La casa parece despoblada. Fría, como un invierno que se sostiene eternamente sobre una herida de hielo. Siento su rechazo, el empuje hacia la intemperie. Su invitación a recorrer las calles donde ya nadie me reconoce. Los objetos no me pertenecen: los radiadores, los cristales de las ventanas, el sofá, la cama, las cortinas. Los libros de la biblioteca han dejado de murmurar conmigo. Cervantes, Góngora, Unamuno; todos resultan extranjeros. Ellos son quienes deciden el porvenir, mientras yo me limito a limpiar el polvo de los anaqueles. He de mantenerme sereno porque a veces quisiera golpear las paredes con un martillo. Golpearlo todo, hasta caer rendido. Me siento un extraño en este hogar del que se han desprendido todos los recuerdos. La memoria que una vez habitó la casa, es ahora un atrezo inútil. Fotografías cuyas cabezas han recortado, dejando sólo el cuerpo, reposan en las estanterías y mesillas. Cada vez me siento más aislado. Por ello, he tomado una decisión.

Los médicos me advertirán que sufro una depresión. Y se equivocarían. Se trata de una feroz ausencia. Algo que se perdió muy adentro y quedó enquistado en la memoria. Todo se sostenía en mi vida, como el filamento de aquellas bombillas antiguas, tan delicadas. Me resigno a guardar silencio ante tanto descalabro. Y ni siquiera lloro por mis hijos y mis nietos. Lo hago por la pérdida de todo cuanto conocí: Los amigos –que partieron todos-, el amor y la enfermedad, el sacrificio, la honestidad necesaria para combatir las esperas. Cuando falleció mi esposa, en abril hará dos años, mis hijos –arrastrando a mis nietos-, dejaron de visitarme. Ni siquiera se molestan en llamarme por teléfono. Desconozco el motivo que les impulsa a dejarme morir en esta agonía ingobernable. Cuando vivía Teresa, mi mujer, mis hijos traían a los nietos casi todos los días. Los dejaban, comían en casa y luego los recogían, bien entrada la tarde. Así acontecía sin ningún tipo de contrato, sin que nadie preguntara nada. No manifestaba mis temores porque veía feliz a Teresa. Pero algo intuía yo, nefasto, y no se libraba ninguno de ellos: ni Matías, ni Luis, ni Ainoa. Mis propios hijos. No sé, no busco respuestas, pero algo ha debido cambiar desde que se marcharon de casa. Echo de menos a mi nieto Ezequiel, el hijo mayor de Luis. Habrá cumplido los once años. El chico traía buen corazón y apuntalaba la nobleza. Conservo la esperanza de que nada enturbie su futuro.

La última vez que tuve ocasión de verlos fue en el cementerio, cuando enterraron a Teresa. Atrás quedaron los abrazos y los besos, el sentimiento de pésame obligado. No sé, si ya en ellos –en mis hijos-, estaba también escrito el desprecio y el abandono. Recuerdo que les vi marchar en sus coches. No sé si fue uno o el otro, Ainoa no, me propusieron acercarme hasta casa. Pero rehusé la invitación. En aquel momento necesitaba caminar, deshacerme de la melodía creada por el llanto y la liturgia del sacerdote. No sospechaba entonces que me iba a quedar tan solo. Tal vez yo tuve algo de culpa. Con el transcurrir del tiempo y, ante la ausencia de visitas o llamadas telefónicas, bien pude yo ponerme en contacto con ellos. Simplemente me negué. No se trataba de una cuestión de orgullo. No. Supuse, y no me equivocaba, que zanjaron el tema pensando que, ante la ausencia de su madre, lo que quedaba de mí era un hombre incapaz de cuidar a nadie. Un hombre incapaz –intuí- de aportar nada, salvo la diatriba para ellos inútil y aburrida. Comprenderán que es duro y triste, pero así lo interpreto, aunque resulte cruel. Inevitablemente, al duelo, tuve que añadir esa indiferencia con la que me obsequiaban mis hijos.

No soy un hombre que le dé vueltas a las cosas. Basta que me digan una vez para que yo lo comprenda. Del mismo modo, me gusta que la gente entienda, a las primeras de cambio, lo que yo expreso. Sin rodeos, salvo cuando escribo. Es cierto. No tengo la destreza suficiente. Cuando me acomodé en la mesa, pensaba desvelar mis últimos deseos. Pero estoy disfrutando más con estas confesiones. ¿Desear? ¿Qué puede desear un hombre solo, abandonado? Confesaría que tengo un único deseo y, pese a la certeza, renuncio a desheredar a mis vástagos. Lo haría de buena gana. No desde la rabia ni el dolor o la venganza, que no siempre pone las cosas en su sitio. No, hay algo más. Me llevaría demasiado tiempo narrarlo, así que me excusaré diciendo que no lo hago en beneficio de mis nietos. Aunque supongo que, lo que en ellos quede de bondad, se lo llevará la madurez por delante, cuando crezcan y se sometan a la voluntad de esta sociedad que ahora parece acorralarme. Sirva de ejemplo, ya lo han visto, el comportamiento de unos hijos que fueron educados para otra cosa. Al menos es lo que intentamos Teresa y yo. No volveré a nombrarlos. Ni se lo merecen ni me sobra el tiempo. Creo haberlo dicho: he tomado una decisión y nada ni nadie me harán cambiar de postura.

