En esta ocasión, la autora Amparo Dávila se integra a la sección #LasImprescindibles que ha recibido excelentes comentarios. Amparo Dávila nació el 21 de febrero de 1928 en Pinos, Zacatecas, México. Perteneciente a la llamada Generación de medio siglo, su obra, poblada por seres extraños y perturbadores, cuentan historias de terror y fantásticas de corte un feminista. Su literatura fantástica y de terror narra lo que vivió de niña. El peligro, el miedo, la muerte fueron sus temas más recurrentes.
Sus libros son: Salmos bajo la luna (1950), Perfil de soledades y Meditaciones a la orilla del sueño (ambas editadas en 1954). En ese año Amparo Dávila se trasladó a la ciudad de México para cursar estudios universitarios y se integró como secretaria del escritor Alfonso Reyes quien la animó para dedicarse a la escritura. Contrajo matrimonio con el pintor Pedro Coronel, con el que tuvo dos hijas.
Su libro de cuentos Tiempo destrozado se publicó en 1959, y Música concreta, en 1964. Con el libro de relatos Árboles petrificados editado en 1977, recibió el premio Xavier Villaurrutia. Desde 1966 formó parte del Centro Mexicano de Escritores.
En 2008, Amparo Dávila fue reconocida por el Palacio de Bellas Artes y en septiembre de 2013, homenajeada por el noveno encuentro de escritores, Literatura en el Bravo, siendo la primera mujer en recibir este galardón. Es importante destacar que en 2015 se creó el Premio Nacional de Cuento Fantástico Amparo Dávila, quien falleció el 18 de abril de 2020 en Ciudad de México.
Sus palabras son imprescindibles. Y las que reproduzco a continuación, fueron tomadas de dos entrevistas. La primera realizada por Adriana Cortes Koloffon y publicada en el suplemento La jornada semanal, el 26 de febrero de 2012; y la segunda, realizada por Jaime Lorenzo y Severino Salazar, y albergada en el sitio Zaloamati.

Empecé a escribir poesía cuando iba a hacer la primera comunión, pequeños poemitas místicos que le escribía a Dios. ¡No podría decir qué fui primero, si poeta o cuentista! Me eduqué en dos colegios religiosos a donde llegué a los seis años. Cuando lo preparan a uno para la primera comunión, enseñan historia de la Iglesia, y leí la traducción de fray Luis de León del Cantar de los Cantares, poema de amor bellísimo, escrito en paralelismo hebreo, donde un verso reafirma lo que el otro dice. En la misa tenemos un salmo responsorial: una primera lectura, una segunda y luego un salmo. Cuando yo escribí mis Salmos bajo la luna no eran de tipo religioso sino paganos, aunque conservé la estructura del salmo en paralelismo. 

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Escribir para mí es una necesidad de expresión. Expresar algo, decir algo... Pero no elige uno ser escritor. Es algo con lo que se nace. Como no se elige ser pájaro, o flor, o nube. Sencillamente ya se nació así. Y puede ser una ventaja o una desventaja, una fortuna o una desgracia. Nunca se sabe, depende de cómo se viva y cómo se acepte. No sabe uno si es para su bien o para su mal. Yo sencillamente nací así. Como nacer hombre o mujer...

El tiempo es también tan misterioso y tan complejo, que me preocupa muchísimo porque muchas veces lo encuentro como un círculo, tiempo circular. Por ejemplo, tengo un cuento que se llama “La rueda”, que donde termina vuelve a comenzar, así como si fuera infinito. Es esa sensación del tiempo como infinito pero circular. Otras veces siento que el tiempo es como caminos que se bifurcan, bifurcaciones, instantes, caminos o instantes que se bifurcan, y que de un recuerdo de algo se va hacia otro, que ya no tuvo que ver con el instante que diseñó el primer recuerdo, sino que ese recuerdo lleva a otra cosa, lejana e indiferente; así siento la bifurcación del tiempo. Siempre me ha preocupado el título del primer libro, Tiempo destrozado: el tiempo siempre ha sido una preocupación, una inquietud; me inquieta, me aterroriza, ese tiempo que se nos escapa, que se nos va, que no podemos apresar, que siempre nos gana la partida.

Foto de la autora: Radio y Tv mexiquense

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