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    Dos poemas | María Rivera


    ᅀᅀᅀ

    Una oscura polvareda levanta aquel día incandescente,
    lo miro resbalar sobre las piedras,
    despeñarse en la constelación de mi memoria.

    Un día de junio, su mañana impenetrable
    y esta misma polvareda
    en la sala, los sillones, esa manera
    inflamada de caer, caer, arrodillarse.

    Fueron mías todas las derrotas. Esa mañana
    tendida en el sillón blanco, temerosa,
    no pude escribir estas palabras. No pude.

    Cuántas derrotas, cuántas, rumorosas, se revelaron
    en mi más profundo campanario, arrodillada
    supe cuan filosa es la hoja de la espada
    cuán honda la carne atravesada.

    Mi corazón quedó perplejo; navegando en la certidumbre
    de haberlo perdido todo: sólo una oscura polvareda
    un hijo de polvo.

    ᅀᅀᅀ

    Acuérdate de nosotros, Dios, los que sufrimos,
    los que quedamos tendidos al paso del camino.

    Recuérdanos, no olvides levantar nuestros corazones
    torturados, por esta sed maldita, por esta sed de maldecirte.

    Solos, en ti estamos solos, entregados
    al lento manar de la sangre, malheridos.

    Abre tu mano imposible, tu corazón imposible
    para estos corazones horadados, ay, tan temibles,
    por ti, por el Amor que fuimos.

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