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Hace dos décadas murió, en Guadalajara, Ramón Rubín. El 25 de mayo de 2000. Tenía 87 años de edad. Nacido en Mazatlán el 11 de junio de 1912, el escritor no tuvo el aprecio, en su momento, de la mafia literaria, que era, como ya se sabe, la que decidía quién, según ella, hacía buena o mala literatura.
      Pero a Ramón Rubín, para fortuna de las letras, le tenía sin cuidado esta opresora opinión: continuó escribiendo pese al silencio de la supuesta crítica literaria que debía velar por las novedades editoriales.


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Decía Ramón Rubín que jamás se ponía a pensar en la literatura como tal. “No sé ni lo que se entiende por literatura —dijo el escritor sinaloense a Emmanuel Carballo (1929-2014), quien consigna sus palabras en el libro Protagonistas de la literatura mexicana—. Me considero un simple narrador. En consecuencia, no concibo que mis escritos puedan tener otra función que la de distraer y emocionar al lector. Desahogo las emociones relatando aquello que me impresiona hasta conmoverme. Creo que siento cariño por el ser humano y la naturaleza y que tengo la obligación de hablar de ellos, al igual que una fuerza interior desconocida nos mueve a hablar sobre la mujer que amamos. Además, como soy un mal conversador, escribo”.
      Hasta cierto punto, dice Emmanuel Carballo, “Rubín es un escritor ingenuo, un realista tradicional. Conocedor del campo y la ciudad, de los distintos grupos étnicos, sus obras se caracterizan por el apego a la naturaleza, al carácter de los personajes y a las condiciones sociales y económicas de las distintas regiones del país”.


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Empero, en su momento, Emmanuel Carballo tuvo algunos acres debates con Rubín quien, renuente, se negaba a aceptar las consideraciones teóricas del joven crítico que ponía algunos reparos en su narrativa como, por ejemplo, el que sus personajes no alcanzaran a desarrollarse a lo largo de sus obras.
      En otras palabras, que no alcanzan categorías de seres vivos. Crea a los personajes como un padre autoritario educa a sus hijos: a su imagen y semejanza. No les concede el derecho de equivocarse, de actuar y expresarse con libertad y cierta dosis de incoherencia. A mi modo de ver suscribe Emmanuel Carballo, sus personajes están atados, desde un principio y fatalmente, a las ideas que trata de demostrar en cada una de sus obras.
      Asimismo, Carballo rechazaba algunas de las novelas, y algunos de los cuentos, de Rubín “no porque traten temas antropológicos, con métodos próximos a la antropología [y sin ser Rubín un antropólogo], sino porque se quedan en los dominios de la ciencia y no en los de las letras”.
      Era la tesis, tal cual, de la mafia cultural sobre Ramón Rubín.


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Pese a todo, Emmanuel Carballo, en el libro referido Protagonistas de la literatura mexicana, le auguraba un feliz destino.
      “No sería remoto —apuntaba Carballo al mediar los sesenta del siglo XX—que Ramón Rubín se convirtiera, a la altura del año 2000, en un clásico de nuestras letras. Para entonces las obras artísticas que no se sustentan en la realidad habrán perdido sus pequeños encantos y las obras crudas (como la suya) habrán purgado sus errores evidentes. En una literatura como la mexicana, en la que los innovadores se cuentan con los dedos de una mano, es menos peligroso ser auténtico que mimético”.
      Erró Carballo. Rubín muere exactamente en el año 2000 —el jueves 25 de mayo—, el año en que Emmanuel Carballo pensaba que iba a ser considerado, ya, un clásico de las letras mexicanas.
      Falso.
      Ni su muerte fue desplegada a los cuatro vientos, ni el entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes se inmutó, ni realizó algún homenaje póstumo, ni ha elaboró una revisión exhaustiva de su obra completa.
      Nada.
      Si en vida Rubín fue ignorado por los detentadores del poder cultural (Agustín Yáñez lo odiaba), ¿qué se puede esperar, ahora —a dos décadas de su deceso—, que el autor se ha ido para siempre, que su silencio es, ya, definitivo?
      A su sepelio, efectuado en Guadalajara, donde murió —a los 87 años de edad aquejado de cáncer—, sólo acudió, como notifica Nubia Macías del diario jalisciense Público, “un puñado de amigos y su familia. ‘No avisamos a nadie de su muerte, ¿para qué?’, dijo su hija Iyali, antes de partir hacia el panteón de Mezquitán donde depositaron los restos de su padre”.


