Por las páginas de esta novela se pasea un Anciano Inescrutable, el dueño de todos los enigmas del tiempo y la eternidad. Se pasea por un reino sórdido de apariencias y engaños, que de tanto estarse repitiendo y aliñando, terminan por enterrar la verdad de un dilatado poder. Pero ¿qué es? ¿qué representa el poder en la fina alegoría de El otoño del Patriarca? ¿Es el poder un asunto exclusivo del gobierno?, por el contrario, ¿es un ansia de adueñarse de todos los seres vivos, incluso de los fenómenos naturales?, o como sostiene el narrador, ¿“es un vicio de mandar”? En este ensayo analizaré las representaciones que del poder hace Gabriel García Márquez en la construcción de la historia de ese gran antihéroe que es el Macho, el infalible déspota Zacarías.
         El otoño del patriarca, como sostiene Miguel Ángel Quemain, se escribió en un contexto específico de la historia política de América Latina:
 
Cuando se publica… ha pasado ya la desgracia chilena y los gallinazos que no son ni de izquierda ni de derecha, han destrozado ya a Salvador Allende; el paisaje chileno se refleja en los lentes oscurísimos de Pinochet. Pasa lo mismo en Uruguay, Juan María Bordaberry ha entregado el país a los militares a través de un Consejo de Estado; en el charol de las botas de Jorge Rafael Videla se miran oprimidos los argentinos desde marzo de 1976 que da el golpe de Estado en Argentina y se establece la dictadura hasta 1983.[1]

Como se aprecia, la novela surgió en los últimos años de las grandes dictaduras latinoamericanas; distintas en geografías pero idénticas en el sentido de encarnar gobiernos brutales que marcaron la historia del continente. Ese núcleo, el afán de desentrañar los secretos e impulsos de los gobiernos despóticos, llevaron desde principios del siglo pasado a que surgiera en la literatura latinoamericana una llamada “novela de dictadores” que de una u otra forma retratan la vida cotidiana de estos pequeños reinos infames. El otoño del Patriarca también sigue los pasos de sus predecesoras: hablar del enigma implícito en el dictador, el supremo patriarca como decía Mario Benedetti, cuyo poder y obras son tales que parecen de fantasía. El otoño abona entonces a esa literatura que desmenuza las quimeras de las formas de gobierno; nombra y define con una precisión verbal y un fraseo inconfundible el escenario de un reinado absoluto, apegado a caprichos y fantasmas que engendran todo tipo de violaciones a la ley y al orden democrático.
         Aunque tardía respecto a otras grandes novelas del género, El otoño no enarbola la picota del liberalismo, ni esconde una propaganda a favor de la democracia, soluciones que en conjunto y como ha demostrado la crisis de nuestra época, resultan tan agresivas como la misma tiranía que pretenden derribar. García Márquez en realidad emprende la construcción de uno de estos reinos terribles apegado a la más pura realidad, aunque el lector novel podría pensar que describe la pura desmesura de lo fantástico. El lugar donde suceden los acontecimientos puede y de hecho es a un tiempo el Caribe, Sudamérica: la Nuestramérica que pregonaba Juan Acha. Su pequeño sátrapa reúne elementos históricos de todas las épocas y representa todos los valores que dichas dictaduras fueron usando como banderas. Ahí está el orden y progreso positivista, las ideas del federalismo recalcitrante que buscó erradicar a los conservadores para implantar la idea de un gobierno liberal al modo de los Estados Unidos; también está presente la lucha contra el invasor norteamericano, la emancipación de Europa, la más rabiosa soberanía engendrando al nacionalismo fanático que alimenta grandes discursos pero pocas obras. En fin, como también sucede con la obra mayor del escritor colombiano, en realidad está toda la historia de nuestro continente. Para muestra, las apariciones reiteradas de la figura de Cristóbal Colón, el Almirante de la Mar Océana, que también es la representación de un anhelo de dominio imperial, el inicio de nuestras desgracias políticas.
