Con Sergio Pitol (Puebla, 1933) tengo tres momentos: En el primero, yo acababa de llegar a Xalapa a estudiar en la Veracruzana, y la revista Anónimos Suburbios iba a solicitarle ser parte del consejo editorial. Me tocó ir en la comitiva, estrechar su mano, escucharlo hablar de literatura.
     En el segundo, ya con dos hijos, fue en su casa. Visitas sociales donde mis dos hijos mayores, todavía demasiado pequeños, acostumbraban a acostarse encima de Sacho, al que bautizaron como “el perro trapeador” por lo tupido y gris de su pelo. A Pitol siempre le llamó la atención que los niños no le tuvieran miedo. En esas visitas se hablaba algo, muy poco de literatura, más bien de cosas familiares.
     El tercero fue en la FIL hace unos diez años, y no contaré la anécdota (todavía nos reímos con ella) pero fue la última vez que lo vi.
     Por supuesto que estoy hablando sobre la persona. Los momentos con el escritor han sido más, tantos como pueda releer La vida conyugal, historia ácida y terrible, sobre la vida rosa de un matrimonio.
     En general, la obra de Pitol maneja un humor negro muy sutil, una burla a lo que es ser escritor, un retrato de la sociedad pretenciosa, absurda, que quiere ser culta, artística y solo consigue ser cursi y perdida en un mar de palabrería sin sentido.
     Jacqueline Cascorró, mujer extraviada en sueños que, de tan absurdos, resultan grotescos. El primero de ellos fue creer que con cambiarse el nombre, María Magdalena era el original, podría convertirse en otra. Mujer insatisfecha. Todo el tiempo deseando diferente situación en lugar de disfrutar la que ya posee. Sus planes se vuelven en contra suya, precisamente por irracionales. Posee un diario donde la vemos debatirse entre la realidad y sus deseos de esa irrealidad difícil de alcanzar, ya que corresponde meramente a la literatura rosa.
    Humor refinado y mordaz. Narra la historia de un matrimonio a partir del momento en que ella se da cuenta de que precisamente estar casada es su obstáculo a la felicidad y a la plena realización de sus sentimientos amorosos. Los cuales varían dependiendo de su estado de ánimo.
    La vida conyugal clausura un ciclo iniciado con El desfile del amor que continúa con Domar a la divina garza. Se agruparon bajo el título de Tríptico de carnaval, pero en realidad son completamente autónomas, no comparten personajes, ni hilo narrativo o anecdótico. Simplemente se caracterizan las tres por el tratamiento paródico o carnavalesco de la realidad, por la deformación grotesca con la que cada una narra las diversas aventuras de sus personajes.
     Arquetipos caricaturizados de ciertas clases sociales, como aquella que busca el matrimonio como una forma de legitimar todo, incluyendo el engaño, la insatisfacción y el egoísmo. La vida conyugal se vuelve de mis favoritas, esencialmente por eso, ¿quién no conoce parejas de ese estilo?  Como lectores no podemos apiadarnos de nadie, todos se merecen estar en ese circo y su problema será resolverlo solos; si por algo pierden, qué importa, su caída será nuestra diversión, a la manera de la comedia francesa “qué bueno que no me sucede a mí”, pero también “¿cómo es posible que no lo vieran (los personajes) venir?”.
     Pitol crea personajes cada vez más esperpénticos conforme avanza en el Tríptico, logrando que el lector se libere a través de la risa y logre, al mismo tiempo, reflexionar sobre la vida en general. Recordemos que también se puede enseñar a través de la farsa.
     El desfile del amor se vuelve hilarante por lo enredado del misterio, cuyas pistas son un laberinto que dan vuelta y regresan a decirnos que no hay tal misterio, que todo estuvo muy claro desde el inicio, que la pregunta directa es la mejor solución, como pudo serlo el divorcio para Jacqueline.  
     Pitol y su novela fársica merecen ser conocidos y reconocidos por las nuevas generaciones. Más allá de los escenarios extranjeros, como en el caso de Domar a la divina garza, sus personajes retratan a toda la humanidad, de hoy y siempre. Los invito a buscarse y encontrarse en la divertida literatura de Sergio Pitol

Fotografía del autor: que-leer.com

TERESA MUÑOZ. Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, entre otros. Trabajó con Abraham Oceransky en 1994 en gira por el Estado de Veracruz con La maravillosa historia de Chiquito Pingüica. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014. Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura, gramática, traducción, interpretación, inglés y francés. Escritora y directora de monólogos teatrales. Coordinadora de Literatura y Artes Escénicas de la Biblioteca José Santos Valdés de Gómez Palacio, Dgo.