En muchas familias nadie escribe poemas,pero cuando lo hacen, rara vez es sólo una persona.Algunas veces la poesía fluye en cascadas de generacionesque ocasionan temibles corrientes en las relaciones familiares. Wislawa Szymborska

¿A qué te dedicas? Es la pregunta usual que me hacen cuando conozco a alguien o cuando me reencuentro con otras personas después de mucho tiempo; respondo que soy profesora y de inmediato quieren saber en qué área del conocimiento me desempeño (no sé si tenga cara de contadora, ingeniera o arquitecta, todas las profesiones deben ser interesantísimas) cuando les digo que imparto literatura veo cómo cambia su semblante y me dicen: ¿literatura? Mmm, o sea que ¿nada más leen? Yo procuro respirar, sonrío y digo que sí, nada más leemos, sentimos y procuramos compartir la vida.
       Nada sencillo si lo vemos desde una mirada de lo material y de todo lo que envuelve a esta era, aunque sé que en todas las épocas muchas veces se ha percibido al arte como un pasatiempo, de ahí que cuando se piense en literatura solo venga una especie de ensoñación o gente sin quehacer; se imaginan si respondo que además escribo y soy poeta (en este momento imagino cómo se irían de espaldas). 
       Una poeta o un poeta dónde trabajan, quién los toma en serio y para qué sirven; un fin utilitario siempre. Y sí, soy poeta y me dedico a dar clases y a coincidir con seres humanos que me enseñan una infinidad de cosas y me permiten abrir más la mirada a todos aquellos resquicios de la existencia. Escribo poesía y como expusiera Pavese [1] “...Escribir poesía es como hacer el amor: nunca se sabrá si la propia alegría es compartida...”  o la tristeza, todo aquello que nos hace humanos.
       Siempre habrá oportunidad para reunirnos en torno a la poesía, por ello se llevan a cabo encuentros, coloquios, simposios, mesas redondas o conferencias; pero cada vez me pregunto la viabilidad de éstos, porque en realidad ¿cuál es su cometido? Yo me respondo y digo que poder escucharnos y comprendernos entro de nuestras diferencias estéticas, culturales y étnicas; pero cada vez más veo una profunda pose del ser que escribe y veo alejarse a las humanidades un raudo vehículo. 
       La literatura sin etiquetas, el quehacer literario sin etiquetas, quien escribe sin etiquetas; es el lector quien decide qué le place y qué no, más bien deberíamos ufanarnos en continuar atrayendo seres que quieran leer y compartir la palabra; los laureles que queden para las rotondas, uno a lo que sabe y decide ser y hacer. 
       En una sociedad de excesivo uso tecnológico y, al mismo tiempo, apremiante ante el desastre climático autoinducido, ante una deshumanización constante, es urgente la poesía, la poesía y las humanidades que consuelan y abren vías para una reconstrucción individual, pero sobre todo colectiva, porque es saludable y esperanzador.

“Había otra realidad detrás de las palabras, y detrás de la apariencia de la realidad. Eran palabras más fuertes que decían más, que tornaban fuerte lo que parecía ligero, y aligeraban lo que parecía pesado. De este modo el mundo inextricable abrió una pequeña puerta para mí, y mi mente se hizo, o se reconoció, metafórica”. [2]
  
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Leer libros de poesía, ustedes decidan cuál les convence y atrae.

Foto de Abdullah Ghatasheh en Pexels



[1] Cesare Pavese, escritor y poeta italiano, su libro, que en realidad fue su diario El oficio de vivir  es un extraordinario testimonio sobre la vida y el oficio de un escritor.
[2] María Auxiliadora Álvarez, profesora de literatura, poeta y ensayista, considero una gran voz de la literatura contemporánea latinoamericana. 

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