MINIFICCIÓN

Algunas brevedades sobre el amor | Ricardo Alberto Bugarín

CUENTO

El doctor | Servando Clemens

POESÍA

El hombre primitivo | Ihovan Pineda

FOTOGRAFÍA

Las primeras fotografías eróticas de Félix Jacques Moulin y Auguste Belloc

MINIFICCIÓN

Cuatro historias breves | Varios autores

POESÍA VISUAL La experimentación del lenguaje. El trabajo visual de Antonio Gómez


Nacido en Cuenca en 1951 y afincado en Mérida desde 1977, el amplio currículum de Antonio Gómez lo define como "poeta visual, autor de libros objeto y de performances", responsable de una variada obra gráfica, diseñador y director de colecciones y antologías y corresponsable del Aula 'Jesús Delgado Valhondo' de la capital autonómica.

Participar en más de 300 muestras colectivas organizadas en una veintena de países y ser conferenciante y promotor de talleres literarios le han llevado a ser considerado en la actualidad "como una referencia de primer orden cuando se habla de poesía experimental en España".
El poeta siempre experimentó con el lenguaje, ahí están los muchos movimientos que lo demuestran: expresionismo, dadaísmo, ultraísmo, surrealismo, etc. Durante todo el tiempo que fue ejercitada por poetas, la trayectoria de la poesía experimental era cercana a la discursiva, el poeta practicaba ambas según las necesidades de expresarse. Esto no sucede hoy. La poesía se ha enriquecido con el diseño, la fotografía, la pintura o la escultura. Desde los antecedentes que son puramente literarios hasta la actualidad se ha transformado totalmente hasta convertirse en una disciplina autónoma. [Entrevista con María Carvajal]
En Extremadura, Gómez "es el representante más importante de la poesía visual y ha contribuido de forma decisiva a la creciente importancia de este arte poético", agregan las mismas fuentes. "De hecho, preside el jurado del concurso de poesía experimental desde su creación que auspicia la institución provincial pacense".


Ha ideado, diseñado y coordinado las 28 'Hojas Parroquiales de Alcandoria' (de la A a la Z), las siete cajas con siete libritos en cada una de la colección 'Arco Iris', el libro objeto conocido como 'La Pirámide', la colección 'La Centena' de la Editora Regional de Extremadura, la revista 'Píntalo de verde', el 'Archivo de Poemas Manuscritos', la 'Caja de Truenos' o la serie 'Pintan Espadas', que promovió el Servicio de Publicaciones de la Diputación de Badajoz.

En su amplia producción, y exceptuando el poemario '...del camino' y las plaquetas poéticas 'Cierro los ojos para verte mejor' y 'Entre paréntesis', el resto de su obra entra en el campo de la poesía visual y libros objeto o de artista. Entre sus últimos trabajos destaca 'Oro parece plata no es' 'El tocador de pitos', 'No fui yo', 'Sumo y sigo' y 'Cruce de caminos'.






Fuentes
1. Diario 20 minutos: "El poeta visual Antonio Gómez cierra el Aula de Poesía 'Díez Canedo' con la lectura de una selección de sus obras".
2. Entrevista de María Carvajal con el poeta extremeño Antonio Gómez. En NarrativaBreve.com

ESCAFANDRA Era una noche oscura y tenebrosa... | Blanca Vázquez


A veces te acuestas en tu cama en la noche, y no tienes absolutamente nada de qué angustiarte. Eso siempre me ha angustiado
Charlie Brown

No soy yo, lo sé, es el todo, todo está convulsionado. Ataques terroristas en varias partes del mundo, declaraciones a favor y en contra. No soy yo, no he ido a Europa ni a Asia. Algo anda mal, me asomo a la ventana y me gustan los cerros verdes pero hay un olor fétido, de podredumbre cada vez que uno de esos que gobierna dice una estupidez. No soy yo, lo sé, sí acepto que estoy un tanto loca, sino no creería que todavía pueda hacerse algo. Desapariciones aquí y allá, protestas, marchas, conflictos internos en universidades y gobiernos. Me duele el cuerpo, pero sé que no soy yo, somos todos. Salgo y camino un rato. Veo a los otros y me veo a mi misma. Solos en colectividad, abandonados y temerosos con sonrisas amplias y ropas de fast fashion.

Creo que mi cuerpo se ha convertido en el depositario de mi memoria, me duele, pero ando. Alguien atrapa un Pokémon y está feliz, varios a su alrededor le aplauden y miran su jaula softweriana, hazaña apoteósica en un espacio donde no atrapamos casi nada que nos haga felices. Me veo y estoy llena de cosas, de momentos adheridos a mi piel y pienso que no soy yo, no estoy sola en esto. Doblo la esquina y puedo ver que otros pies se mueven acelerados como los míos, es como si quisiéramos llegar al final para que todo esto se hundiera en lo más profundo del sueño o en el mejor de los casos entrar en ese espacio del que no regresa nadie. De pronto, en mis ojos está mi propia imagen de niña corriendo hacia la puerta en la mañana del domingo para sacar la tira cómica del periódico y Pum! Charlie Brown [1] se mete en mis pupilas y leo “… ¿Qué puedo hacer para que mi vida no vaya tan rápido? Luego una voz me responde: Intenta desacelerar en las esquinas'”. Me detengo.

¿Por qué si me duele tanto no grito? ¿Por qué siento que no soy yo sino todos? Levanto la mirada y creo que somos cables de luz y telefonía enredados en todas direcciones: Vidas, deseos, tristezas, recuerdos, anhelos… las piernas duelen como si les clavaran alfileres y mi celular vibra para que pueda leer un mensaje: una persona amarró a un perro y lo aventó a un acantilado, Lindsay Lohan pelea con su novio, atrapan a narcotraficante, hallan en Guerrero a estadounidense desaparecida, rapero se dispara y sube video a Facebook… la economía del país ha repuntado. Siento que estoy habitada por otros que entran en mis poros y lastiman.

         "El perro se volvió de vidrio, el mismo ladrido del perro se
         volvió transparente, quebradizo, duro, frágil, cristálico, largo
         como un tallo de sal, y sin sonido alguno.
         ¿Se imaginan un ladrido sin sonido?
         ¿Se imaginan un aullido largo, denso, de vidrio mudo, de un
         pobre perro vuelto estatua transparente?
         El aullido sólido del perro no aguantó su peso mineral,
         la exageración de su largura, cayó al piso y estalló en mil pedazos".

Rafael Courtoisie [2]

"Era una noche oscura y tenebrosa..."[3] sabía que no era yo, pero tal vez este yo estuviera irrumpiendo en otros como ellos conmigo. Las prisas, los diálogos con palabras cortas, funestas, los ceños fruncidos, las muecas, las miradas prejuiciosas y las esperanzas en el cemento hacían pensar que todos queríamos cambiar esto, no era yo, sino todos, quizá con el ánimo de dejar de escapar de nosotros mismos. Mi cuerpo ya no dolía, me dolía el del otro, el que andaba a mi lado, el que tropezaba conmigo al cruzar la calle. “Aquí el cuerpo y el lenguaje funcionan como simulacros en los que el deseo colectivo se encuentra con la muerte colectiva.” [4]


         “Al callar se dicen muchas cosas.
         Al hablar se borran las palabras”. [5]


No soy yo, lo sé. Entro a casa y busco algo a qué asirme, una mantita, un libro, un olor, una voz, una nimiedad… algo que me haga seguir lidiando con el caos y tratar de seguir en el mundo. Mi mundo. Lo sé, yo no soy… sino en todos.

Para leer:
1. Charles M. Shulz . (2004). El gran libro de Charlie Brown. Buenos Aires: El Aleph.
2. Rafael Courtoisie. (2016). La balada de la Mudita. México. Conectivo la Tarántula Dormida.
3. Slavoj Zizek. (2009). Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Buenos Aires: Paidós.


[1] Charlie Brown es el personaje principal de las tiras cómicas Peanuts y su creador fue Charles Schulz.
[2] Fragmento del poema Muerte de un perro y agonía de su ladrido de Rafael Courtoisie.
[3] Frase con la que iniciaba Snoopy en todos sus intentos de ser escritor en la tira de Peanuts.
[4] Veena Das. (2016). Violencia, cuerpo y lenguaje.. México: FCE. p.71
[5] Fragmento del poema XXXVIII Pensamiento, Palabra, obra y omisión de Rafael Courtoisie.


BLANCA VÁZQUEZ nació en el Distrito Federal, en 1973. Su vida ha transcurrido en el estado suriano de Guerrero. Estudió Literatura Hispanoamericana y es maestra en Estudios Socioterritoriales y doctorante de Literatura. Ha publicado Los letargos de Artume (La Tarántula Dormida); Ojos de lechuza (Rojo Siena) y El corazón en la mano (Editorial Fridaura). Imparte clases en la Universidad Autónoma de Guerrero. Email: itasavi1@hotmail.com

Ilustración | Adara Sánchez Anguiano

BREVIARIOS DE YAAZKAL Existir o no existir | Yaazkal Ruiz C.


Mi maestro dice que si no estamos en al menos una red social, por ejemplo el face, estamos condenados a no existir. No lo dice a favor, si no como una crítica. Antes, por ejemplo, existir implicaba dejar huella en la sociedad o, para no ir más lejos, en la propia comunidad.

Existir hoy se resume a hacer uso de las redes sociales. Si estamos ahí es porque existimos, si no, pues un individuo más enfrentando los días.

Son pláticas de mis abuelos, de mis tíos adultos, pero antes la infancia tenía su chiste: jugar bajo la lluvia, correr, trepar colinas y pelearse de cierto, a puño limpio. Ahora, si se quieren pelear, encienden el televisor y agarran los controles. Esto es lo que dice mi tío Ramón y me da risa.

Lo que tampoco entiendo, es que pasamos por alto la información a la que podemos acceder y que resulta valiosa. Dirán que soy extraña, que una chica de diecisiete años no puede opinar así pero es lo que pienso.

¿Cuántas horas inviertes en ver simples fotografías, memes, videos, chistes, vulgaridades? Nos saltamos la información y no exagero. Somos pocos los jóvenes que a esta edad sabemos de la situación de nuestro país y del mundo. O cuando menos, una idea.

El conocimiento no está peleado con las cosas simples que hacemos. Por ejemplo, ir al cine, a un partido de futbol, a una fiesta. Hoy, por ejemplo, cumple quince años mi prima. Vamos a ir. Digo “vamos” porque también va él.


