I Me desgajé del sol (era la entraña perpetua de la vida) y me quedé
lo mismo que la nube suspensa en el vacío. Como la llama lejos de la
brasa, como cuando se rompe un continente y se derraman islas
innumerables sobre la superficie renovada del mar que gime bajo el nombre
de archipiélago. Como el alud que expulsa la montaña sacudida de ráfagas y
voces. Rodé como el alud, como la piedra sonámbula de
abismos resbalando por meses y meses en la sombra del universo opaco que
gira en los elipses trazados en el vientre de espiga de la madre. Era
entonces muy menos que un río desenvolviéndose y una flecha montada sobre
el arco pero ya los anuncios de mi sangre caminaban sin tregua para
alcanzar al tiempo y el vagido inconcreto ya clamaba por ocupar el
viento. Nací en la hora misma en que nació el pecado y como él, fui
llamada soledad. Gemelo es nuestro signo y no hay aguas lustrales capaces
de borrar lo que marcaron los hierros encendidos en mi frente. Pero mi
frente entonces se combaba huérfana de miradas y reflejos. Y así me alcé
feliz como el que ignora su inevitable cárcel de ceniza y cuando yo decía
la tierra, era la tierra desnuda de metáforas, infancia recién
inaugurada. Y no dudé jamás de que al nombrarla me nombraba a mí
misma y a mi propia sustancia. Yo no podía aún amar los pájaros porque
cantaban presos y ciegos en mis venas y porque atravesaban el
espacio contenido debajo de mis párpados. Yo no sabía quien se
levantaba imantado de estrellas polares hacia el cielo ni en quién
multiplicaban las yemas su promesa si en el árbol compacto o en mi
cuerpo. Era el tiempo en que Dios estrenaba los verbos y hacía, como
jugando, figurillas de barro con las manos: atmósferas azules y
planetas no lesionados por la geografía, muñecos intangibles para el
sueño que hiende como espada, separando en varón y mujer las costillas
unánimes. Era el alba sin sexo. La edad de la inocencia y del
misterio. II La adolescencia es alta como el junco. Su perfil se
adelgaza para ser digno de tocar el aire. Y es un ebrio cristal que
intenta transparencias y es un florecimiento inagotable de límites
geométricos que dibujan las puntas trémulas de los dedos. La adolescencia
es tensa como el junco. Su perfil se agudiza para poder acuchillar el
aire. Es una vocación de búsqueda incesante hacia la luz más íntima que
se le esquiva siempre como en un laberinto. El ansia equivocada que
persigue tenaz al espejismo y el oído engañado por el eco. Es la dura
tarea del que busca, la dicha sobrehumana del encuentro. La adolescencia
es verde como el junco y su perfil se tiñe de todos los colores con que la
invita el aire. La gracia amaneciendo sobre el mundo, el gozo sin motivo
de carne que se palpa olorosa y reciente. La alegría de músculos
elásticos, la embriaguez de la sangre galopando en canciones sobre el
tiempo. La adolescencia es plena de latencias ocultas y raíz laboriosa
como el junco. III Recuerdo: caminaba por largos
corredores desbordantes de palmas y de espejos. Yo, sedienta de mí, me
detenía en estatuas duplicando el instante fugitivo en cristales y luego
reiniciaba mi marcha de Narciso ya entonces como alada liberación de
imagen entre imágenes. Novedad de mi cuerpo que se hallaba a sí mismo en
cada cosa y para poseerse se entregaba a la solicitud del
universo. Juventud de la luz que nimbaba la tierra y que brotaba acaso con
mis ojos. Yo estaba circundada por rondas de palabras. Subían como el humo
en el espacio, diluían su masa, se perdían. Sólo quedaba —espesa corno
leche bañándome— la que anudaba origen y destino: mujer, voz radical que
hipnotizaba en la garganta de Eva y en toda sucesiva docilidad de miel
para los besos. Mi esencia se vertía exaltada en la órbita concéntrica y
total de la palabra y era la musical delicia de la gota incorporando al
mar de canto sin fronteras su mínimo sonido de caracol vibrando. IV La
fiesta cosquillea en los talones. Vamos todos a ella cantando y
sonriendo. Vamos todos a ella cogidos de la mano como quien sale al campo
a cosechar claveles. La ciudad se ha vestido lo mismo que una
novia. Mirad: en cada puerta se ostenta una guirnalda, de par en par se
rinden las ventanas colmándose del día y su deleite. La sombra juega al
escondite por los patios escapando del rayo de sol que la
persigue. Venimos a la fiesta cantando y sonriendo, danzando el pie
descalzo sobre céspedes finos. ¿Quién eres tú que traes antifaz de
belleza y te ciñes en túnicas de ritmo y de armonía? ¿El mensaje cifrado
de algún ángel en la pluma del ave o en el vuelo preñado de la
abeja? ¿Eres la Anunciación? —Me llaman Viento, soy el vehículo de las
canciones y también de las hojas marchitas en otoño. Mi destino es girar
perpetuamente y no sé responder. ¿Quien eres tú de rostro tremendo y
emigmático? Paralizas los ojos de quienes te contemplan de estupor y de
miedo. ¿Escondes el misterio de un dios o eres su cólera que se
desencadena al infinito? —Mi nombre es Mar, mi movimiento es ola que
recomienza siempre. Nunca salgo de mí. Soy el esclavo irredimible de mi
propia fuerza. ¿Y tú que así te adornas con el iris y te recorren
escalofríos de cascabeles? Yo quisiera abrazarte pero ignoro quién
