CRÓNICA Las sombras también saludan | Maru Lombardo

Foto tomada de El colombiano 

Fuente: 070 Política, sociedad y crónica 

–¿Tú crees en todo esto?
Julieth Arredondo sonríe.
Ya es de noche.
Ella me mira por encima de su café.
Afuera la calle 54: las personas, las luces, las arepas quemadas y los buses de las seis de la tarde.
Todo en la calle está vivo.

Julieth vive hace cuatro años con el hombre que está sentado frente a mí. Él, John Barrera –un hombre barbudo y con el pelo peinado hacia atrás, pegado contra el cráneo con gel–, fue el primero que la ayudó realmente a entender lo que veía más allá de los cuerpos. Juntos dieron charlas en programas de RCN; varias veces fueron invitados especiales de Radio La Mega.


Le respondo a Julieth que me daba mucha curiosidad.
–A todos les interesa –dice Julieth– pero a la hora de la verdad uno cree en lo que le ha pasado. Todo lo que yo veo y oigo lo he confirmado por mis propios medios.
Todo lo que Julieth ha visto y ha oído está en una carpeta con retratos que dibujó a lo largo de su experiencia.
–La manera de interpretar estas cosas es a través de lo que haga sentido para uno. El catolicismo y yo no pudimos conectar… Encuentro respuestas en otras prácticas. Yo medito antes de empezar cualquier investigación.
Julieth mira a su pareja.
–John es un poco más odinista. Prefiere las runas.
Julieth trabaja como ilustradora para varios clientes, pero también para personas muertas. Es lo que en el campo de los estudios paranormales se llama una psicógrafa: ella es capaz de percibir espíritus y dibujarlos a partir de esa influencia.

Está sentada contra la pared blanca de la panadería y revuelve el tinto con un pitillo. Tiene el rostro apoyado contra la mano, una cara de piel completamente lisa y como llena de talco. Los ojotes llenos de pestañina y sombreado azul brillante en los párpados. Su risita sorpresiva delata que recientemente cumplió 21 años. Tiene el cabello mono teñido y larguísimo, que parecía intacto desde antes de haberse ido de su casa.

Los dos se acarician las manos por encima la mesa.


–Es el nombre de nuestro equipo –dice Julieth mientras señala la espalda de John, un hombre cuya barba cae desmechada hasta la mitad del cuello como muchas chivas juntas. Su chaqueta tiene el estampado de Expediente Paranormal Colombia en la parte trasera, –Utilizamos siempre uniformes cuando vamos a hacer investigaciones.
En ese momento entró al local un hombre panzón con una mochila negra al hombro. Tenía bolsas de piel debajo de los ojos. Su nombre es Carlos Lamoyi, viste de gris, gris como el pelo escaso que tenía en la cabeza. Lamoyi saluda a John con un choque de manos y palmadas en el hombro. Luego se dejó caer en el asiento al lado de su compañero de investigación. Pidió un tinto y puso la pesada mochila sobre la mesa.
Los tres viven con experiencias paranormales, no todos los días, no todo el tiempo, pero sí lo suficiente como para haberse acostumbrado a ello. Creen en su trabajo: la investigación paranormal. Los tres ayudan a personas con casos como los suyos a aclarar sus dudas sobre las presencias espirituales que podrían estar rodeándolos. Los tres conforman el equipo de investigación Expediente Paranormal Colombia.

***


A casi 500 kilómetros de la calle 54 se encuentra la Biblioteca Piloto de Medellín. En el año 2001 Julieth vivía en aquella ciudad, donde se había criado. Allí buscaba saciar sus dudas en los libros. Todavía lo hace: cree firmemente en que leer nutre el conocimiento. Hace catorce años trató de sacar más libros de la Biblioteca con la ayuda de su hermana mayor, Viviana. Ella le tenía paciencia a la menor. Un día, tras salir de la biblioteca, la hermana menor siguió los pasos de Viviana hasta un carro azul que las esperaba frente a la puerta principal, en el parqueadero. Dos figuras grandes las esperaban dentro.
–¿Devolviste todo, Viviana?– preguntó la señora desde el asiento delantero.
–Sí, mamá.
–¡Vivi no quiso sacarme los libros! –explotó la hermana menor.
–¿Cuáles libros?
–Nada, papá. Julieth no pude… –respondió Viviana.
El padre miró a la niña pequeña por el retrovisor, de donde colgaba un crucifijo blanco.
–Ya no más, Julieth. Ya estás grandecita –prendió el carro.
–Yo no me imagino cosas, pa –respondió la niña.

De vuelta en el presente, y en la 54, el olor a pan me hace sentir como en casa. Como en un hogar.
–Las entidades se ven como si fueran personas normales, de carne y hueso –dice Julieth, gesticulando con las manos–. Yo cuando era más chiquita no me daba cuenta de que no eran personas vivas. No las veía todo el tiempo, claro. Ahora tampoco. Pero llegó un momento en que me acostumbré...

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