YAAZKAL RUIZ C. Una chica del sur de México. Poco a poco revelaré más datos.

Ilustración | Pinterest

CULTURA DIGITAL Los escenarios reales en Pokemon Go


Pokemon Go, el nuevo juego de Nintendo, no es literatura digital pero merece una entrada porque aporta una técnica que bien podría aplicarse en literatura digital, la realidad aumentada en escenarios reales.

El juego es gratuito y, en este momento, sólo está disponible en su versión final en los Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda y algunos países europeos (entre ellos España desde el pasado día 15) aunque hay versiones betas para otros lugares.


El objetivo del mismo es el clásico de los Pokemons, buscar y coleccionar pokemons. Pero, en este caso, los escenarios donde estos muñequitos pueden esconderse no son diseños en pantalla, sino el mundo real. Aprovechando la capacidad de geolocalización de los teléfonos móviles, el usuario va enfocando con la cámara el lugar en donde él se encuentra y la aplicación conoce las coordenadas de dicho lugar sobre la superficie terrestre.


Si esa coordenada está en la base de datos, aparece en pantalla, sobre impresionado sobre la escena real, el pokemon que allá se esconde. Y los pokemons pueden esconderse en cualquier lugar, donde los programadores los hayan situado (pueden ser posiciones predeterminadas, o calculadas al azar a medida que se juega), bien sea una playa, el último piso de un rascacielos o en la mitad de un lago (para lo que habrá que tener una canoa para desplazarse hasta allá). Además, hay lugares específicos que los programadores han designado como "gimnasios", en donde pueden "entrenarse" en nuevas habilidades a los pokemons.

Ya ha habido incidentes al respecto porque, por ejemplo, las coordenadas de una casa de Massachusetts, en USA, han sido programadas como gimnasio y los propietarios se han encontrado invadidos por una multitud de jugadores que buscan entrenar a sus monigotes. Hay ya también denuncias por haber elegido lugares poco apropiados para un juego como el campo de concentración de Auschwitz (en versiones beta) o la Casa Blanca. En algunas ciudades de Estados Unidos, se ve a mucha gente paseando por parques  o calles, enfocando con su teléfono a los edificios o a los árboles para ver si se les superpone un dibujito que cazar. Una manera como otra cualquiera de pasar el tiempo. Al menos, se hace ejercicio.

La técnica puede servir bien en literatura digital, introduciendo la historia en escenarios reales, haciendo sentir al lector con más intensidad lo que los personajes viven. Podría pensarse, por ejemplo, añadir a la geolocalización, el control del tiempo de modo que un cierto texto, una escena determinada, se pudiera leer solamente de noche. Seguro que leer un capítulo de terror en una calle desierta en medio de una zona poco recomendable de la ciudad, espanta más que hacerlo sentado en un sillón de la sala.

Vía Biblumliteraria
Ilustraciones | Imágenes de Google

ACERCAMIENTOS La memoria y el erotismo en Farabeuf, novela de Salvador Elizondo | Nancy Hernández García


Somos nuestra memoria,
somos ese quimérico museo de formas
inconstantes, ese montón de espejos rotos.
Jorge Luis Borges

La pregunta existencial ¿quién soy? ha acompañado al Hombre desde tiempos remotos; responderla supone afianzar su condición de sujeto, descubrir su verdad, su identidad. Quizá esta sea la pregunta que nunca nadie podrá responder, ni siquiera con ayuda de la ciencia porque lo que se busca es de índole esencial, ir a la profundidad del ser para explicar el Ser y hasta ahora nadie ha podido responder esta pregunta… quizá tampoco nadie ha tenido el valor para formularla.

Octavio Paz dijo que somos tiempo, que estamos hechos de tiempo, y en cierta medida hay razón en sus palabras. Estamos hechos de tiempo porque así es como se mide nuestra vida: tenemos fecha de nacimiento y, aunque impredecible, también de muerte. Sólo estamos de paso por la Tierra. Somos un suspiro de Dios, algo que vaga por ahí algunos años hasta que retorna a su origen: “Polvo eres y en polvo te convertirás” es la sentencia divina. Sin embargo, a la presencia humana no le basta con la materialidad del cuerpo físico, sabe que hay algo más que la conforma, algo que seguramente no es tangible y por más que haga, no podrá captar porque en ese instante vuela y se aleja para que el Hombre vuelva a formular la pregunta.


Al tiempo que somos habría que agregar la memoria. También somos los recuerdos que recordamos, o lo que inventamos. Recordar, cuya etimología es “volver a pasar por el corazón” implica que este ejercicio, que conjunta a la memoria y al corazón, no es del todo cierto y eso angustia a cualquiera. La memoria nos traiciona a cada instante; es lo más subjetivo de nuestro ser porque recordamos lo que más nos interesa y como nos interesa recordarlo. De alguna manera construimos los recuerdos perfectos y así los guardamos para siempre.


Algún momento en particular puede llevarnos al punto obsesivo de querer reconstruirlo, pedazo a pedazo, hasta que sea el recuerdo perfecto… casi como una fotografía. No obstante, hasta ahora la memoria no ha sido capaz de encapsular de manera precisa el instante y la fotografía sólo capta la imagen, hace a un lado las palabras que se dijeron, los olores, las sensaciones; pero ver la imagen puede evocar todos estos elementos para recrear ese instante cuantas veces se quiera.

La escritura es otra manera de reconstruir ese instante, de fijarlo en la mente y en el papel para siempre. Eso lo supo Salvador Elizondo, cuya obsesión fue la escritura; siempre trabajó con ella como el escultor sobre el bloque de mármol, logrando así llevar la escritura a su máxima expresión, la explotó de todas las maneras posibles hasta conseguir cuentos espléndidos y una novela, que cincuenta años después de su publicación, sigue cautivando a sus lectores, y a los que seguramente se sumarán en los próximos años. De la bibliografía de Elizondo, Farabeuf o la crónica de un instante es quizá el texto que más atrae, es el más difícil y fascinante porque es enigmático; abrir el libro es entrar a un mundo en que no se sabe por dónde se camina y no todo está claro. Las voces de los dos personajes protagonistas se convierten en una polifonía que aturde, pero como todo conjuro, una vez dicha la frase mágica no se puede volver atrás, no hay manera de soltar el libro. Y cuando se llega al punto final no queda más que respirar profundo.

Farabeuf, sin duda, una novela sui generis porque en la literatura mexicana no se había escrito algo parecido. El México de 1965 era otro muy distinto: la Ciudad se convertía en el centro del país y se pasó de la actividad agrícola a la urbanidad. Surgió la llamada Generación de Medio Siglo (a la que pertenece Elizondo), nutrida con escritores originarios de otros estados de la República, que escribieron en esta urbe; su escritura refleja sus obsesiones. Yo diría que esta generación fue una generación de obsesiones: Elizondo la tuvo por la escritura, Pacheco por el paso del tiempo, Inés Arredondo por desarrollar la psicología del personaje, Garcia Ponce por el erotismo…
Elizondo dejó 30 mil páginas de sus diarios personales, 
escritos desde los 11 años hasta los 73 años, tres días antes de su muerte.
Salvador Elizondo, al escribir Farabeuf, pretende realizar cosas imposibles: 1) dar la crónica de un instante y 2) llevar la escritura a su propio límite, explotarla todo lo que sea posible. Para fortuna de los lectores ―y claro, también suya― lo logró. También se deben considerar la formación y manías del autor. Sobre la primera, en su biografía consta que vivió su primera infancia en Alemania en tiempos del nazismo,[1] pues su padre pertenecía al cuerpo diplomático mexicano, regresó a México y para la secundaria estuvo de interno en Elsinore, colegio de Estados Unidos. Estas estancias quedaron muy arraigadas en Salvador Elizondo y forjaron al escritor en el que se convirtió, además de su interés por la literatura francesa, de la que intenta el estilo del nouveau roman con esta novela. Sobre sus manías, la escritura por sí misma, por todo lo que se puede hacer con ella, es la más notoria.

A primera vista, pareciera que el único enigma por resolver es ¿cuál es el instante dentro de la crónica? No, hay varios más: ¿cuántos personajes son? ¿por qué se narra en diferentes tiempos verbales o personas gramaticales? ¿qué es eso que se tiene que recordar y quién lo tiene que recordar. Valiéndose de lo que la escritura misma le provee: palabras, recursos literarios (metáforas, imágenes, efectos) y de recursos externos como la fotografía de un suplicio chino y sus conocimientos sobre esta cultura (ideogramas, I Ching), Elizondo logra seducir al lector.

Se habla de tres instantes dentro de la novela: 1) el instante en el que la pareja ve la fotografía del supliciado, 2) el instante del paseo de la pareja por la playa y 3) el instante de la reunión de Farabeuf y la mujer (que es todos los personajes femeninos). La fotografía del suplicio es el pretexto de Elizondo para ahondar en un problema existencialista: ¿quién soy? Esta pregunta es una de las posibilidades; la mujer pronunció alguna frase antes de la llegada del doctor Farabeuf, pero no la recuerda. ¿Quién soy? es la pregunta a la que se le busca una respuesta pero no la hay; cuando se ha encontrado, ésta se convierte nuevamente en pregunta. Es un círculo. Uno puede ser o no ser, o ser todo y nada:
―Acaso fuera un sueño todo esto. Un sueño del que no despertaremos hasta que alguien, o algo, nos responda a esta pregunta que noche a noche nos hacemos: ¿de quién es este cuerpo que tanto amamos?
―¿Y si sólo fuéramos la imagen reflejada en el espejo?
―Entonces nada ni nadie podría jamás contestar esta pregunta.
[…] y ella sigue haciendo la misma pregunta tediosa. Farabeuf, cuando viene, la encuentra siempre en la misma actitud, con la ouija o con las tres monedas ante ella […] (p. 86)
“La pregunta tediosa” es la misma que la mujer formuló desde el inicio de la novela pero ya no recuerda, o si la pronunció. Algo que llama mucho la atención es que, al no encontrar una respuesta proveniente del intelecto, del conocimiento que se tiene, o de la experiencia, la mujer recurra a lo esotérico: la ouija y el I Ching. Ambos son objetos de lo que podríamos llamar magia.

Tanto la ouija como el I Ching son una especie de oráculo que dice lo que uno quiere saber, pero la interpretación puede ser subjetiva, es decir que, la respuesta obtenida puede estar fuertemente influenciada por lo que uno quiere escuchar. Por lo menos para el caso de la ouija, pues es la persona quien desliza la tabla hacia donde “indican los espíritus”. Por su parte, el I Ching responde con un exagrama formado por “versos” y esto puede dificultar la interpretación.

