Todo el día había estado haciendo mucho aire afuera de la casa de Leslie; el jardín, que era una pequeña selva llena de muchas flores y árboles frutales, se movía con violencia hacia todos lados; los árboles tiraban su fruta al suelo igual que sus hojas verdes, las flores se iban deshojando una a una y la tierra del suelo se levantaba como en el Sahara cubriendo las hojas del suelo. Leslie veía por la ventana de su cuarto el espectáculo, algo enojada porque no podía salir a jugar.

—Odio el viento, lo odio… ojalá no existiera —decía la pequeña Leslie—, sólo lastima el jardín de mi abuelita y además ensucia mucho.

—No deberías decir eso —respondía la abuelita—, a veces, hay mucho viento porque las hojas de los árboles ya son viejas y amarillas y tienen que desprenderse del tallo de los árboles para que en primavera salgan las nuevas.

—Pero abuelita, las hojas aún no son amarillas y todavía hay fruta en los árboles y las flores aún florecen —contestaba Leslie enojada—.

—Es que este viento es de dolor, de tristeza. Nos está advirtiendo algo “la cueva de aire” —decía la abuelita—.

—¿“La cueva de aire”? —preguntaba Leslie intrigada— ¿Qué es, abuela?

—¿Ves esos cerros que están allá? —la abuela señalaba a través del vidrio unos cerros que apenas se alcanzaban a ver. Ahí está “la cueva de aire” y gracias a ella existe la vida pero vamos a sentarnos Leslie, estoy muy cansada para estar parada, vamos y te cuento la historia de esa cueva.

“Hace muchos años, antes de que existiera el hombre, la tierra era un planeta vacío y oscuro. Algunos dioses quisieron darle vida a la tierra y empezaron creando la luna, el sol, los mares y las montañas. A pesar de que todo les parecía perfecto sentían que algo más faltaba, entonces crearon algunos animales y los depositaron sobre la tierra, pero una vez en ella morían al instante; volvieron a crear nuevos animales, más fuerte y grandes, pero de igual forma morían. Algo enojados, porque no entendían lo que sucedía, se reunieron a discutirlo y uno de ellos se dio cuenta de que sus animales necesitaban aire para respirar, así que, con sus hermanos, crearon grandes bosques por toda la tierra y soplaron tan fuerte que todos los árboles se movían. Volvieron a poner a los animales y estos comenzaron a brincar y a correr por todos lados siguiendo la melodía del viento; de repente, los árboles dejaron de moverse y el viento empezó a cesar, lentamente, otra vez, iban muriendo, pero uno de los dioses volvió a soplar y los árboles enseguida siguieron meciéndose. Entre ellos hablaron, sabían que no podían estar soplando toda la vida, qué tal si se quedaban dormidos o tenían que salir.


“Desesperados por no encontrar una solución y pensando que toda su creación sería en vano surgió entre todos una idea, harían una gran cueva y en ella depositarían todo su viento, así, cada dios iba a soplar fuerte dentro de ella para que el aire se almacenara y, si el aire cesaba, los mares también alimentarían a la cueva con sus suspiros y los árboles, al mecerse, regresarían el viento a la cueva.

Al fin, habían encontrado una solución, la cueva repartiría el aire a todo el mundo.

“Los dioses decidieron también crear al hombre para que cuidara la vida en la tierra de los animales, de los mares, de las montañas y bosques, para que mantuviera en buen estado “la cueva de aire” y todos pudieran vivir en armonía. Hasta que hubo dos hermanos, entre los hombres, que no comprendían la importancia de esa cueva y hartos de los vientos de otoño quisieron taparla. Los dioses, enojados, los castigaron y los convirtieron en unas serpientes que ahora se encargan de vigilar y cuidar la cueva; el hermano menor la cuida desde el agua y se sumerge en los ríos y mares; el otro hermano, sobre la tierra, la cuida desde los bosques. Ambos hacían un buen trabajo, vigilaban en silencio la cueva y la naturaleza, pero ahora ellos también sienten tristeza.

“La cueva funcionaba bien, sabía cuándo mandar fuertes vientos y a qué lugares, pero el hombre se olvidó de su propósito en la tierra y empezó a ser egoísta, ensucia los mares, destruye los bosques y contamina el aire que brindaba la cueva, ahora ella está dejando de funcionar y sólo manda fuertes vientos de tristeza, en los días que antes no lo hacía.”

—Abuelita, ¿crees que podamos ir a ver a la cueva de aire?... No quiero que deje de funcionar.

—Yo ya estoy muy vieja para ir hasta ese cerro, hace mucho fui… cuando era joven tenía muchas ganas de saber cómo era, en ella se encuentran grabadas las memorias de los primeros hombres, hay un dibujo del sol y debajo las dos serpientes. El aire que emanaba antes era fresco y cálido, recuerdo que esa vez me despeinó con un sólo soplido… —sus palabras se fueron cortando, sus recuerdos ya no eran tan claros y sólo sonrió.

—Abue tenemos que cuidar de ella —decía Leslie con una voz de entusiasmo—.

—Sí, lo sé, lamentablemente yo estoy demasiado vieja para poder hacer mucho, pero tú puedes hacer grandes cosas y lo primero es amar a la naturaleza para poder ayudarla.

Leslie se quedó toda la tarde pensativa, no entendía lo que su abuelita le había dicho, ¡cómo podía ayudar con sólo amar! Quería hacer algo más, pegar carteles, limpiar todos los mares y sembrar árboles en todos los lugares donde los habían arrancado, pero se dio cuenta de que necesitaba de mucha gente para poder hacerlo. Confundida siguió viendo por la ventana cómo se movía el viento y empezó a darse cuenta de lo que significaba amar a la naturaleza.



LILIANA SANTIAGO RAMÍREZ. Es originaria de la comunidad de San Miguel Caltepantla, Tecozautla, Hidalgo. Actualmente radica en su comunidad. Estudió en la Universidad Autónoma de Querétaro la licenciatura en Estudios Literarios donde despertó su interés por la escritura, la obra de Sergio Galindo, "Otilia Rauda". Su primera producción artística titulada “Escucha correr el agua del arroyo” ha sido influida por su observación sobre las mujeres que habitan el municipio de Tecozaulta así como sus alrededores. Los temas más recurrentes en su obra son la muerte, la soledad y el tiempo. Ha participado en el programa de radio “El siguiente libro” de J’ADORE Montreal y también en el programa “Capital de letras” de Capital 21 donde leyó dos de sus cuentos “Carnaval” y “La espera”. Faceboock: https://www.facebook.com/LILI1XIM/