CUENTO La estatua viviente | Bernabé Alatorre Ríos


El veinticuatro de junio llegó. La reunión esotérica inició a las seis de la tarde con la participación de trece mujeres y la misma cantidad de hombres.
            —Buenas tardes, cierren los ojos y escuchen, —dijo don Wenceslao, jefe mayor de la congregación—. Hoy será la gran concentración espiritual. Si realizaron los ejercicios mentales y la abstinencia sexual durante sesenta días según nuestro libro sagrado, todo saldrá perfecto.
            La habitación estaba un poco oscura. Una ventana abierta, una mesa y veintiséis sillas ocupadas por el grupo.
            Pasaron cinco minutos y don Wenceslao continuó:
            —Nuestros cuerpos, sin ropa, deben abandonar este planeta. Concéntrense, libérense de pensamientos malignos, y a la cuenta de tres, desapareceremos por algunos minutos… Uno... dos... tres.
            Uno a uno salieron flotando por la ventana. La sala quedó sola.
            La ropa y pertenencias de cada persona permanecieron sobre las sillas. De pronto, una camiseta del Cruz Azul, tomó la palabra:
            —Hasta que por fin podremos platicar, el viejo Wense nos tiene calladas. Propongo, que cada una de nosotras en el piso se junte con su pareja: blusas con blusas, pantalones con pantalones, etc.
            En unos cuantos segundos, la sala se convirtió en un lugar de chismes y camaradería. De manera inesperada, un sostén comentó:
            —Petra me tiene harta, quiere lucir sus tetas de cuarentona, y yo, pues… estoy hecha para las jovencitas. Ganas me dan  que sus pezones prietos se le salgan cuando se agacha, pero si hago eso, me pone en la basura.
            Una camisa del América, preguntó a otra:
            —¿Cómo te fue ayer cuando Ricardo visitó a Carmela?
            —Bien. La llevó al hotel Oasis y pues, como el marido de Carmela está embarcado, se bañaron juntos y luego pues… hicieron el amor dos veces.
            La charla estaba emocionante. Un preservativo escuchó las risas y comentarios. Salió del sobre que estaba dentro de una billetera. Se puso erecto y se acercó al grupo de las pantaletas y calzoncillos. Su propósito era penetrar en la que más le agradara.
            Miró  a cada una de ellas, leyó los letreros que tenían en la parte frontal. Se excitó. Algunas tenían las siguientes leyendas:
            Privado. No tocar. Ocupado. Clausurado. Precaución. Manéjese con cuidado. Fuera de Servicio. Si tú sientes que te pica, en una de esas tienes visita. Jale. Empuje. Help. Fuego. Cuidado con el perro, muerde. Servicio las veinticuatro horas y Cochera en servicio.
            Al preservativo le llamó la atención la que decía: "Clausurado", porque era la más abultada.  Se le acercó y la acarició. Ella se molestó y gritó:
            —¡Promiscuo, atrevido!, ¿no sabes que ando en mis días? ¡Estúpido!
            El preservativo se sintió despreciado, se encogió un poco, pero al ver a la que decía Precaución, quien se encontraba de espaldas, la apapachó. Ella, con voz un poco ronca dijo:
            —Papucho, papuchito, eres de los míos.
            El preservativo  contestó:
            —Asco.
            La Precaución,  argumentó:
            —No seas tonto, recuerda: Amados los unos a los otros.
            El preservativo, excitado al máximo, no quería quedarse erecto como una torre de marfil, y para no correr riesgos, se dirigió a la “Servicio las veinticuatro horas”, exquisita, perfume Mary Kay, color verde claro, con etiqueta Michelle Salas. Estaba seguro que lo aceptaría. Con movimientos provocativos, y tan grande como pudo estirar su cuerpo transparente, de manera suave la tocó. Ésta cambió a color verde bandera, y sonrojada dijo: 
            —Con calma, soy de arranque lento pero de marcha profunda. Humm, te ves bien, buen tamaño. ¿Qué te parece si lo hacemos en la mesa? El condón aceptó,  de un salto llegó a la mesa. “Servicio las veinticuatro horas” se perfumó de nuevo, y con pasos lentos y cadenciosos, se  acercó. Con caricias suaves y ardientes inició el ritual. Ella se dejó caer sobre la mesa, él no se movió, la miró con lujuria. Cuando estaba a punto de saltar sobre ella, una blusa gritó 
            —¡Regresemos a los lugares, ahí vienen nuestros dueños!
            Todas las prendas de vestir se colocaron en su espacio. El preservativo, no se pudo mover. Quedó inmóvil al centro de la mesa transformado en una estatua viviente.

Mazatlán, Sinaloa. 13 de Julio de 2017.   
           

BERNABÉ ALATORRE RÍOS. Certificate for Overseas Teachers of English (COTE) University of Cambridge Local Examinations Syndicate. Licenciatura en Sociología (UAS) y Maestría en Educación Campo Formación Docente.  (UPN). Ha tomado los siguientes cursos: Taller de novela narrativa con Élmer Mendoza, Taller de cuento con Antonio Parra y ¿Qué es la poesía? con Felipe Garrido. Es autor de la novela Mi vida es un desastre y coautor de la antología de cuentos Patasaladas. Entre sus premios destacan: Mención honorífica en cuento infantil “VII Premio Nacional Valladolid a las Letras” 2010 y segundo lugar en cuento y tercero en poesía: Juegos florales del magisterio de Sinaloa 2012.


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