Estos dos objetos son importantes en la novela porque la mujer hace una pregunta, cuya respuesta espera de estos dos objetos mientras aguarda la llegada del doctor Farabeuf. La llegada del doctor es al mismo tiempo la llegada de la muerte, que se anuncia con la mosca que golpea la ventana. La mosca es un símbolo de muerte en el sentido más burdo: es un insecto desagradable cuyo hábitat es lo fétido, lo podrido; se posa sobre los animales muertos, abandonados, que se descomponen sobre la tierra, no debajo de ella. Farabeuf es un cirujano de cadáveres, en ellos experimenta sus cortes e instrumentos. La mujer, que fue su amante, ahora se le ofrece para que la mate. Ambos experimentarán el placer de este acto… muy parecido al orgasmo, a ese momento agónico (que sin embargo es el clímax) con el que culmina el coito.

El erotismo y la memoria son los articuladores de esta novela. Ambos se acompañan siempre: el recuerdo de las sensaciones experimentadas pueden llevar a la necesidad de querer revivir ese momento y viceversa, un momento erótico puede remitir a otro semejante; hasta el punto de la obsesión por recrearlo tal y como se recuerda y convencer al otro de recordarlo igual. Así, el placer que se obtenga no estará fundamentado en el momento erótico presente, sino en el del recuerdo, en esa evocación que raya en la invocación de un momento preciso.

La fotografía del sujeto mientras se le practica el Len Tch’é, quizá por la imagen misma: un hombre atado a una estaca, sin los pechos, con sangre escurriendo por su cuerpo desnudo y un rostro que refleja el éxtasis que siente, excita a la pareja y sucumbe. El sadismo del instante fotográfico ocasiona que la pareja busque vivir una sensación igual, experimentar el máximo placer que les provocaría; ella tomaría el lugar del supliciado y él, él no dejaría de ser lo que es: Farabeuf, el cirujano que haría los cien cortes en el cuerpo de ella.

Para recrear la fotografía ellos también disponen de un escenario propicio: la cama de ginecólogo (en lugar de la estaca), ella (como el supliciado), Farabeuf (como el cirujano que hará los cien cortes) y dos espejos enfrentados (que reflejará el Len Tch’é y también los multiplicará, es decir, la pareja será partícipe y público del sacrificio).

La pareja lleva el momento del orgasmo más allá de lo que es o quizá es el orgasmo el que los lleva hacia la muerte, al deseo de morir; toman este camino extremo porque las sensaciones corporales ya no les son suficientes para asegurarse de su existencia, el sexo ya no los satisface completamente, o sea, el acto físico del amor no se trata únicamente de la carne, tampoco es “la operación quirúrgica llamada coito”. Dentro de su carácter mecánico, hacer el amor también implica la conexión de las almas de los dos seres que se entregan, es por eso que se habla de erotismo (amor sensual) porque la atracción por otro ser implica cosas más complejas, como ver en esa otra persona cosas propias de las que somos inconscientes hasta el momento del encuentro, también sucede al revés: amamos en esa persona lo que odiamos en uno mismo o esa persona tiene algo, inexplicable, que nos atrae. Nos interesa el cuerpo y el alma de esa persona en especial. Un cuerpo y un alma del que queremos apoderarnos, poseer plenamente, como lo entiende Octavio Paz en La llama doble: “El amor es una atracción hacia una persona única: a un cuerpo y a una alma. El amor es elección; el erotismo, aceptación. Sin erotismo ―sin forma visible que entra por los sentidos― no hay amor pero el amor traspasa al cuerpo deseado y busca al alma en el cuerpo y, en el alma, al cuerpo. A la persona entera.”

El deseo por el otro puede llegar a ser tan fuerte que al mismo tiempo nos empuje a una entrega total, como en el caso de Farabeuf y la mujer. Ella quiere ser lo que Farabeuf más ama: la cirugía, el cuerpo que pueda manipular quirúrgicamente pero también tiene la belleza de la desnudez femenina. Esta mujer bien puede ser la encarnación de las dos mujeres del cuadro alegórico que adorna la estancia; en él se observa a dos mujeres, una desnuda y otra vestida, una representa al amor profano y la otra, al amor sacro. Sin embargo, en la vida no hay blanco y negro, en medio están muchos tonos de gris por lo que resultaría falso que el amor pueda dividirse fácilmente en sacro y profano. Uno ama con intensidad, tendiendo hacia uno o el otro, pero no de una sola manera. Así, el amor no es puramente animal ni sólo espiritual y el deseo es una consagración. El erotismo tiene mucho de religioso en el sentido de que es un rito, un culto a un alma y a un cuerpo: “El erotismo no termina en contracciones espásticas y descargas reflejas; las trasciende hasta alcanzar los ámbitos etéreos de la memoria y el sentimiento, como una nota que reverbera mucho después de pulsada la cuerda”, dice el patólogo Francisco González Crussí.

El erotismo es el elemento que une otros dos que también son importantes para este estudio: la memoria y el tiempo. Esta trinidad podría muy bien resumir nuestra vida: vivimos determinado lapso, los recuerdos nos hacen más llevadera esta vida, condenada a la búsqueda de la otra mitad para completar la unidad del ser; búsqueda que nos lleva al erotismo.

La memoria, cuyo desdoblamiento es el recuerdo, es esencial para la vida humana, gracias a ella es que podemos ayudar a contestar ―al menos a tratar― esa pregunta tediosa: ¿Quién soy? Una posibilidad es que soy una persona con un nombre (lo que me da una identidad), que pertenezco a una familia, a una sociedad, y tengo ciertos gustos y defectos, cierta ideología (cosas que me caracterizan como individuo); pero también soy mis actos, los recuerdos que tengo sobre mí y los que los demás tienen sobre mí. Soy la suma de todos esos elementos… no obstante, eso tampoco puede darme una respuesta satisfactoria porque recordamos el mismo hecho de diferente manera, según la perspectiva. Un recuerdo nunca es seguro. Solemos recordar únicamente lo que nos interesa o nos marcó, pero no tendremos un recuerdo íntegro, sólo fragmentos.

Borges dice que “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.” A mí me convence totalmente esta idea porque concibo al ser humano como la unidad conformada por otros muchos elementos, incluso, creo que nuestra condición contradictoria se debe a la dualidad de la que surgimos y en Farabeuf esta idea también está presente con la mención de elementos como Oriente y Occidente, I Ching y la ouija, ying y yang, hombre y mujer.

De ahí partimos a la paradoja temporal que implica el querer eternizar un instante a través de una crónica. Pero como ya dije líneas arriba, la fotografía no es más poderosa que el recuerdo porque no capta el instante en su totalidad, o sea, la escena íntegra (palabras dichas, lo que se estaba haciendo, etc.), sino sólo un microfragmento de esa escena que queda fija para siempre. En cambio, la memoria puede guardar un recuerdo con todo lo que lo rodeaba y es así como cualquier sensación, palabra, canción, olor, puede detonar un recuerdo en particular. Se puede evocar y de ahí pasar a la reconstrucción del recuerdo.

El recuerdo es un consuelo ante lo efímero de la vida, de ahí también la necesidad que sentimos de ser recordados por los demás, puesto que esa también es una forma de asegurar nuestro ser tangible. Tener recuerdos en común nos da la certeza de que sucedieron. Pero la memoria es un círculo vicioso y al mismo tiempo que afirma, titubea: “…Ahora recuerdo, no sé por qué, un paseo que tal vez nunca dimos, por un parque, a la orilla de un estanque, en una ciudad lluviosa que no conocemos.” (p. 84). De modo que los recuerdos pueden ser inventados. La memoria nos engaña, forja quimeras que nos conducen a la muerte porque es en ese último instante cuando quizá podamos respondernos la pregunta tediosa con la recreación de todo lo vivido, que puede darnos la idea general de lo que fuimos. Sólo entonces sabremos si fuimos reales o un reflejo en el espejo, una imagen borrosa… aunque reunir todos los recuerdos puede confundirnos aún más:
¿Es que somos la imagen de una fotografía que alguien, bajo la lluvia, tomó en aquella plazoleta? ¿Somos acaso nada más que una imagen borrosa sobre un trozo de vidrio? ¿Ese cuerpo infinitamente amado por alguien que nos retiene en su memoria contra la voluntad de ser olvidados?
¿Somos el recuerdo de alguien que nos está olvidando?
¿O somos tal vez una mentira? (p. 87)
La imagen reflejada en el espejo no es suficiente para asegurar que somos seres reales, hace falta la corporalidad, ser tangibles para los otros. Si no, seríamos una quimera ―La quimera fue el primer título de esta novela.

La idea del recuerdo y el olvido, como dos actos que se contraponen o se complementan, aparece a lo largo de la novela y también, que yo recuerde, en otros dos cuentos de Elizondo. El primero es “El grafógrafo”: “Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo…”, aquí está la idea del ser con su desdoblamiento que es la otra parte de éste mismo pero que lo observa al mismo tiempo desde dentro (mentalmente) y desde afuera (me veo escribir), como si se estuviera recordando a sí mismo. El otro cuento es “La historia según Pao Cheng”, ahí aparecen dos personajes, Pao Cheng, que escribe un texto interminable, y otro hombre, que lo observa desde afuera, como si se viera en el espejo, pero este hombre se da cuenta de que no es ajeno a Pao Cheng sino de que es el propio Pao Cheng y tiene que recordarse infinitamente para que no se olvide a sí mismo. Entonces, el recuerdo no sólo es externo, es decir, no se trata sólo de recordar hechos, sino de recordar los hechos realizados por uno mismo puesto que eso nos dará una imagen clara de lo que somos, una imagen cuyo reflejo en el espejo sea nítido y un cuerpo que los demás puedan sentir. El olvido no es más tenaz que la memoria porque, como dice Octavio Paz: “Todo es presencia, todos los siglos son este presente”… y eso es lo que conocemos como eternidad.


