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CUENTO Fiesta de niños | Antonio Miguel Muñoz Ortiz


Alberto es un amigo de la familia desde hace ya varios años. Cuando yo era niño, él casi siempre estaba en las reuniones. Lo recuerdo igual esa época: medio calvo, de gorra, lentes y mostacho. Bebía, sí, claro que bebía, pero no recuerdo nunca haberlo visto borracho. Ahora me tomo una cerveza, estoy a dos sillas de distancia y Alberto ya tiene una mirada perdida. Son las cinco de la tarde. Apenas bebió tres tequilas. Es el cumpleaños de una niña pequeña. Recuerdo que hace años, cuando yo lo veía, todos le preguntaban por su madre. No sé cuál sea su nombre, pero la madre de Alberto ya no tenía memoria y olvidaba incluso hasta el nombre de su hijo. Ah, se me olvidaba: Alberto tiene poco más de cincuenta años. Sin hermanos. Soltero. Debía cuidar a su madre. Todo mundo le decía ¿No se te hace tarde, Beto? Salúdame a tu mami. Cuídala. Anda. Alberto, desde siempre, ha sido vigilante nocturno de los centros comerciales. Se desvela, cambia turnos. Cuidaba a su madre. Ya tiene tiempo desde que ella murió. Ahora lo observo y Alberto tiene la mirada perdida. Alza su vaso. Salud, Alberto, salud. Javier era adicto a la cocaína. Javier tiene poco más de treinta años. Hace unos días se metieron a robar a su casa. Lo golpearon, le quitaron su coche. Javier sonoriza a grupos tropicales y de cumbia para los pueblos. Javier perdió a una novia porque era también una adicta. Lo dejó y se fue con otro que sí podía pagarle sus cosas. Cocaína. Piedra. Cristal. Ahora Javier ya no inhala. Bebe poco y fuma, pero ya no inhala. Alberto dice mi nombre. Alza la mano. Me acerco. Alberto inclina un poco la cabeza y comienza a preguntarme si no conozco a alguna mujer que quiera salir a pasear con él, al cine o a tomar un trago. Yo miro mi vaso, la mesa y levanto la cara. Le digo que no, que lo siento mucho, pero que no conozco a nadie. Es más: que casi no conozco mujeres. Alberto suspira, dice que está bien, que no me preocupe y vuelve a tomar su vieja posición. Mira al resto de la gente en la fiesta, llama al mesero y pierde su mirada esperando otro tequila. Everardo camina detrás de su hijo. Su esposa, Laura, cuida a su hija que tiene apenas unos meses de haber nacido. Laura le es infiel a Everardo. Esa hija no es suya, sino fruto de la aventura que tuvo con otro hombre cuando le dijo a Everardo que iría a un retiro espiritual. Meditación. Equilibrio. Paz. Él lo sabe, pero no le importa. Ama a esa niña y ama a ese niño. Everardo corre tras el pequeño cuando quiere jugar con los demás. Lo cuida. Laura ya no le importa. Él quiere a sus hijos y no existe nada más. Laura observa que Everardo se aleja. Mira a su hija, sonríe. La abraza y cierra los ojos. Alberto ya tiene en la mano otro tequila. Bebe. Sus ojos comienzan a ponerse rojos, deja su boca un poco abierta. Cuando lo miro, noto que saca un celular que yo le ayudé a configurar cuando lo compró. Pantalla táctil, sistema operativo versátil, miles de aplicaciones a su disposición. Alberto seguía gastando saldo en mensajes y le enseñé a escribirse mediante estas nuevas redes de datos. Internet. Paloma verde. Cuadros azules. Una efe. Ahora Alberto desliza su dedo sobre el cristal y parece buscar algo en ese abismo diminuto. Noto su cara triste. Leonardo camina con dos platos de comida rumbo a su mesa. Ahí lo espera su madre. Leonardo intentó suicidarse cuando tenía catorce años. Se quiso colgar con sus cortinas, pero se desprendieron por el peso. Su madre llegó a auxiliarlo y lo vio con el nudo en el cuello. Leonardo pasó la peor depresión de su vida a los catorce años. Ahora tiene veinticinco. Alberto, en silencio, dibuja una palabra con sus labios. Mujeres. Lo leo. Me acerco. Le pregunto si tiene internet en su teléfono. Sí, paga doscientos pesos al mes. Préstamelo, Beto, quiero que veas algo. Abro el navegador. Entro a una página porno. Le muestro los videos de la página de inicio. Le doy el celular a Alberto. Ten, Beto. Él contempla las miniaturas. Mujeres diminutas. Penes diminutos. Hombres diminutos. Lo infinito. Alberto sonríe. Noto el brillo en sus ojos. Una gota que nace. Gracias, me dice. Y se dirige hacia el baño sin prisas.     

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ANTONIO MIGUEL MUÑOZ ORTIZ  ̶[̶M̶i̶g̶u̶e̶l̶ ̶G̶u̶e̶r̶r̶a̶]̶ ̶ (Puebla, 1996). Primer Lugar en la categoría Cuento del XVII Premio Filosofía y Letras de la BUAP. Finalista del Primer Concurso de Cuento Breve de Rock: Parménides García Saldaña organizado por Ediciones Ají. Tercer lugar en la categoría Ensayo del Premio Nacional al Estudiante Universitario “Carlos Fuentes” organizado por la UV. Algunos de sus cuentos, crónicas y ensayos aparecen en revistas digitales como Círculo de Poesía, Letralia, Marabunta, La Rabia del Axolotl, Espora y Mundo Nuestro. Escribe, toca y canta en Arquetipos. FB: Antonio Miguel Muñoz Ortiz. Twitter: @tonortiz                                        

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