El verdadero dolor es el que se sufre sin testigos. Marco Valerio Marcial 

La vida es un enigma, aunque mucho se habla de ella se tiene claro que no sabemos qué sucederá con nosotros en determinado tiempo, o bien, cómo es que vamos a actuar con respecto a un evento o a alguna situación emocional. Tengo claro que cada uno de nosotros vamos resolviendo en el momento y también que cada uno lleva un ritmo para sanar o comprender situaciones que vamos experimentando; pero a veces, esos momentos, esos instantes provocan que también nosotros lastimemos a quienes amamos y no, no lo comprendemos hasta después de actuar.

He escuchado que cada dolor se parece a quien lo padece, y hoy me enfrento a sentirme como una Mantícora[1], les platico esto porque no siempre se puede ir creyendo que hacemos todo bien, a veces tenemos que reconocernos incapacitados para conferir buenas obras y la riega, bueno la riego, tengo que recordarme que debo hablar en primera persona ¿Qué difícil, cierto?

Entiendo que la vida, como escenario teatral tiene diversas acciones, y muchas veces uno decide qué papel representar; a veces me he revictimizado porque quienes me rodean no me brindan lo que yo anhelo, y se me olvida que el otro u otra no cambiará o no se moverá si no lo decide, entonces yo debería actuar de otra manera, pero no, y he ido guardando dolores que van creciendo como volcanes y hacen erupción en los lugares que no deben ¿Es que habrá un buen lugar para una erupción? Creo que no.

José Saramago en alguna de sus entrevistas dejó escrito que la alegría y el dolor no son como el aceite y el agua, sino que coexisten, y saben, lo creo, porque, aunque a veces sienta un profundo dolor que me obliga a retirarme de la tierra en un plano mental, también hay instantes que me traen de vuelta como si la Señorita Cometa me aterrizara para poder cómo va creciendo una rama de una planta, el dormir de mis perras, o bien, la formación de las nubes en una tarde nublada.

Han sido varias las ocasiones en que hemos compartido en #Escafandra, por eso me atrevo a externarles mi dolor, hay dentro un resquebrajo por haber lastimado a personas que amo y quiero, y aunque he podido pedir disculpas, el dolor no se va. El budismo me dice que el dolor es inevitable, pero que el sufrimiento es opcional, pienso: vivir o sobrevivir, decisión que cada uno debe tomar y ahora yo, frente a esta máquina fría, en mi estudio y rodeada de mis libros que me han enseñado tanto, debo precisar qué hacer. Entiendo que en algunas ocasiones decidimos cuando ya no hay solución, y me refiero a cuando ya no se puede dar un paso más porque a quien se lastimó o bien, quien ha lastimado ya no está en este plano existencial.

Les aseguro que he llorado mucho, porque sé que el dolor que no se desahoga con lágrimas puede generar que otros órganos lloren, y no, no lo deseo. Tampoco crean que esta mantícora que ahora soy o que así se siente no va por la calle viendo a quién dañar, claro que no; más bien pienso en esos huecos emocionales que han venido haciendo mella en mi historia de vida y ¡zas! aviento un aguijón y aunque no lo crean, ya hecho me arrepiento y sé que, aunque mucho se habla del arte Kintsugi[2] muchas veces no se puede reparar lo ocurrido.

Muchas veces me canso de darme cuenta de que mis planes no salen como pretendo, o bien, de sentir que la gente que quiero y amo no estén o no se den cuenta de que les necesito, y entonces inicia un bucle, sí, como novela de ciencia ficción o como la serie Muñeca rusa[3] ¿la vieron? Si no es así, se las recomiendo; pero volviendo al punto es que me saturo en hacer cosas, pero no en mi ser para no verme y aunque mi cuerpo me habla no he querido darme cuenta, o tal vez sí, por eso mis dedos se están moviendo como hormiguitas armando este texto. Entiendo, el dolor me está dando un aprendizaje, me está asomando a mi interior, diciéndome que la vida no es un juego sino un compromiso. Vamos pa´lante, sino para qué estoy aquí.

Recomendamos:


· Carver, Raymond. De qué hablamos cuando hablamos de amor. Anagrama, Barcelona, 2019.
· Schweblin Samanta. Distancia de rescate. Amadía, México, 2019.
· Murakami Haruki. Sauce ciego, mujer dormida. TusQuets, México, 2014.


[1] La mantícora es una figura de la mitología persa, una bestia salvaje, poderosa y atrevida, que es tan grande como un león y de un color rojo oscuro. La han descrito con tres filas de dientes más grandes que los colmillos de un perro, de ojos de un gris azulado como los de un ser humano, las patas y garras de un león. Al final de su cola hay un aguijón de escorpión con más de un codo de largo, y esos aguijones de la cola vuelan hacia los lados si se encuentra en peligro o cuando quiere dañar a alguien.

[2] Kintsugi es una técnica milenaria de Japón y que consiste en arreglar las piezas de cerámica rotas, este método se ha ido aplicando a las roturas o resquebrajamientos de nuestra vida y se ha convertido en una filosofía de vida para recuperarse de los golpes que da la existencia.

[3] Es una serie estadounidense Russian Doll que se puede ver por streaming en Netflix. 

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