NANCY HERNÁNDEZ GARCÍA. Lic. en Letras Hispánicas por la UNAM. Estudiosa de la obra de José Emilio Pacheco. Lectora de poesía en su tiempo libre. Twitter @lamusadelpoeta


[1] Por esa época en Alemania a los niños se les “educaba” con el libro infantil ―yo diría que demasiado cruel para un niño― del Pedrito greñudo. Pedrito era un niño al que por cada mal comportamiento se le castigaba con severidad, por ejemplo, por chuparse los dedos, le cortaron los pulgares. Esta referencia también está presente en Farabeuf, quizá por eso Elizondo se sintió atraído por la figura del cirujano Farabeuf:

"Pero tú recuerdas otra imagen, una imagen más remota que todo lo que aquí nos contiene aislados, una imagen que viste, tal vez, en tu infancia. La imagen de un niño con las manos sangrantes. Alguien, un desconocido, Farabeuf tal vez, le ha cortado los pulgares de un tajo certero y el niño llora, de pie en medio de una estancia enorme, como ésta. A sus pies se van formando unos pequeños charcos de sangre". (Farabeuf, p. 125)

Ilustración de cabecera | Francis Bacon: Triptych, 1973.
Ilustraciones interiores | Imágenes de Google

POESÍA Sarcófago de hombres incinerados | Patricio Vega Arrobo


FOBIA

como Gulliver al despertar
bailan en la palma de mi mano cuatro hombrecillos
con la diferencia que no tienen cabeza
todos se parecen a mí
yo tampoco traigo cabeza
tienen dos piernas izquierdas
no marcan el ritmo
se estrellan y caen a llorar
se revuelcan
gritan
agreden
se marchan
mi recurso de salvación es cerrar la puerta
con fusiles apuntando hacia afuera
mas ellos buscan las hendijas de mi cabeza
y retornan cada noche a la habitación neurótica
aparecen debajo de la almohada haciendo un "pogo"
avanzan hasta el pecho
y sin compasión me acuchillan.


LENGUAJE

en saliva negra se revuelcan palabras
mi garganta de ceniza
revela que soy
sarcófago de hombres incinerados

siempre se termina por amar los muertos de otros tiempos

si en mí habitan seres carbonizados
no debo oponerme
si uno puede ser casa
solo ahí se puede ser hombre
solo ahí se puede nacer
para el fuego y por el fuego
que es el lenguaje
y amar una garganta incinerada
y con belleza escupir poemas
sobre el rostro de la humanidad.


REENCARNACIÓN

exploración del índice en la herida

música naciendo desde el fondo
música de niños puro hueso
bellos instrumentos
de una orquesta dirigida por Tosconini

son niños que guardo de milenio en milenio
y les enseño lo que no tiene que hacer
cuando encuentren madre que los alumbre

almaceno niños para nacer en ellos.



PATRICIO VEGA ARROBO (Cariamanga - Loja  1987). Venera el fuego vivo quemando sus entrañas, aprisiona llamas en su garganta, desde algunos años es un pirómano escritor provocando incendios en un bosque de cabezas, por ello coordina el colectivo de Arte y Cultura LETRA FUEGO. No es Promotor Cultural, mas  ha organizado la Muestra de Arte Colectiva Pinceles Insurgentes (Cariamanga del 22 al 29 agosto 2015, junto a unos locos) y el Primer Encuentro Nacional de Poesía Brutal DEMOLICIÓN (Loja, 11 y 12 de diciembre 2015, junto a otros locos). Su poesía ha sido pública en revistas impresas y fanzines. La pintura, su otra pasión.

CUENTO Oruga | Alan Guzmán


Dicen que la angustia consiste en recostarse en el techo a observar fijamente la cama, piensa Julián, mientras ella está encerrada en la descuidada y sucia ducha. El simple acto de permanecer en la habitación representa una incomodidad; incluso el aire es pesado y, por si fuera poco, la única ventana del inmueble está tapizada por fuera con una herrería de diseño simple, pero impenetrable, que ofrece un aspecto hostil. Su propósito: que nadie entre, o dicho de otro modo, que nadie salga.

¿Cómo chingados le haré en cuanto necesite fumar un poco? dice para sí Julián y, es en ese preciso momento, que la chapa vieja de la puerta del baño se destraba, y aparece la criatura; allí está, voluptuosa, arrogante, vulgar. Solo calza unos enormes tacones transparentes de plataforma de aproximadamente quince centímetros, con los cuales arrastra su ancho cuerpo y todas sus carnes hasta el colchón destartalado en el que él se ha quedado petrificado y blanco, como estatua de mármol, desde que la vio hacer su aparición en el umbral que separa al pasillo angosto de la recámara.

Hagas lo que hagas, así no hagas nada, no te devolveré ni un solo peso, alcanza a escuchar Julián, inmerso en su estado de shock. Asiente torpe y repentinamente con la cabeza, misma que hunde de inmediato entre ese par de senos exuberantes y escultóricos. Los pezones son todo lo contrario: protuberancias desorganizadas de color marrón, arrítmicas, carentes de simetría alguna. Claro está que las quemaduras de cigarro han ido modificando su forma hasta hacerlos parecer una costra de lodo seco.

Ella se hace llamar Mari. Su cabellera negra es larga y sedosa, y combina a la perfección con la pequeña falda de cuero negro que vestía minutos atrás. Casi ni se nota que eres nuevo, le dice Mari, con una sonrisa sarcástica; Julián, tiene las manos frías y los calcetines todavía puestos.

Él asiente de nuevo con la torpeza que lo caracteriza, y procede a chocar su lengua contra esos pezones maltrechos. Mari, al pretender llegar a la excitación rutinaria, cierra con fuerza sus ojos nobles y abre ligeramente la boca, también modificada por los bisturíes insalubres, y comienza a exhalar un aroma desesperado, como de agua estancada, un perfume que hace pensar irremediablemente en el color verde fangoso que se instala, de cuando en cuando, en las esquinas de los cuartos a los cuales nunca o rara vez ha entrado el sol.

Mari se acerca aún más al cuerpo de él, pero no lo abraza —nadie lo hace en un lugar de esa clase—. Los términos son claros. Sus manos son como dos pinzas que, en un movimiento mecánico, comienzan a deslizarse frenéticamente por toda la espalda de Julián. Mientras que las palmas trémulas de él apenas se atreven a rozar con timidez los bordes de esa cintura desbordada y repleta de pliegues; no se alcanza a distinguir el área limítrofe entre espalda baja y nalgas. Todo el terreno pareciera el mismo: celulítico, abultado, grasoso.

Él, tras un esfuerzo considerable, logra bajar un poco más la vista. En ambas piernas gelatinosas se observan una serie de hematomas oscuros y claros, entre otras heridas y marcas de todo tipo.

Al otro lado de la ventana se escuchan esporádicamente borrachos gritando, botellas de vidrio que estallan contra cráneos ensangrentados; a veces, silencios estremecedores. Sin embargo, Julián tiene la firme convicción de que todo aquel que recargue una oreja en la almohada gris escuchará algo parecido al ruido que proviene de las calles peligrosas y conflictivas de afuera. Lamentos y el eco de alaridos que alguna vez fueron desgarradores emergen tenuemente desde el fondo del colchón. Son como tambores de guerra que tiempo antes habían ordenado la retirada. Entonces vienen a la mente infinidad de almas torturadas. Entre las sábanas, la nariz hallará alientos sepultados y, los ojos, manchas de sangre y otras emulsiones espesas.

Estar en ese cuarto con Mari es el equivalente a venderle un alma rota al diablo. Se sabe de antemano que tarde o temprano volverá del infierno para vengarse, cruel y lentamente, por haber sido engañado con mercancía de poca calidad.

Venderle el alma al diablo es arriesgarse a que algún día quiera hacer válidas sus garantías.

Más muerto no podré estarlo jamás, se dice a sí mismo y continúa: ella, mi vida, me abandonó, y ya todo me da igual. Con esta sentencia tatuada como estandarte en la mente, decide arrojar su cuerpo al precipicio del vicio de la carne y el frenesí de la lujuria. Entonces cierra fuertemente los párpados y con la boca abierta se desliza apresurado desde el ombligo hacia abajo, donde se encuentra con una selva negra y áspera.

Entre el abundante vello, sus labios, sus dientes y su lengua, encontrarán un bulto de carne de sabores orgánicos, inflamado por un flujo de sangre que se ignora pero se sospecha infectada.

El pulso de ambos aumenta de súbito y todos los momentos son casi recuerdos ahora mismo. El tumulto afiebrado de Mari a duras penas cabe en el abismo divino y mojado que Julián carga entre sus quijadas.

Una vez dentro de su boca, el miembro de Mari comienza a moverse como las lombrices en la tierra húmeda cuando son espolvoreadas con sal; serpientes, escarabajos, orugas, ciempiés... todos dentro de una maceta amarillenta por el tabaco en exceso...

Simultáneamente le dice a Julián: Me dicen Mari por el gusano que una vez fui. Hoy soy una mariposa con forma de calavera en las alas.

La sesión está lejos de terminar…


ALAN GUZMÁN (México, 1992). Algunos de sus textos han sido publicados en medios digitales como Digo.Palabra.Txt, La Torre del Silencio, Poesía Referencial, entre otros. También forma parte de la antología Poemas de lujo, editado e impreso por La Textulia de Rosenda, en Miami, EUA. Administra su propio blog (Plutón Psiconauta) y una página en Facebook (Plutón Psiconauta). Es fundador de la revista digital Fantastique. Encargado de la sección de Tendencias Literarias.

ANAGRAMA Las cosas que perdimos en el fuego de Mariana Enriquez


El mundo de Mariana Enriquez no tiene por qué ser el nuestro, y, sin embargo, lo termina siendo. Bastan pocas frases para pisarlo, respirarlo y no olvidarlo gracias a una viveza emocional insólita. Con la cotidianidad hecha pesadilla, el lector se despierta abatido, perturbado por historias e imágenes que jamás conseguirá sacarse de la cabeza. Las autodenominadas «mujeres ardientes», que protestan contra una forma extrema de violencia doméstica que se ha vuelto viral; una estudiante que se arranca las uñas y las pestañas, y otra que intenta ayudarla; los años de apagones dictados por el gobierno durante los cuales se intoxican tres amigas que lo serán hasta que la muerte las separe; el famoso asesino en serie llamado Petiso Orejudo, que sólo tenía nueve años; hikikomori, magia negra, los celos, el desamor, supersticiones rurales, edificios abandonados o encantados... En estos once cuentos el lector se ve obligado a olvidarse de sí mismo para seguir las peripecias e investigaciones de cuerpos que desaparecen o bien reaparecen en el momento menos esperado. Ya sea una trabajadora social, una policía o un guía turístico, los protagonistas luchan por apadrinar a seres socialmente invisibles, indagando así en el peso de la culpa, la compasión, la crueldad, las dificultades de la convivencia, y en un terror tan hondo como verosímil. Mariana Enriquez es una de las narradoras más valientes y sorprendentes del siglo XXI, no sólo de la nueva literatura argentina a cargo de escritores nacidos durante la dictadura sino de la literatura de cualquier país o lengua. Mariana Enriquez transforma géneros literarios en recursos narrativos, desde la novela negra hasta el realismo sucio, pasando por el terror, la crónica y el humor, y ahonda con dolor y belleza en las raíces, las llamas y las tinieblas de toda existencia.

