ACERCAMIENTOS Gustavo Adolfo Bécquer y Marco Antonio Campos: “De lo poco de vida” | Nancy Hernández García


Para Marco Antonio Campos

A veces creo que los únicos humanos son los poetas. Míticos seres que nos develan el mundo tal cual es, con sus carencias y sus riquezas; retratan la naturaleza de los hombres. Cantan al amor y a la mujer, principalmente, y al hacerlo nos hermanan a todos en el lenguaje universal que es la Poesía. Así, no me extraña para nada hallar, mejor dicho, ser parte del diálogo que sostiene Marco Antonio Campos con el más grande poeta del romanticismo: Gustavo Adolfo Bécquer y no se trata únicamente de la admiración que Marco Antonio siente por Bécquer, sino también del sentimiento compartido, de comprender la poesía.

Cuando uno es lector de poesía, de pronto parece que los versos son muy parecidos a los de otro poeta; las imágenes acuden inmediatamente al pronunciarlas y esto pasa porque la poesía es una sola pero los poetas nos la entregan en distintas envolturas: “el genio del poeta es que su condición rancia nos sepa a nueva y que su originalidad provenga de su repetición”, es lo que dice José María Espinasa, y no se equivoca.

“De lo poco de vida”, poema de Marco Antonio Campos, dialoga con la rima LI de Gustavo Adolfo Bécquer. La referencia es directa, no sólo desde el título sino también porque la rima sirve de epígrafe; yo diría que es una introducción. De modo que el diálogo lo inicia Bécquer:

De lo poco de vida que me resta
diera con gusto los mejores años
por saber lo que a otros
de mí has hablado.

Y esta vida mortal… y de la eterna
lo que me toque, si me toca algo,
por saber lo que a solas
de mí has pensado.

Las conmovedoras palabras del romántico hablan ya no del amor ni del desamor sino del desengaño, de la incertidumbre por saber si su recuerdo había dejado huella en la amada. ¿Qué habrá contado a los demás, ―a sus sucesores―? Ella, ¿lo recordaría, qué pensaría de él? Quizá la separación o que el romance ni siquiera se diera se debió a los momentos que pasó consigo misma pero ya no importa, pues, lo poco de vida el amante lo empleará en imaginar lo que no fue.

Luego Marco Antonio toma la palabra y evoca el tiempo pasado, amargo como el café. Igual que Bécquer, habla del desengaño, pero no malgasta lo poco de vida en imaginar. Acude al recuerdo para cortar de tajo con él. Escribe estos versos para exorcizar sus demonios y continuar con lo poco de vida[1].

Ah días del '82, dibujados en el cuaderno
que caligrafío frente al parque. Ahora bien,
te lo digo de nuevo: ¿dónde poner las palabras que eran tuyas
y decían al repetirlas lo bello y lo bueno que me eras?
Yo sabía que llegabas porque miles de abejas
punteaban en oro la tarde hacia el ocaso.

El café del hotel donde tomé a sorbos
lo amargo del penúltimo café
sigue existiendo, pero desde entonces
no volví ni a deshora a tristear lo mucho que te quise
ni volví a contraluz a los parques de Polanco,
ni a andar entre árboles de aquel bosque que
retroceden al año del verde y al impulso de la raíz.

En el mirador de Segovia y en calles umbrías
de la umbría Ávila, en el diciembre
que negó la luz, compartimos cada paso,
estrella y nube, martes de la fuente
en que bebí, palomas como epístolas al vuelo.

Tomando en cuenta que el poema está fechado en 2012[2], el poeta[3] retrocede 30 años, toda una vida que no compartió con la amada. Sin embargo, el recuerdo de aquel amor tampoco es muy grato. El recuerdo es preciso, pero el contenido es claroscuro, las escalas se van más hacia los tonos oscuros; casi como una fotografía velada. No obstante, el fantasma de ella sigue ahí, en el cuaderno donde seguramente el poeta escribe sus versos, por eso no hay manera de quitar “las palabras que eran suyas”, que a él le hacían sentir afortunado sin saber que halagaba su futura desdicha. La dulce miel que ella representaba se convirtió en hiel y el dorado atardecer se tornó oscuro. Desde entonces ya no habría luz, nunca la hubo: “el diciembre negó la luz”. Ella, que era la claridad, el brillo de la tarde en el ocaso, se convierte en lo opuesto. Todo aquí estuvo cobijado por la sombra mas no por clandestinidad, sino porque este amor estaba destinado al fracaso, a no ser y aunque todo siguiera igual, el poeta se negó la vuelta al lugar del adiós, al recuerdo a ninguna hora. Y, al contrario, renació como los árboles del parque que cada año reverdecen. El poema continúa, aún más doloroso:

“El después no existe”, escriben en
anverso y reverso los que saben,
pero no entroncan en el bosque
la doledumbre que corta
como hacha el árbol.

