lo que está expresando cuando dice esta palabra. La Poesía, a mi juicio, no se circunscribe a lo que está escrito, ni a lo que cabe dentro de ese vaso que llamamos poema, lo percibo como algo más relacionado con un estado espiritual, con una estética del mundo. Puedo encontrar poesía en los lugares y objetos más inesperados, como las manchas dejadas sobre mi ropa cuando se me cae el café, la risa de mis hijos o una grieta en la pared.

-BVE: Háblanos de tu primer encuentro con la lectura.

-MVG: Si la pregunta va dirigida a las primeras lecturas de mi vida, no tuve una inducción directa, sino un contagio. Mis padres eran profesores y pusieron a mi disposición una biblioteca bastante nutrida, con clásicos de la literatura universal y enciclopedias de temas diversos. Esos libros fueron mis amigos, mis hermanos, mi refugio del mudo. A lo largo de mi niñez y de mi adolescencia se me hizo de lo más natural ver a mis padres leyendo. Era inevitable sentir apego hacia los libros. 
         Si la pregunta va dirigida al ejercicio diario, varía, hay veces que necesito estar leyendo cíclicamente a un mismo autor o un mismo texto y veces en las que salto de un libro a otro. Suelo regresar a Poe, a Plath a Saint John Perse. Leer poemas es un ejercicio que me alimenta pero a la vez me desgasta, es algo demasiado intenso para mi alma, por ello lo hago poco. No puedo ponerme a leer un poemario completo de un tirón, debo descansar mis sentidos. Es distinto con la narrativa, he pasado dos o tres semanas leyendo sin parar más que para satisfacer necesidades básicas del cuerpo, hice esto antes de ser madre, por supuesto, la maternidad ha cambiado mi manera de leer; ahora leo de manera más fragmentada, más rápida, a menudo como si mis ojos fueran un escaner y los momentos para reflexionar y profundizar sobre esa lectura vienen después, mientras barro la casa o cuando voy por la calle. 

-BVE: Tu quehacer poético y aquellas primeras publicaciones

-MVG: Mi quehacer poético es mi vida misma, no distingo entre el acto de crear y el resto de mis actividades cotidianas. Siempre estoy leyendo la realidad, escribiendo en mi cabeza, trazando cuadros mentales. Cuando llego al papel o a la pantalla de mi laptop ya traigo una idea elaborada, al menos para arrancar; nunca he padecido esa famosa angustia ante la hoja en blanco. Escribir comenzó para mí como un juego, hice mi primer poema a los siete años y de ahí no he parado, aunque fue a los trece cuando decidí ser escritora.
         Desde niña he escrito obras de teatro, cuentos, novelas, y a menudo las mismas ideas o imágenes me obsesionan, me persiguen, simplemente van madurando conmigo y encontrando nuevas plataformas y lenguajes para materializarse. Me gusta mucho leer sobre temas científicos y antropológicos, en eso también encuentro una veta creativa. 
         Mis primeras publicaciones me pusieron muy contenta y recibo cada nueva publicación con la alegría y el asombro de antaño. No hay publicación pequeña, a mi juicio, porque confío en que mi obra tiene alas propias.

-BVE: ¿Cómo es tu día de creación literaria? ¿Dónde escribes? ¿Con qué frecuencia? 

-MVG: Escribo todo lo que puedo, a cualquier hora. No tengo rutinas ni horarios. Escribo a solas o con mis hijas pequeñas trepadas sobre mi espalda. Escribo en la quietud de mi estudio o en la estación del metro. Escribí incluso durante mi labor de parto, hasta que tuve que abandonar mi laptop para ir al hospital; si me hubiesen permitido tener papel y lápiz en la sala de expulsión, seguro habría continuado escribiendo. 

-BVE: Háblanos de este libro que publicamos en BV Ediciones ¿Cuál ha sido su proceso? ¿Cómo se gestó? ¿Influencias? ¿Retos? Lo que hayas tenido como experiencia al escribir este libro.