«El terror, en los cuentos de Mariana Enriquez, se desliza como un jadeo de agua negra sobre baldosas al sol. Como algo imposible que, sin embargo, podría suceder» (Leila Guerriero).

«Su escritura es tan auténtica y perspicaz que consigue evocar una realidad más vívida que la que nos rodea. Todo ello, resultado de su destreza y meticulosidad. La prueba de que nos hallamos ante una escritora de primera clase» (Daniel Gumbiner, McSweeney’s).

Libro disponible en Anagrama 


MARIANA ENRIQUEZ nació en 1973 en Buenos Aires. Es periodista, subeditora del suplemento Radar del diario Página/12 y docente. Ha publicado las novelas Bajar es lo peor (1995) y Cómo desaparecer completamente (2004), las colecciones de cuentos Los peligros de fumar en la cama (2009) y Cuando hablábamos con los muertos (2013), la novela corta Chicos que vuelven (2010), los relatos de viajes Alguien camina sobre tu tumba. Mis viajes a cementerios (2013) y el perfil La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo (2014).

TEXTOS CARDINALES Conversaciones | Pío Baroja


Abel Escalente iba pasando de una tienda a otra para realizar de la mejor manera posible la venta que le habían encargado.
         Elorrio se quedó fuera y se dedicó a mirar los escaparates. De pronto se encontró al lado de Gloria, de Evans y de un señor viejo del hotel Palais Royal.
         —¿Le espera usted a Abel? —le preguntó Evans.
         —Sí. Ha entrado aquí, en esa tienda, a vender algo.
         —Sí, son joyas de una señora que está en el hotel —advirtió Gloria.
         —Le esperaremos un rato —dijo Evans paseando.
         —Muy bien.
         Se alejaron un poco de la tienda y volvieron.
         —Aquí, en una de estas casas, vive Colette Willy —dijo Gloria—. ¿Le gusta a usted? —preguntó al inglés.
         —¿Ha leído usted La vagabunda?
         —Sí. No hace mucho que la he leído. Yo creo que quizá sea, en la actualidad, el mejor escritor de Francia.
         —Es muy posible.
         Después Evans y Elorrio hablaron de los autores ingleses y de norteamericanos, mientras Abel Escalante trabajaba sin duda su venta, agotando todos los recursos para obtener el mejor resultado.
         —¿Qué opinión tienen ustedes de los alemanes? —preguntó Evans a Elorrio.
         —Poco. No he estado en Alemania.
         —Yo de joven —indicó el señor viejo del hotel— cogí la época en que los españoles elogiaban todo lo alemán: la ciencia, la música y la filosofía. Yo no sentía ninguna hostilidad por los alemanes. La guerra del año 14 me parecía una de tantas para alcanzar la hegemonía de Europa. He estado varias veces en Alemania, he conocido varios alemanes en España; era gente amable y simpática, que se avenía a razones y no manifestaba sentimientos distintos a los demás. Recuerdo un grupo de cinco o seis que encontramos hace años en el monasterio del Paular. Eran todos jóvenes y casi todos electricistas, la mayoría bávaros y gentes del sur. Se manifestaban aficionados a la lectura. Unos leían a Carlyle, otros, a Dickens y otros, Don Quijote. El único petulante y soberbio era uno pequeño, rubio y chato. Este era prusiano. ¿Así que es usted prusiano?, se le preguntaba. Sí, gracias a Dios, contestaba él con seriedad. Yo había ido al campo con un suizo, amigo mío, muy culto. Los jóvenes alemanes hablaban con él, le llamaban señor doctor y le tenían muchas consideraciones. Entonces se discutía a Nietzsche, y el hablar de Nietzsche producía en los jóvenes alemanes una sonrisa, como si se tratara de algo demasiado debatido que no había que tomar en consideración. Un día se propuso que los que estábamos en el Paular fuéramos al pico de Peñalara, que se eleva dos mil trescientos o dos mil cuatrocientos metros sobre el nivel del mar, para ver desde allí salir el sol. Fueron con nosotros tres o cuatro muchachas. Los alemanes estuvieron muy atentos, desembarazaron a las muchachas, en la subida al monte, de los abrigos que les sofocaban, y a nosotros mismos, como más viejos, nos quitaron los gabanes para llevarlos ellos. Luego, en lo alto del monte, arreglaron una tienda de campaña, encendieron fuego, se mostraron amabilísimos y todo el mundo hizo grandes elogios de ellos. Años después, al finalizar la guerra del 14, estuve algunas semanas en Alemania y me chocó la sequedad y dureza de la gente, y la poca dignidad de los empleados de hoteles, oficinas y ferrocarriles, que pedían propinas de una manera cínica. Después no he vuelto a conocer alemanes. He visto por los periódicos la evolución de Alemania bajo el mando de Hitler y sus campañas de destrucción, de incendio, de asesinato y de robo en Austria, Checoslovaquia y Polonia.
         —¿Así que la opinión que tuvo usted de los alemanes individualmente, no coincide con la que tuvo después de ellos en conjunto? —preguntó Elorrio.
         —Es verdad, no coincide.
         —Así que no tiene usted una opinión clara sobre ellos.
         —¿Yo qué opinión voy a tener? Pienso que, sea porque Alemania es así, de una manera congénita, o porque ha evolucionado de un modo patológico hacia una especie de locura, hoy es un pueblo monstruoso, y que todos los países de Europa deberían reunirse para dominarlo, sujetarlo y ponerle una camisa de fuerza.
         —¿Y con relación a Francia?
         —Respecto a Francia, mi concepto sobre ella ha sido un poco a la inversa. La primera vez que vine a París, hace más de cuarenta años, conocí algunos franceses chauvinistas que despreciaban todo lo extranjero, algunos dreyfusistas exagerados y dogmáticos, y alguno que otro escritor decadente, que no pensaba más que en imitar a Baudelaire, a Mallarmé o a Oscar Wilde. Luego, en épocas sucesivas, he conocido a gente más sencilla, más amable y más cordial.
         —Yo creo que para el extranjero Francia es muy dura —dijo Elorrio.
         —Sí, puede ser —contestó el viejo—. Francia, después de la guerra del 14, ha perdido cierto empaque y se ha reconcentrado en sí misma. Todos los pueblos europeos tienden a lo mismo, más o menos claramente se van haciendo nacionalistas.
         —¿París?
         —Todavía nos llega a nosotros sus últimas fragancias —dijo Elorrio—. Algo así como el aroma que queda en un frasco de perfume cuando el líquido que contiene se ha consumido…
         —Sí, París hace cuarenta años estaba muy bien —dijo el señor de edad—. Los cafés con tertulias de gente conocida, el bulevar animado, las terrazas de los cafés llenas. Era mucho más alegre que ahora. ¡Qué teatros! La Bartet, a la que vimos trabajar en On ne badine pas avec l’amour y en otras creaciones suyas. Le Bargy, con su elegancia y su aire impertinente. Lucien Guitry, la Réjane, Sarah Bernhardt e Yvette Guilbert, a la que vimos muy joven y luego hemos alcanzado a ver muy vieja. De ese alegre París, ya extinguido, recordamos, como un símbolo, aquella pareja de Colette y la Polaire, acompañando al fantasmón de Willy, con su sombrero de copa en un automóvil primitivo, grupo tan adecuado para hacer la delicia de los caricaturistas, Sem y tantos más. Entonces se cantaba «Le Père La Victoire» y «En revenant de la revue» imitando a Paulus, que era un chansonnier vasco que tuvo un momento de gran popularidad. Aunque sea triste decirlo —terminó el viejo—, la verdad es que ya los pueblos latinos no representamos nada. Francia quiere brillar sola, boicoteando a Italia, a España y a Portugal. No le cuesta mucho hacer que Italia, España y Portugal no se distingan, pero ella tampoco se luce. No tiene prestigios y, aunque quiere inventarlos y sostenerlos, no puede. París no tiene el gran atractivo del siglo XVIII y XIX, sin proponérselo o proponiéndose, va dejando de ser internacional.
         Abel Escalante, después de vender las alhajas en muy buenas condiciones y de despedirse muy amablemente de la tendera, fue a unirse con sus amigos.
         Abel había conseguido un éxito a fuerza de labia. Madame Berastegui no podría quejarse porque la cantidad que le iba a dar, producto de la venta de las alhajas, iba a ser crecida.


Baroja, Pío. Los caprichos de la suerte, Espasa, 2015. 

PÍO BAROJA (España, 1872-1956). Novelista español, considerado por la crítica el novelista español más importante del siglo XX. Nació en San Sebastián (País Vasco) y estudió Medicina en Madrid, ciudad en la que vivió la mayor parte de su vida. Su primera novela fue Vidas sombrías (1900), a la que siguió el mismo año La casa de Aizgorri. Esta novela forma parte de la primera de las trilogías de Baroja, Tierra vasca, que también incluye El mayorazgo de Labraz (1903), una de sus novelas más admiradas, y Zalacaín el aventurero (1909). Con Aventuras y mixtificaciones de Silvestre Paradox (1901), inició la trilogía La vida fantástica, expresión de su individualismo anarquista y su filosofía pesimista, integrada además por Camino de perfección (1902) y Paradox Rey (1906). La obra por la que se hizo más conocido fuera de España es la trilogía La lucha por la vida, una conmovedora descripción de los bajos fondos de Madrid, que forman La busca (1904), La mala hierba (1904) y Aurora roja (1905). Realizó viajes por España, Italia, Francia, Inglaterra, los Países Bajos y Suiza, y en 1911 publicó El árbol de la ciencia, posiblemente su novela más perfecta. Entre 1913 y 1935 aparecieron los 22 volúmenes de una novela histórica, Memorias de un hombre de acción, basada en el conspirador Eugenio de Avinareta, uno de los antepasados del autor que vivió en el País Vasco en la época de las Guerras carlistas. Ingresó en la Real Academia Española en 1935, y pasó la Guerra Civil española en Francia, de donde regresó en 1940. A su regreso, se instaló en Madrid, donde llevó una vida alejada de cualquier actividad pública, hasta su muerte. Entre 1944 y 1948 aparecieron sus Memorias, subtituladas Desde la última vuelta del camino, de máximo interés para el estudio de su vida y su obra. Baroja publicó en total más de cien libros. Usando elementos de la tradición de la novela picaresca, Baroja eligió como protagonistas a marginados de la sociedad. Sus novelas están llenas de incidentes y personajes muy bien trazados, y destacan por la fluidez de sus diálogos y las descripciones impresionistas. Maestro del retrato realista, en especial cuando se centra en su País Vasco natal, tiene un estilo abrupto, vívido e impersonal, aunque se ha señalado que la aparente limitación de registros es una consecuencia de su deseo de exactitud y sobriedad. Ha influido mucho en los escritores españoles posteriores a él, como Camilo José Cela o Juan Benet, y en muchos extranjeros entre los que destaca Ernest Hemingway.