Ahora, desconozco el motivo, regreso al territorio de mi infancia. Tal vez porque durante esa época se forjaron en mí muchos rasgos del carácter. No quiero desaprender todo aquello. Que no me venzan otros argumentos. Trasladarme a esa escuela donde me impartieron las primeras clases. Mirar el reloj de la pared a la espera del recreo, donde la causa parecía habitar aquel campo de “fulbito”. Siempre jugaba del lado del equipo más débil. Resultaba imposible vencer. Trataba de sortear a todos mis adversarios para llegar a la portería contraria. En alguna ocasión conseguí un gol. Fueron, aquellos, goles esforzados y también muy celebrados. Ahora, cuando todo resulta de una enorme cuenta bancaria, los juegos son otros, muy diferentes. Y yo no entiendo la quietud de estos jóvenes que adolecen de aquel “cuajo” que nos hizo mejores personas. Lo observo en mis paseos cotidianos: los gritos, el desorden, la desobediencia. Soy un viejo que se lamenta, retornando la vista a esos tiempos donde se pactaba con la palabra. Hablaba de mi infancia. No es fácil delimitarla, porque se desarrolló entre la ciudad y los bosques. Existe una leyenda en torno a mi abuelo que me niego a creer. Porque me parece dañina e inapropiada. Los muertos hablan distinta lengua. Fui feliz durante aquella época. Mi abuelo me cuidó, de tal modo que yo crecí atribuyéndole las cualidades de un sabio o un filósofo.

Tengo ahora la misma sensación de frío que mantuve entonces. Aquel lejano invierno en la cabaña. Después de haber desayunado las migas preparadas por mi abuelo. Me servía un buen plato que yo mezclaba con el café de puchero. La madrugada olía a piña quemándose y naturaleza. Del pinar cercano llegaba un sonido amortiguado por la voz de mi abuelo. Nunca me contó historias ni cuentos infantiles. No supe de Caperucita ni del lobo. Mi abuelo me hablaba sobre lo cotidiano, los hechos, la verdad de una arquitectura que me envolvía y me mostraba su cara, de noche o de día. Todo lo práctico resultaba imprescindible. Una enseñanza que yo recibía para aprender a quitar el miedo a la oscuridad o meter la mano en covachas del río buscando cangrejos autóctonos. Aprendí a diferenciar las setas cuando llegaba la temporada. El níscalo, que crecía en los pinares, las diversas amanitas. Esa muscaria que tanto me gustaba contemplar, con su sombrero rojo y los puntos blancos. Llegó el día en que me desveló la ubicación de los “perrechicales”, secreto que se mantenía de generación en generación en la familia. Por la noche, mi abuelo preparaba patatas con chorizo al estilo alavés. Pero le añadía un puñado de arroz. Supongo que, el hecho de ser emigrante, influyó en sus alteraciones culinarias. Mientras cenábamos, se empeñaba en encontrar en el dial algún programa de radio. Pero siempre se escuchaba un eterno zumbido.

Carreteras por las que ahora se circula, no existían entonces. Como sucede en todas las épocas, hubo quien se llevó más de la cuenta. Pero todo va en aumento, parece, y nada cesa en el deterioro de una humanidad indisciplinada y desatenta. Nunca fui un hombre de avatares políticos. Aprendí a callar bien joven, cuando el estraperlo. Mi hijo Matías tenía doce años cuando me dijo que en la escuela les habían mandado escribir una redacción. Me consultó lo que yo no sabía o creía tener olvidado. No deseaba que él viese en mis ojos la mentira y el horror y le aconsejé que buscase en la enciclopedia. Ahí quedó todo. Ahora hablan del progreso como si se tratara de la Exposición Universal de París, de 1889. Como si supiesen la cantidad de remaches que sustentan ese amasijo de hierros que es la Torre Eiffel. El otro día acudí al banco. Pretendía sacar dinero y realizar una transferencia. La joven de la ventanilla me sugirió que lo podía tramitar todo en el cajero. El tiempo que estuvimos discutiendo daba para atender a otros dos o tres clientes. Luego pretendía –me explicó- hacerme llegar los extractos a mi correo electrónico. De eso saben mis hijos –le contesté-, yo ni siquiera tengo ordenador. Desde entonces he dejado de recibir cartas en el buzón. Todo eso de la informática supone para mí un quebradero de cabeza. La cuestión es que, la joven de la ventanilla, optó finalmente por darme el dinero en mano y hacer la transferencia, advirtiéndome, eso sí, que se trataba de la última vez. Si he de manifestarme, diré que bien podían convivir las antiguas normas con las nuevas tecnologías. Dejar que los mayores nos vayamos con nuestras viejas costumbres y achaques. Que arreen los que vienen. De joven todo se aprende con mayor facilidad. De mayores, lo he comprobado, servimos para lo que servimos: cuidar de nuestros nietos, pagar una boda o viajar con el Imserso para luego escuchar que somos una carga. No me vean como a un hombre derrotado. Un hombre en esas condiciones no tomaría la decisión que, creo haber dicho, ya he tomado.