eres. —Soy quien pintarrajea la verdad para volverla amable y hace que
hasta los ídolos se paren de cabeza. Los niños me bautizan mariposa y
organizan cacerías para prenderme y cuando creen haberlo conseguido tienen
entre sus dedos sólo el polen dorado de mis alas. Algunos hombres dicen
que me desprecian y para denigrarme agrupan letras: R-i-s-a, B-u-r-l-a,
I-r-o-n-í-a. Pero se arrastran hasta mí en tinieblas y les doy la mentira
de mí misma. Los viejos me olvidaron y ya no me conocen. Tú, adivina quién
soy, corre y alcánzame. Adiós, adiós, cantarito de arroz. Allá, bajo
los mirtos, ¿quién es el que reposa? Las vides se exprimieron en sus
mejillas. De sus cabellos se desprende un hálito de flores maceradas y
lámparas ardiendo. Tiene la piel jocunda de la manzana, la breve plenitud
del mediodía y el zumbador encanto de la siesta. —Su símbolo es eterno:
pezuña y caramillo. En las florestas griegas se lanzó tras la ninfa
destrenzada. Lo aprisionaron mitos y tabernáculos y es un demonio cuyo
nombre nadie se atreve a pronunciar porque no quiere despertarlo en el
fondo de sí mismo. Igual que Sansón enloquecido derriba las columnas que
sostienen los templos. Su nombre es el rubor de las doncellas y el
martillo en las sienes del mancebo. ¿Y tú que sin cesar cambias de
signo, que te ocultas y asomas, te velas y revelas en las formas? ¿Eres
Proteo? Debes ser divino para infiltrarte así entre todas las
cosas. —Mírame bien ¿y no me reconoces? Sin embargo te he sido tan fiel
como un espejo y tan irrenunciable corno tu propia sombra. —Es cierto, yo
te vi mil veces antes. Ahora identifico esas cejas, los dientes, los
hombros y la espalda tajando en dos mitades infinitas lo mismo que una
lápida. Eres como nosotros. Anda, ven y
bailemos. ¡Alegría!¡Alegría! ¡La ciudad se desposa con la
noche! V ¿Qué reptil se afilaba entre la brisa? ¿Quá zumo destilaba la
amapola que el vino se hizo un día de hiel entre mis labios? ¿Cómo fueron
mis células ahondándose para ceder un sitio decoroso a la angustia? ¿Cómo
creció esta fiebre de hormigas en mis pulsos? ¿Cómo el recto camino fue
curvándose hasta ser un dedálico recinto? ¿Cómo fue Dios quedándose sordo
y mudo y ausente, irremediablemente atrás como la aurora? ¿Cómo a
cualquier extremo al que volviera el rostro me devolvía el suyo —absoluto— la
nada? El cielo de tan pobre se encontraba desierto y al principio y al fin
del horizonte se extendía el dominio del silencio. VI Aquí me quedaré
llorando como el fruto derribado a pedradas de la copa del árbol y su
sustento. Ya nunca podré amar ni aun en el sueño porque una voz
insobornable grita y su grito vacía mis entrañas: “¡El amor es también
polvo y cenizal” VII He aquí que la muerte tarda corno el olvido. Nos
va invadiendo lenta, poro a poro. Es inútil correr, precipitarse, huir
hasta inventar nuevos caminos y también es inútil estar quieto sin
palpitar siquiera para que no nos oiga. Cada minuto es la saeta en
vano disparada hacia ella, eficaz al volver contra nosotros. Inútil
aturdirse y convocar a fiesta pues cuando regresamos,
inevitablemente, alta la noche, al entreabrir la puerta la encontramos
inmóvil esperándonos. Y no podemos escapar viviendo porque la Vida es una
de sus máscaras. Y nada nos protege de su furia ni la humildad sumisa
hacia su látigo ni la entrega violenta al círculo cerrado de sus
brazos. VIII Padres: ya no desparraméis blasfemias en la tierra. No
os dejéis embaucar por la embustera que exalta vuestros vientres para
depositarles su semilla de espanto. Cuando os llame fecundos, arrojadle su
mentira a la cara. Si os consagra inmortales os escarnece. Sabed que la
esperanza nos traiciona Y que es la compañera de la muerte. Sabed que
ambas —muerte y esperanza— crecen corno el parásito alimentado en nuestro
propio cuerpo. IX Pero ¿no hemos de amarlas cuando así las nutrimos con
nuestra sangre? Reverenciad su patrimonio único. Contemplad como las
madura el tiempo. Alternativamente una se ensancha y otra
palidece. X Hoy es en mí la muerte muy pequeña y grande la
esperanza. Ha soportado climas estériles y rudos, ha atravesado nieblas y
luces dolorosas y ha desafiado al viento. Ahora sabe que su ser es
isla. Para emerger acendra primero sus cimientos y se ubica después sobre
la espuma disputando su patria palmo a palmo. No ignora que el vacío la
rodea y siente la amenaza del gusano. Pero edifica muros de arena,
defendiéndose. Tenaz e infatigable elabora y destruye sus pompas de
jabón y es la aniquiladora y creadora de un cosmos transfigurado y
líquido. Trabaja con la llama. ¡Cuántas formas modela, cuántas
formas duermen almacenadas en su seno! Les dice un día fantasmas y otro
les dice juego pero el nombre secreto en el que se refugia como en la
magia o en el sortilegio, ese nombre es el nombre impalpable de Poesía. No
perturbéis la rosa con palabras impuras, no violéis su perfume ni con el
pensamiento. Es la hora perfecta en que la rama en el altar
florece. Permitid que florezca. Es la última pasión, la última
hoguera crepitando en la nieve. Dejadla que respire. En sus escombros
pacerá la muerte.
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