Ilustración | Mónica Bracons

POESÍA VISUAL La fotografía como registro de la memoria. La poesía visual de Chema Madoz


José María Rodríguez Madoz (Chema Madoz) nació en Madrid en 1958. Cursó la carrera de Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid al tiempo que estudiaba fotografía en el Centro de Enseñanza de la Imagen.

En 1985 tiene lugar su primera exposición individual y, con el paso de los años, su proyección se hace cada vez más internacional, exponiendo en diferentes galerías y museos europeos y americanos. En España es, además, uno de los fotógrafos más conocidos y, dada la fuerza y originalidad de su trabajo, es frecuente ver sus obras en portadas de libros y revistas de disciplinas muy diversas.
 
 
Aunque en algunas de sus primeras obras aparecían seres humanos, desde la década de los noventa, Chema Madoz ha centrado su trabajo en la fotografía de objetos a los que modifica o acentúa alguna cualidad convirtiendo las obras en auténticos poemas visuales. Madoz se considera un escultor de objetos que trabaja desde el punto de vista de un fotógrafo y utiliza la fotografía como registro de la memoria.
 
 
Quizá el atractivo de la obra de Madoz sea a la vez su mayor dificultad: conseguir imágenes tan poderosas a partir de objetos cotidianos que, sometidos a diversas transformaciones, producen un efecto sorprendente.

La fuerza de las imágenes de Madoz hace que sea de uso frecuente en portadas de libros o revistas así como en publicidad.
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Con información de Ilusionario

LETRONAUTA Mi vecino ha extraviado a su elefante | Wilberto Palomares


Mi vecino ha extraviado a su elefante. Es la tercera vez este mes. Antes no era un problema, pero ahora me preocupa ser embestido por el paquidermo mientras camino hacia mi trabajo.

Javier, un hombre sencillo. Con un trabajo de oficina de nueve horas más dos y media que le toma el camino, de ida y vuelta. No tiene auto, dice que es su forma de ayudar a salvar al planeta. Un pequeño jardín sin forma crece al frente de su casa. Cada mes trae una planta nueva y la pone donde encuentra un espacio. Tiene una esposa, María, de poca estatura y voz chillona, cabello rizado y poca paciencia. 

También tiene una mascota, Aldebarán un elefante africano, de esos que tienen dos gigantescos colmillos.

Javier regresa a su casa todos los días del trabajo alrededor de las 8 de la noche. Nos damos cuenta porque desde la esquina le oímos silbar su canción. Apenas percibimos el ritmo y el suelo empieza a retumbar, es Aldebarán que se alegra de que su amo esté en casa.

La primera vez que se extravió el elefante ni siquiera nos dimos cuenta. Regresó solo a casa antes de que los noticieros desataran el pánico, como suelen hacerlo cada día. No hubo daños ni heridos. Javier, al darse cuenta de que su elefante no estaba en el patio, como todos los días, se sentó en la banqueta a esperar pacientemente su regreso.

La segunda vez que Aldebarán desapareció no hubo tanta suerte. Javier repitió su estrategia de esperar en silencio el regreso del paquidermo. Pero el reloj marcó las diez de la noche y la ansiedad se encendió dentro de él, tan súbitamente como un fósforo bañado de gasolina. Corrió por toda la cuadra, tocando frenéticamente de puerta en puerta preguntando por su elefante. Alguien llamó a la policía.

Unos minutos después una camioneta del noticiero matutino del canal 5 desplegaba un amasijo de cables. Una joven de cabello largo y falda corta daba cuenta de la insólita historia bajo el manipulado título “Extreme precauciones. Vecino ha extraviado a su elefante”. Un par de horas después, Javier regresó a casa solo para darse cuenta de que Aldebarán dormía en el patio.

Eso fue ya hace varios días.

Mi vecino ha extraviado a su elefante. Es la tercera vez este mes. Antes no era un problema. Ahora María observa con su característica impaciencia desde la ventana de la cocina cómo su marido corre por todos lados preguntando por Aldebarán. Alguien ha llamado a la policía, ha sido María, pero no ha sido a la policía.

No hay patrullas ni camionetas informativas en la esquina esta vez, sólo un auto blanco con la leyenda “San Remo. Hospital mental”. Un par de hombres con trajes que combinan con el carro han tomado a Javier por los hombros y amablemente se lo han llevado. María cierra las cortinas aún con el teléfono en la mano.

No he vuelto a ver a mi vecino Javier. Tampoco he sentido a Aldebarán haciendo temblar la tierra.
Dicen que Javier perdió la cordura poco a poco, un día a la vez. Que Aldebarán era su amigo imaginario en los tiempos en que aprendía apenas a atarse las agujetas. Dicen que Javier fue tragado por la modernidad, esa de la que tanto se enorgullecen los hombres.

Empresas multimillonarias, democracias defectuosas, transportes públicos atiborrados, celulares que hacen de todo incluso llamadas telefónicas, brazos mecánicos haciendo el trabajo de veinte obreros en las fábricas, autos que se conducen solos y bicicletas que nadie conduce.

Presidentes que se reeligen una y otra vez por el bien del pueblo, claro. Hospitales que no curan, cárceles saturadas. Aviones súper sónicos y trenes que levitan sobre las vías. Burocracia infinita e internet de alta velocidad. Casas cada vez más pequeñas, calles cada vez más pequeñas, ciudades cada vez más grandes. Modernidad, le llaman. 

Dicen que Javier perdió la cordura poco a poco, un día a la vez. Dicen que todos tenemos un Aldebarán, todos buscamos un Aldebarán que nos salve de la rutina, a veces es un conejo, una vaca azul con manchas verdes o un sueño abandonado. Dicen que todos somos como Javier. Dicen…


WILBERTO PALOMARES. Autor del libro Supervisor de nubes, publicado en febrero de 2015 por el CONACULTA. Finalista del concurso de poesía "Vientos de octubre" en España en el año 2011. Egresado del taller de creación literaria "Cuentos" impartido por el reconocido escritor y compositor Armando Vega-Gil y del taller "D Generación Literaria" impartido por Agustín Benítez Ochoa. Dramaturgo de los unipersonales “Dijo que se quedaría... y le creí” y “Loca de amor”. Autor de al menos 70 cuentos y tres novelas. Actualmente trabaja en su cuarta novela La noche de los girasoles y en la antología poética De vaqueros, trenes y poetas.

Ilustración | Steven Toang

CULTURA DIGITAL El minimalismo de Alessandro Gottardo


Alessandro Gottardo nació en 1977, en Podenone, Italia. Estudió arte en Venecia, y posteriormente ilustración, en el Instituto Europeo de Diseño en Milán. Diseña proyectos para campañas de publicidad, productos y editores del mundo. Fascinado por la manera en que Raymond Carver captura el espíritu de los personajes dentro de sus historias, elaboró las portadas para los libros que sobre Carver publicó la editorial Einaudi en edición de bolsillo. Los libros ya circulan en las librerías pero vale la pena destacar el trabajo de este ilustrador.


Sus imágenes, en un estilo simple y minimalista, ejercen una poderosa atracción. Disfruten de esta pequeña muestra de su trabajo artístico. 












ACERCAMIENTOS Raúl Gómez Jattin, preso en el infierno de los paraísos artificiales | Julio César Aguilar



El primer acercamiento de Raúl Gómez Jattin a las drogas tanto legales como ilegales —aunque en ese caso con fines terapéuticos, necesario por su asma que padeció en la niñez, desde que tuvo conciencia y hasta los nueve años—, fue por un medicamento que sus padres le administraban y que le ocasionaba alucinaciones. Desde esa edad fumaba de medio a un paquete de cigarros, ya que su madre le había enseñado a fumar unos cigarrillos contra el asma. Cabe mencionar que, incluso hoy en día, los medicamentos contra el asma se pueden usar de forma injustificada por los jóvenes, debido a los efectos secundarios producidos, ya que tras su administración el individuo respira de forma más adecuada y por lo tanto piensa mejor. Esto se debe a que el riego sanguíneo que recibe el cerebro está mayormente oxigenado. Por otra parte, estudios médicos recientes exploran la asociación, que suele ser peligrosa, entre el asma y la drogadicción. A partir de Marcel Proust, hasta la fecha, el tema del asma ha sido un motivo literario.