Soy un hombre de rutina. Lo suyo costó. He de reconocer que mi difunta esposa, Teresa, cambio mi vida en un momento en el que, la falsa sensación de control y dominio, me guiaron por derroteros poco saludables. Entonces era un joven alocado, disperso, necesitado de canalizar toda su energía. Magnificaba la libertad vistiendo de manera diferente, escuchando música minoritaria, peleándome, incluso, con aquellos que osaban cuestionar mis ideales. Teresa llegó para calmarme. Lo que todo el mundo agradeció. Transcurrido el tiempo, ahora sé que no sólo fue su coraje y su empuje lo que determinó mi destino. Hubo algo más que no alcanzo a definir. La sensación de haber sido perdonado por todos mis enemigos. Y, al mismo tiempo, el origen nuevo de un hombre que, solamente, caminaba equivocado. Comprendí también que no siempre se nos da la oportunidad de tomar este o aquel sendero. Escoger esa distancia que nos permita mirar atrás sin que sintamos vergüenza. La vida es mucho más que un calendario. Y así, uno tras otro, van sucediéndose los años. La vida, después de todo, se reduce a una decisión, y no siempre estamos preparados.

Me vi obligado a romper mi rutina por última vez. Encontrar a alguien que me llevara hasta los bosques de mi infancia. Cuando uno cogía los perretxicos se guardaba mucho de no ser visto. Para que nadie localizase ese lugar donde cada año se reproducen las setas. Demoré el regreso a la ciudad buscando unas amanitas, frecuentes en estos lares. Cogí unas cuantas phalloides, conocidas también como oronjas verdes. La seta que ingirió el emperador Claudio, antes de morir. De regreso a casa retomé mi rutina y sus horarios. Me cambié de ropa y salí a pasear. Atravesé el aire viciado de la ciudad para adentrarme entre las lápidas del cementerio. Y allí, acometí mis asuntos en silencio.

Hoy es el día de San Prudencio, el patrón de Álava. Son muchos los motivos por los que he escogido esta festividad para cumplir mi último deseo. En las casas estarán cocinando los típicos caracoles. O tal vez los tengan preparados del día anterior, para que se “tomen”. Se sucederá la tradicional retreta y la posterior tamborrada. Los cocineros profesionales y aficionados concursarán por el mejor plato alavés. Y se convocará el certamen de catadores de vino de Rioja Alavesa. He disfrutado mucho de este día. Una vida entera desentrañando la personalidad de la ciudad y sus costumbres. Pienso en mis nietos, sobre todo en Ezequiel. Tal vez algún día comprenda el verdadero motivo que me impulsa a hacer lo que ya resulta inevitable. Una certeza como la lluvia que ahora golpea los cristales y el asfalto de las calles. Resulta curioso. Días atrás, no han dejado de dolerme las articulaciones. Pero esta mañana, me he levantado jovial, como un muchacho al que le han dicho que viajará muy lejos. No me demoro más. Limpiaré bien las setas, sin pasarlas por agua, como me enseñó mi abuelo. Trocearé los perretxicos y las amanitas phalloides. Cuando tenga listo el revuelto me sentaré a la mesa con un vasito de vino. No creo que nadie vaya a tocar el timbre. Ni que vayan a interrumpirme. Hace mucho tiempo que dejé de esperar visitas. Llegados aquí, considero que no es necesario decir mucho más. El revuelto está en su punto, listo para engullirlo todo. El resto, se lo pueden imaginar; como mi abuelo, yo también he alterado la receta.


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ADOLFO MARCHENA (Vitoria-Gasteiz, 1967). Escritor español. Trabajó en diversos programas de radio. Dirigió las revistas literarias Amilamia Factorum y el fanzine Odaliana. Autor de los libros: Cartapacios de LucernaLa reconstrucción de la memoria, Proteo; el yo posibleMusicalidad de los tejadosEn mi barrio no hay Quijotes y Sin cielo bajo los tejados; del libro de narrativa 683 Planta neurología. Incluido en diversas antologías (Sin embargoRelatarioVoces del ExtremoLírica Vasca-EcuatorianaHerederos del Parnaso, etc.). Sus textos aparecen en revistas literarias electrónicas y de papel: El Coloquio de los Perros, Baquiana, Río Arga, Turía, Cuadernos del Matemático, Vuela Palabra, Mimeógrafo, entre otras. Colaborador habitual de la revista Galeradas.