A Emma

Me gustaría que lo difícil no fuera lo perpetuo. Lo pienso mientras conduzco mi auto en ese tramo donde todo es llano, donde el sol ya no tiene clemencia. Donde se terminó el verde y el cielo dejó atrás las nubes, donde esa gruesa mancha de luz te anuncia que la claridad debería ser lo más presente en tu vida.

Pero no era así. Las ciudades desérticas, sin cliché literario, suelen pesar más cuando vas llegando a ellas que cuando te quedas ahí, tal vez al pasar más días, años, o más veranos insufribles, el cuerpo se acostumbra a permanecer. El calor, pues sí, seco y regañón termina por arroparte. Aunque después, al paso del tiempo y la rutina te preguntes ¿qué hago aquí?

Algunos fines de semana me instalo en la ciudad de las montañas. Pero yo no soy de ciudades caóticas. Cuando transito por esos bulevares, por esos centros, por espacios repletos de almas apresuradas, pienso que a todos les importas un poco menos. Que ser individuo, mujer, hermana, compañera o tía, lo que sea, solo importa a nivel de los susurros.

Pero yo lo hago, cruzo 340 kilómetros de asfalto para llegar a ella: la niña de los ojos grises. Si la ves, en verdad, ya no te puedes enojar más con el mundo. Su energía es de lo más cándido que he vivido en los últimos dos años.

Las niñas y los niños no son ángeles, no son milagros que cayeron del cielo. Se cuidan, se protegen, se educan y se aprende, con ellas y ellos, a vivir en medio de alegrías, culpas, preocupaciones y recompensas que son miradas profundas o sonrisas sin un dejo de hipocresía.

Cuando yo ya iba de regreso, a la ciudad desértica y de cerros pelones, entendí que algunos de mis días girarían entre esos dos horizontes. La ciudad de las montañas, vapor, asfalto, industrias y demasiado estrés por sus venas, ya me había dado un pase de entrada con un vale por un café, a veces, en medio de una tarde nublada. O una cerveza helada por las noches. El pase venía con una canción infantil de trompas de elefantes y arañas que se mojan en la lluvia.

Y acaso sí. A veces llovía. El pase de regreso al desierto también incluía la cerveza y el café, mucho cansancio (porque los recorridos duran horas y las estancias un día y medio) y un encargo nuevo: volver a verla, a no olvidar sus manos y sus pies color durazno o melón, su mirada color gris, aqua, verde profundo.

A recordar que no existe un viaje perfecto, solo pequeñas pausas que me llevan a volcarme en mis días de niñez. El viaje que me lleva a ser tía, además de mamá, hermana, hija. Sin más títulos. Mejor. El viaje que no es, sino una apretada pausa, cándida y tierna.

ADRIANA VARGAS. Dirige el portal de noticias sobre arte y cultura La Vereda: Arte, sociedad y ocio. Ha coordinado proyectos de difusión en áreas de cultura, historia y urbanismo. Twitter: @Lavargasadri