Tengo una habitación propia en la cocina de mi abuela, el terregal y el cielo naranja de espanto, el pastel ángel de piña, las rosquillas de azahar; en el patio donde invento historias de ímpeto arrasador que le roban la tristeza de mujer dueña de evocaciones como la del héroe a caballo, el hombre que invita a la aventura, el que le quita la niñez oscura.

Tengo un habitación propia en la ventana rota por el resplandor del arcoíris, en un parque de bancas rotas, en una plazuela de besos escondidos, en las mañanas y el rocío salpicando la esperanza justo antes de mis cumpleaños, en la libertad de la infancia que se va quedando en el olvido y en las sombras del recuerdo del hombre sobre mi intimidad.

Tengo una habitación propia en el sosiego, todavía.

Mi habitación propia es aquella cama y su lámpara violeta cubierta con un pañuelo para no molestar a mis hermanas. Niñas que sueñan mientras yo colmo este diario de cuatro, manos que nunca usé para la escuela, con páginas llenas de chanates parloteando, auras devorando corazones pacientes, libélulas silenciosas, cocuyos ensordecedores, gatos deslizando su curiosidad en la lisura de mis piernas, lenguas mordelonas y sombras de pesadillas en los pasillos.

Mi habitación propia es la esperanza que permanece agazapada al pie de la cama, enredada en una colcha de retazos.

Tengo una habitación propia en Xalapa y su inmensidad de caminos estrechos, la lluvia que fue amable el primer año, los bosques y sus lagos con la brujería de un lugar lejano, inventado, pensado como un premio a esa ansia de ser.

Mi habitación propia no es el llanto, los tres, cuatro. Esos que los vecinos escuchaban. Tampoco es esa súplica silenciosa. Gritos mudos para evitar la piedra en el rostro, los espacios vacíos en la sonrisa, la excusa en el consultorio. No lo es mi corazón incendiado, ni los ojos iluminados con acuosidades incapaces de apagar ese papel ardiendo, consumiendo lo que fui y mi futuro.

Mi habitación propia es ese cuerpo diez y siete años menor. Regresa en risas porque sí. La tengo en los besos de tequila en la escalera. En las lecturas en el suelo de un departamento perturbador de tan iluminado, de libertad desbordada, de cuerpos desnudos sobre un ventanal, de sexo sin dudas. En la energía y las ganas de salir del carapacho donde nos obligaron a esconder lo que somos, en el entendimiento de la carne y el sentir.

Mi habitación propia es cualquier espacio donde me encuentre conmigo. Frente a la ropa por doblar, junto a la estufa, cortando berenjenas, descorchando esa botella, sacudiendo sábanas sudorosas, caminando mientras retomo la música de mi vida.

Mi habitación propia es una utopía. Debe serlo.

Tengo una habitación propia en la afirmación, en la escritura, en mi escenario, en el delirio. Mi habitación propia no oculta, no finge, ni se disculpará nunca más.


Fotografía de Pixabay


TERESA MUÑOZ. Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, entre otros. Trabajó con Abraham Oceransky en 1994 en gira por el Estado de Veracruz con La maravillosa historia de Chiquito Pingüica. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014. Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura, gramática, traducción, interpretación, inglés y francés. Escritora, directora de monólogos teatrales y autora del libro de cuentos El fin de la inocencia (Quintanilla ediciones, 2020).