Gómez Jattin conoció a los catorce años, además, el ron y los burdeles a los que su primo iba con frecuencia, [1] aunque el poeta aclara que sólo tomaba bebidas alcohólicas ocasionalmente, en fiestas o en reuniones sociales. Él mismo ofrece información relevante sobre sus adicciones: “En la vida consumí alcohol, marihuana, hongos, bazuco, cocaína y pastillas de diversa calidad. Sobre todo marihuana” (citado por Fiorillo 67), la que empezó a consumir desde los 25 años, especialmente cuando se sentía agitado o durante el proceso creativo, pero de acuerdo a él en pocas cantidades y sólo para tranquilizarse, ya que la escritura le producía excitación y “[L]a marihuana era buena. Ayudaba a la imaginación” (67), aunque después señalara que esa droga le “traba[ba] la sintaxis” (104). Gómez Jattin siempre enalteció los efectos positivos de la droga como intermediaria en su labor poética, tanto es así que hasta escribe un “Elogio de los alucinógenos”. Esa postura del poeta ante las drogas recuerda a Thomas de Quincey, quien en su obra autobiográfica, Confesiones de un opiófago inglés —¿la habrá leído Gómez Jattin?, ¿lo influiría en su conducta frente a las drogas?—, diserta sobre las propiedades del opio mientras relata sus experiencias con dicho estupefaciente. De acuerdo al escritor británico, el opio no causa intoxicación, y se diferencia del vino por los efectos que produce: “los afectos morales se encuentran en un estado despejado y sereno; y, por encima de todo, se halla la gran luz del intelecto majestuoso” (66), mientras que con el vino el bebedor pierde el control de sí mismo, como lo menciona enseguida de Quincey. Así, para Gómez Jattin, los alucinógenos son dignos también de elogiarse:

Del hongo stropharia [2] y su herida mortal
derivó mi alma una locura alucinada
de entregarle a mis palabras de siempre
todo el sentido decisivo de la plena vida
Decir mi soledad y sus motivos sin amargura
Acercarme a esa mula vieja de mi angustia
y sacarle de la boca todo el fervor posible
toda su babaza y estrangularla lenta
con poemas anudados por la desolación
De la interminable edad adolescente
otorgada por la cannabis sativa [3] diré
un elogio diferente Su mal es menos bello
Pero hay imágenes en mi escritura
que volvieron gracias a su embrujo enfermizo
Ciertos amores regresaron investidos de fulgor
eterno Algunos pasajes de mi niñez volcaron
su intacta lumbre en el papel Desengaños
de siempre me mostraron sus vísceras (68).

La droga le ayudó a Gómez Jattin a tener el valor necesario para, sin reticencias, expresar en su obra la angustia que lo atormentaba; o en otras palabras, lograr que el sufrimiento existencial hablara desde su realidad, tanto en su aspecto positivo mediante el fervor, como en el negativo a través del sinsentido, referido en el poema anterior con el término “babaza”, hasta conseguir que esa angustia crónica se asfixiara con la escritura del poema. No obstante los efectos devastadores de los hongos, de los que estaba consciente el poeta —los que por otra parte abrieron los canales de su imaginación creativa y precipitaron luego su locura—, el papel que desempeñaron en su escritura poética fue decisiva. De la marihuana, el poeta ofrece otra versión, hace un elogio diferente. Aunque fue menos efectiva, según él, que los hongos que le produjeron alucinaciones, la marihuana también contribuyó en gran medida a la escritura del poema; además su consumo lo hacía feliz, según le confesó cierta vez a Zita Figueroa, esposa de su psiquiatra (Fiorillo 185).

En una ocasión, unos amigos de Gómez Jattin que ya habían experimentado previamente con los hongos alucinógenos, le comentaron de los efectos que producían éstos, de la percepción extrasensorial y del chamanismo. Para esas fechas el poeta había leído a Aldous Huxley [4] y tenía conocimiento de sus tentativas con diferentes tipos de drogas, así como también de las de Antonin Artaud con el peyote, por lo que Raúl se interesó en probar los hongos y tener una experiencia psicodélica. Cuando consumió los hongos que fue a buscar en compañía de sus amigos Juan Manuel Ponce y Antonio Caro, tuvo una sobredosis que le produjo una regresión a sus primeros años de vida. A partir de ese momento, Raúl volverá a consumirlos una y otra vez.

En una carta a Juan Manuel Ponce, Gómez Jattin le escribe: “Me muero de ansias míticas por cuatro stropharias. Mi alma en pena y la poesía colombiana de la próxima década dependen en gran parte de esos hongos sagrados” (citado por Fiorillo 191). Sobre la experiencia de Raúl con los hongos, Ponce comenta: “Todos tuvimos viajes muy fuertes, comimos cantidades; pero lo de Raúl no era una cosa normal. Yo alcancé a asustarme porque entró en un silencio absoluto, no le salía una palabra, caminaba como un niño aprendiendo a caminar, un poco sin equilibrio” (Ory 69). Tiempo después, el poeta y Juan Manuel hablaron sobre lo que le había sucedido ese día con los hongos, comentando que había tenido una regresión de millones de años, que se había visto desde antes de ser un homo sapiens. Ponce opina que las drogas fueron muy importantes para Gómez Jattin, como una especie de ayuda que él se daba a sí mismo con ellas (Ory 70).

Así como el asunto de la zoofilia ya se encontraba presente desde Poemas, de igual manera lo está el de la droga: “Como yerba fui y no me fumaron” (1) es el primer poema que abre el libro, compuesto de un solo verso. De un modo no tan sutil ese texto hace referencia a la droga, ya que yerba —o hierba— es otro nombre que se utiliza comúnmente para referirse a la marihuana, la que también se conoce en algunos lugares y de un modo más popular como mota, yesca, bareta, cáñamo, entre otros términos más.

A Gómez Jattin se le ha llamado en ocasiones “poeta maldito”, o por lo menos se le ha asociado con dicha expresión, en alusión al grupo de poetas que fueron conocidos con ese terminología, misma que despreciaba Raúl diciendo: “Malditos sean los que creen que soy un poeta maldito. No me interesan esas antinomias. No viví del alcohol ni con prostitutas” (citado por Fiorillo 76). Sin embargo un poeta maldito puede considerarse básicamente a aquél que contradice los valores sociales, provocando con su actitud antisocial a la autoridad de un grupo determinado o élite. Como bien lo especifica Joaquín Piqueras, los malditos son aquellos “escritores atormentados de vida desordenada y obras transgresoras” (s/n). En su mismo artículo, titulado “La soledad de un vampiro llamado Haro Ibars”, Piqueras incluye entre los malditos a Rimbaud, Poe, Dylan Thomas, Baudelaire, Lautréamont, Sade, Villon, Artaud y Corbière, pero aclara que son sólo algunos entre un “larguísimo etcétera” (s/n). En suma, el estereotipo de poeta maldito vendría a ser el loco, drogadicto y homosexual (Otálvaro Sepúlveda 17).

De los poetas malditos, [5] Rimbaud [6] era el autor preferido de Gómez Jattin, el que lo había deslumbrado, por quien alguna vez dijo que escribir un libro como el de Iluminaciones, [7] hubiera sido su más grande ambición poética (Fiorillo 44). De acuerdo a Heriberto Fiorillo, tanto Rimbaud como Gómez Jattin trataron de evocar estados de la mente, mediante el uso de alucinantes naturales, dándole a sus poemas un poder cercano a lo mágico. Estos dos poetas reconocieron en el subconsciente un valioso surtidor del que se puede extraer material para escribir poesía, al recordar episodios de la infancia (93). Famosas son las dos cartas del vidente, [8] como hoy se conocen, que escribió Rimbaud en 1871. En una de ellas, puntualiza:

El poeta se hace vidente por medio de un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. Él mismo busca todas las formas del amor, del sufrimiento, de la locura; él mismo consume todos los venenos, para no guardar sino sus quintaesencias. Inefable tortura para la cual requiere de toda la fe, de toda la fuerza sobrehumana, y en la cual se vuelve entre todos el gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito… ¡y el supremo sabio! Porque ha llegado a lo desconocido (citado por Fiorillo 93).

Si no se supiera que este fragmento pertenece a Rimbaud, bien pudiera decirse fácilmente que Gómez Jattin lo escribió, ya que ese párrafo encierra en gran medida también su pensamiento sobre lo que debe ser y hacer el poeta, para llegar a merecer ese nombre. Varias fueron las veces en que sus amigos le escucharon a Gómez Jattin decir que la marihuana era buena, ya que ayudaba a incrementar la imaginación. Sin embargo, todo tipo de droga, ya sea medicamentosa o recreativa, tiene efectos adversos a corto o largo plazo. Aunque el uso de la marihuana es justificado por quienes la consumen precisamente, dicha droga no es de ninguna manera inofensiva. Varias investigaciones sobre la marihuana han demostrado que su consumo crónico se asocia a las enfermedades mentales. Consumida en grandes dosis, la marihuana puede producir temporalmente algunas reacciones psicóticas, tales como alucinaciones y paranoia; asimismo suele empeorar el curso del padecimiento en pacientos con esquizofrenia, y ser causa de depresión, ansiedad e incrementar los trastornos de personalidad y los pensamientos suicidas en los adolescentes. Su uso prolongado tiene también repercusiones a nivel físico, llegando a afectar al sistema cardiopulmonar. 

No obstante, el poeta la usaba para tranquilizarse cuando experimentaba agitación, como durante las veces en que escribía su poesía y se alteraba (Fiorillo 104). De hecho, Raúl siempre escribió poesía bajo la influencia de las drogas, cualquiera que ésta fuera, pero nunca bajo los efectos de la locura, como afirma su psiquiatra José Luis Calume con seguridad (Fiorillo 334). Desde el punto de vista del control autoral, hay una gran diferencia entre escribir mediante el uso de las drogas y de la locura. Cada vez que Gómez Jattin escribía, fumaba marihuana por lo menos; no podía ni siquiera concebir la idea de escribir sin usarla, según le confesó a Juan Manuel Ponce (Ory 79). Refiriéndose a la droga, el poeta mismo dijo: “Quedé atrapado en su embrujo y ya no pude dejar de escribir, de hacer poesía” (citado por Fiorillo 334).

Los amigos de Raúl, como Beatriz Castaño, llegaron a la conclusión de que hubo varios factores determinantes que intervinieron para que el poeta se empeñara en utilizar las drogas como un medio de salvación: su sentimiento de soledad, la falta de afecto y la intemperie (Fiorillo 185). Gabriel Chadid cuenta que un día se encontró con Raúl, quien estaba muy contento, cuando estudiaba en la universidad en Bogotá, pero que uno de esos días alguien lo había invitado a tomar ácido lisérgico. [9] De ese modo, “[a]hí comenzó no la locura, porque él tuvo siempre una paranoia [10] difícil de notar, pero del ácido pasó a la coca, a las anfetaminas” (citado por Fiorillo 188). Calume opina que si Raúl no hubiera consumido drogas, muy seguramente no habría sido ni poeta ni loco, sería o habría sido tal vez un abogado respetable, como quería su padre que fuera su hijo menor (citado por Fiorillo 333-334).