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No fue el 2000, como auguraba Emmanuel Carballo, el año de su consolidación, sino el de, ¿cómo iba a adivinarlo el crítico?, su pesarosa partida de este mundo. Como la mayoría de sus personajes, de algún modo eternamente derrotados, tristes, maniatados, Ramón Rubín no encalló en los puertos de la bonanza literaria. Tal vez su único amigo, dentro del circuito cultural, fue Juan Rulfo, que lo animara, pese al rechazo de la “crítica”, a continuar la senda escritural, a la que heredara una docena de novelas y aproximadamente 500 cuentos. Al partir dejó unas memorias que aún no tienen editor, según entiendo.
      Destino trágico el suyo, tal como el de Kanamayé Mijares —de su libro La bruma lo vuelve azul (1954)—, el huicholito que naciera luego de que su madre, Lupe Kuyertzituxa, fuera violada por el bandolero José de Jesús Ángeles, el Cuatrodedos, y que a resultas de este ignominioso asalto sexual el marido, Antonio Mijares, quien vivía además con otras cuatro esposas más en su hogar (“hay tal reverencia entre los huicholes por el número cinco —aclara Rubín en el vocabulario especializado de su libro— que se considera que un matrimonio está convenientemente completo hasta que el hombre consigue cinco esposas, aunque sólo una de ellas tenga carácter oficial”), logra matar, después de intensas golpizas cotidianas, a Lupe porque no puede perdonarla por no haberse muerto, “con dignidad”, luego de la violación, consiguiendo con ello el permanente escarnio público para su marido.


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Así, pues, desde su nacimiento, Kanamayé fue puesto en duda por la hombría de su padre Antonio, que no consiguió olvidar nunca la injuriosa afrenta cometida en su contra por el Cuatrodedos. Fue relegado de la familia, visto como un hijo ajeno, despreciado. En la primera oportunidad, su padre lo regaló al brujo Chuy Taemú para que le sirviera de criado.
      Después, ya crecido, Kanamayé retorna a su pueblo natal, Guadalupe Ocotán, acuciado por saber la verdad de su origen, pero regresa a lo peor. No sabe si es el hijo del Cuatrodedos, que no era huichol sino mestizo que lo elevaría automáticamente a él, a Kanamayé, a la categoría superior de “blanco”, nivel que disminuiría de antemano a su otro padre, el indio Antonio Mijares, el que matara a su madre a golpes sin ninguna conmiseración. Torbellinos violentos se agolpan en el interior de Kanamayé, que no sabía, ante la duda de su origen, qué camino tomar. No se podía quitar de la cabeza esas ideas malsanas.
      —De lejos todo se ve facilito —le advirtió Filigonio a Kanamayé, disuadiéndolo de su venganza, tratando de calmarle la ira contenida—. ¿Ves aquellas sierras lejanas? La bruma y la distancia las vuelven azules; pero nomás métete en ellas y vas a ver que son un puro y pardo erial; ¡puritita pelonera!
      Ramón Rubín sabía que en el mundo de la literatura la cosa era, es, igual: la bruma, de lejecitos, volvía al mundo literario, y lo vuelve, azul; de cerca era, y es, un puro y pardo campo sin cultivo, ¡una puritita pelonera!


VÍCTOR ROURA. Posee una trayectoria de más de 40 años en el periodismo cultural. Fundador de importantes medios en el país, como Unomásuno y La Jornada, y creador de la sección cultural de El Financiero, así como de los periódicos culturales De Largo Aliento y La Digna Metáfora. Es autor de medio centenar de libros en los que ha explorado el ensayo, el cuento, la poesía, la narrativa e incluso la ilustración para hablar acerca de rock, erotismo, prensa y literatura (poética y narrativa, sin hacer a un lado las letras infantiles); se ha adentrado en la crónica de las perplejidades del medio escritural e informativo y demás jocosidades del ámbito en el que se ha desempeñado toda su vida. Subdirector cultural de Notimex.

Fotografía: Proceso