Casi anochecía y aún no llegaba a casa. Su vecino, Manuel, seguía sin amarrar sus cinco perros.
       Cuando era niña, Luisa había sido atacada. De no ser por don Emilio, su padre, que se dio cuenta a tiempo, hubiera sido peor. Luisa ya no recordaba el hecho pero cada vez que escuchaba los ladridos, sentía un ligero adormecimiento en la enorme cicatriz del cuello, que siempre cubría con un chal cuando hacía frío o un paliacate que le combinaba con el uniforme de la secundaria diurna. Aquella sensación era como si un ciempiés rozara su cuello con sus diminutas patas, escalando y aferrándose a sus prominentes y repletas venas, para llegar a su oreja y anidar allí, no sin antes sacudir con sus antenas los finísimos vellos que nacían de su piel.
       Luisa se zarandeó y se sobó frenéticamente el cuello, apartando el paliacate que la sofocaba intensamente. "Voy a agarrar piedras otra vez, para asustarlos. Se está poniendo oscuro y no se ve nada, ni el barranco ni los hoyos que se hacen cuando se deslava el cerro. Voy a ir viendo el piso", pensó ella mientras tomaba las piedras y subía la enorme cuesta que conducía a su calle. Su vecino no se había aparecido en un par de días. Normalmente estaría viendo la tele en su cabaña a un costado del camino, listo para fijarse si alguien pasaba en esa calle sola.
       Luisa vería con molestia la reja de sus perros abierta como de costumbre pero esa imagen no se había presentado la tarde anterior ni esa mañana, al salir para la escuela. En ese momento, un chorrito de agua comenzó a bajar a un lado del camino. Había empezado a llover en lo alto y, un poco antes de que la lluvia comenzara en las faldas, uno podía ver ya los riachuelos bajando por entre las piedras. Luisa miró hacia la cima: no se veía nada más que el cielo ennegrecido y muchos árboles despuntados. Pensó en sus libros de la escuela y acomodó su mochila al frente para protegerlos mientras subía la cuesta de terracería. Pensó un segundo en su papá y que él le enseñaba ciencias naturales. Pensó en su madre y que, antes de morir, le ayudó a ser la mejor en matemáticas. Cuando miró de nuevo abajo, el riachuelo, serpenteante, pasó debajo de sus piernas por una raíz muy prominente y doblaba de nuevo a la orilla. Era totalmente rojo; apenas tenía unos centímetros de ancho. Se le quedó viendo mientras continuaba fluyendo cuesta abajo, hasta que se engrosó al doble y se volvió cristalino y luego algo lodoso. Lodo. Luisa frotaba las piedritas en sus manos mientras una gota de lluvia rozaba la parte baja de su mejilla y caía fría hasta ser absorbida por la tela, entre sus senos emergentes.
       Hoy sí les sirvió de comer, nunca había escurrido sangre. ¡Puta...Qué olor a carne pasada!
       Al caminar al lado de la casa de Manuel, Luisa se dio cuenta de que la luz estaba apagada. Manuel no aparecía. La reja, en esta ocasión, no estaba abierta, estaba violada. La malla de alambres parecía haber sido jalada hacia adentro. Luisa tragó saliva. Las lámparas de la calle no se habían prendido aún. Camino rápido pero en sigilo. Le faltaba una calle más cuesta arriba.

Comenzó a caer primero como llovizna que empapa; luego, de manera estrepitosa e incesante; gotas grandes y dolorosas. Luisa comenzó a correr tan rápido como pudo, hasta llegar al lugar donde el camino era cortado a la mitad por un agujero de medio metro de ancho. Saltó para no tener que rodearlo por la maleza pero resbaló al llegar al otro lado del camino. La lluvia era más densa. Estaba incorporándose y se sacudía el lodo con impotencia al tiempo que los perros, viéndola con un ladrido entre los ojos, se congregaban a unos metros. Todo el cuerpo de Luisa se tensó. Quedó paralizada de miedo ya que no los vio venir. Los perros la habían acorralado. De sus fauces salían enormes chorros de saliva que la lluvia acrecentaba, se podían ver los colmillos amarillentos y llagados incrustados en esas temblorosas masas de carne que expelían un visible vapor mientras gruñían. Las agujas de agua contenían el sucio aliento que acosaba a Luisa. Les quiso gritar pero el miedo la hizo correr de sus perseguidores tan rápido como nunca antes lo había hecho porque sabía que no había nadie que oyera sus gritos. Las piedras fueron gotas de lluvia en el camino desprendidas de sus manos.
