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    El retorno de Electra | Enriqueta Ochoa


    De ti lo habría amado todo:
    tu cabeza como luz de topacio en el hastío,
    el llanto, la caricia, la palabra brutal,
    la soga que amansara mis ímpetus cerriles
    y, sobre todo, el hijo.
    Ese mar
    que juntara la turbulencia de nuestras dos
        avideces.
    Ese mar donde irían haciéndose profundos
    de ternura los ojos.
    Pero ni tú ni yo vivimos el momento propicio para
        amarnos.
    De paso en paso, un abismo,
    en cada oreja, una espina,
    en cada latido, un monte de zozobra
    quebrantando el resuello.
    Y de qué sirve odiar, forzar,
    hacerse añicos dentro
    si todo es ir buscándonos,
    arropándonos para evadir el cierzo
    de la muerte que llega.
    Lucha por subsistir,
    por mirar nuestro polvo crecerse en otro polvo
    para encontrar de nuevo la oquedad amorosa
    que libre a los sentidos
    de la asfixia más pura de la muerte:
    la soledad.
    Pero hay quienes nacimos para morir en nuestro
        propio cuerpo.
    No hay puertas. No hay ventanas.
    Las ventanas incitan sin saciarnos.
    Las puertas nos liberan.
    Mas no hay puertas ni ventanas.
    Hay la fiebre en los ojos
    que va tras de la luz estremeciéndose.
    Hay la sangre a galope.
    El desvaído paso recorriendo las calles aturdidas
    de sinfonolas, magnavoces, estridencias de claxon.
    Y el viento barriendo hojuelas doradas de elote
    en el mes de junio.
    Y la fresca respiración de un cine
    donde ruedan botellas de cocacola
    y envolturas de Milky Way,
    y la arena caliente del aire sofocado.
    Y el amor, ¿dónde?
    Y los amantes, ¿dónde?
    Y tú, amor, viento, canto... ¿dónde?

    1952 

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