-MVG: He escrito narrativa desde que era niña, sin embargo, como mi tendencia natural es hacia el ejercicio poético, tardé muchos años en alcanzar una estructura literaria que realmente me gustara, en la que el juego lingüístico no se comiera el argumento. No es que ahora haya dejado de lado lo poético dentro de la narrativa, pero es más intencional. No me importa mucho la acción exterior, mi narración va siempre hacia dentro. Los textos que forman este libro fueron naciendo uno a uno durante siete años. Claro que en ese lapso escribí más, pero estos son los que seleccioné. Hay dos, “El rey gris y el corazón que volaba” y el que le da título al libro, “La muchacha cola de zorro”, con los que trabajé sobre el poder sanador de los cuentos de hadas. Traté simbólicamente dos experiencias personales, una fue la violencia de género y la otra la búsqueda de mí misma. 
         Nunca lo vi como un reto, el libro nació de manera natural, cada texto representa una obsesión o un conflicto presente en mi vida, al momento de escribirlo. Básicamente plantea preguntas desde lo literario sin pretender arrojar una respuesta, sino jugar con las posibilidades y explorar emociones; preguntas como ¿puede todo ser humano, en algún momento de su vida, experimentar el deseo de matar por matar?, ¿puede llevarnos la sociedad contemporánea hasta la pérdida absoluta de la compasión y de la valoración de la vida?, ¿qué pasaría si las mujeres arrepentidas de su maternidad tuvieran licencia para aniquilar a sus hijos? Exploro, entonces, el crimen sin vehículo ni objetivo o como un medio para deshacerse de algo indeseable. Pero, siempre, de alguna manera está presente el amor, elemento salvador de la psique que a veces logra rescatarnos de la tragedia y a veces no. Y, debo decirlo, me esforcé porque cada cuento fuera algo bello, al menos a mí me gusta el resultado. Ahora que lo pienso sí hubo un reto, el de economizar el lenguaje, de modo que todo este análisis cupiera en textos muy breves que generalmente no pasan de una página. 

-BVE: ¿En qué proyecto/proyectos estás trabajando ahora? 

-MVG: Estoy buscando la plataforma adecuada para publicar mi novela experimental La mujer fractal, donde hago un ejercicio similar al de este libro, en torno a las emociones, aunque creo que más arriesgado en cuanto a la forma. Trato de explorar literariamente ciertos impulsos inaceptables a la consciencia: la violencia, la necrofilia, las pulsiones autodestructivas. Hay una pregunta-eje: ¿existe la maldad como un elemento puro en la naturaleza humana o los actos que consideramos malos solo son la consecuencia de múltiples variables? Lo exploro desde una perspectiva muy intimista y, podría decir, femenina. Yo sí pienso que hay un campo semántico propio de lo femenino; no veo nada malo en hablar desde la entraña, como el canon parece exigirnos. 
         A las mujeres se nos ha negado hablar desde lo femenino en la literatura porque esto se desacredita de inmediato; si quieres entrar a “las grandes ligas” tienes que desembarazarte de todo lo que huela a sangre menstrual, a prolactina, a tu propio cuerpo. En realidad yo he tomado consciencia de esto hace poco, pues siempre consideré que hombres y mujeres podíamos escribir de lo que se nos diera la regalada gana, y lo sigo pensando, la diferencia es que antes no me daba cuenta de que muchas mujeres escritoras han tenido miedo al rechazo cuando su escritura nace desde una perspectiva intimista, como si esta no fuera también universal. 
         Tengo otros proyectos en el horno, estoy terminando un libro pequeño, que espero publicar pronto, donde hago una colección de sueños, es como el top ten de mis pesadillas ilustradas.

-BVE: ¿Deseas agregar algo más? 

-MVG: Mi gratitud hacia ti, Nadia, mi reconocimiento hacia la gran labor que haces dentro de Bitácora de Vuelos, mi más sincero deseo de que esta plataforma continúe creciendo y reúna cada vez más voces.

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