No soy muy amante de las librerías, sé que esto me generará antipatías y no es mi obligación explicarme, pero mucho tiempo fui parte de esa población emergente conocida como “madre soltera” e ir a la librería era más padecer que gozar: sabía que no compraría nada, así que ¿a qué ir?
Con el tiempo, la situación económica fue mejorando pero quedó en mí esa sensación de las librerías como un espacio innecesario en mi vida por dos razones: libros excesivamente caros, aquí muchos me dirán que de pronto tienen ediciones muy económicas, pero sin afán de molestar, lo único que encontramos económico son clásicos de la literatura que ya leí o ya tengo en casa y que, va la segunda razón: puedes encontrar de manera gratuita en tu biblioteca de confianza.
Así que la primera sorprendida con mi comportamiento fui yo cuando, después de las navidades quise entrar a la librería a buscar un título en particular. No encontré aquél libro, pero al andar tonteando por los pasillos, viendo portadas, sorprendiéndome de la cantidad de gente que escribe, de la cantidad de temas, del montón de textos, sentí que me hablaban. Volteo y ahí estaba: Lucia Berlin (Alaska, 1936), un nombre que se me hacía conocido; el título del libro Manual para señoras de la limpieza me remitió a algo que leí por ahí. Le quité el plástico que siempre los cubre (otra cosa que no me gusta) y al hojearlo supe que no me iba a casa sola ese día.
Un libro que pude haber terminado de una sentada si hubiera tenido vacaciones. Así de interesante, intenso, y empático resultó el volumen de cuentos.    
Sus relatos son historias que rayan en la confesión, pero como dice su hijo Mark, del primer matrimonio de Lucia y que falleció un año después que ella en 2005, “mi madre escribía historias verdaderas; no necesariamente autobiográficas, pero por poco”. Y es ese “por poco” lo que la vuelve entrañable, lo que nos hace sentir que a pesar de ser norteamericana, de su alcoholismo, de su itinerancia, o gracias a ello, somos muy parecidos. Las experiencias vitales narradas en este libro de cuentos, son cotidianas, pudieran parecer vanas, es decir, ¿historias desarrolladas en la lavandería, mientras esperas que la secadora termine con tu ropa para irte? Pues Lucia logra atraparte con la observación que hace de esos momentos tan del diario.
Madre de cuatro, tres matrimonios, un alcoholismo intermitente, los personajes de Berlin son enfermeras, profesoras, señoras de la limpieza, esposas de drogadictos, hermanas de moribundas. En sus historias recorremos Norteamérica, con pasajes en México y en Chile. Vemos a una niña rica, una niña bien, que quiere ser parte de la revolución, pero a la que no dejan sus amigos del club, rescatándola a tiempo de “echar a perder su vida”. Así como el racismo de una abuela, que solo ve a sus nietos “de lejos, sin que la toquen” porque son mitad mexicanos.
Pero todo lo anterior, narrado con gran humor, negro, pero al fin y al cabo humor. No hay personajes flagelándose por sus conductas o la de los demás, ni siquiera la chica a la que su marido manda por cristal a México, ya que “a ti no te atraparán, nadie revisa a las embarazadas”.
Pareciera que Lucia simplemente hace retrato de lo que vivió, pero no, su escritura va más allá de la simple descripción de acciones, tiene una profundidad que deja aterrorizado al lector. Hay que tomarse un descanso entre cada cuento, para reflexionar mientras se respira. Porque lo que leemos es la filosofía de una mujer que acepta la vida y la hace, no simplemente la vive, sino que la exprime, la toma entre los brazos, la voltea, la hace suya. Lucha contra la esclerosis, hace trabajos de todo tipo para mantener a sus hijos y escribe, aunque es hasta hace poco que se le está dando a su obra el lugar que le corresponde.
Y aunque ella misma hizo en algún momento mención a la cercanía que sentía por la obra de Raymond Carver, sé que Lucia Berlin es una escritora que sacude precisamente porque no se parece a nadie más; aunque su estilo esté de moda hoy en día con el nombre de autoficción, lo que ella escribe, aunque sacado de la realidad, nos muestra porqué la escritura es una de las bellas artes.

TERESA MUÑOZ. Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, entre otros. Trabajó con Abraham Oceransky en 1994 en gira por el Estado de Veracruz con La maravillosa historia de Chiquito Pingüica. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014. Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura, gramática, traducción, interpretación, inglés y francés. Escritora y directora de monólogos teatrales. Coordinadora de Literatura y Artes Escénicas de la Biblioteca José Santos Valdés de Gómez Palacio, Dgo.