Los ojos de los demás son nuestras cárceles, sus pensamientos nuestras jaulas.
Virginia Woolf

Sabemos que la valorización sobre la mujer difiere con frecuencia con respecto a la que se tiene de los hombres, tal vez por ello, hablar de María Luisa Ocampo Heredia es tan enriquecedor. Como literata sabía de ella y he acudido al teatro que lleva su nombre y hasta he participado en el Concurso Nacional de Cuento y Poesía que promueve el estado de Guerrero, pero nunca me detuve en ella como sujeto de investigación, no la recuerdo en los libros de texto de literatura mexicana ni hispanoamericana que se manejan en bachillerato y menos en los que han sido editados por la Universidad Autónoma de Guerrero, y con pesar tengo que decir que aún menos en la Licenciatura en Literatura Hispanoamericana.

María Luisa Ocampo Heredia nace en la ciudad de Chilpancingo el 24 de noviembre de 1899 (se tienen varias fechas 1905, 1907) pero cotejando en el Registro Civil es ésta la fecha en que se encuentra registrada. Ella fue hija de un hombre duranguense Melchor Ocampo y una mujer guerrerense nieta de Nicolás Bravo, Isaura Heredia. La vida los llevó a conocerse en la ciudad de Chilpancingo y ahí formaron una familia.

En los albores de la gesta revolucionaria esta pequeña pasa parte de su niñez en la calle de Rea hoy llamada Ignacio I. Madero en la capital de Guerrero. De su casa no quedan vestigios, son oficinas gubernamentales y sé que, aunque se transita por ahí varias veces al día no se repara en que ahí vio la luz una mujer que se convirtió en un fuerte eslabón de la dramaturgia mexicana pero, que por cuestiones de desinterés y por el contexto en que se desenvolvió, no fue considerada relevante.

Fue educada en sus primeros años en el centro de su hogar, vienen a mi mente esas hermosas casas de teja y de fuertes vigas, de muros de adobe y de patios llenos de plantas; esas casonas que se construían en los pueblos o en las pequeñas ciudades que empezaban a florecer; así en una de ellas acudía la profesora Amparito Asomosa quien vivió en la calle de Cuauhtémoc y las Señoritas Magos, mujeres que le procuraron educación respecto a la Historia y cuestiones de Gramática. Sabemos que el espacio privado no sólo se extendía a las mujeres adultas, también en las pequeñas quienes se iban formando con ciertos patrones de conducta para el deber ser.

A pesar de que en esa década en la que nace Ocampo Heredia Chilpancingo ve una transformación urbanística importante (se empedraron varias avenidas, se pide se coloquen aceras en las calles, cambian las luminarias de aceite por las de gas acetileno en el Jardín Bravo) la familia decide trasladarse al Estado de México, en Mineral del Oro, quizá atraídos por la creciente fama de la industria minera de ese sitio. Ahí la niña María Luisa y su hermana terminan su instrucción primaria y de nuevo la familia migra a la ahora Ciudad de México, con la intención de que sus hijas reciban una buena educación y se desarrollen profesionalmente.

María Luisa estudia carrera comercial y al mismo tiempo hace su instrucción preparatoria, después se matricula en la Facultad de Filosofía y Letras, donde concluye de manera satisfactoria. El sistema de género, como bien plantea Joan Scott, atraviesa toda cultura y todo aspecto de la cultura y se expresa y construye básicamente en tres dimensiones: la económica, la política y la simbólica. No es un territorio simple en el que se imponen y aceptan modelos y prácticas de vida sin más, sino que se trata de un campo de tensión en el que diversas estructuras campean, resisten y son aceptadas o modificadas de acuerdo con las posibilidades y circunstancias de los seres humanos que las viven. Se trata de una arena de lucha en la que se enfrentan los avances con las inercias.[1] 

¿Cómo lo vivió Ocampo Heredia? Inició su irrupción en el espacio público trabajando en la Contraloría General de la Nación, luego en la Secretaría de Educación donde toma a su cargo la edición de las revistas El Volante del Libro y El pueblo. A pesar de los contrastes que la nueva mujer comenzaba a experimentar, Mary Nash ha llamado el arquetipo de la “nueva mujer moderna”, que vestía con soltura y hacía alarde de su libertad. No obstante, la influencia de la religión católica y sus conceptos se hacían notar en todas las áreas[2], María Luisa Ocampo Heredia fue nombrada Jefa de Bibliotecas y después Directora de la Escuela Nacional de Biblioteconomía y Archivonomía (carrera que varios desconocen que existe). Gracias a ella se fomentan las Bibliotecas populares en todo el país, el ideal revolucionario cobraba vida en la idea de que la educación proveería a la ciudadanía un mejor estado social, ideal que seguimos creyendo, porque sin duda, educar al pueblo crea ciudadanía y ésta legitima la toma de conciencia social.

Esta mujer formó parte de varios grupos de mujeres que luchaban por entender o manifestar sus ideales y propuestas de derechos, no se llamó feminista por ser mujer, pero sí como dice Simone de Beauvoir comenzaba a serlo. Escribía en el periódico Nacional una columna llamada “Panorama de América” y mantenía el órgano informativo del recién nacido Partido Nacional Revolucionario (PNR) “Mujeres de México”.

El gobierno del estado en 1999 instituye un concurso de cuento y poesía, pero en aquel momento no tiene nombre específico alguno, y aunque somos en materia de lucha feminista un estado vanguardista porque en 1987 el 21 de abril se conforma la primera Secretaría de la Mujer en el periodo de José Francisco Ruiz Massieu (1987 -1993) será hasta que en la gestión de René Juárez Cisneros que se le asigna nombre de Concurso de Cuento y poesía Estatal “María Luisa Ocampo”.

Esta mujer que hizo del teatro su vida, falleció el 15 de agosto de 1974 y le pide a su amiga la Dra. Adoración Sánchez Randolph que la entierre en su ciudad natal.

Desde hace dos años y medio he recorrido el Panteón Municipal de Chilpancingo y la he buscado. Por un momento pensé que podría estar en la Rotonda de los Hombres ilustres; no está. Buscó su tumba y no la encuentro, pregunto en la administración y me informan que no tienen a nadie registrada con ese nombre, me preocupé, porque durante mis últimos años de vida he entendido la invisibilización de las mujeres, sé que para muchos lo ven como una tomada de pelo, pero no, el no ver o no volver los ojos hacia algo o peor hacia alguien hace que éste no exista, eso sucede con esta mujer importante. Visito al Ingeniero Ignacio Vázquez y me apoya para platicar con algunos de sus descendientes, poco saben y sólo uno (que no se encuentra en Chilpancingo) sabe un poco más. No cabe duda de que las mujeres han sido relevantes en la construcción de la historia y en el desarrollo de las sociedades, por qué entonces se les invisibiliza, dejando su participación en lo público como algo que se toma en cuenta, pero no tan en serio. Marcela Lagarde comenta que la invisibilización de las mujeres ocurre a lo largo del tiempo y en todas las culturas en que hay una fuerte carga cultural patriarcal.


[1] W. Scott, Joan, “El género, una categoría útil para el análisis histórico”, en Marta Lamas, El género y la construcción de la diferencia sexual, PUEG-UNAM-Miguel Ángel Porrúa, México, 1996.

[2] Tuñón, Julia.  Mujeres en México. Recordando una historia (1998), Conaculta-INAH, México, 2004. 

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