El amor. Claro, el amor. Un año de ardor y llamas y treinta de cenizas.
Giuseppe Tomasi di Lampedusa

¿Cuántas veces se han enamorado? Yo no les escribiré de ello porque no quiero decepcionarles, sí, a mi edad aún no entiendo lo que esa palabra enloquece y hasta dificulta la respiración, aunque debo confesar que gracias a ella varias plumas han trascendido y una que otra ha desnudado las emociones que lleva dentro.
        Es común creer que el amor solo tiene cabida hacia el otro ser, al que se considera la media naranja, el complemento o el que nos hace “existir”. Sabemos que no es así, pero nos place decirlo –pienso en un estilo de sadomasoquismo que nos corre por el cuerpo– porque el amor es un concepto amplísimo que nos invita primero a vernos hacia a nosotros. Les pregunto, ¿hoy se han dicho cuánto se aman? O de plano han esperado a que su pareja, el compañero o compañera de la oficina se los diga, o de últimas, el que andando por la calles, lanza una mirada de aprobación y entonces sí que dicen: ¡Vaya, que no me veo tan mal, todavía levanto suspiros! Sé que es difícil vernos, porque somos como un iceberg, solo dejamos que se asome una parte de nosotros y esa parte pequeña algunas veces ni siquiera nosotros la conocemos.
         Lo que también es verdad es que “[E] el amor no vive mucho tiempo de dulces miradas y de cartas de amor” como expusiera George Sand[1], algunos estudiosos de la neuropsicología lo asocian a la segregación de sustancias como la oxitocina, dopamina, serotonina y otras más que hacen que veamos y sintamos todo de manera extraordinaria. ¿Se atreven a decirme cuántas veces han creído haber encontrado al amor de su vida? ¿Han visto en esa persona todos los atributos que otras no tienen? O lo que es peor, han convivido años con una persona y nunca, nunca la habían visto -¡con ojitos de amor... eh! y de repente por sus múltiples monotonías laborales o aburrimiento con su pareja actual creen que es el amor total. Insisto, ¿les ha sucedido?
         Sé que se han de imaginar que soy algo así como un Grinch pero de traje rojo y que gusta de destrozar corazones o que de plano no cree en el amor, pero no, no va por ahí, me gusta más bien situarme en el punto en que no hay amor verdadero o bien, una pareja única y especial. Hay momentos que se comparten con unas personas y esos son los que debemos guardar, porque después eso, eso que llamamos amor se convierte en un vil calvario y nos pasa como al personaje Marjane de Persépolis[2] y en un momento se develan todos, todos los defectos que no habíamos visto, y eso que decíamos amor... se esfuma.
         Entiendo que desde que la propiedad privada apareció y para quedarse, también creímos que el otro era nuestro, tanto así que buscamos que cambie, que deje sus gustos y hasta sus amistades. Nos convertimos en viles conquistadores de un territorio, un espacio corporal e ideológico que deja a plena potestad de un nuevo gobernante. ¿Serán casualidad esas palabras del campo semántico del AMOR? Llámenme ilusa amargada, pero creo que eso extraordinario del amor radica en nuestra ignorancia de que un día llegara a su fin. En la universidad leí a José Ortega y Gaset[3] y él consideraba al amor como un género literario, porque el amor, más que un instinto, era una creación primitiva del ser humano, es decir una mera invención, y si no coinciden, díganme: ¿de qué va el amor?


Recomendamos:
Ovidio. (2007). Amores / Arte de amar. España: Gredos.
Marjane Satrapi (2013) Persepolis. Barcelona: Norma Editorial

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[1] Recordemos que George Sand es el seudónimo que usó la escritora Amantine Aurore Lucile Dupin, baronesa de Dudevant, quien firmaba con nombre masculino por el rechazo y crítica hacia el ser mujer escritora.
[2] Persépolis es una novela gráfica escrita por Marjane Satrapi, existe una adaptación a cine. Espero puedan leer la novela que es maravillosa en blanco y negro o bien, la disfruten una tarde.
[3] José Ortega y Gasset, filósofo y ensayista español, que habló de la teoría del perspectivismo y del raciovitalismo.