El terror de lo cotidiano, el deseo de no ser madre, la naturaleza fallida del hogar, lo innombrable, la realidad que nos rebasa, son algunos de los temas que se pueden encontrar en la literatura de Amparo Dávila (Zacatecas, 1928). Una escritora recién fallecida este año, con un acervo literario tal vez muy pequeño para su larga vida, pero inmenso para la historia de nuestra literatura.
       Son muy pocos los escritores mexicanos que abordan la literatura de terror. Y son menos los que lo hacen desde lo cósmico, ese horror que se tiene hacia lo que debiera ser lo tranquilizador, lo cotidiano, lo formal que es parte de nuestra realidad diaria.
       Amparo Dávila desde su contexto femenino nos envuelve en relatos donde la pregunta nunca pronunciada es ¿qué hago aquí? Es decir, los personajes saben que están en el lugar menos indicado, pero también, que no pueden salirse de ese espacio. Pareciera que lo terrorífico es visible solo a sus protagonistas y para los demás, es mera cotidianeidad. Como nos lo hace sentir en ese turbador cuento Alta cocina donde un personaje infantil se percata de algo anómalo en lo que se está cocinando, algo que nadie percibe excepto él.
       Mi encuentro con su literatura se dio por oídas. Alguien en alguna tertulia comentó algo sobre escritores de terror y salió su nombre haciendo referencia a cuentos verdaderamente inquietantes, sin monstruos, pero con sensaciones que te erizan la piel, y fue como comencé a buscarla.
       Difícil de encontrar al principio. Afortunadamente ya existen cada vez más ediciones de los cuentos de esta escritora considerada una de las más singulares de México durante el siglo XX.
       En su escritura encontramos temas como el miedo (que ya mencioné), pero también la locura, el peligro, la muerte, lo siniestro y la mayoría de sus personajes son femeninos. Dávila maneja un estilo íntimo, una voz sutil, que provoca el choque y el asombro, una vez que lleva al lector hacia la realidad alterada de su relato.
       En su narrativa podemos encontrar esto que Piglia menciona como una de las características de este género y es que hay dos historias en una sola, la que vemos y la que intuimos, esta última es la que nos permitirá miles de interpretaciones, la que se vuelve un recuerdo inquietante en nosotros.
       El cuento “El huésped” ha sido interpretado de muchas formas a partir de la historia de un esposo que lleva a un ser a vivir a la casa familiar. Un ente que no le gusta a ninguno de los habitantes, excepto al mencionado marido. Un algo que ocasiona ansiedad y miedo en la mujer.
       Muchas veces es la vida monótona que llevan los personajes de Dávila, la que dota de estas historias tormentosas, trágicas, paranoicas, a sus personajes. El encierro, el espacio conocido de siempre, la forma de vida que no cambia logra un desequilibrio ya sea mental, ya sea en la forma como se constituye el entorno, y eso detona lo siniestro, como condición ineludible.
       A mí no me tocó estar de cuarentena estos meses, pero me pregunto, ¿cuántos de ustedes que sí han estado encerrados en su hogar, lugar seguro, espacio acogedor, no han imaginado alguna situación inquietante que los hermane con algún personaje de Amparo Dávila? 


TERESA MUÑOZ. Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, entre otros. Trabajó con Abraham Oceransky en 1994 en gira por el Estado de Veracruz con La maravillosa historia de Chiquito Pingüica. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014. Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura, gramática, traducción, interpretación, inglés y francés. Escritora, directora de monólogos teatrales y autora del libro de cuentos El fin de la inocencia (Quintanilla Ediciones, 2020).

Fotografía de la autora: Milenio Cultura