          Esta presencia diacrónica de la historia del continente permite que la novela construya un tiempo narrativo novedoso, donde se va mezclando el pasado más remoto con el presente que anticipa de hecho, el futuro de todo un continente. Junto a los retratos impávidos de los virreyes en el palacio de gobierno se yerguen los ministerios construidos con vidrio, epítome de la modernidad. Conviven los recuerdos de las guerras decimonónicas (“el tiempo de los godos”, “las revueltas federalistas”) con los lastimosos primeros años del siglo XX cuando los norteamericanos comienzan su política de expansión e imperialismo agresivo en la desafortunada frase del presidente James Monroe: “América para los americanos”.
         Pero la novela no es exclusivamente una historia continental, sino a mi modo de ver, un escenario, un gran y majestuoso paisaje interior que proyecta como teatro de sombras “la vasta parafernalia del poder”. Aquí regreso al contexto. Publicada por primera vez en 1975, la novela sucede cuando el escritor ya publicó su gran obra Cien años de soledad, cuando el boom latinoamericano ha cobrado prestigio mundial y sobre todo, cuando las vanguardias estilísticas han dado lo mejor de sí. La novela obedece formalmente a una acuciosa lección para asimilar el uso que se le puede dar al lenguaje entre sus extremos más luminosos: primero, el poder implícito en el Nombre como Elias Canetti profería, es decir, la posibilidad de ir nombrando a todo el universo de la ficción, lo que equivale a crearlo: poder demiurgo; y por otro lado, el sentido poético de una enunciación justa, las posibilidades polifónicas, de ritmo y tono que usualmente no parecen corresponder a la prosa.
          “Novela nominal”, califica Quemain al Otoño, pues García Márquez va nombrando las cosas, sucesos, sentimientos y formas y de esa forma las reinventa o bien, las explica esencialmente. No es luego entonces, un mero ejercicio descriptivo, aunque así parece de pronto, ni meramente metafórico, como se puede pensar en el primer capítulo, sino la sucesión de imágenes que desfilan entre lo mejor de una prosa poética y un inmejorable ritmo de narrar. A veces hay vértigo, a veces pausas, largas perífrasis para llegar al punto, o una violencia verbal que tira a diana de forma directa y roma;  “tiempo del narrador que edifica sin fisuras las repeticiones, los coros, el ritmo y la velocidad de los acontecimientos que se suceden bajo la lupa de la morosidad; o, a una velocidad que solo permite percibir los objetos en movimiento a costa de perder el mural que conforma el paisaje”, apunta oportunamente el ya citado Miguel Ángel Quemain.
          El dictador de esta novela gradualmente llega a una auténtica histeria de poder, producto no solo de su senilidad, sino de su enorme egotismo. Sin embargo, pese a las aparentes extravagancias, nunca es una caricatura. Se trata de un hombre real, valeroso en su momento, un auténtico héroe que emergió de entre una camada de voraces generales (“un sábalo nadando en un mar sin Dios”) y se hizo del poder por medio de una inteligencia maquiavélica y corazonadas que se podrían asumir como parte inherente a los déspotas. Zacarías es primero el gran líder carismático que trazó Max Weber: conoce el nombre completo de las personas, de sus problemas y rutinas, se mete él mismo a dar consejos, reparar máquinas y recorrer su patria. Pero más adelante sabemos que se hizo del poder por un mero truco que le permitió extender su dominio indefiniblemente y que en este momento del siglo XXI nos parece terriblemente irónico e incluso clarividente: la emergencia sanitaria de una epidemia le dio poderes extraordinarios por tiempo indefinido. Esa humanidad del déspota, matizada a la contraluz del “realismo mágico” de su tono, le da singularidad a la novela, pues a diferencia de otras de dictadores, nos muestra los claroscuros del déspota e inclusive nos sugiere la compasión y empatía con su inevitable caída.
         Pero por otro lado, la novela insiste en que el tirano es inescrutable (los adjetivos en ese sentido son muchísimos: el insondable, el inescrutable, el invisible, etc.) y nadie puede predecir qué hará y cómo reaccionará en lo sucesivo. La máscara impenetrable, pétrea, lo va convirtiendo en amo del tiempo, en un ser impredecible que se aferra al mando porque sugiere, nadie más podría hacerlo, porque nadie quiere hacerlo, porque sólo él está destinado a hacerlo, de tal modo que incluso resucita las veces que sea necesario para mantenerse en el poder.
