ACERCAMIENTOS El cuarto de triques, de Miauricio Jiménez | Andrés Galindo


Cuando se sabe de cierto que nuestros héroes, que nuestros dioses (y mucho menos la encarnación de La Divinidad) no volverán; cuando Waits no llega y el milagro se sigue postergando, solamente se tienen dos opciones: darse por vencido y ponerse la corbata del suicidio de 7 a 15 o hacer de las desesperanzas nuestras pequeñas glorias para ir ganando terreno en la pálida memoria del respetable. Varios Slams de poesía, la presentación de al menos dos esperados libros y el encuentro con muchos, muchos amigos fueron la razón de que la última FIL Zócalo (2015) fuera para mí la más ansiada, la más intensa, la más memorable.

Dejando de lado las pequeñas victorias, quiero hablar de Miauricio Jiménez y El cuarto de triques (Editorial Lengua del diablo, 2015).

Hasta el 2010 yo tenía de cierto dos verdades sobre la poesía: todos, absolutamente todos los versos de un poema deben ser compuestos para la voz y no para el papel; todos los poetas de hoy en día buscan la consagración de sus versos en un papel impreso que terminará en cualquier cuarto de triques.

Entonces conocí el Slam Poetry y el Spoken Word. Invitado, vía Facebook, por la poeta Maya Lima, solitario y distante —como lo marca el canon de la relación poeta-público—, fui al Museo de las culturas populares en Coyoacán, Ciudad de México. Se trataba de un evento de poesía y, así, la mayoría de los participantes leían, papel en mano, sus versos frente al micrófono y ante el respetable. Y entonces, el milagro se hiso: a la tarima subieron tres jóvenes poetas o, como algunos prefieren, spokenworderos o slamers o slameros (y yo quiero ser palabrero). Rojo Córdova, Genaro Patraka y Miauricio Jiménez fueron los primeros poetas entregados al arte de recitar poesía en voz alta, ni formales ni serios.

En los años siguientes me preocupé y ocupé de aprender todo lo relacionado con el Slam y el Spoken, con la poesía en voz alta. He participado en varios eventos, pero, sobre todo, he aprendido de todos y cada uno de los poetas que he visto pasar por el micrófono, estudiando detenidamente y declarando mis preferencias, si bien en la poesía, y menos en un Slam, se sabe de cierto qué es poesía, salvo lo que diga el respetable público.

Lo demás es una historia que por ahora podemos saltarnos hasta el presente. Como sucede ahora con muchos libros y muchas editoriales independientes, El cuarto de triques se anunció vía redes sociales. Lo que no me esperaba, pero no me sorprende, fue la respuesta de los seguidores de Miauricio. Me preocupaba, eso sí, conseguir mi ejemplar. En dos ocasiones antes de la presentación, me pasé por el stand del estado de Morelos (lugar de nacimiento de Lengua del diablo) de la FIL Zócalo y, con las esperanzas muertas, regresé a casa con las manos vacías. “El día de la presentación”, me dije, “a fuerzas lo tengo que encontrar”. Eso pasa con los mal llamados artistas emergentes y las editoriales independientes: nunca encuentras el libro hasta que te los topas en la calle, bajo un cielo que está a punto de romper en llanto.


Sombrero, gafas oscuras, chamarra de cuero, escandonativa barba y una pequeña maleta a lo Pulp Fiction (porque nunca supe qué llevaba dentro); parado frente a la carpa Max Rojas, como quien espera a Waits o el milagro que vendrá, Miauricio Jiménez. Red social en común, muchos poetas slameros y una revista de literatura fantástica (www.penumbria.mx) de por medio, me acerqué a saludarlo. Todo lo que pudimos decir en ese momento sobre la escena Slam se borró de un chingadazo, como golpe de agua que cae de la carpa de los quince años de la FIL y la red de Faros de la ciudad: emocionado, se acerca un joven y pregunta al autonominado poetoide y clown: disculpe, ¿tú eres el Warpig? Aquí debo confesar que mi espontanea risa fue a medias porque llevo años sin escuchar radio y una eternidad sin ver televisión. Algo sé que el Warpig es o fue locutor de radio. Al momento de escribir esta crónica, googleo y me pregunto: ¡joder!, ¿quién será el poeta?

