POESÍA Oficios de la resistencia | Víctor Palomo

Yves Tanguy | Le Ruban des excès [The Ribbon of Excess]


MÚSICA DE PLAZA PARA CIUDADES VACÍAS

No saciada de amor la llaga
abro el espejo:

andy warhol y marilyn monroe
se exponen en una sala de méxico city
                                 in a courios night
mientras el volumen de tu cabello
cruza por mi cabeza a ciento cincuenta kilómetros
por hora las carreteras de guerrero:
velocidad que esplende los oficios de la resistencia
miahuatlán de porfirio díaz
arcelia             puerto del aire
música de plazas
vino lagarto y gregario
órganos en bóvedas amarillas
hoteles como iglesias
—satie animalizando el silencio—
en caminos de ida o de regreso
y ni tarde ni temprano
para cantar
ese tú y yo sobre nosotros
que nos faltó cantar
            al filo de una butaca
                       enlodados por la imagen
                                    de la mujer del carnicero
                                                   corriendo bajo la lluvia.

Ese tú y yo en la electricidad de la tormenta;
en busca de un poco de arte erótica
sobre avenidas y callejones
–—la toda prisa de tus manos
y jaques brel un ne me quite pas
               demasiado cierto—
edificios donde ya no nos recuerdan
ciudades que abandonar a tiempo
boletos ebrios para trenes por una noche
palabras tomadas a préstamo por un instante:
              ponte mi máscara
              absorbe el humo de mis pulmones
              observa dentro la caja de la noche
              ayúdame a vivir
              haz que suene el hueco de mi corazón
              comprueba mi sangre
                                          no me dejes
                                          no me dejes.

Ese tú y yo sobre nosotros
como un solo cuerpo depositado sobre la hierba
desposeído de la adivinación del sueño
              en el que ya de pronto
              la ciudad queda sola
              y resplandece.
 
 

LAS CIUDADES

Todas las ciudades son iguales.
En una hay una sirena enferma
viviendo bajo cruces blancas
                            y anaranjadas,
sobre la luz negra de los quirófanos.

Cada ciudad tiene sus capillas funerarias,
              una fábrica de ataúdes;
              flores, pétalos de plástico,
              reuniones familiares,
              ritos estúpidos,
              pendencias y destierros,
              patíbulos               comisarías de circo,
              pequeños mundos de la farándula.

Cada ciudad es un arco tensado:
              una flecha que               envenenada
vendrá a caer sobre nosotros
              en la pálida batalla.

Sobre su propia arca de la alianza ríen
              y celebran su oficio los mendigos:
la cáscara del herpes sobre unos labios rotos,
              una jeringa en el lavabo.

Cada ciudad tiene su propio templo
              —mujeres que van del confesionario
                                          a la mancebía,
              hombres siniestros,
              niños locos,
              casas abandonadas,
              madres enfermas,
              trabajadores del Estado.
              Todas.

Cada una tiene ese algo de gitana desgreñada
              —esa que no amaremos jamás como ella quisiera;
              como nadie hubiera querido querer jamás—
que grita por las calles enloquecida.

Todas las ciudades son iguales.
En cada una alguien acaba de llegar;
              otro que acaba de marcharse.
En todas alguien ama arde y se consume en silencio.
Todas tienen un loco un pordiosero y una puta
              viviendo en un cuarto de azotea.
              —alguno matará a otro una noche de naipes...
Sin necesidad de orden ni factores,
el tercero dejará de esa ciudad
pensando: “Siempre es igual”
              “Siempre es lo mismo”.

Cada ciudad tiene su propio laberinto
              un toro blanco               una muchacha ciega
                            un traidor y su asesino.
Todas son iguales.

Cada ciudad es Petra, Somma, Bagdad, Nisapur,
              el estanque florido desde cuyo fondo canta y nos alumbra
              una tumba silvestre de semáforos y avenidas
              Berlín, Nueva York, Jerusalem,
              jardines municipalmente plantados
              bancas de repostería,
              lugares santos.

Cada ciudad es la misma —la otra
              —en la que no estaremos nunca,
su propio y amoroso fantasma.

Cada ciudad es la primera piedra
              —púber y sangrienta
arrojada contra los locos.
Todas son iguales.
 
 
 
CANCIÓN DEL AMOR QUE NO SE ACABA NUNCA

Este es el amor que no se acaba nunca
fría es su sangre
roja su recámara
su lengua amarga.

Este es el amor que al fuego se guarda
que mora
que vela
no reposa ni espera
vigila.
Enciende un cirio
y el cirio llamea
evocando una canción
sencilla y lejana:
              dogma es estigma
              ley no es justicia
              mujeres por dinero
              en tardes de canícula

Este es el amor que canta
y se dispara en la boca.

Una cortapluma traza su cara
un espejo humea su sombra
una brasa los ojos
los brazos un ancla
cerrado el corazón como una roca.

Este es el amor que no tiene nada
que nada pide
no solicita ni aboga.
Amor que calla y no otorga.
Nada espera ni obsequia.
Va con el cabello lleno de pájaros
y la garganta de hojas.

No tiene patria.
No va a ninguna parte:
este es el amor que no se acaba nunca.
 
 
 
ABRE DRÁCULA

Cuando el amor clave a tierra tu corazón con una estaca.
Cuando la noche toque puerto y no quede a bordo uno solo de tu tripulación.
Cuando la ciudad arda y su aire caliente dé contigo.
Cuando ese aire te proscriba, cuando te proscriba esa ciudad.
Cuando tu país te proscriba
              y sea arrancada de tu lado la bandera de la Victoria.
Cuando te proscriban los cielos y los mares.
Cuando todo te proscriba.
Abre Drácula.

Abre Drácula.
Cuando la muerte llame insistente a tu puerta,
              vestida de ropajes de amores brillantes,
              y abogados tomen tu vestíbulo llenándolo
              de requerimientos y actas de divorcio;
cuando te sangren las encías,
cuando enrojezcan tus ojos y se evapore la verdadera razón del sueño
              y a tus insomnios acudan las imágenes vivas del mal y la locura.
Cuando no haya paz en tu corazón
              y la ira de Dios doble la techumbre de tu casa.

Abre Drácula.

Come de Drácula su corazón en un plato;
escucha la sabiduría inmortal de los condenados,
encuentra la reconciliación del hijo con el padre;
              busca en él el camino de la sangre.

Abre Drácula

Cuando la vida eterna quiera llevarte.
Cuando venga a tentarte la idea de la salvación.
Cuando la idea del más allá venga a ti.
Cuando venga a ti la idea de la resurrección.
Cuando veas reducido a cenizas tu plato de lentejas.
Cuando la Virgen de los Asesinos no escuche tus plegarias.
Cuando Lázaro vuelva a levantarse.

Abre Drácula.

Cuando los débiles se levanten.
Cuando sean derrotados los fuertes
y queden libres de aflicción los perseguidos.
Abre Drácula y pregunta:
¿De qué está hecho el amor?
¿De qué está hecha la vida?

Abre Drácula.

Cuando ya no puedas más:
              abre Drácula y recapitula,
              abre Drácula y mécete,
              abre Drácula y resucita.

Cuando todo te falte
                            echa el cerrojo a tu puerta…
y vuelve a Drácula.
 
 
 
Víctor Palomo (Saltilllo, Coahuila, 1969). Ha colaborado en diversas revistas como Tierra Adentro, Periódico de poesía, Caelum, El coloquio de los perros, así como en diversos suplementos literarios de circulación nacional. Tiene publicados los libros de poemas Cartas de amor para la señorita Frankenstein (1998) y Vigilancias, poemas y canciones (2015).


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