No descubro el amarillo ni el azul:
se empieza a amar, se ama, se ama hasta desangrarse,
lo vuelven descorazonadamente imbécil,
lo hieren una y otra vez, y un día se amanece
como piedra en el lago o en hierba pisoteada.
Más tarde, por décadas, los dos moran
la misma ciudad y no se encuentran o
pasan de largo y no se reconocen.

No sé por qué escribo esto, frente al parque,
en un café de Miraflores, mientras cierran la puerta
de la iglesia, y veintidós, veintitrés-mente me llamas,
y el que cortó la vía en media vía
se vuelve música de árboles, y canta a dúo,
solidario, el canto quebrado del gorrión.

El inicio de esta segunda parte es sonoro, es la sentencia “el después no existe” o lo que es lo mismo: si te veo ni me acuerdo. Todos los que han pasado por el espinoso sendero de Venus saben que en el amor no hay nada seguro, muchas veces los pasos son en falso pero la ilusión hace creer que es para siempre y el andar se continúa aunque conduzca directo al despeñadero.

No hay explicación del amor, su razón es justamente la sinrazón de la que nace, del ímpetu, del deseo de estar con ese otro ser que nos vuelve descorazonadamente imbéciles. Pero la amada no se conforma con el trastorno sino que además de descorazonado también le quita el raciocinio al poeta y encima, pisotea el amor que le da hasta convertirlo en piedra, en hierba. Es el juego del gato y el ratón donde, por supuesto, ella tiene la sartén por el mango. Sabe que tiene dominio sobre el poeta y lo usa a su favor. A pesar del dolor, el tiempo hace su labor logrando que el después no exista y así, aunque pasen uno junto al otro, no se reconozcan y ninguno se sonría falsamente, como en aquella otra rima de Bécquer. Es mejor así.

Al final del poema, el poeta se pregunta por qué escribe. Escribe para dejar testimonio de ese amor, en un lugar quizá importante para ellos desde el que veintidós, veintitrés-mente lo llama. El poeta se desengaña pero no olvida por completo. Sí, a pesar del dolor que ella dejó, él sigue viéndola en el recuerdo en plena juventud; bella veinteañera que lo llama. No obstante, sólo la mira y no acude a su llamado. Tal vez, lo poco de vida lo pase curando su doledumbre.

Para ambos poetas “lo poco de vida” no es una frase que se dice, que se escribe, así, porque suena bien, es una reflexión de lo que el amor ha significado en sus vidas, de lo afortunados y desdichados que fueron al entregar el corazón para recibir en pago el pisoteo y el olvido.

Gustavo Adolfo Bécquer y Marco Antonio Campos comparten sus desdichas y su mayor placer: la poesía, que es sentimiento y el sentimiento, que es la mujer. Puedo verlos charlando mientras unas lágrimas asoman a mis ojos y brindo con ellos, brindamos por la poesía y por la mujer, dueña del mundo y esclava de su deseo.


NANCY HERNÁNDEZ GARCÍA. Literata. Estudiosa de la obra de José Emilio Pacheco y de la literatura mexicana en general. Lectora de poesía en su tiempo libre.


[1] Para facilitar mi comentario del poema, decidí partirlo en dos partes.
[2] Véase Marco Antonio Campos, “De lo poco de vida”, Biblioteca de México, 136, julio-agosto, 2013, pp. 16-17.
[3] Generalmente, al comentar un poema, debe distinguirse entre la voz poética y el poeta puesto que no siempre son lo mismo. Sin embargo, yo hablo del poeta porque aquí ambos, voz poética y poeta, están fundidos; igual que en el caso de Bécquer. El poeta habla abiertamente de sus sentimientos.

Fotografía original del poeta Marco Antonio Campos | Letras
Fotografía modificada (Photoshop) | Administrador de BV  

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