La primera vez que leí a Josefina Vicens (Tabasco, 1911), tenía diecinueve o veinte años y todo iba encaminado: me desplazaba con toda la libertad del mundo del pueblo a Torreón, donde estudiaba Arte Dramático en el hermoso Teatro Isauro Martínez, acababa de obtener un segundo lugar en el concurso de ensayo Magdalena Mondragón y mis cuentos se publicaban en El Juglar, el periódico que en aquél entonces editaba Difusión Cultural de la UAC. Así que la angustia de José García me era incomprensible, pensaba que sí el hombre realmente quería escribir, pues se pusiera a hacerlo sin tanta vuelta, sin tanta duda, como dice un amigo “hágalo, sin hache”.
       La historia de José García es la de un hombre enganchado en una no-vida. Todo lo que hace es “lo correcto”, “lo que beneficia a los demás”, “lo bien visto”. Incluso su necesidad de escribir es algo que esconde, que lo hace sentir culpa, por eso su segundo cuaderno lo tiene en blanco. No puede romper lo establecido para ser él, para tener una vida, como es su gran anhelo.


Y sí, la segunda lectura de El libro vacío, me hizo ver la cantidad de gente que se encuentra atrapada en las páginas del cuaderno en blanco de esas vidas no realizadas. Me hizo sentir afortunada. La vida es un libro escrito, no ese diario atormentarse con lo que no se es o lo que se sueña como imposible.
       Josefina Vicens, al igual que Juan Rulfo, solo escribió dos libros, El libro vacío y Los años falsos. Y también se le preguntaba con frecuencia cuándo escribiría otra novela. Sobre todo porque entre las dos publicaciones mediaron veinticuatro años.
       Vicens colaboró en distintas publicaciones con los seudónimos de “Diógenes García”, “Pepe Faroles” y “José García”; en 1948 escribió el primero de más de 40 guiones de cine. Fue la primera mujer en recibir el premio Xavier Villaurrutia por su novela El libro vacío, cuya primera edición contiene, a manera de prólogo, una carta escrita por Octavio Paz.
       Vivió de la escritura y de su trabajo como secretaria en diversas dependencias y sindicatos. Tiene un cuento, Petrita, y una obra de teatro.
       He dicho que José García no escribe, aclaro que lo que no escribe es su segundo cuaderno, ese que se inventó para pasar “en limpio” todo eso que ya escribió en el primero. Un primer cuaderno donde relata todo lo que le va pasando, todo lo que piensa de eso que sucede, todos sus recuerdos y lo que hubiera querido hacer. Así, uno de los pasajes más desoladores es cuando nos cuenta su deseo de ser marinero y como su madre le quitó esa idea.
       Historia de cosas pequeñas, lo cotidiano, lo no importante, pero que está lleno de vida. Una narrativa sencilla, pero con un peso existencial terrible. Nos hace cuestionarnos el sentido del estar.
       Dice la autora que es una especie de autobiografía con respecto al problema de la hoja en blanco, que por eso ella misma publicó tan poca literatura. Pero al mismo tiempo logró escribir una novela a la manera de los existencialistas franceses. Plantear esa angustia al ser poseedores de una libertad que se teme ejercer.
       Incluso sus relaciones amorosas son terribles, no hay un sentimiento alegre en ellas, son retorcidas en la soledad que conllevan, está con mujeres que no aportan para crear una relación humana, todo es gris en el supuesto amor.
       Para José García hubiera sido muy fácil dejar a su familia, irse a un pueblo junto al mar, vivir de la pesca, escribir todo el día y olvidar la culpa. Sin embargo, decidió hacer lo contrario, trabajar en la burocracia, tener dos hijos, una esposa que resuelve lo cotidiano y anhelos, muchos anhelos que permanecen en lo que él llama su estudio, en cuyo escritorio descansan los dos cuadernos, el vacío y el que no puede dejar de escribir.
       Y, a pesar de todo, de que no suceden grandes cosas, de lo diario que es el vivir de García, uno no puede dejar de leerla. Novela de las que se leen en una sentada, siempre esperando a que José se decida, siempre deseando que su libro vacío se llene de cosas que a él lo hagan menos taciturno, que le den un rato de felicidad verdadera. 

TERESA MUÑOZ. Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, entre otros. Trabajó con Abraham Oceransky en 1994 en gira por el Estado de Veracruz con La maravillosa historia de Chiquito Pingüica. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014. Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura, gramática, traducción, interpretación, inglés y francés. Escritora y directora de monólogos teatrales. Coordinadora de Literatura y Artes Escénicas de la Biblioteca José Santos Valdés de Gómez Palacio, Dgo.