CUENTO Mi padre y el azar | Carlos Andrés Ramírez González

El viejo encargado de tomar las apuestas y llevar el control del juego fue despedido y reemplazado con una ruleta digital en la que ahora se pueden poner las apuestas en una pantalla y la misma máquina suelta la bolita, la endemoniada bolita.
El deseo incontrolable de entender qué sentía mi padre me motivó a entrar al Casino de la esquina de la casa. Era ciertamente un lugar amigable, con meseros atentos, comida y bebida por doquier. El suelo estaba tapizado con una alfombra de colores vivos desgastada por el uso, paredes blancas con huellas de patadas y el techo, recién renovado, tenía lámparas grandes y la decoración de Halloween propia de la época. Las máquinas, multiplicadas desde la última vez que estuve aquí para sacar a mi papá a la fuerza, se disponían de cuatro en cuatro cada dos metros creando islas de juego y dispersión. La ruleta se mantenía en su puesto: en el centro del recinto, cerca de los baños, a la cocina y a la cafetera. El viejo encargado de tomar las apuestas y llevar el control del juego fue despedido y reemplazado con una ruleta digital en la que ahora se pueden poner las apuestas en una pantalla y la misma máquina suelta la bolita, la endemoniada bolita. Tomo asiento en la única silla disponible. A mi izquierda una señora en silla de ruedas saca dinero a montones de un pequeño bolsillo puesto al interior de su transporte; a mi derecha, un jovencito de veinticinco años máximo, jugaba con apenas un par de billetes dispuestos en la mesa de apoyo. Ambos parecen estar demasiado concentrados en el juego para notar mi presencia y decido entonces sacar mi billetera para jugar por primera vez en mi vida a la ruleta.

Ingresando los billetes en el alimentador, no puedo evitar recordar a mi padre. Gastaba jornadas enteras sentado en una silla como en la que estoy yo; muchas veces salió temprano en la mañana, mucho antes incluso de que abriera el Casino, y terminó llegando bien entrada la noche, mucho después de que mi madre por fin conciliaba el sueño. Para compensar el daño, siempre traía comida variopinta que terminaba devorando yo, muy a pesar de mi madre. Perdió fortunas enteras esperando que la bolita de la ruleta francesa cayera en el número que siempre apostó: el veintisiete rojo. Lamentablemente para él y para nosotros, el número jamás salió favorecido mientras él estuvo en la mesa. Jamás ganó un céntimo y sí logró perder todo nuestro patrimonio. Pero bueno, yo ya logré perdonarlo por los vejámenes a los que nos sometió a mi madre y a mí, y ella, ya un poco achacada, lo recuerda con cariño más que con resentimiento.


Pongo un billete de baja denominación, mi apuesta es por el nueve, el once y el veinte, jamás el veintisiete, y la máquina dice “no más apuestas por favor”. Pierdo en el primer intento, cae el dieciséis rojo. Repito la acción con un billete un poco más grande y vuelvo a perder sin remedio. La señora de la silla de ruedas también pierde en las dos rondas, pero a diferencia mía mantiene el ánimo y la billetera arriba. El joven sí logra ganar, y menos mal porque según veo era su última ronda, ahora tiene algo de créditos para seguir jugando o retirarse con al menos el doble de su inversión; decide quedarse, por supuesto. Juego otras tres rondas y sigo perdiendo irremediablemente, trato de diversificar las apuestas para tener más chances de ganar algo y sigue sin dar resultado. Una mujer con disfraz de Gatúbela también apuesta en la silla del frente; no había dado cuenta de su presencia por la dinámica del juego y mi prisa, dado que ni siquiera debería estar acá. La mujer, algo mayor para que su disfraz resulte sexy, introduce e introduce dinero sin límite diciendo que igual es de su exmarido, no de ella. Nueva ronda, pierdo de nuevo. No puedo entender cómo mi papá decidió quedarse en un sitio como éste todos los días durante tantos años, no me cabe en la cabeza. En las siguientes rondas también pierdo mi apuesta y empiezo a cuestionarme mi estadía en el lugar, prefiero gastar el dinero en comida, o en cine o en cualquier otra actividad diferente a regalar mi trabajo a un Casino de mala muerte.

Me tocan el hombro con sutileza. Es un camarero bien chaparro, moreno y con la nariz torcida. Me ofrece hielo con algo de gaseosa, no al contrario, y decido rechazar su amable ofrecimiento. Pasados un par de minutos vuelve a tocarme el hombro y esta vez me ofrece comida. En un pequeño plato arrumaron algo de arroz oriental con habichuelas y algunas papas chips; esta vez recibo el plato y como fogosamente mientras sigo perdiendo en las rondas. La señora de la silla de ruedas me sonríe y me ofrece el arroz que no pudo comerse, rechazo la oferta con un ademan de fastidio involuntario. Una nueva ronda, dos negro, pierdo de nuevo. Reviso mi billetera en busca del efectivo restante y me dispongo a terminar mi periplo por el templo de mi padre. Llamo al mesero en busca de la gaseosa antes rechazada y juego de nuevo repartiendo la apuesta en varias opciones. “No más apuestas por favor” vuelve a rugir la máquina mientras la bolita sale despedida en su interminable curso, que desgraciada debe ser la pobre bola girando y girando todos los días sin posibilidad de hacer cualquier otra cosa.

Termino mi dinero, sólo queda un juego más. Me levanto del asiento adelantándome al desenlace y con la mirada, sin decir nada, me despido de Gatúbela, de la señora en la silla de ruedas y del joven que de nuevo se juega la permanencia. Hacemos las apuestas: voy con el quince, el veintidós y el treinta. La bolita sale de su guarida despedida por quién sabe qué mecanismo especial y da varias vueltas alrededor de la madera pulida. Por fin se encasilla en un recuadro mientras mis tres acompañantes levantan las manos y gritan en señal de júbilo; todos ganan menos yo. El resultado: veintisiete.


CARLOS ANDRÉS RAMÍREZ GONZÁLEZ. Colombiano. Profesional en Política y Relaciones Internacionales. Finalista del Certamen Literario Internacional  de la Fundación Sómos.

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