No es una manzana lo que gira al centro de la habitación.
Una locomotora a todo vapor entra a la estancia
derritiendo el vacío.
No es un hombre con sombrero lo que está detrás del espejo.
No la eternidad sino el instante reflejado en la superficie:
alguien acaba de salir azotando la puerta.
Alguien grita en el piso de abajo que paren esa música.
Continúa el repiqueteo del justo mediodía
a esa hora sonámbula y sola.

Tu madre ha enterrado en el jardín la llave del cerrojo.
Las puertas que dan al mar se han sellado para siempre.
Tu padre mastica tabaco en el sótano
mientras termina de coser aquel vestido:
nunca soportaste la ronquera sorda de aquellas tijeras
invisibles con que parecía recortar las márgenes
de una cicatriz.

Nadie mira atrás impunemente, René.
Nadie corta del árbol de la noche un fruto estrellado
y se echa a dormir, René.
Nadie mira en el espejo de los armarios
para morir encerrado y triste.
Y ese tic-tac en la habitación…
Y esa locomotora encendida…
Y la música en el piso de abajo…

Ese tren… René. Ese tren.

Alguien debería detener ese tren que está a punto de convertirse
en un sueño apuñalado
que abrirá tus ojos cerrados por el cansancio. 



Arriba, un espejo y dos candelabros.
El tiempo persiste en su reflejo.
Abajo, una locomotora penetra
a todo vapor en la estancia.
Una chimenea sostiene el mundo.
Arriba, 17 para la 1.
Abajo, la visión se sumerge en la soledad luminosa
de una habitación.
Esta vez no hay hombres con sombrero
volando por los tejados.
Esta vez no hay jinetes pasados a cuchillo
por la luz
ni siluetas recortadas contra el cielo
ni puertas que dan al mar
o jaulas carnívoras
que devoren a las palomas
detrás del sueño.
La lluvia no está, René:
la bóveda de la noche ha ido a meterse
a la boca del mediodía
y tus tijeras invisibles yacen al fondo
de un cajón perdido en tu imaginación.
El cuarto está vació, René.
Tu madre ha decidido asegurar con postigo
todas las ventanas que dan a la mina de piedra
de tus ojos.
Tu padre fuma en el sótano
y en aquel cuarto el instante ha detenido
el sulfuroso ritmo de tu corazón.
Sólo el vapor de esa locomotora
hace girar el hilillo blanco de la vida.
¿En qué estación irá a detener su marcha
ese ovillo de juguete?
¿Brujas, Bruselas, Amberes?
¿Cómo reconocerán tus pies desnudos
el camino de regreso a casa
justo a tiempo para la cena?