       Finalmente, llegó a su casa. Uno de los perros la jaló de la falda y casi la hizo caer. Ella no dejaba de llorar y suplicar con las palabras que usaba cuando tenía cuatro años y horripilantes pesadillas la visitaban bajo las sábanas. Cuando mojaba las sábanas. Cuando la atacaron por primera vez.
       Por favor, ya déjame... ¡Ya, ya suéltame! Vete, te odio, maldito animal...
Querían prender sus piernas pero se zafó. Logró entrar. En su casa estaría a salvo.

La tormenta era tan fuerte que se desgajaba el cerro, azotando los techos de lámina y haciendo caer varios árboles sobre las casas. Luisa vio con terror, desde la ventana de su cuarto en la azotea, como el agua se lo llevaba todo, incluyendo la casa de cartón de su vecina Marta, cuesta abajo. A pesar de la espesura de ese bosque atormentado, pudo ver a uno de los niños de Marta mientras era arrastrado hacía abajo, gritando y atragantándose, llorando y suplicándole a su madre en los tonos más agudos que lo salvara, confundiendo su figura con el suelo y las plantas llenas de fango, hasta ser despedazado por las rocas y las ramas que lo sepultaron vivo.
       Luisa se había tapado los oídos para no escucharlo chillar pues hubo un momento en el cual sus súplicas se convirtieron en gemidos de terror guturales y primitivos; el sonido que emitía era agudo pero, a intervalos, podía escucharse el lodo penetrando su garganta y el bebé, sin dejar de expeler escalofriantes ruidos de espasmódico dolor, ahora más graves, hacía gárgaras con él. Era como escuchar una tubería atascada mientras las piedras terminaban de congestionarla. Cuando finalmente una roca le partió el cráneo, Luisa no pudo evitar escuchar un chirrido como el de los puercos al ser castrados. De no ser por que terminó su trayecto atorado en el ramaje, no lo hubiera reconocido de entre los borregos recién trasquilados de Marta que habían sido arrastrados también por la corriente y que seguían siendo jalados cuesta abajo por las calles hechas ríos, ya muertos y descoyunturados. Mar de cuerpos masacrados. A la señora Marta y a su otro hijo nunca los vio. Más desaparecidos.
       Eventualmente, la intensidad de la lluvia descendió y el lodazal se asentó. Luisa salió a mirar los daños y se espantó al ver a una persona. Se encontró con un hombre delgado, sucio y mojado. En cuclillas, tratando de recuperar el aliento justo frente a su puerta. Pensó que era Manuel pero en la oscuridad distinguió que era un anciano. Ambos se miraron. Un rayo los hizo voltear hacia el cielo. Volvieron a mirarse.
       ¿Qué, no te acuerdas de mi? Le dijo el viejo, mientras la miraba de abajo a arriba con un gesto de confianza.
       Yo no lo conozco. Ahorita no traigo el viejo estaba incorporándose, tambaleó y se sujetó de ella.
       ¡Ya! Le dijo, mientras pasó su tiesa y huesuda mano con áspera delicadeza por el muslo de Luisa, casi hasta llegar a la entrepierna Bien que te acuerdas.
       Ella le dio un empujón y retrocedió.
       Antes de encerrarse el hombre le dijo una última cosa:
       ¿Ah, chingá. ¿Así recibes a tu abuelo, pendejita?
       No hacía falta decir palabra. El tacto. El tacto de sus viejas y repulsivas manos tocándola. La lengua que se iba quedando sin saliva al recorrer su cuello para susurrar palabras sucias cual gusanos en el fango. Su padre lo molió a golpes, lo creyó prófugo por siempre. Luisa miró su celular con la derrota de saber que se había jodido con la lluvia. Él estaba afuera ocultándose entre los paseos turbios que había dejado el aguacero. Se acercó a la ventana. Un puño rompió uno de los cristales pequeños y la garra trató de alcanzarla. Luisa se apuró para poner seguro a todo. Las ramas crecidas en las ventanas improvisadas no dejaban ver que el agua estaba acumulándose y subiendo de nivel al frente de la casa.
