AMANTES DE PIEDRA

El lirio adolece, la vértebra desciende
las luces del hotel se apagan al unísono 
se destruye una carta en el puño de la almohada
huele el cigarro, el café perdido, la piel empolillada
a una velocidad brutal —se encienden los gemidos—
que martirizan los huesos de la escalera orinada.
Ojalá tus ojos fueran ladridos
y tus manos fueran maullidos
para olvidarte encarecidamente
detrás de este baile húmedo y desgastante
que el agua solo conoce y comprende.

Tu cuerpo y el mío se descomponen
en el sórdido arranque del motor
en el hambre infantil del espíritu
en el celestial eco fantasmal del rio
a punto de cerrarse.

En medio de este caos voyerista y profético
me desvisto en el estruendo de la sangre tatuada
de tu frente de hierro solidificada
tras los agudos compases de los labios
acariciando el sueño más hermoso y terrorífico 
de nuestra existencia, el amor.

En esta hecatombe de piedras y sangre alucinada
tus piernas se entregan a la escena de la pulsión viva
como dos círculos errantes y vagabundos giramos sobre el diluvio
mientras las visiones de las piedras nos esculpen 
el aire, la respiración, el descubrimiento.
Nuestras velas se convierten en una metáfora tartamuda
atormentados, padecemos la broma infinita.

En la ventana de la odalisca o el circo de los dados
tocaremos con nuestros dedos el frenesí del fuego,
treparemos en los triángulos herméticos
y sacudiremos la tierra desde nuestras lenguas belicosas
como el acto de amor más puro y sucio de esta dimensión.

Nos contemplamos detrás de las sábanas salvajes
como dos niños huérfanos, abandonados y castigados
por jugar con el pudor y la vulnerabilidad del otro.
De repente, nos besamos sin labios ni lenguas
nos hemos trasmutado en un viaje para detectives miopes
o en un ritmo que desafía la lógica del verbo.
De repente, nos abrazamos sin brazos ni manos
en las sonrisas que se disparan como cohetes/bombas atómicas en el cielo
o como la mordedura de una traición atenta
mientras el perfume se mezcla con el semen
el cansancio con el tiempo
la muerte con la soledad
la vida con la espuma. 
Todo se esfuma lentamente
hasta el más incestuoso eco
que hemos poseído nunca.


LA HERMOSURA DEL TIEMPO

La luna ilumina la primavera tardía del monte
la noche descansa en mi pecho de insomnio
el mar se apiada de mis notas musicales
los colores del sueño calman las olas castigadoras
en este momento, la luna sabe que estoy enamorada
de esta escena pintada y envuelta en mi memoria.
Los peces nadan en las orillas de mis aletas
un faro ilumina la oscuridad impenetrable de la inocencia
un grupo de niños juega en el bosque de las luciérnagas
ríen y lloran, libremente, en los bordes de la vida.
Cada día que pasa, mi cuerpo envejece y rejuvenece
mis ojos se arrugan, mi piel muta a otra piel, 
el cuerpo se expande y se contrae
como el vientre de una gata a punto de parir.
Las estrellas me acompañan a mí y los extraños
en el cielo hay globos de todos los colores 
flotando en una armonía casi perfecta
a mi lado, un árbol crece en silencio
invisible para los perdidos, lo observo con asombro
mi cuerpo reconoce la lentitud del espíritu
la levitación del canto
vaciando la tristeza y el tiempo
en la silueta inalcanzable, infinita, atemporal
de la vida tocando al piano, al espíritu.
En las cenizas de este reino derrotado
en los latidos de locura, ira y completo apego
la vida me llama a su lecho
me pide que la abrace sin esperar nada a cambio
y que la deje volar por el cielo
donde están las estrellas cantando 
y llamando la hermosura 
de mi invisible existencia.

CARMEN ÁLVAREZ (Lima, 1998). Estudiante de Literatura de último año en la Universidad Nacional Federico Villarreal (UNFV). Actualmente forma parte de la comisión de investigación de la Red Literaria Peruana (RedLit). Sus líneas de investigación académica: la literatura fantástica, la literatura de ciencia ficción y la poesía latinoamericana del siglo XX. Poeta aficionada. 

Foto de Alexandro David en Pexels