La carpa Max Rojas se llena y comienza la presentación, escueta a mi gusto, y fue de buen gusto, por parte de los siempre necesarios presentadores (que siguen postergando la llegada de Waits y el milagro): Svetlana Garza, Miriam Ponce y Efraím Blanco. Dirán lo que quieran y pondrán sobre la mesa tanto currículum como se crea necesario (válido, más como la música, para todos los ritmos hay un momento y un lugar y yo aparté el mío para ir a la mesa de los libros) pero al llegar el micrófono a Miauricio, como partiendo plaza, abre las mesas, abandona la silla y se viste su voz de poeta y clown. Ante el aplauso del respetable: “gracias, gracias, amigos, familia”. Risas. Ya se sabe que a las presentaciones de libros sólo asisten familiares y amigos y yo no sé de cierto si eso aplica para el caso, pero la intención es lo que cuenta y el clown ha hablado (en la silla contigua mi mujer me codea: “es un rockstar”; y yo respondo: “es un poeta chingón”).

Sabedor de que al público le aburren las largas explicaciones y los infundados méritos del artificio literario, Miauricio Jiménez ejerce a lo que vino, a recitar sus versos en su consagrado ritmo Spoken Word, siempre de pie y de memoria. Acaso un poema por el que se disculpa: “pido perdón por leer” (eso es lo que hace un buen slamero y debería cualquier poeta: pedir perdón por no usar su memoria, el ritmo del corazón en la voz y no en el papel impreso).

Llegando al final: “ya me voy despidiendo, con dos poemas y un acto de magia; sí, porque también le hago al pendejo, cómo no”. De esos dos poemas, de todo El cuarto de triques, de todo el trabajo de Miauricio se podrá repetir lo que ya escribió Svetlana, lo que dijeron Efraím Blanco y Miriam Ponce, intentando malamente emular (como yo ahora con esta crónica) el ritmo del increíble señor paquidermo, para convidar, seducir, atraer la lectura; hace falta un truco de magia y una marioneta.

“Silencio. Y ahora me despido con un truco de magia. Silencio. Cualquier interrupción puede causar serias lesiones sobre el ejecutante”. El público contiene la respiración, segundos de nerviosismo, como cuando el clown sube a la cuerda floja, dispuesto a entregar el último aliento para hacer reír al respetable. “Voy a sacar del sobrero…

a un pendejo”.

Sombrero en mano, reverencia de clown, bufón, juglar, poeta, se gana el general aplauso. No ha llegado Waits pero se ha hecho el milagro: la poesía ha ganado terreno en los oídos.
Miauricio Jiménez abandona el micrófono y baja corriendo del estrado para colocarse en la silla de los autógrafos. Pero el público convoca (mi mujer insiste: “es un rockstar”; le digo: “lo bueno es que yo ya compré mi ejemplar”): “¡otro, otro, otro!” Yo grito “María Marioneta” y dos o tres voces secundan: ¡Maria Marioneta! “María Marioneta no vino; bueno, sí vino; bueno, no vino… No vino en este libro, pero sí vino hoy:

María Marioneta vive en una esquina
de la colonia Alegría,
tiene la cola más cotizada de su cuadra
                                                          y una hija
que su cintura niega
pero la confirman sus estrías.
Por eso los guarros le decimos:
María Mamacita.

María Marioneta se cree mariposa
pues llega, reposa,
                             retoza,
                                      se abre,
                                                 aletea,
desenrolla su lengua,
derrama algo de polen,
despliega sus alas
y se echa a volar”.

Epílogo

Se arremolina el público, se arrebatan los libros, se toman las fotos. Alcanzo a escuchar a Genaro Patraka, que estaba atendiendo la mesa: “tranquilos, no me arrebaten el dinero”.
Mi mujer saludó a Patraka, yo no porque fui al baño. De regreso, la cola de María Marioneta, de El cuarto de triques y de Miauricio seguían siendo las más cotizadas de la FIL Zócalo.
Ya en casa, Lía me dijo: léeme El cuarto de triques.
—Pfffta, va estar cabrón seguir el ritmo de este güey.

Y nuestras voces se fueron apagando poco a poco, al calor de los abrazos, con la lágrima al borde en el poema dedicado a la abuela, con la sonrisa partida por los versos de malamor y la alegría de llegar al cuarto de triques.

Conoce Editorial Lengua de diablo.


ANDRÉS GALINDO. Hispanista por la Universidad Autónoma de México. Autor de Veinte poemas de la furia (Endora, 2010) y La oficina del olvido (Ediciones y Punto, 2015). En 2011 conoce el formato Slam Poetry y, desde entonces ha participado en el mismo, bien como poeta o como espectador. Actualmente escribe cuentos fantásticos, minificciónes y es aficionado a la fotografía. Puedes ver más de su trabajo en misimposturas o seguirlo en la cuenta de Twitter @andresrsgalindo

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