       La tormenta regresó con la misma fuerza de antes; los relámpagos iluminaban toda la casa anochecida. Ahora tocaban la puerta con furia. Luisa gritaba despavorida, fuera de sí. Las ventanas cedieron y toda la casa se empezó a cubrir de agua. En la planta baja ya no se oía la puerta más que por las rocas del deslave que la golpeaban. Luisa no pudo más que pensar en subir y encerrarse en su cuarto mientras su casa se inundaba. Entró y las paredes empezaron a agrietarse; el techo se cuarteó y se le fueron encima algunas vigas sin llegar a golpearla. Cuando pensaba que iba a morir, tocaron la puerta de su recámara con una fuerza tremenda; escuchaba alaridos ininteligibles. Como si el hombre afuera estuviera siendo cercenado vivo. Eran los perros.
       Entonces, una tabla le cayó encima. Ladridos y un sonido del torrente arrasando fue lo único que continuaba oyéndose bajo la lluvia.
       Tumbada al pie de la cama, volvió en sí apenas unos minutos después. Su habitación aún estaba en pie mas el agua le llegaba a los tobillos. Su cuarto propio parecía haber aguantado y en el espejo se vio una cortada de cierta gravedad en un flujo que no iba a ceder, manchando su frente y el lado izquierdo de su cara. Abrió la puerta con cautela, miró a su alrededor la casa casi destruida y los cadáveres de los perros sepultados en fango, al pie de la escalera. Entre ellos vio que yacía un bulto, el cuerpo del hombre estaba de espaldas y sumergido en la inmundicia. Un bulto color mierda, indefinible. En ese momento soltó, no sin antes retorcer su rostro con un gesto de alegría siniestra, una carcajada. Lloraba, en realidad.
       Tú, perro...
       Tomó un martillo de la caja de herramientas bajo la escalera y comenzó a pulverizarle la cabeza mientras, de entre sus dientes y sus labios partidos y sangrantes, emergía una risilla de tono inocente, similar a la de una niña muy pequeña. No podía evitar sentir a través del mango y la parte puntiaguda del martillo, como si lo hiciera con sus propias manos, el cuero cabelludo que se raspaba, la piel que se abría y se replegaba como la de una pierna de pollo, la resistencia del hueso y su quebrantamiento y, para finalizar, el hundimiento de la herramienta en los aún cálidos sesos del hombre cuyos pies daban brinquitos de vez en cuando. Luego cesó de moverse en su totalidad. Luisa no podía dejar de mirar, de oler, de sentir la blandura que ese miserable guardaba en su interior, después de todo.
       Quiso voltear el cuerpo para decir algo que no alcanzaba a verbalizar en su mente pero, cuando lo hizo, Luisa palideció y quedó inmóvil al descubrir la cara de don Emilio, que había regresado y le había suplicado que abriera la puerta de su cuarto antes de ser presa de los perros. Los ojos de ella en su negrura azulada; los de su padre, con los vasos rotos en uno. Con un río desbordado en mil vertientes. Su otro ojo, un lienzo de agua sucia. Ambos mirando sin mirar. Mientras Luisa lo observaba inmóvil y con la cara amarilla, una mano se posó sobre su hombro; una mano sucia y llena de arrugas que trepó cual un insecto hasta la cicatrices de su cuello. Después de eso dejó de llover.

RULO Sáñez, también conocido como Ériq Sáñez (Ciudad de México, 1986) Narrador y poeta. Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2014. Premio Nacional Punto de Partida 2010. Es egresado de la Escuela de escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM) y estudió la carrera de Letras hispánicas en la UNAM. Textos suyos han aparecido en diarios y revistas de circulación nacional como El UniversalLetras Libres, Revista Este País y Círculo de Poesía, así como publicaciones electrónicas de España, Estados Unidos y Argentina. Autor de La Novela Zombi.