          Ahí encuentra uno una excelente metáfora de lo que significa y representa el poder. El tirano es como ya dije, inescrutable, un ser invisible, imposible de entender, lo que le permite justificar sus aberraciones y caprichos, pero eso mismo es la fuente de su timidez, atributo impensable para un déspota asesino pero que, sin embargo, parece ser parte de la etología de los dictadores: niños incomprendidos, huérfanos o sin la presencia de una figura paterna, hijos de madres posesivas o sobreprotectoras y en suma, seres incapaces para el amor. El Macho, por ejemplo, se esconde en la fachada del boato, en las ceremonias, los trajes, la modificación de la historia misma, pero le da pena salir al balcón para encarar a la multitud. Es un hombre de mundo que trata con arrogancia a los diplomáticos y las prostitutas de lujo, pero se aferra a los más cerriles y pedrestes hábitos: las vacas viven en su palacio, él controla un negocio de leche y quesos, gusta de cerrar las puertas del palacio personalmente y apagar la luz. Para no parecer el ser vulnerable que es y para no caer de lleno en la brutalidad prefiere ser invisible, pero siempre atento, incluso muerto, incluso senil y decadente. Los vaivenes del gobierno pueden ser muchos, pero él tirano siempre sabe cómo regresar, como péndulo a la base imantada de su forma para mandar y mantenerse en el ejercicio vicioso de disponer de la tierra, los hombres, las mujeres, el universo, las leyes y la vida entera de su país.
         No obstante lo anterior, el tirano es un ser solitario, un hombre que cambia el amor (“las palmas de sus manos son planas”) por esa potencialidad de mandar, imponerse, provocar terror. La búsqueda del amor troca en configuración de virilidad. Pese a sus inmundicias morales y físicas, el hombre siempre será viril por efecto de sus aduladores al grado de creérselo él mismo. Deja de ser Zacarías (una sola vez lo llama así el narrador) para dar paso a el Macho, el Padre de la Patria, el Magnífico. Aunque no lo amen las mujeres que violenta, aunque sus hijos nazcan deformes, aunque sea pura mentira y adulación que tenga virtudes de taumaturgo, él todo lo puede. Entre la creencia de ello y el brutal desengaño de la realidad, se fisura su personalidad para buscar, aunque sea una sola vez al amor. Por eso pierde la cabeza por Manuela Sánchez y después, infaustamente por Leticia Nazareno. Incluso sorprende, aunque es parte de esa caracterización de un humano que pese a su inmoralidad y al asco que puede provocar no deja de ser humano, que hubiera una niña realmente enamorada de él, una colegiala impávida que considerará en breve párrafo, que nadie más que el Macho pudo hacerla sentir mujer.
          Lo anterior nos previene e ilustra: el tirano siempre es un ser humano. El poder puede ser un vicio, pero es una gran mentira. No es asunto moral, ni ajuste de cuentas, sino una verdad inmutable. El Macho tiene miedo, el Magnífico de pronto se siente golpeado cuando descubre la verdad, “tan ineludible y brutal que solo un hombre inmune a los hechizos de la gloria y ajeno a los intereses de su poder se atrevió a exponerla en carne viva ante el anciano impasible que lo escuchó abanicándose en el mecedor de mimbre”. La verdad. No la suya, no la que le crean sus servicios de seguridad. La verdad que se impone por encima de engaños y del tiempo. Incluso, de la Historia misma. ¿Y cuál es esa verdad? No solo desenmascarar su reino de mentiras y apariencias sino también los fastos del poder, su inescrutable personalidad, la debilidad de su gobierno, su ineficacia como estadista, su peso en la historia y sobre todo, la verdad detrás de su poder, que no es sino la soledad más absoluta; la soledad de un continente que es circular, no solo una obsesión de García Márquez; la soledad de un tiempo que circula y regresa a su punto de arranque, sin haber aprendido nada de la historia ni de los errores. En eso, el anciano inescrutable es un visionario, porque pareciera que el destino de nuestro continente así ha de ser por siempre:

Si al fin y al cabo, cuando yo me muera volverán los políticos a repartirse esta vaina como en los tiempos de los godos, ya lo verán, decía, se volverán a repartir todo entre los curas, los gringos y los ricos, y nada para los pobres, por supuesto, porque estos estarán siempre tan jodidos que el día que la mierda tenga algún valor los pobres nacerán sin culo, ya lo verán, decía citando a alguien de sus tiempos de gloria.

