Vengo de una familia muégano, es decir, muy unida, aunque en realidad esto aplica solo a la primera generación. Los hijos de mi abuela paterna sí supieron mantener la unidad y el principio manejado por la matriarca de la familia de “el que más pueda, ayude al que menos tenga” o algo así, que promovía la comunión, cuidado y amistad entre hermanos. La segunda generación, 32 primos, al inicio funcionó con el principio de que los primeros amigos en la vida de uno son los primos. Con el tiempo, esta convivencia se ha ido desmembrando gracias a la intolerancia, racismo, intrigas amorosas, falsos poderes y un largo etcétera que convirtió a la familia en una novela casi tan sabrosa como las de Taylor Caldwell (Reino Unido, 1900).
La primera novela que leí de ella fue Médico de cuerpos y almas, en donde narra la vida de Lucano, sanador que después fue conocido como San Lucas. No soy religiosa, a pesar de que en esa época estaba en el colegio, así que lo que me atrapó de la novela fue la narración y el personaje tan humano que la autora va desglosando página tras página, la aventura y la descripción de los lugares y gente que va visitando Lucano, y especialmente, el saber que Lucas guarda un secreto que, al develarse, lo vuelve más cercano a un primer doctor, que a un santo de estampita.





Una vez concluida la lectura, encontré otra en el librero familiar, un libro todavía más gordo (recuerden que soy fan de las novelas voluminosas) que enseguida captó mi atención y mis tardes Dinastía de la muerte, a la que siguieron Las águilas se reúnen y La hora final. Trilogía familiar donde el poder y el dinero son los protagonistas en contra de los valores familiares, sociales y espirituales, y cuya narración histórica cuenta el surgimiento de la industria del armamento. Porque Caldwell es novelista historiadora, no a la manera de sesudas explicaciones, fechas, datos enciclopédicos, sino que de modo ligero te lleva tanto por la historia de una familia de migrantes, su salida de Francia e Inglaterra, su contribución a la construcción de los Estados Unidos, como a la historia de la caída del imperio romano, pasando por la vida de varios santos.
Escritora prolífica de más de 45 novelas. Se dice que la primera de ellas la terminó de escribir a los doce años.  Es sabido que su primera publicación fue bajo seudónimo masculino, siguiendo la terrible costumbre de su época, la cuál pudo dejar hasta que tuvo más de 30 años.
Además de la saga antes mencionada, recuerdo especialmente Prólogo al amor, una novela que, entre angustia, rabia, desesperación, leí uno de esos veranos que íbamos de vacaciones al visitar a la familia. El libro estaba en la biblioteca del tío Juan, y, como casi siempre ocurría, una noche de piyamada comencé a leerlo y no lo solté hasta que, con dolor, tuve que aceptar que la historia había terminado y que no habría más páginas escritas. ¿No les sucede eso con algunos libros? A veces uno deja de leer cuando le faltan veinte o quince páginas, con tal de que no se acabe, para alargar un poco más esa convivencia con la lectura. Bueno pues Prólogo al amor, siendo una chica de secundaria, con toda la gama sentimental que eso significa, es de esos libros. 


Prólogo al amor o la historia de la mujer más rica del mundo inicia con esta escena que me atrapó: una niña de diez años sentada en una roca, frente al mar. Todo a su alrededor ruge o se muestra colérico, las gaviotas, el océano, el frío. La niña no se inmuta, su mirada anhelante espera. Se cubre con un chal gastado que enreda en su cuepecito cubierto por un vestido que ya le queda chico, medias muy remendadas y botas rotas. Y luego la autora dice “¿Quién hubiera podido pensar, ni por un segundo, que esa pequeña sombra que se confundía con el cielo gris y las aguas glaucas, era la hija de uno de los hombres más ricos de Boston?”. Y con eso quedé sumergida el resto del verano en las más de quinientas páginas que van pintando una historia de ambición y poder protagonizada por esta mujer y su padre. Mejor que las clases del catecismo, era leer todos los pecados expuestos, vividos y asumidos por los personajes de esta y otras novelas de Cadwell.
Tal vez piensen que son novelas rosas, casi del tipo de revista de modas. Pero si se animan a leerla alguna vez, encontrarán, no solo la recreación de intrigas familiares con temáticas centradas en la intolerancia social, racial y étnica y el típico enfrentamiento entre poder y dinero contra el deseo del amor; sino también el trabajo formal de una escritora cuya investigación histórica y política, nos regala una visión complementaria de la creación de Estados Unidos como la nación que conocemos hasta el día de hoy, con todas sus contradicciones; una visión humana de personajes religiosos inamovibles en otros ámbitos. Sin olvidar novelas más inmediatas e íntimas, como Ángel malvado, donde cumple la fantasía de eliminar al consentido, y así poder ser el único miembro amado de la familia.
Con todo lo anterior dejamos a Taylor Caldwell dentro de la tradición de literatos norteamericanos que escriben grandes novelas tratando de explicarse su historia como inmigrantes y como formadores de un país, regalándonos tramas inolvidables.



TERESA MUÑOZ. Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, entre otros. Trabajó con Abraham Oceransky en 1994 en gira por el Estado de Veracruz con La maravillosa historia de Chiquito Pingüica. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014. Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura, gramática, traducción, interpretación, inglés y francés. Escritora y directora de monólogos teatrales. Coordinadora de Literatura y Artes Escénicas de la Biblioteca José Santos Valdés de Gómez Palacio, Dgo.