Para cualquier estado de ánimo que tuviera, Gómez Jattin utilizaba drogas: si estaba triste o se deprimía usaba cocaína, la cual le producía un estado de excitación, deprimiéndolo posteriormente, por lo que se veía precisado a consumir entonces más cocaína. A veces la marihuana lo deprimía, y por otro lado su sobredosis le producía paranoia. Es decir, su adicción a las drogas se convirtió en un círculo vicioso que paulatinamente lo fue destruyendo, poco a poco, hasta dejarlo inerme e indefenso y en una situación personal más precaria, hasta alcanzar los niveles de la indigencia. En la última parte del poema en el que elogia a los alucinógenos, la voz lírica continúa mostrando las virtudes de las sustancias tóxicas, por cuyos efectos que le producen, el poeta nunca se encuentra estable ni física ni emocionalmente, ni permanece fijo en un solo sitio, más bien se muda ya sea al hospital o a la cárcel. Es otras palabras, va con dignidad de sufrimiento a sufrimiento, escribiendo poemas que, aunque sean dolorosos, no olvidan tampoco la felicidad que se ha conocido:

Hay quien confía para la vida en el arte
en la frialdad inteligente de sus razonamientos
Yo voy de lágrima en lágrima prosternado
Acumulando sílabas dolorosas que no nieguen
la risa Que la reafirmen en su cierta posibilidad
de descanso del alma No de su letargo
Voy de hospital en cárcel en conocidos inhóspitos
como ellos Almas con cara de hipodérmica
y lecho de caridad Entregándole mi compañía
a cambio de un hueso infame de alimento
Toda esa gran vida a los alucinógenos debo
La delicadeza de un alma no está casi
en lo que se apropia Sino en el desprecio de ese estorbo
sangriento cual banquete de Tiestes
que la opulencia inconsciente ofrece vana y fútil (68-69).

Al final del poema, el autor retoma la mitología griega para referirse a Tiestes, [11] comparando el banquete que fue despreciado con lo que la riqueza puede ofrecer a cambio de la propia vida. Sin embargo, el daño causado por los alucinógenos a Gómez Jattin, fue irreversible. El poeta dependía de las drogas para sentirse bien, las necesitaba para lograr su estabilidad, pero si las empleaba para combatir su depresión, luego le producían crisis maniacas, lo que fue sucediendo cada vez más con mayor frecuencia. Si Gómez Jattin hubiera continuado solamente con el consumo de la marihuana, tal vez su calidad de vida hubiera sido menos mala y drástica, mas él nunca fue selectivo con las drogas, las cuales por lo general prefirió ingerir en vez de sus medicamentos prescritos por los psiquiatras (Fiorillo 305-307). Mediante el uso de las drogas, aunque no resuelve sus conflictos sexuales, Gómez Jattin se siente liberado y puede expresar su sexualidad sin limitaciones.

Durante su estancia en La Habana, Víctor Rodríguez le pregunta que si el alcohol o las drogas influyen positivamente en el poeta, a lo que Gómez Jattin responde: “Bueno, eso depende. A mí el hongo me abrió en una época una ventana, a través de la cual vi algunos de mis libros y los realicé. Lo mismo sucedió con la cannabis. Pero después se volvieron un obstáculo y prescindí de ellos” (245). Sin embargo, Gómez Jattin se privó de ellos solamente por una breve temporada, ya que después volvió a consumirlos. ¿En qué medida le habría influído a Gómez Jattin la lectura de Las puertas de la percepción, obra de Aldous Huxley? Su influencia, obviamente, fue notable. ¿Consumiría el poeta de Cereté alguna vez el peyote, cactácea de la que se explican sus propiedades en el título anterior? En ese ensayo, el autor inglés realiza un estudio basado en su experiencia en el consumo de la mescalina, alcaloide psicoactivo presente en el peyote, y la cual produce efectos alucinógenos. Por cierto, el título del libro de Huxley proviene de los siguientes versos de William Blake: “Si las puertas de la percepción quedaran depuradas, / todo se habría de mostrar al hombre tal cual es: infinito”, cita incluida en El matrimonio del cielo y el infierno. A su vez Las puertas de la percepción —y desde luego la cita de Blake— influirían luego a la banda de rock estadounidense The Doors.

Bibliografía

1. Fiorillo, Heriberto. Arde Raúl: La terrible y asombrosa historia del poeta Raúl Gómez Jattin. Bogotá: Heriberto Fiorillo, 2003. Impreso.
2. Gómez Jattin, Raúl. Amanecer en el Valle del Sinú: Antología poética. Bogotá: FCE, 2004. Impreso.
---. Poemas. Bogotá, 1980. Impreso.
3. Ory, José Antonio de. Ángeles clandestinos: Una memoria oral de Raúl Gómez Jattin. Bogotá: Norma, 2004. Impreso.
4. Otálvaro Sepúlveda, Rubén Darío. Yo, Raúl: Sujeto lírico, espacio poético e intertextualidad en la poesía de Raúl Gómez Jattin. Montería: Editorial Zenú, 2011. Impreso.
5. Piqueras, Joaquín. “La soledad de un vampiro llamado Haro Ibars.Insólitos: Caminando por el lado “salvaje” de la literatura. Web. 5 julio 2013.
6. Rodríguez Núñez, Víctor. La poesía sirve para todo. La Habana: Unión, 2008. Impreso.
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[1] Raúl recuerda que el primer día que su primo lo llevó al burdel, se orinó de miedo al ver a unas muchachas adolescentes que habían llegado al lugar. En ese lugar, una mujer le inspiró el poema que escribiría años después, “Piel”, en cuyos últimos dos versos, se lee: “Es carne de hospital y de presidio / lo que esa putica camufla en su esplendor” (Fiorillo 42).
[2] Dentro de la gran variedad de hongos stropharia, el cubensis —llamado así porque se descubrió en Cuba— es alucinógeno. Posee efectos psicotrópicos muy potentes. Su consumo altera la percepción sensorial y el estado de conciencia, y se usa por su efecto placentero y de relajación. Como efectos secundarios pueden presentarse una euforia excesiva o un aplanamiento físico, aunque también puede causar cefalea e insomnio. La sobredosis o el consumo excesivo de este hongo pudiera producir nerviosismo, irritabilidad o sobreexcitación.
[3] Es el nombre científico de la marihuana, hierba con propiedades psicoactivas. Se ha empleado como tratamiento médico en el asma, glaucoma, cáncer, insomnio, entre otros padecimientos.
[4] Escritor británico (1894-1963). Nació en Inglaterra y murió en Estados Unidos, país ha donde había emigrado en 1937. Huxley cultivó casi todos los géneros literarios, con excepción de la dramaturgia, pero es mayormente conocido por sus novelas y ensayos. Fue un viajero incansable a lo largo de toda su vida por el mundo entero. En sus obras se refleja el interés que tuvo en temas espirituales, como el misticismo o la parapsicología. En su novela más conocida, Brave New World, traducida como Un mundo feliz y publicada originalmente en 1932, el autor plasma su visión del mundo del futuro desde una perspectiva pesimista, en la que muestra una sociedad condicionada psicológicamente.
[5] Este nombre se deriva del título Les Poètes maudits de un libro de ensayos que escribió Paul Verlaine en 1884. El libro incluye el estudio de la obra de poetas que el autor conoció: Stéphane Mallarmé, Tristan Corbière, Arthur Rimbaud, Auguste Villiers de L’Isle-Adam, Marceline Desbordes-Valmore, y al mismo autor, con el anagrama Pauvre Lelian, formado a partir de su propio nombre. Verlaine menciona en ese libro que el genio de esos poetas contiene también su maldición. Todos ellos tuvieron una vida trágica y tendencias autodestructivas, por medio de la utilización de drogas y un rechazo de los convencionalismos sociales.
[6] Su nombre completo era Jean Nicolas Arthur Rimbaud. Poeta francés (1854-1891). Escribió poesía sólo desde los 15 hasta los 20 años de edad. En 1873 publicó Una temporada en el infierno, y al año siguiente Iluminaciones. Sus poemas más conocidos son “El barco ebrio”, “Vocales” y el “Corazón atormentado”.
[7] Otros libros que Raúl admiraba y que le hubiera gustado haber escrito son Campos de Castilla, de Antonio Machado; Diálogos, de Platón y El otro, el mismo, de Borges.
[8] Arthur Rimbaud escribió dos cartas, que con el tiempo cobraron fama. La primera fue escrita en Charleville el 13 de mayo de 1871 y enviada a Georges Izambard; la otra, escrita dos días después de la primera, se la envió a Paul Demeny, y es la que incluye el fragmento citado arriba, traducido por Nicolás Suescún.
[9] También conocido como LSD, LSD-25, dietilamida de ácido lisérgico, lisérgida o simplemente ácido. Es una droga psicodélica semisintética, utilizada por sus efectos psicológicos: puede producir disolución del ego, alucinaciones con los ojos abiertos o cerrados, y la percepción del tiempo se distorsiona. Su uso fue muy popular durante los años 60, por el movimiento de contracultura.
[10] Término utilizado en psiquiatría para referirse a la presencia de delirios autorreferentes en un paciente, el cual siente un temor excesivo y muestra una gran desconfianza hacia las otras personas, con quienes no puede establecer relaciones normales debido a su propio miedo.
[11] Era el hermano gemelo de Atreo. Ambos fueron desterrados de Olimpia por haber asesinado a Crisipo, su medio hermano. Tiestes sedujo a la mujer de Atreo, por lo que cuando éste fue rey lo desterró de nuevo. Tiempo después Tiestes volvió de su exilio por orden de Atreo, quien para vengarse del adulterio de Tiestes le ofrece un banquete en el que los hijos de Tiestes son la comida.


JULIO CÉSAR AGUILAR (Jalisco, México). Poeta y traductor de inglés. Es médico por la Universidad de Guadalajara; cursó una maestría en Artes en Español en la Universidad de Texas en San Antonio y un doctorado en Estudios Hispánicos en la Universidad de Texas A&M. Su obra se ha traducido a varios idiomas y ha sido publicada en diversos países. Es autor, entre otros títulos, de Rescoldos, 1995;Brevesencias, 1996; El desierto del mundo, 1998; Orilla de la madrugada, 1999; La consigna y el milagro, 2003; El yo inmerso, 2007; Barcelona y otros lamentos, 2008; Alucinacimiento, 2009, y Aleteo entre los trinos, 2014. Traducciones suyas son Con ansia enamorada, de Irving Layton, 2004; Camino del ser. Antología: 24 poetas anglosajones, 2006; Pintando círculos, de Luciano Iacobelli, 2011; La costurera y el muñeco viviente, de Beatriz Hausner, 2012, y Pascal va a las carreras, de Janet McCann, 2015.

Ilustración | Juan Pablo Sarmiento (Revista El Malpensante)