¿Qué lección nos deja entonces El otoño? Al nivel del análisis político, pese a sus más de cuarenta años de publicación, la novela es una buena radiografía del poder. Sobre todo, porque en el contexto en que fue escrita, se pensaba que las dictaduras eran el epítome de un poder desenfrenado y absurdo que podía barrer con todas las bases de una convivencia sana, incluso racional de las sociedades. Hoy, cuando se supone que la democracia ha triunfado, implantándose por todo el continente, abriendo una nueva era política, resulta que las democracias resultan caras, ineficaces y fallidas. Que incluso permiten hacer tamañas aberraciones como las que un dictador eterno pudiera hacer a lo largo de su vida. Para muestra, los informes. Sólo en México se cuentan más de 150 mil muertos entre 2006 y 2012; más de 26 000 “desaparecidos” y la continuidad en una política agresiva y represiva desde la llamada “Guerra Sucia” hasta el día de hoy, según datos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos[2]. Seguramente, en 1975 no se habría pensado en que el futuro sería en cierta proporción, peor que el momento represivo que vivían, de modo que la novela nos enseña entonces las posibilidades del poder (recordar el fraseo agresivo y brutal pero absoluto de José Ignacio Sáenz de la Barra, el gran torturador: “que usted no es el gobierno, general, usted es el poder”) para hacernos pensar en la viabilidad y urgencia de la política, concediendo por supuesto la definición de política que hace Cornelius Castoriadis: “Lo político es lo que concierne al poder en una sociedad”, puesto que, como el mismo filósofo enseña, “siempre ha habido y siempre habrá poder”[3]. Así que es inviable pensar en la erradicación del mismo por más movimientos anarquistas y libertarios que se sucedan. El mismo tirano lo previene, según hemos dicho arriba, que el tinglado seguirá con o sin su figura, pero si es inevitable el poder, entonces debe mejorarse la política, y ahí es cuando el contexto de hoy en día, a diferencia de 1975 cuando se publica la novela, permite que sea posible, siguiendo al mismo Castoriadis, ver a la política como una “actividad colectiva que quiere ser lúcida y consciente, y que cuestiona las instituciones existentes de la sociedad.”[4] El Tirano se sostiene en el miedo, y es ese miedo el que los ciudadanos deben erradicar básicamente con su participación.
         Finalmente, a modo de conclusión, la novela también nos hace volver sobre las posibilidades reales de una novela, esa fabulosa estructura literaria que permite construir una realidad incluso más minuciosa que la realidad objetiva que nos rodea. Una novela que con todo y su estilo vanguardista, exigente, que puede rendir a un lector en la primera parrafada nos auxilia a entender de manera inmejorable, el secreto de la condición humana. ¿Habrá algún motivo más importante para justificar su lectura?

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[1] “El otoño del patriarca, la historia como repetición”, en http://www.letraslibres.com/mexico-espana/libros/el-otono-del-patriarca-la-historia-como-repeticion consultado 31 de agosto del 2020.
[2] “Situación de derechos humanos en México”, informe disponible en http://www.oas.org/es/cidh/informes/pdfs/Mexico2016-es.pdf, consultado 1 septiembre del 2020.
[3] Castoriadis, Cornelius, Democracia y relativismo. Debate con el MAUSS, Madrid, Trotta, 2007, p. 32.
[4] Íbidem, p. 33


MARIO ALBERTO SERRANO AVELAR. Escritor, historiador, y promotor cultural. Cuenta con estudios de migraciones visuales, cine, literatura tradicional y arte contemporáneo. Ganador del premio “Laura Méndez de Cuenca” de la Secretaría de Cultura del Estado de México en la categoría de novela; del Premio “Miguel León Portilla” de ensayo de la Revista Artes de México, y del premio internacional Ana María Aguero Melnyczuk a la Investigación, entre otras distinciones. Ha publicado cuentos, ensayos, crónicas y fotografías en revistas de México, Estados Unidos, Argentina y Venezuela. Escribe habitualmente en las páginas marioserrano.atavist.com y enlacaradelcerro.wordpress.com.